La cultura como política de Estado

Paula de Luque

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Para qué sirve la cultura de un país. A quiénes les “sirve”. Por qué el Estado debe invertir y proteger la cultura, y qué es exactamente invertir y proteger la cultura.  Estas cuestiones parecen a primera vista superfluas o secundarias en esta coyuntura de profunda crisis en la que hay personas que no comen o mueren de frío o de hambre, que no tienen vivienda, ni salud, ni educación, ni posibilidades. Qué está primero: cuáles son las “urgencias” y las prioridades en un país que se ahoga, entre otras cosas, porque ha sido planificadamente saqueado. Si entendemos por prioridades a aquellas cosas que no deben ser la variable de ajuste de ninguna medida, es allí donde la cultura debe ser una prioridad, tanto como la comida, la educación y la salud.

Cultura es, por definición, lo propio, lo que no se puede importar. Lo opuesto es penetración cultural, es falta de sentido de pertenencia, es falta de sentido de identidad, es falta de conciencia de soberanía y es falta de autoestima.

Pensar que una política cultural está hecha solo para que los artistas nos expresemos es justamente la falacia donde se apoya el malentendido funcional y fundacional de los argumentos acerca de que la cultura es un gasto innecesario.

Estos años han sido tremendos en términos de libertad de expresión. Nos han perseguido y estigmatizado con operaciones de prensa. Nos han propinado una cantidad de insultos y humillaciones. Nos han llamado ladrones, mantenidos, corruptos, para que la sociedad nos mirara con desconfianza, para fomentar el odio, para desacreditarnos, descalificarnos y llenarnos de miedo. Nos han obligado a callarnos por miedo a perder nuestras fuentes de trabajo, nos han sacado las fuentes de trabajo, nos han boicoteado. Con el verso de la transparencia vaciaron las pymes del cine y destruyeron miles y miles de puestos de trabajo. Y todo se ha hecho, fundamentalmente, para abonar la idea de que no tenemos derecho a producir nuestros propios bienes culturales, porque es el pueblo quien no tiene ningún derecho a la cultura.

Nadie diría que una política de salud pública se implementa para que los médicos practiquen, ni que una política educacional es para que los maestros se expresen. Aunque, por supuesto, también se boicotean insumos y salarios, y también aquí el destinatario es el pueblo. Es muy simple: quieren un país para pocos, donde las mayorías sientan y naturalicen que no tienen siquiera derechos básicos, y que por lo tanto la cultura es un gasto fácilmente recortable, germen sobre el que crece la certeza de que la identidad no existe, que solo queda el destino triste de mirar desde fuera, de estar excluido.

Es eso lo que está en juego. Ser. Nada menos que ser.

Un gran presidente dijo que un país es tan grande –o tan pequeño, agrego yo– como la medida de su proyecto cultural. Fue Néstor, en un discurso en Mar del Plata, en la apertura de una de las ediciones del Festival. Y si no, miren a Estados Unidos. No se invade solamente con armas, no se somete solamente con fuerza. Debilitar a un pueblo es sacarle la conciencia de su existencia, es sacarle su autoestima.

Lo que está en juego es la democracia, “sistema político que defiende la soberanía del pueblo y el derecho del pueblo a elegir y controlar a sus gobernantes”.  Un país libre. Un país en el que todos podamos ser libres.

Traigo a la memoria unas palabras del gran Leonardo Favio: Nuestro oficio. “Quien nace cineasta viene con una urgencia: utilizar o fabricar imágenes para testimoniar la historia, transmitir el asombro, los sueños, la poesía. Esto no es nuevo, siempre fue así… el narrador que nos precedió, el más remoto, se ahonda en el misterio de los tiempos. Lo hizo Dios como herramienta para contar su obra, la creación, la vida. Yo diría que la primera proyección la provocó la estela errante de una estrella, y el primer narrador fue ese lejano padre que al verla transcurrir le transmitió el asombro de esa maravilla a su circunstancial compañero con un gesto, porque aún no se había afinado la palabra. Pasado el tiempo hilvanó el sonido y le dijo estrella a la estrella y narró su caída, y al fuego, fuego, y describió para asustarnos el infierno, y suavizó el sonido y le narró la vida y le brotó algún canto, y les contó de las flores, del amor y sus frutos. Día a día fue mejorando la técnica de la fascinación y el asombro, y dijo: ‘Yo quiero que no se acabe el Hombre’, y lo raspó en la piedra y pasaron los tiempos y trazó su aventura en las cuevas de Altamira, pero no le bastó, y con los siglos dibujó la palabra y la incrustó en la arcilla. Es así como hoy permanecen nuestros remotos sueños y los dioses que fueron. Los imperios nacidos “para siempre” y que hoy son arena… Ese es nuestro oficio… testimoniar el llanto, testimoniar la historia, cantarle a la pasión, a la poesía: ser memoria”.

 

 

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