La capacitación tecnológica, una gesta nacional

Jorge Zaccagnini

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La capacitación tecnológica para formar a las y los argentinos que encarnarán la nueva matriz productiva es una gesta nacional de largo aliento. Es necesario poner todo lo que hay que poner para aventar el peligro de que derrape a la aceptación pasiva de la tecnología imperante, decidida por los intereses que nos han llevado a un futuro que nos niega el derecho al trabajo y nos conduce al desastre ecológico.

“Convertir a la CGT en un centro de capacitación tecnológica para los que trabajan”: esta frase fue pronunciada por el presidente Alberto Fernández en el discurso que dirigió a los dirigentes del movimiento obrero organizado el 11 de noviembre de 2019 desde el histórico salón Felipe Vallese de la Confederación General del Trabajo (https://youtu.be/lI23ii40xVQ). Es una declaración de enorme valor, porque sus palabras plantean un objetivo de concreción estratégica y urgente, expresado por el ciudadano que tendrá la responsabilidad de conducir los destinos de nuestra nación durante los próximos cuatro años.

El pueblo argentino atesora en su memoria una experiencia extraordinaria de capacitación llevada a cabo durante el primer gobierno del general Perón. La formación tecnológica era un gradiente que se iniciaba en las escuelas de orientación profesional y culminaba en la Universidad Obrera Nacional (UON). Valga como ejemplo esta historia real: en los inicios de la década del 50, Pancho Gaitán, un niño de una humilde familia cordobesa, comienza a cursar la escuela técnica e ingresa como aprendiz a la Fábrica Militar de Aviones que –concebida por el genio de Perón y concretada por la capacidad y el patriotismo del brigadier San Martín– se proponía convertir a la Argentina en una potencia de primer nivel mundial en la producción de aviones a reacción. El trabajo de Pancho era simple: tornear una pieza de madera. Eso sí, debe ser perfecta, porque va a formar parte del prototipo de Ala Delta con el que la fábrica se adelantaría 20 años al desarrollo del resto de países, incluyendo a los ganadores de la Segunda Guerra Mundial. Un trabajo sencillo, pero que forma parte de una gesta nacional que hace grande a la Patria y le da sentido a la heroica historia de vida de ese cordobés de humilde origen que no necesitó “capacitarse para competir en el mercado laboral” porque la Argentina Grande creó el trabajo y la capacitación para realizarlo eficazmente (“Cara a cara con Carlos Pancho Gaitán, MI Club Tecnológico, 240).

El objetivo que plantea Alberto Fernández es una respuesta parcial, pero concreta, a una cuestión de importancia sustantiva para el rumbo que tomará el nuevo gobierno: ¿cuál tendría que ser la política de Estado que provea al conjunto de nuestro pueblo de los conocimientos y las oportunidades de trabajo necesarios para alcanzar el pleno empleo y lograr la justicia social?

Quizás en las palabras expresadas por Perón al inaugurar la Universidad Obrera Nacional en 1953 está la respuesta: “Tenemos que formar, primero, hombres buenos y del pueblo. En segundo lugar, formar trabajadores, sobre todas las demás cosas… Lo que necesitamos son hombres leales y sinceros, que sientan el trabajo, que se sientan orgullosos de la dignidad que el trabajo arrima a los hombres, y que, por sobre todas las cosas, sean capaces de hacer, aunque no sean capaces de decir”. ¿A quién convocó a formar Perón en 1953? Al obrero que había aprendido su oficio trabajando, para que amalgamara esa experiencia con los conocimientos que aporta el aprendizaje sistemático. También los hijos de ese obrero, que aprendían de su padre el valor del trabajo y encontraban en la sociedad peronista la oportunidad de crecer que su progenitor no había tenido. Convocó a formar “a los que eran capaces de hacer, aunque no fueran capaces de decir”.

Perón resolvía hace 66 años atrás la misma cuestión que Alberto Fernández instala en la CGT. Lo hacía para una sociedad de enorme crecimiento industrial, con pleno empleo y vigencia de los derechos laborales. Hoy la situación social es distinta. Es posible que también sean diferentes las estrategias y las soluciones. Sin embargo, “la dignidad que arrima el trabajo” sigue siendo el motor de toda posible respuesta que pretenda ser sabia y perdurable.

 

El vector tecnológico

“No tiene sentido luchar contra lo imparable, y la tecnología ha llegado sólo para desarrollarse cada día más”, afirmó Alberto Fernández en su exposición en la CGT. Una afirmación categórica, que invita al análisis: “Lo imparable”. Definir el avance tecnológico como imparable puede tener dos interpretaciones diferentes. Una de ellas es la inevitabilidad del desarrollo tecnológico, que desestima todo intento “ludista” de detenerlo. Puede ser el sentido que quiso darle Fernández, en consideración del ámbito donde se expresaba y la visibilización de una corriente de pensamiento dentro del movimiento obrero a la que un diario de circulación nacional denominó recientemente como “neo-ludista”.[1]

La otra interpretación es la aceptación lisa y llana de que nuestro desarrollo tecnológico es imposible de ser conducido por nosotros. Una afirmación que, lamentablemente, es tan incorrecta como aceptada. Es cierto que existen procesos de desarrollo que sólo pueden producir un único resultado: el desarrollo de una semilla de naranjo sólo nos puede dar naranjas. Pero esto no sucede con la tecnología. Su desarrollo es el resultado de decisiones que determinan que el sentido sea uno y no otro. Esas decisiones se toman desde el poder. Es un proceso político, que debe resolverse políticamente.

“La tecnología ha llegado sólo para desarrollarse cada día más”: una afirmación que compartimos, y que obliga a preguntarse si el sentido que la nueva administración imprimirá a ese desarrollo respetará los principios doctrinarios de Tecnología Conveniente.[2] No es posible encarar una capacitación tecnológica seria y sustentable si no se establece conjuntamente el modelo productivo al que debe tributar. La Argentina ha recorrido un doloroso y prolongado camino de producir ingenieros que terminaron conduciendo taxis o en el exilio forzoso por falta de trabajo. Definir el modelo productivo es definir a los demandantes de tecnología, que son un actor fundante del desarrollo tecnológico y productivo. Así sucedió con la microelectrónica en la denominada “la conquista del espacio”, en la que soviéticos y norteamericanos se trenzaron en la década del 60, y también para la seguridad norteamericana con el desarrollo de Internet, en épocas más recientes. Lo es también para nosotros.

Cuando Perón creó la Universidad Obrera Nacional, el sujeto social al que se dirigía era esencialmente el trabajador, cuya condición laboral era la que hoy conocemos como “en blanco”. La desocupación era tan baja como la pobreza y el trabajo informal, la indigencia era desconocida y los jóvenes se miraban en el espejo de sus padres para entender la dignidad personal y social que significaba tener trabajo. La actual situación social es diametralmente opuesta y obliga a diseñar una estrategia de capacitación diferente. Se trata de incluir a la totalidad de una población que observa una enorme diversidad de relaciones con el mundo del trabajo y de la producción. Se debe reconstruir el camino del ascenso y la oportunidad laboral, que debe volver a ser sinónimo de inclusión social, desde muy diferentes pertenencias e historias.

 

Jorge Zaccagnini es autor del libro Antes de la Arroba, director de la Editorial MI Club Tecnológico y vicepresidente del Foro para una Nueva Política Industrial (FONPI).

[1] “Moyano debate con aliados un ‘ludismo’ siglo XXI. (…) Será durante un plenario en el gremio de mecánicos SMATA, en el que se explorará una suerte de ‘nuevo ludismo’ que, a diferencia del surgido en el siglo XIX con la revolución industrial, no apuntará a destruir maquinarias, sino a impulsar la aplicación de ‘tecnologías convenientes’ para los trabajadores” (Mariano Martín, Ámbito Financiero, 29-7-2019).

[2] El tecnólogo argentino Edgardo Galli ha definido a la tecnología conveniente como “una tecnología de cualquier grado de complejidad y escala, producida en el país o adquirida en el exterior, protegiendo en este último caso los intereses nacionales, que tiene como misión mejorar la calidad de vida de la sociedad y respetar a la naturaleza”. No implica rechazar toda tecnología que no provenga de nuestra propia creación. Significa recuperar la capacidad de elegir soberanamente aquellos aportes que contribuyan a sostener nuestra soberanía política, el respeto por la naturaleza y la justicia social que hoy se traduce en una sola frase: crear trabajo digno para todos los argentinos.

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