ELOGIO DEL CONFLICTO (SOBRE LA LUCHA EN EL SUBTE)

Jorge Afarian

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En muchos sentidos retornamos al siglo XIX, o incluso al esclavismo. En muchos sentidos, la desprotección estatal genera precarización laboral y sindical. En muchos sentidos, la autocracia empresarial deja poco más que un respiro. En muchos sentidos sí, pero en otros no.

Esta reflexión es más positiva que negativa. Para nada estoy diciendo que “todo está bien”, pero tampoco caigo en el otro reduccionismo, diciendo que “todo está mal”. Hay razones para luchar. Las vetas están, es posible ganarle –aunque sea de modo provisional– a los dictados del sistema neoliberal salvaje y sin rostro que nos rige. La historia no es lineal, no está dada, sino que muchas veces se repite, trastabilla, casi tropieza con los mismos problemas y personajes. Muchas veces a propósito, como si le gustase el dolor –y el de los demás. Ante una historia sociópata no hay mucho que hacer. Pero lo peor que se podría hacer es no hacer.

En este sentido, la experiencia de los Metrodelegados en el transporte subterráneo es un caso testigo. Las vieron todas. La privatización de los noventa, los “retiros voluntarios”, la precarización laboral, los “aprietes” de la patronal, del sindicato que debía representarlos y del Estado, el año 2001, más idas y vueltas, la obtención de la personería gremial, la pérdida de la personería gremial, la violencia. Y la frutilla que adorna el postre y le da ese gustito particular –y amargo–: el macrismo.

Siguen ahí. Abajo. Tantas veces podrían haber desistido. Una de las cosas que mejor sabe hacer el capitalismo salvaje es desmotivar, dejarte sin recursos, indefenso, o indefensa. Esta tarea es más espectacular cuando opera en grupos: hay que ser muy eficiente para desmotivar en masa. El mecanismo es diferente, pero la lógica es la misma. Es un enemigo visible y sencillo de atacar.

Pero no. Están ahí. Aunque no los veas, aunque el 99% esté bajo tus pies.

Tienen a todos en contra: al presidente de la Nación, al jefe de Gobierno, a jueces y fiscales, al Ministerio (¿Secretaría?) de Trabajo, a la UTA, a una parte de los usuarios del transporte subterráneo. Pero tienen al conflicto de su lado. Que lo es todo. Sin el conflicto, no estarían ocupando este lugar. Y menos ahora. “Son ilegales”, decía Larreta hace unos meses. “Asociación ilícita” era el delito que les imputaba la fiscal Ramírez. Pero, a pesar de todo, a pesar de los insultos y las calumnias, el conflicto les tiende una mano. ¿Un ejemplo? El acuerdo paritario de agosto.

No tienen personería gremial. Sólo eso los deslegitimaría para negociar. Sin embargo, firmaron un acuerdo con el Gobierno de la Ciudad y Metrovías. Incluso superador de la cifra que pactó el sindicato con personería gremial. En el conflicto está su verdadera legitimidad. La ley no les va a arrebatar lo que la historia les reconoce. Ni el Gobierno. Ni los demás sindicatos. Y es así como volvemos al principio: en muchos sentidos estamos en el siglo XIX. El Estado estaba dominado por oligarcas, cuya influencia en las políticas públicas era evidente. No existían leyes laborales protectorias de los más débiles. El conflicto era la más poderosa herramienta para la adquisición de derechos laborales. Los protagonistas eran los gremios, y llegado el siglo XX el Estado se vio obligado a legislar, salir de su propio ombligo y reconocer a grupos explotados que reclamaban por sus derechos. El Estado necesitaba vigilar de cerca y plantear las reglas del juego.

¿Hay diferencias ahora? Por supuesto que sí. Pero hay cosas que siguen igual. Veamos. Por un lado, estamos gobernados por CEOs, la “nueva” oligarquía. Dirigentes que buscan limitar la acción sindical y el conflicto. Hay más leyes, sí. Pero en muchos sentidos, cierta parte del Estado –como el Poder Judicial y el Ejecutivo– continúa actuando con discrecionalidad e intenta interferir en la acción colectiva. En el primer caso dicta sentencias restrictivas en relación a derechos sociales y laborales. En el segundo, interviene y desfinancia sindicatos, o presenta proyectos de ley que buscan reducir derechos fundamentales. Más y más discrecionalidad.

Por otro lado, muchos sindicatos también se quedaron en el tiempo. No están como a principios del siglo XX, pero sí utilizan viejas recetas para nuevos problemas. Salan las heridas en lugar de intentar curarlas. Tampoco pueden salir de sus propios ombligos. La solidaridad colectiva ha perdido su posición histórica.

Aquí también los Metrodelegados son una excepción. En marzo de 2018, la Corte Suprema de Justicia de la Nación les quitó la personería gremial por un tecnicismo procesal. Contadas veces en la historia de nuestro país un sindicato había desplazado a otro en la representación legal de los trabajadores. Pero no importa, los tecnicismos tienen más legitimidad en ese terreno, y más con un Estado que los exalta. A finales de mayo del mismo año, luego de meses de conflicto, el Estado personificado en las fuerzas policiales bajó a las vías, a su territorio, su espacio, y se apropió de él. Reprimió. Detuvo. Encarceló. Se olvidó de la ley. Mejor dicho, la manipuló en su propio beneficio, en este caso mediático. Utilizó la lucha gremial para construir un chivo expiatorio. Aún hay más. El Ministerio de Trabajo buscó desfinanciarlos, solicitando a los bancos que retenían las cuotas sindicales de sus afiliados que dejaran de hacerlo, diciendo eran ilegales, que no tenían derecho porque no era el sindicato más representativo. De nuevo, puros tecnicismos y hasta mentiras.

Ante un panorama como este, muchos ya estaríamos bajando los brazos. Pero, más que nunca, el conflicto levanta y legitima. La ley ya no es “ley”, la “ley” es el conflicto. Avanzan ante avanzadas neoliberales. Aún con los tres poderes estatales en contra, aún con la UTA en contra, aún con la empresa en contra. Otra vez el conflicto. Y la historia está de su lado. Podría pensarse que el conflicto es lo último a lo que debemos llegar. Es visto como algo malo, negativo, que atrasa, molesta, cansa. Este es el discurso del poder y de cierta parte de la sociedad. Para otros, los más débiles, el conflicto es lo único que existe, la única forma de hacerse ver y escuchar. La única forma de ganar, o aunque sea empatar. En estos casos, el conflicto es positivo. Molestar a veces ayuda. Así como en el siglo pasado los sindicatos lograron avanzar mediante el conflicto. Hay cosas que no cambian. Nos hacen pensar en el rol del Estado, la ley, los jueces, los fiscales, los sindicatos, y cómo todo esto está atravesado por la política y por la conveniencia de pocos.

A los estudiantes de Abogacía les enseñan desde el inicio de la carrera que la ley, la norma, lo es todo. Que hay que respetarla y recitarla, cual documento excelso e inmaculado. Pero la ley muchas veces está mal. No incluye todas las posibilidades, ni a todos los grupos, y eso es lo mismo que negarlos. Podría decirse que la ley es estática, que se corresponde con un momento dado, y que es el juez u otros intérpretes los que deben darle dinamismo y “adaptarla” a los tiempos. Pero tampoco. Están atados a la ley. Muchas veces por convicción, otras por comodidad.

Es entonces cuando uno se pregunta: ¿qué fue lo que aprendí en estos cinco años de carrera? ¿Voy a seguir reproduciendo esta jerarquía? ¿Voy a seguir recitando, o voy a crear mi propia melodía, mi propio relato?

Esto fue lo que me planteé al comenzar a investigar sobre Metrodelegados. Ellos crean la norma, se anticipan a ella y tienen el poder de negarla cuando es injusta, cuando no se corresponde con la realidad. Problematizan la ley, la adaptan. Y las instituciones no pueden negar esa realidad. Aunque no quieran, aunque les moleste, los obligan a sentarse en una mesa a dialogar.

En muchos casos –o en la gran mayoría– sólo el conflicto genera diálogo. Es curioso, aunque no deja por eso de ser lógico. El conflicto inspira a los operadores sociales y políticos. Los inspira al cambio de las reglas del juego y a apoyarse en él para conseguir lo que los órganos estatales están incapacitados de ofrecer. A mí me inspiró. A investigar, a la docencia, a dar otra visión del derecho. A salir de mi rigidez personal y profesional. A ponerme a mí mismo en conflicto y dialogar. Por eso no puedo sino respetarlo y dedicarle estas palabras. Viva el conflicto. Y los que viven en él.

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