El Peronismo después de la pandemia

Eduardo J. Vior

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La irrupción de enfermedades contagiosas que afectan todo el planeta obliga a hallar nuevos equilibrios sociales y ecológicos que el Justicialismo anticipó y ahora vuelve a proponer.

“Quién dijo que me fui, si siempre estoy volviendo”, decía Aníbal Troilo, “Pichuco”. Del peronismo se puede decir lo mismo: muchas veces lo dieron por muerto y siempre está volviendo, igual y renovado. Por ello es el único movimiento popular de América del Sur capaz de dar una respuesta liberadora a la pandemia que nos aqueja.

Las sucesivas oleadas de enfermedades virales que azotan el planeta desde hace 40 años –SIDA, Ébola, SARS-1, H1N1, COVID-19– deben ser ya entendidas como respuesta del medio ambiente a los excesos de nuestra civilización. Tanto más imprescindible es hallar formas de vida, trabajo y sociabilidad humana dignas, pero respetuosas de los límites que impone un entorno natural exasperado. Hace ya 48 años que el Justicialismo propuso una alternativa justa, democrática y popular para la reforma social y ecológica de la economía mundial que, con pocas actualizaciones, sigue hoy vigente.

Durante los últimos meses la lucha contra la COVID-19 se ha convertido en la prioridad de más de 200 países y territorios afectados por la propagación de la enfermedad. Es muy probable que en los próximos años esta enfermedad contagiosa y otros brotes infecciosos similares se transformen duraderamente en una de las principales amenazas para la mayoría de la humanidad. Todavía a principios de este año el riesgo de una pandemia causada por un agente infeccioso se encontraba último entre los principales diez peligros enumerados en la edición 2020 del Informe de Riesgos Globales del Foro Económico Mundial (WEF, 2020). No obstante, por primera vez en sus 15 años de historia, el riesgo ambiental apareció en la primera posición. Parece que el informe no se equivocó tanto, ya que los nuevos patógenos, como el SARS-CoV-2, tienen su origen en la degradación ambiental.

Los primeros casos humanos conocidos se asociaron con un mercado de animales silvestres en la ciudad de Wuhan, en el este de China. El contacto cercano entre animales que habitualmente no conviven en la naturaleza puede permitir a un virus saltar de un huésped a otro y transmitirse enseguida entre personas. En el caso del nuevo coronavirus se piensa que se trasmitió de murciélagos a un mamífero intermediario y de ahí a los humanos. Como ocurrió anteriormente con el SARS (2003), la gripe porcina (2009) y el MERS (2012), el contacto cercano entre las especies silvestres y los humanos, así como la cría masiva de animales para consumo, facilitaron al virus cruzarse entre las especies y generar una nueva enfermedad humana que se propagó rápidamente por el mundo.

La pandemia pudo trasmitirse tan rápidamente, porque en el sistema económico mundial organizado desde hace 40 años la deslocalización de las cadenas productivas, la baja sostenida de sueldos y salarios, la financiarización del capitalismo y el descenso de los precios de la energía inducen una cada vez mayor movilidad a mayor distancia de masas humanas siempre más numerosas, lo que provoca intensos intercambios entre organismos vegetales, animales y humanos, para los cuales ninguno de ellos estaba preparado.

El riesgo de aparición de nuevas enfermedades es también especialmente alto cuando los humanos y la vida silvestre interactúan en áreas de rica biodiversidad, como los bosques tropicales. Dichos entornos también son la fuente principal de la mayoría de los recursos naturales que sustentan el modelo actual de desarrollo y consumo. La extracción de combustibles fósiles, la tala y la agricultura de exportación son las principales actividades que impulsan la invasión y la degradación del bosque tropical, lo que representa un doble riesgo para nuestra salud: primero, la quema de combustibles fósiles y la deforestación de los bosques tropicales[1] son los principales impulsores del cambio climático y la pérdida de biodiversidad; en segundo lugar, las actividades extractivas en la selva tropical promueven el asentamiento de poblaciones humanas en esas áreas, multiplicando las interacciones entre la fauna salvaje y los humanos. Al mismo tiempo, la destrucción del hábitat de la vida silvestre obliga a muchas especies a buscar su alimento en zonas ocupadas por humanos, intensificando así un intercambio que antes era esporádico.

Es preciso, entonces, constatar que los orígenes de esta pandemia y de los principales riesgos conocidos se deben a la degradación ambiental. En este momento es imposible prever la duración ni el modo en que esta pandemia remitirá, ni cuándo habrá una vacuna disponible para toda la humanidad, pero es indiscutible que los seres humanos debemos cambiar nuestro modo de vida, de trabajo y de esparcimiento, para evitar la multiplicación de grandes concentraciones de personas en lugares ajenos a su hábitat habitual.

Por su concepción humanista, su visión sistémica de la vida, la aplicación de su Tercera Posición a todos los aspectos de la existencia, su perspectiva innovadora de la evolución y de las capacidades adaptativas de los pueblos, su sentido de la justicia y su profunda compenetración con la sabiduría y el accionar popular, el Justicialismo está en inmejorables condiciones de ofrecer una respuesta superadora a las demandas de la grave crisis ecológica actual.

Las bases conceptuales del general Perón

En febrero de 1972, el general Perón publicó desde el exilio en Madrid su Mensaje Ambiental a los Pueblos y Gobiernos del Mundo, para que fuera entregado en junio siguiente a las delegaciones participantes en la Cumbre de la Tierra de Estocolmo, Suecia, la primera gran conferencia que se organizó sobre cuestiones ambientales. El mensaje comienza con la constatación del daño que el desarrollo de la sociedad humana desde el siglo XIX ha infligido al medio ambiente y la lentitud con que los seres humanos van tomando consciencia de las consecuencias que un desarrollo cada vez más acelerado está produciendo en sus condiciones de vida. Continúa con una severa condena de la sociedad de consumo y su tendencia a producir para el despilfarro[2] y denuncia el modo en que los sistemas de bienestar social de los países avanzados se sostienen a costa del entonces llamado Tercer Mundo: “De este modo el problema de las relaciones dentro de la humanidad es paradójicamente doble: algunas clases sociales (…) sufren los efectos del hambre, el analfabetismo y las enfermedades, pero al mismo tiempo las clases sociales y los países que asientan su exceso de consumo en el sufrimiento de los primeros tampoco están racionalmente alimentados, ni gozan de una auténtica cultura o de una vida espiritual o físicamente sana”. También denuncia en ese contexto la ilusión tecnocrática, que supone que los daños generados por la economía de despilfarro podrían resolverse con más tecnología, mientras se destruyen puestos de trabajo y se empobrece a los países del Sur. Premonitoriamente, anuncia cómo, luego de haber destruido 200 especies terrestres en un siglo, la sociedad humana estaba ya entonces (1972) depredando los mares, y preanuncia la falta de agua potable por la contaminación de las napas y los cursos de agua, y el despilfarro de las reservas existentes. Al referirse a la falta de alimentos en grandes regiones del mundo, indica: “Por otra parte, a pesar de la llamada revolución verde, el Tercer Mundo todavía no ha alcanzado a producir la cantidad de alimentos que consume, y para llegar a su autoabastecimiento necesita un desarrollo industrial, reformas estructurales y la vigencia de una justicia social que todavía está lejos de alcanzar”.

Perón juzgaba muy severamente el crecimiento excesivo de la población humana y alarmaba sobre la posibilidad de alimentarla en un futuro cercano. Hecho el diagnóstico, pasa a la concepción de la alternativa: “Si se observan en su conjunto los problemas que se nos plantean y que hemos enumerado, comprobaremos que provienen tanto de la codicia y la imprevisión humana, como de las características de algunos sistemas sociales, del abuso de la tecnología, del desconocimiento de las relaciones biológicas y de la progresión natural del crecimiento de la población humana. (…) A la irracionalidad del suicidio colectivo debemos responder con la racionalidad del deseo de supervivencia”.

Como paso previo a la elaboración de medidas correctivas, enumera algunas premisas que deben cumplirse previamente:

  1. Una revolución mental en los hombres, particularmente en los dirigentes de los países más avanzados, y una modificación de las estructuras sociales en todo el mundo, para “el surgimiento de una convivencia biológica dentro de la humanidad y entre la humanidad y el resto de la naturaleza”.
  2. “Esa revolución mental implica comprender que el hombre no puede reemplazar a la naturaleza en el mantenimiento de un adecuado ciclo biológico general”. Perón llama a una autocontención de las sociedades humanas, para adecuar su desarrollo a las posibilidades del entorno.
  3. “Cada nación tiene derecho al uso soberano de sus recursos naturales. Pero, al mismo tiempo, cada gobierno tiene la obligación de exigir a sus ciudadanos el cuidado y utilización racional de los mismos. El derecho a la subsistencia individual impone el deber hacia la supervivencia colectiva”.
  4. “La modificación de las estructuras sociales y productivas en el mundo implica que el lucro y el despilfarro no pueden seguir siendo el motor básico de sociedad alguna y que la justicia social debe erigirse en la base de todo sistema. (…) En otras palabras: necesitamos nuevos modelos de producción, consumo, organización y desarrollo tecnológico que, al mismo tiempo que den prioridad a la satisfacción de las necesidades esenciales del ser humano, racionen el consumo de recursos naturales y disminuyan al mínimo posible la contaminación ambiental”.
  5. “Necesitamos un hombre mentalmente nuevo en un mundo físicamente nuevo. (…) Debemos transformar a las ciudades cárceles del presente en las ciudades jardines del futuro”.
  6. “El crecimiento de la población debe ser planificado, en lo posible de inmediato, pero a través de métodos que no perjudiquen la salud humana, según las condiciones particulares de cada país (…) y en el marco de políticas económicas y sociales globalmente racionales”.
  7. “La lucha contra la contaminación del ambiente y de la biosfera, contra el despilfarro de los recursos naturales, el ruido y el hacinamiento de las ciudades, (…) no es un problema más de la humanidad; es el problema”.
  8. “Todos estos problemas están ligados de manera indisoluble con la justicia social, el de la soberanía política y la independencia económica del Tercer Mundo, y la distensión y la cooperación internacional”.
  9. “Muchos de estos problemas deberán ser encarados por encima de las diferencias ideológicas que separan a los individuos dentro de sus sociedades o a los Estados”.

Finalmente, para “nosotros, los del Tercer Mundo”, el general Perón propone lo siguiente:

  1. “Debemos cuidar nuestros recursos naturales con uñas y dientes de la voracidad de los monopolios internacionales”.
  2. “De nada vale que evitemos el éxodo de nuestros recursos naturales si seguimos aferrados a métodos de desarrollo preconizados por esos mismos monopolios”.
  3. “En defensa de sus intereses, los países deben propender a las integraciones regionales y a la acción solidaria”.
  4. “No debe olvidarse que el problema básico de la mayor parte de los países del Tercer Mundo es la ausencia de una auténtica justicia social y de participación popular en la conducción de sus destinos. Solo así se estará en condiciones de enfrentar las angustiosamente difíciles décadas que se avecinan”.

Perón termina la carta con un llamado universal: “la Humanidad debe ponerse en pie de guerra en defensa de sí misma”.

Herencia y futuro

El Mensaje contiene las bases filosóficas y las principales premisas para la elaboración de un programa justicialista de reforma ecológica de Argentina y América Latina. Si se acepta que las pandemias de los últimos 40 años son el resultado de un modo de producción y consumo que multiplica la movilidad y aglomeración de seres humanos y mercancías, al tiempo que degrada las bases naturales y civilizatorias de la existencia, nuestra responsabilidad consiste en combinar una reforma ecológica en la producción y transporte de los bienes –productos agropecuarios, mineros e hidrocarburíferos– que principalmente exportamos con la redistribución de los centros productivos y comerciales en el territorio, tanto a nivel del país como dentro de cada una de las zonas urbanas, para reducir las aglomeraciones y el transporte a larga distancia por carretera y por avión.

Esta reforma va a producir una pérdida de empleos en algunas actividades que debe ser compensada con la creación de otros en diferentes áreas, para lo cual el adiestramiento y la capacitación profesional de las y los trabajadores es esencial. Sólo un pueblo informado y educado en los principios de la reforma ecológica puede aceptar los cambios en los hábitos de vida que la misma implica e introducir los nuevos instrumentos y modos de producción y consumo en toda la amplitud de su inagotable complejidad.

Así como la lucha contra la actual pandemia ha obligado a los gobiernos de la Ciudad y la Provincia de Buenos Aires a cooperar estrechamente más allá de sus diferencias ideológicas, la ejecución de la planeada reforma obligará a organizar nuevas y ocurrentes soluciones políticas e institucionales a distintos niveles –nacional, provincial, municipal– y muchas veces entre ellos.

Sólo el peronismo puede conducir esta reforma, porque es el único movimiento de América del Sur con la filosofía, la doctrina y la experiencia necesarias para adoptar el nuevo rumbo. Pero, para poder hacerlo, el peronismo también debe actualizarse, incorporando a movimientos sociales, comunidades originarias, científicos y técnicos, miembros de los tres poderes y de los medios a sus estructuras de conducción.

Con el gobierno no basta. Con los viejos y nuevos movimientos sociales, tampoco. La tarea que debemos acometer es inmensa, pero si no lo hacemos nosotros para la Liberación e Integración de los pueblos, lo hará la reacción para acabar con nuestra existencia nacional. Habrá mundo para todos, o no habrá mundo para nadie.

[1] Esta última, principalmente, por el corrimiento de las fronteras ganaderas hacia las periferias, después de que el uso masivo de transgénicos masificó el monocultivo para la exportación en las tierras abiertas.

[2] “Como ejemplo bastan los autos actuales que debieran haber sido reemplazados por otros con motores eléctricos”, acota premonitoriamente.

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