El liderazgo de Alberto Fernández y la integración latinoamericana

Félix Pablo Friggeri

0

Recientemente, Álvaro García Linera, el vicepresidente derrocado por el golpe en Bolivia y uno de los intelectuales más creativos de América Latina, sostenía en un reportaje en la AM750 que Alberto Fernández había logrado “cohesionar al pueblo argentino con su gestión de la pandemia” y que “eso lo convertirá en uno de los más grandes líderes de la región” (Página12, 2020).

El camino de la emergencia de Alberto, desde un lugar –de alguna forma– de segundo plano en la política argentina a otro de primera relevancia en toda la región, podría resultar sorprendente, pero evidencia cómo eran esperadas actitudes de gobierno serias y responsables por un pueblo que repugnó el cinismo arrogante y el clasismo racista de los chetos. Evidencia también, como se ha dicho, pero vale repetir, la visión de estadista de Cristina y la necesidad de reencontrar caminos autónomos de unión latinoamericana.

Nada valoriza más a una persona que una actitud valiente, solidaria y madura ante las tragedias. A Alberto le tocaron dos de gran magnitud para enfrentar: la de la pandemia y la del desastre económico-social macrista marcado por una criminal toma de deuda. La percepción que está predominando en la población es que Alberto mostró esa actitud frente a las dos tragedias.

En un escenario complejo y tumultuado en la región, donde no aparecen desempeños destacados por izquierda ni por derecha, la figura de Alberto empieza a emerger con fuerza. Por mérito propio y por deficiencia ajena, en un momento en que la región va a necesitar liderazgos, su figura aparece creciente, casi prematuramente y desde una Argentina que está haciendo los primeros esfuerzos para salir del pozo.

 

Los aciertos de Alberto

Me animo a decir que el “prudente” Alberto afirmó su liderazgo, entre otras cosas, con la firmeza y el coraje con que encaró tres decisiones. La primera fue la forma en que organizó la pelea contra la pandemia. La gran prensa mundial, acostumbrada a condenar y perseguir populistas, tuvo que ir reconociendo a fuerza de números incomparables –como los de Argentina y Brasil– que la Argentina de los peronistas era un ejemplo mundial en el enfrentamiento de la tragedia planetaria. Ésta es “su mejor credencial”, sostiene también García Linera. La aprobación de su política en el enfrentamiento de la pandemia daba según la CELAG (2020: 8), entre muy buena (40,5%) y buena (39%), un 79,5%. Si se le suma la respuesta “regular bien” (13%), la aprobación básica da 92,5%. Impresiona.

La segunda fue la forma en que encaró la renegociación de la deuda. La tragedia del coronavirus trastocó su contexto, posiblemente a favor. Encaminar este tema va a llevar años, pero el comienzo parece haber sido acertado. Al momento de escribir esta nota había optimismo para cerrar un primer acuerdo. Lo cual, por el volumen de la deuda y por las características de la propuesta, es un logro valiosísimo. Ese panorama no aparecía tan fácil de lograr cuando se empezó la negociación. Además, se trata de negociar con gente acostumbrada –con el anterior gobierno– a recibir todo lo que exigían. Lograr un éxito con una postura firme es claramente valorable y marca territorio para más adelante. La renegociación de la deuda tenía una aprobación del 55,8% (CELAG, 2020: 7).

El tercero fue animarse a plantear un viejo tema que enfurece al poder concentrado en el país: el impuesto a las grandes fortunas. Aquí, quizás, también ayudó el contexto de la pandemia. El repugnante espectáculo del lujo de los ricos se potencializa frente a tamaña situación de sufrimiento. Además, en diversos lugares del mundo se fue planteando algo parecido. La encuesta de CELAG da un apoyo del 78,4% a la idea de que “los que tienen mayores recursos” aporten más, y un apoyo al impuesto a las grandes fortunas del 76,2% (CELAG, 2020: 12).

Al valor de estas tres medidas hay que sumarle la capacidad para articular, ya demostrada con la juntada que logró para las elecciones. Cuando en todo el mundo se proclama que hay que enfrentar esta tragedia unidos y articulados, es difícil ver eso en la realidad de los países. Sin embargo, se puede decir que la Argentina actual lo va logrando. Todos los políticos que tienen que gobernar, incluso los de la oposición, mostraron una disposición básica para articular con las políticas de Alberto en esta situación. Hace tiempo que no se veía eso en la Argentina: “una infrecuente postal de concordia” (Adamovsky, 2020). Es cierto que esto genera una sensación ambigua, porque aparece en las fotos gente que trae malos recuerdos. Pero hay que reconocer que eso también ocurre dentro del peronismo, y no hay duda que, por lo menos en esta circunstancia, es necesaria y prioritaria la mayor coordinación posible.

Cinco meses en el gobierno es poco tiempo para el surgimiento de un liderazgo continental. Pero la forma en que Alberto está logrando enfrentar estas situaciones de extrema dificultad ha posibilitado un crecimiento llamativo de su figura, aunque no sea una persona que tenga rasgos carismáticos tan fuertes como los de Néstor o Cristina. Según la encuesta de CELAG (2020: 9) 65% votaría hoy a Alberto para presidente y su imagen positiva estaba en el 83,8%, por supuesto muy por encima de cualquier otro político. Es difícil encontrar esos niveles de aprobación en el mundo, y claramente lo coloca en los primeros puestos, sino en el primero en América Latina. La visión sobre Alberto que aparece es la de “un liderazgo ‘nuevo’ en el mapa político que se va asentando como un buen gestor con sensibilidad social, con capacidad para resolver problemas y, en particular, para brindar un marco de cierta confianza en medio de la crisis, tanto a sus propios votantes como a los de sus adversarios electorales” (Brito, 2020).

 

La situación de la integración latinoamericana y la pospandemia

La integración latinoamericana y caribeña, indispensable para desarrollar cualquier proyecto popular, transitó, al comenzar el siglo, por uno de sus momentos más importantes. El único sentido en que esta integración históricamente avanzó y puede avanzar es el contrahegemónico. Por eso, la Cumbre de Mar del Plata de 2005, donde entre Chávez, Néstor y Lula mandaron el ALCA al carajo, fue el hecho emblemático y fundante del camino que se realizó en esos años. Trabajo en una universidad que fue fruto de ese proceso. La contraofensiva yanqui, con sus alcahuetes locales en la región, produjo una destrucción o debilitamiento de los organismos creados para vehiculizar esa integración. Pero la lucha sigue y hoy existen elementos para repensar cómo retomar ese camino.

Algunos describen la situación latinoamericana como “fin del ciclo populista”. Entiendo que es mucho más certero hablar de un “empate catastrófico”. La situación de empate se evidencia en la mayoría de los resultados electorales de más o menos unos diez años para atrás. Casi siempre muestran países divididos –por lo menos electoralmente– en dos mitades. Esto hace que ninguno de los dos bloques de poder logre imponer en forma sólida su propio proyecto, porque el otro sector conserva su capacidad de vetarlo. Esto deriva en una situación catastrófica, de parálisis, donde no avanzan los proyectos populares, ni los oligárquicos. Una de las formas de desempatar tiene que ver con la capacidad de los liderazgos que surgen. Por eso es tan importante este tema.

Brasil sería, en los papeles, el “líder natural” de la región, por volumen económico, territorial y poblacional, principalmente. Además, sobre todo mediante la figura de Lula, fue clave en esa etapa integradora que se dio a principios de siglo. Pero el desastre que está viviendo este país con la pandemia,[1] lo está convirtiendo en el centro mundial de la pandemia –que pasó de Wuhan en China, al norte de Italia, de allí a Nueva York y ahora pasa a Brasil– además de ser un brutal genocidio que está repercutiendo en el ya pobre desempeño económico que el país tiene en los últimos años. El gobierno de Bolsonaro y sus aliados militares y financieros está llevando al país a un caos sanitario y político, del cual le va a costar mucho tiempo recuperarse. Hoy Brasil, llamado “naturalmente” a serlo, no tiene ninguna posibilidad de liderar cualquier proceso regional por derecha, ni por izquierda, ni ahora, ni por un buen tiempo.

Los países más pequeños tienen pocas posibilidades de protagonismo fuerte. Para tenerlo precisan de políticas creativas y básicamente exitosas, como fue el caso de la Bolivia de Evo, o liderazgos que repercuten por un carisma suficientemente fuerte y abarcativo, como fue el caso de Pepe Mujica en Uruguay.

Por eso, lo más probable es que el futuro de la integración latinoamericana pase ahora y por unos años más principalmente por el eje Argentina-México. A eso llama Celso Amorim –que fuera canciller de Lula– el “eje del bien”, en un impulso renovado a la integración regional (Brieger, 2020). Ya hubo una importante actuación de ese eje, enfrentando al golpe en Bolivia y poniendo a salvaguarda a Evo y García Linera. En este impulso, un instrumento puede ser la CELAC, que es presidida desde enero de este año por México. Quizás el punto básico de convergencia pueda ser el enfrentamiento de la pandemia y de la pospandemia a niveles sanitario y económico. Otro punto importante es el fortalecimiento de la propuesta de América Latina y el Caribe como Zona de Paz, especialmente frente a la situación constante de posible agresión que vive Venezuela (Verzi Rangel, 2020). El subsecretario mexicano para América Latina y el Caribe, Maximiliano Reyes Zúñiga (2020), afirma que la CELAC es una “apuesta mexicana” y que su país “volvió a mirar al Sur”. La presencia de la CEPAL en la reunión de enero de la CELAC es otro elemento importante (Tolcachier, 2020), ya que el organismo –en la voz de su secretaria ejecutiva, la también mexicana Alicia Bárcena– viene defendiendo la renegociación de la deuda, el papel fundamental del Estado, el ingreso universal, la necesidad de impuestos progresivos donde aporten los más ricos y una posición contraria a los embargos a Cuba y Venezuela (Montes, 2020).

Existe, también, una serie de tareas necesarias a las que este eje puede y debe hacer un aporte clave. El aporte tiene que ver con marcar claras diferencias con lo que intentaron los fallidos Grupo de Lima y Prosur. Es muy importante liderar, junto a México, una política autónoma de la región con respecto a Venezuela. El presidente Maduro expresó esta expectativa, entendiéndolos como países amigos que pueden ayudar en los caminos de diálogo (Singer, 2020). El reconocimiento a Guaidó en Venezuela, que sostienen algunos países, no tiene ningún fundamento en la realidad fuera de la presión norteamericana. El pretendido “presidente encargado” no tiene ni siquiera representatividad significativa en los sectores de la derecha venezolana. Por supuesto que el tema es delicado, por la enormidad del aparato montado para destruir al gobierno de Maduro y por los problemas internos del país. En estos problemas es difícil distinguir lo que fue ocasionado por esa injerencia externa y lo que es fruto de errores del gobierno, por eso se necesita mucha prudencia cuando se opina de las situaciones que se dan al interior de ese país.[2] De todas formas, la actuación del gobierno chavista en la pandemia, que informa 10 muertos al 17 de mayo, lo vuelve a fortalecer. Basta ver la cantidad de venezolanos que regresan al país desengañados con las promesas solidarias de los gobiernos neoliberales. Es un tema urgente y la actitud solidaria tiene que ser clara, tanto de México como de Argentina. Es urgente porque los dos países de peor desempeño mundial con la pandemia –Estados Unidos y Brasil– pueden intentar tapar sus problemas provocando un conflicto externo con Venezuela. La reciente incursión de mercenarios yanquis, relacionados también a Brasil, es una pequeña muestra. El canciller Felipe Solá, al partir para la reunión de la CELAC en México el 6 de enero, publicó un Twitter donde resaltaba: “América Latina y el Caribe deben recuperar sus organizaciones regionales como mecanismos de integración económica y mediación política ante conflictos” (Solá, 2020).

También es importante el crecimiento de una política activa de intercambio con Cuba. Un elemento clave aquí es la política de salud. El intercambio científico y de políticas públicas que se venía realizando debe ser retomado en un contexto que evidencia brutalmente su importancia y necesidad. Y tanto México como Argentina deben asumir un respaldo decidido para abrir posibilidades económicas al país caribeño. Esto, además de ser un gesto de hermandad, es también una apuesta al cambio de las correlaciones de fuerza en la región.

Además, el escenario pospandemia parece indicar un fortalecimiento chino frente a los Estados Unidos (Raimundi, 2020). Este tema tiene distintas opiniones, pero de ser así, sería una oportunidad para fortalecer un panorama de multilateralismo que da un mayor margen autónomo a los países latinoamericanos. Una vez más, aquí hay que recordar que la presidencia mexicana de la CELAC colocó en la programación de este año la realización del Foro Ministerial CELAC-China.

Por supuesto que no todos los analistas están convencidos de la fortaleza de estas perspectivas y que todas estas iniciativas van a contramano de las presiones norteamericanas sobre los países latinoamericanos y, por supuesto, sobre Argentina. Pero ese hecho es prácticamente una garantía por contraste de cuál es el camino a recorrer. Un estilo sin estridencias, con mucho pragmatismo, pero sin perder el rumbo autónomo, parece ser lo que hace falta y es una de las cualidades que Alberto y sus equipos están mostrando. Además, el surgimiento del Grupo de Puebla puede, de alguna forma, complementar –y en parte suplir de una forma extrainstitucional– los límites que pueda tener una institución que intenta abarcar un arco político e ideológico muy variado. Además, puede dar un hilo de continuidad a la realidad cambiante que tienen las instituciones interestatales con los constantes cambios de gobierno. Allí también hay una importante presencia de los dirigentes argentinos y mexicanos. Entre ellos están, del lado argentino, el propio presidente Fernández y su canciller Solá, además del excanciller Jorge Taiana, histórico constructor del proceso integrador latinoamericano reciente. Del lado mexicano está el propio Maximiliano Reyes Zúñiga, además de dirigentes de diversos partidos.

Esto, teniendo en cuenta que la política exterior norteamericana va a ser encargada por el gobierno que venga –sea con Trump o con Biden– de tratar de financiar la superación económica de la pospandemia norteamericana con un brutal avance del lucro drenado de los países de América Latina. Aquí es importante tener contrapesos: la ligazón con China y con otros países con capacidad autónoma frente a Estados Unidos, principalmente del “Sur Político”, es un elemento. Otro es la gestación de políticas que puedan tener apoyo solidario de algunos países con mayor acentuación democrática, como las políticas de Derechos Humanos, la política indígena o la política ecológica. Esto puede atraer solidaridades de algunos países, o sectores de los mismos, principalmente en Europa.

Además, el escenario pospandemia, dentro de lo que se puede ir viendo, va a requerir un Estado fuerte, presente, con capacidad de intervención firme. García Linera decía también que “estamos entrando en un período de fuerte presencia estatal”. La experiencia mundial que se vive da pie también para la priorización de la salud y del estímulo al conocimiento científico gestado en los espacios públicos. Va a dar pie también para discutir en otros términos todo lo que sea deuda, sistema impositivo, modelos de acumulación de capital. También para discutir y profundizar sistemas de ingreso universal. Todo eso que nunca quisieron hacer los neoliberales y que pueden verse –en cierta forma– obligados a hacerlo. Pero el problema que tiene gente como Piñera, Duque o el ministro de economía Guedes en Brasil –de Bolsonaro, ni hablar– es que, aunque –por un raro milagro– se les ocurriera hacerlo, ni siquiera lo saben hacer. El peronismo sabe y tiene gente preparada para hacerlo bien.

 

Política exterior y política interna

Un viejo principio del estudio de las llamadas “Relaciones Internacionales” es que la política externa es reflejo de la política interna. No siempre es real, pero como principio me parece bueno: la coherencia cuesta, pero fortalece.

Por tanto, para pensar una política externa que coloque a la Argentina en un liderazgo regional compartido al servicio de las mayorías populares, es importante pensar una correspondencia de las iniciativas políticas impulsadas con la política interna hacia la propia población argentina. Alberto está en ese camino, como –casi– siempre lo estuvo el peronismo. Pero clarificarlo, transparentarlo y profundizarlo es clave. Para hacerlo hacen falta medidas tradicionales de la política nacional-popular, pero también hacen falta políticas innovadoras creativas, sobre todo en aquellos aspectos en los cuales podríamos decir que el peronismo quedó históricamente en deuda.

Para los gobiernos populares en América Latina y el Caribe existe un dilema fundamental para pensar el proyecto político-económico-social en la región. Llamo a ese dilema “Desarrollo o Buen Vivir”. ¿Qué significa esto? Descartando de la discusión al proyecto neoliberal por no estar orientado al servicio de las mayorías populares, hay dos grandes opciones que aparecen en el horizonte latinoamericano para los gobiernos que tienen como convicción responder a sus pueblos con una propuesta de justicia y dignidad.

Una, en la cual hay muchísima más experiencia en las políticas públicas, es una opción por lo que en general se llama un “proyecto desarrollista”, pero que prefiero llamar –por lo menos para la realidad latinoamericana, y muy especialmente para la Argentina– como política “populista”,[3] o si se prefiere, “nacional-popular”. Hay muchas experiencias latinoamericanas y en distintas épocas con este planteo. Para hacer un análisis debemos quedarnos, en principio, con las que han estado más claramente al servicio de los pueblos. La experiencia del peronismo –sobre todo del primer peronismo y de la etapa kirchnerista– sin duda están en esta primera línea, a la vez, concreta y simbólica. Básicamente es una propuesta que busca los márgenes del capitalismo, con un pie dentro y otro fuera del mismo, pero sin renegar del todo de él. Para caracterizarla –general aunque no exhaustivamente– se puede decir que: acentúa la importancia del mercado interno y del bienestar popular, incluyendo la capacidad de consumo; la industrialización que sustituye importaciones; el modelo primario-exportador sigue vivo, pero pierde peso relativo y se captura parte de su excedente para el bienestar popular y la promoción industrial; la priorización de la educación y la salud; el mercado existe pero bajo regulación; el Estado tiene una intervención y cierta dirección del movimiento económico; la política externa busca una posición autónoma y busca caminos de multilateralidad y de integración latinoamericana. Podríamos decir que este modelo muestra la cara más humana del capitalismo, la más social, y por eso lo sitúa en sus márgenes. Esto le vale el odio desenfrenado de las oligarquías que –aunque se aprovechan del “pie dentro” todo lo que pueden cuando no tienen la suficiente fuerza para imponerse– ni bien tienen oportunidad buscan destrozarlo. Ese hecho, a pesar de sus limitaciones, muestra su valor. Como decía Evita: “nunca la oligarquía fue hostil con nadie que pudiera serle útil” (Duarte, 1951: 87).

Por otro lado, mediante el proceso de “politización de lo étnico” –o sea, transformando en propuestas políticas la práctica ancestral de los pueblos– los Movimientos Indígenas configuraron como contrapropuesta al neoliberalismo a lo que se suele llamar “Buen Vivir”. Este es un principio cosmovisional compartido en pueblos y naciones indígenas del continente que tiene como núcleo el sentido comunitario de la vida que abarca a las personas y la naturaleza. Como proyecto político apunta a la superación del capitalismo, que le es incompatible, y por eso necesaria y fecundamente entra en diálogo con otros proyectos que buscan lo mismo: socialismos, cristianismo de liberación, antiimperialismos, populismos de izquierda, etcétera.

Las preguntas son: ¿hay que elegir uno de los dos modelos o pueden convivir? ¿Hay que pensar en etapas, donde uno prepare la llegada del otro? En la teoría los dos son incompatibles, por lo menos el Buen Vivir es incompatible con los proyectos “desarrollistas” en cuanto pertenecientes al capitalismo. Por otro lado, la implementación del Buen Vivir en todos los lugares –y con culturas que se establecieron con otros criterios que los indígenas– es imposible de concretar en procesos de corto plazo. Un camino intermedio y que fue analizado y –podríamos decir– se buscó realizar en Bolivia es, en una explicación muy simplificada, que la implementación más humana, social y ecológica de uno –la del desarrollismo– vaya preparando y abriendo posibilidades para el otro: el del Buen Vivir.

Este tema ha sido debatido con fuerza en Ecuador y en Bolivia. Una de sus expresiones fue el llamado Nuevo Constitucionalismo Latinoamericano. También podríamos decir que –anteriormente y con otros términos– formó parte importante del diálogo posterior a los enfrentamientos de Chiapas, en México. En Argentina el debate sobre esto es, todavía, demasiado acotado. Uno de los elementos que atenta contra su realización es el negacionismo invisibilizador de lo indígena de raíz sarmientiana. Los equipos de Alberto tienen gran capacidad para implementar un camino “nacional-popular” como proyecto, pero, como pasó históricamente en el peronismo y en su continuación kirchnerista, no aparece una capacidad destacada para pensar este dilema, ni una convicción para establecerlo profundamente. Ésta es una deuda importante que este gobierno tendría que enfrentar.

Otro elemento es trabajar para que la Soberanía Popular sea la verdadera base y matriz para la política democrática argentina, y también para la construcción de la integración latinoamericana, recolocando a la Soberanía Popular como valor distinto y superior a la Soberanía Estatal y poniendo ésta al servicio de aquélla. Esta soberanía está compuesta, entre otras cosas, por tres “soberanías” fundamentales: la Soberanía Alimentaria, la Soberanía Sanitaria y la Soberanía de Saberes. Los tiempos de pandemia y pospandemia pueden ser relativamente favorables para potenciar la centralidad de estos temas en la política interna y externa. Lo importante aquí es trabajarlo entre la dirigencia política e intelectual y los gobiernos convencidos de esto junto a los movimientos populares. El tema alimentario está siendo abordado por la CELAC en su coordinación con la FAO, pero es clave trabajarlo con los movimientos populares, especialmente con el movimiento campesino y el indígena. El tema sanitario está planteado con inmensa fuerza en este momento. Aunque la OMS lo plantea en otros términos más tímidos –como “seguridad sanitaria” (Ghebreyesus, 2020)– habría que aprovechar este momento de cierta unanimidad en la gravitación de la salud pública para consolidar su priorización y estructuración digna en todos los aspectos: personal; desarrollo científico; infraestructura; capilaridad; priorización de la medicina preventiva con su correspondiente estructuración; fomento a la industria de insumos; y tecnología sanitaria. Unido a esto, la Soberanía de Saberes tiene una importante oportunidad, en estos momentos de valorización de lo científico, para afirmar la política de investigación científica y tecnológica en todos los ámbitos, continuando, mejorando y profundizando la política que realizaron Néstor y Cristina. Pero también implica el fortalecimiento de la educación pública en todos sus niveles, junto con la institucionalización del Diálogo de Saberes entre universidades y centros educativos con los movimientos populares, con una especial valoración de la sabiduría de los pueblos indígenas y campesinos, con la revisión de la legislación sobre patentes especialmente en el ámbito agrario y de salud, etcétera.

Junto a estos temas más generales, hay elementos claves de política popular en los que el peronismo está en deuda y que tendrían que ser caminos de reparación histórica como ejercicio de la justicia social y, a la vez, signos del direccionamiento gubernamental hacia lo más popular de nuestra patria. La dirección fundamental de estas acciones tiene que apuntar a fortalecer la organización popular para impulsar la transformación de la correlación de fuerzas a favor de las mayorías trabajadoras. Decía Cooke (2010: 131) recordando la obra del primer peronismo que “no solamente significó mayores salarios visibles e invisibles, mejores condiciones de trabajo, sino también una transferencia del poder social hacia los grupos inferiores de la escala social capitalista”. Es la forma de dar continuidad y solidez a proyectos liberadores para que no puedan ser revertidos, por lo menos fácilmente, por el poder concentrado del imperialismo y sus cómplices locales de la oligarquía.

Sin pretender ser exhaustivo, nombraría tres: uno de ellos es la política indígena y campesina, con apoyo a las organizaciones, gestión conjunta de políticas, coordinación y participación en políticas ecológicas, y consolidación jurídica, económica y ecológica de los territorios; otro es una política activa en los barrios populares urbanos, con un Estado presente positivamente, fortaleciendo la organización popular y la apertura de expectativas laborales, culturales, deportivas que vayan quebrando la desmovilización que provoca, principalmente, el narcotráfico; y otro es la política carcelaria, con políticas de antiaprisionamiento, educación, trabajo y vida comunitaria.

Es necesaria, también, la ampliación de la agenda de Derechos Humanos. Argentina es una referencia mundial en su actuación, principalmente, frente a los crímenes de la dictadura. Varios de los movimientos de Derechos Humanos más comprometidos impulsaron una ampliación social de esta agenda que, posiblemente, debe crecer mucho más todavía, teniendo en cuenta, entre otras cosas, lo apuntado más arriba: mirando siempre a los más pobres. Pero el tipo de capitalismo mafioso en que vivimos ahora nos impone una ampliación que mire a cuatro grandes sectores violadores de los Derechos Humanos actualmente: el extractivismo minero, del agronegocio y del Estado;[4] el poder judicial ligado a los grandes poderes; los medios concentrados de “comunicación”; y el poder financiero. Son los que provocan y estimulan un clima de violación masiva de los derechos humanos en la mayoría de la población. Desde aquí surge otra parte de la agenda que tendría que apuntar a debilitar la capacidad de acumulación y, por tanto, la capacidad desequilibradora de la correlación de fuerzas que estos sectores tienen. Algunos temas aparecen más claros en el trabajo del gobierno: la reforma judicial anunciada y las acciones de investigación sobre fuga de capitales. Hay otros que deberán aparecer con mayor claridad: retomar el debate de la Ley de Medios y una política comunicacional popular.

Para la modificación de la correlación de fuerzas hay que recordar que ésta tiene una base material. Solamente se la modifica si se realiza una política de redistribución de la riqueza. En general, los gobiernos populares lograron procesos muy interesantes en la redistribución del ingreso, pero no de redistribución de la riqueza que implica el cambio en la propiedad de activos: tierra, inmuebles, capital, estructura productiva. Es un desafío delicado, pero clave. Si no, los procesos “desarrollistas” corren el riesgo de verse reducidos a procesos de acumulación popular que luego son revertidos con relativa rapidez por otros procesos de saqueo de esa acumulación y de reconcentración económica por parte de los poderosos (Thwaites Rey, 2015).

El último factor que quiero destacar es que, como apoyo de estos cuatro sectores violadores de los Derechos Humanos, está la capacidad de ejercer violencia. El capitalismo es históricamente violento, pero en estos tiempos financierizados el tipo de acumulación al que se aspira, rápido y monumental, exige tener más a mano todavía la capacidad violenta. Aquí, un punto es la formación democrática y popular de las Fuerzas Armadas y de las fuerzas de seguridad. Como decía Evita: “los pueblos del mundo deben cuidar que sus fuerzas militares no se conviertan en cadenas o instrumentos de su propia opresión” (Duarte, 1987: 20). El peronismo tuvo una presencia intermitente aquí.

 

Algunas consideraciones al final

La figura de Alberto Fernández aparece con claras posibilidades de liderar, especialmente en coordinación con el gobierno mexicano, un renovado proceso de integración regional. La CELAC y el Grupo de Puebla aparecen como dos instrumentos posibles para ello. Un proceso difícil, por la situación de empate en que se encuentra la región en cuanto a la orientación de sus políticas, pero necesario, justamente porque la salida de esa coyuntura de relativo equilibrio tiene que ver con la aparición de liderazgos sólidos. El contexto de la pandemia y pospandemia complica muchas cosas, pero también acentúa algunas necesidades para cuyas respuestas Alberto está mucho mejor dispuesto y preparado que otros mandatarios de la región.

De todas formas, habrá que ver por dónde caminará la historia regional y la actitud de sus protagonistas, pero hay una esperanza activa, tanto en el país como en la región, en que sus líderes comprometidos con el campo popular abran caminos de justicia, de transformación profunda y de unión de nuestra Patria Grande.

 

Referencias

Adamovsky E (2020): “La rebelión contra la evidencia”. Anfibia, http://revistaanfibia.com/ensayo/la-rebelion-la-evidencia.

Adhanom Ghebreyesus T (2020): Prioridades. Seguridad Sanitaria. Organización mundial de la Salud, www.who.int/dg/priorities/emergencies/es.

Brieger P (2020): “Celso Amorim, excanciller brasileño, a propósito de la salida de Brasil de la CELAC: ‘La política de Bolsonaro es una sumisión total a la política de Trump’”. Nodal, 17 de enero.

Brito G (2020): “La ‘Agenda Alberto’ en Argentina”. CELAG, 7 de mayo.

Cabello D (2020): “Venezuela: Diosdado Cabello contra el arrastrado canciller Felipe Solá de Argentina”. Sucreranda 3, www.youtube.com/watch?v=cPWZJPzEmIM.

CELAG Opinión Pública (2020): “Panorama político y social Argentina. Mayo 2020”. CELAG.

CEPAL (2019): “Anuario estadístico de América Latina y el Caribe 2018”. Santiago de Chile.

Cooke JW (2010): Obras Completas. Tomo IV. Buenos Aires, Colihue.

Duarte ME (1951): La razón de mi vida. Buenos Aires, Peuser.

Duarte ME (1987): Mi mensaje. Buenos Aires, La Nación.

García Linera A (2008): “Empate catastrófico y punto de bifurcación”. Crítica y emancipación. Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales. 1 (1), Buenos Aires, CLACSO.

Logiúdice E (2016): “El ceomacrismo, las Alianzas Público-Privadas y cambios estratégicos del capitalismo”. Herramienta: debate y crítica marxista, 39.

Montes R (2020): “Entrevista: Alicia Bárcena, Secretaria Ejecutiva de la CEPAL: ‘El Banco Mundial y el FMI tienen que revalorar las altas deudas de países como Argentina’”. El País, 25 de marzo.

Página12 (2020): “García Linera elogió a Alberto Fernández: ‘Se convertirá en uno de los más grandes líderes de la región’”. 17 de mayo.

Portantiero JC (2013): Clases dominantes y crisis política en la Argentina actual. Buenos Aires, Biblioteca Virtual Universal.

Raimundi C (2020): “La hora de la política”. El cohete a la luna, 17 de mayo.

Reyes Zúñiga M (2020): “CELAC: la apuesta mexicana”. Nodal, 27 de febrero.

Singer F (2020): “Maduro acusa Bolsonaro e pede mediação de ‘países amigos’ para conflito com os EUA”. El País, 14 de febrero.

Solá F (2020): @felipe_sola. https://twitter.com/felipe_sola.

Thwaites Rey M (2015): “Argentina fin de siglo”. Revista de crítica militante, 254.

Verzi Rangel A (2020): “Integración: el importante relanzamiento de la CELAC”. Nodal, 11 de enero.

[1] Al 21 de mayo, el 56% de los muertos por la pandemia en América Latina y el Caribe eran de Brasil, y su población representa el 33% de esta misma región. Estos promedios son elaboración propia, con datos de los sitios Telesur (www.telesurtv.net/) y Globo digital (https://g1.globo.com) para la cifra de muertos, y de la CEPAL (2019: 13) para la población.

[2] Hay que recordar que el canciller Solá emitió el día 5 de enero un Twitter donde sostenía, frente a la elección de autoridades en la Asamblea Legislativa Venezolana: “Impedir por la fuerza el funcionamiento de la Asamblea Legislativa es condenarse al aislamiento internacional. Rechazamos esta acción e instamos al ejecutivo venezolano a aceptar que el camino es exactamente el opuesto. La Asamblea debe elegir su presidente con total legitimidad” (Solá, 2020). El comentario provocó, al día siguiente, una dura reacción de Diosdado Cabello en Venezuela. A mi entender, ambos comentarios fueron desmedidos e innecesarios.

[3] Utilizo este término en un sentido “positivo”, en la línea de políticas que son percibidas como respuestas a las demandas populares. El término tiene múltiples interpretaciones, pero no es en este texto donde analizaremos esto.

[4] Por extractivismo estatal me refiero a la colonización de las decisiones estatales en los contratos de obra pública, política de subsidios empresariales, política financiera, etcétera, que terminan beneficiando fundamentalmente al empresariado concentrador (Logiúdice, 2016).

Comentarios de Facebook

También podría gustarte Más sobre el autor