Desarrollismo liberal o peronismo soberano: las encrucijadas del justicialismo post-pandemia

Gustavo Adolfo Koenig

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Peronismo no es ideología, es doctrina

¿Izquierda o derecha? ¿Liberal o marxista? ¿Keynesiano o socialdemócrata? ¿Dónde ubicar con exactitud la más importante tradición política y cultural de la Argentina?

La verdadera contradicción, la principal, la contradicción más profunda que sufre el Movimiento Justicialista está dada en un dominio superior al ideológico. La contradicción que nos pertenece se da en otro orden, en un dominio superior. Es un plano que está muy por encima al mero intelectualismo teórico de las ideas y apunta a los principios rectores del espíritu.

Más que buscar modelos ideales de sociedad como hacen las ideologías, las doctrinas apuntan al sentido de la ubicuidad: qué es lo mejor para este pueblo dado este espacio tiempo concreto. Pero no es pragmatismo. Ese sentido de la ubicación es aprovechado doctrinariamente sólo si se apunta a la realización de los principios supremos del movimiento, al sistema de valores espirituales que lo rige.

Modernidad o Tradición, he aquí la verdadera contradicción presentada en sus verdaderos términos. Dentro de estos dos polos opera la lucha por la soberanía nacional o la sumisión al desarrollo foráneo. La pertenencia a una tradición cultural o la entrega de territorio en pos de una tecnificación extranjera y absurda.

 

La independencia de España y la opción por la modernidad colonial británica

El único antecedente de Unidad Latinoamericana, único real (Real), operativo y práctico en términos políticos, históricos, económicos y administrativos, fue el de los Habsburgo: el sistema de capitanías, gobernaciones y audiencias, una red de comunicaciones montada sobre la sabiduría ancestral de los caminos del incario, sumados a nuevos lazos de fe que unieron la administración española de la América Ibérica, el costado andino de Latinoamérica. Luego llegaron los Borbones y organizaron un embudo extractivo hacia el Atlántico.

En las colonias españolas se estaba produciendo la conjunción del eje vertical cosmos-pachamama con el eje horizontal del amor al prójimo del cristianismo.

Luego, la lucha por la independencia fue transfigurada con un exagerado rechazo a la tradición hispánica y cristiana, mientras que nuestros libertadores nunca quisieron una independencia fragmentada del territorio latinoamericano, ni tampoco una moral liberal predominante en su cultura. Desde Belgrano, Artigas, San Martín y Bolívar se anhelaban valores cristianos en una unidad territorial continental.

Pero el resultado de la traición de los puertos fue una balcanización territorial y una cultural liberal muy lejana a los valores espirituales del cristianismo social. Ganó la cultura del comercio. ¿Qué fue sino un embeleso por lo moderno, por los encantos del progreso, los cantos de sirenas de la civilización, lo que eligieron aquellos pulcros porteñitos unitarios al entregar arteramente el paisanaje criollo al degüello de la manufactura británica? Ríos de sangre criolla y federal regados para hacer florecer una moderna colonia británica. Una pequeña flor adornando la expansión geopolítica de Gran Bretaña en el Atlántico Sur, una colonia separada de su Patria Grande, de su tradición cristiana. Todo por “el desarrollo”. Veinte hermanas liberales aisladas en republiquetas portuarias, dándose la espalda y mirando “hacia afuera”.

 

La opción por la modernidad colonial británica y la negación de la negación a la tradición

Primero la negación española a las cosmovisiones telúricas, a las sutiles intuiciones del cosmos percibidas por la sabiduría inca. Se superpuso una tradición a otra, sin incorporar las vertientes espirituales del milenario conocimiento andino.

La Catedral de San Francisco del Cuzco, construida obscenamente encima del Templo del Inti, es una marca vergonzosa en la humilde tradición cristiana y dará su antecedente para que el liberalismo materialista vuelva por el mismo camino: la negación a la tradición telúrica y cósmica del incario volverá en la negación al humanismo cristiano por parte de la modernidad progresista británica. Los negadores son negados.

 

La modernidad colonial hoy: el discurso materialista de la ciencia

El progreso, el desarrollo, la civilización, todas esas pomposas palabras importadas antaño de Inglaterra son justificadas en nuestros días en el marco del discurso único de la ciencia.

El Siglo XXI nació tecno-progresista, pero ese desarrollo, ese progreso y esa civilización, si negamos nuestra cultura, nuestra identidad, nuestra Tradición, termina por negarnos a nosotros mismos. El discurso de la ciencia nos niega. La ciencia como institución es el gran hegemón del nuevo siglo. La tecnociencia es la base del poder global.

Es posible que estemos perdiendo la tradición soberana, la ancestral tradición de luchar por la tierra, en pos de un discurso científico más parecido a un monólogo técnico, frío, cuantitativo y pulcro. Sacrificamos nuestras tradiciones culturales en el altar de una tecnificación científica que no persigue sino otro fin que esterilizarnos.

¿Qué es la ciencia? ¿Por qué no puede ser criticada en su modo superficial de conocimiento? ¿Por qué no está permitido criticar a la ciencia? ¿Será ese el último eslabón mental de nuestro coloniaje? ¿No estaremos viviendo la sumisión al monopolio discursivo de la ciencia, al discurso único de la tecnificación?

 

La ciencia ignorante

La ciencia es únicamente el estudio de los fenómenos del mundo sensible, y este estudio se conduce de tal manera que no puede estar vinculado a ningún principio de orden superior, como lo es por ejemplo la Soberanía. La ciencia ignora resueltamente todo lo que la rebasa. Se hace así plenamente independiente en su dominio, pero esa independencia, de la que se glorifica, no está hecha más que de su limitación misma.

La ciencia occidental es en definitiva un saber ignorante, irremediablemente limitado, ignorante de lo esencial, un saber que carece de principio rector. Es completamente superficial al dispersarse en la multiplicidad indefinida de los conocimientos fragmentarios y perderse en el detalle innumerable de los hechos. No aprende nada de la verdadera naturaleza de las cosas, a la que declara inaccesible, para justificar su impotencia en otros órdenes.

La ciencia puede ser en todo caso instrumental a la Soberanía y la inversión de estos términos –la soberanía al servicio de la tecnociencia– es la degradación que sufren los principios rectores y fundantes del Movimiento Justicialista.

 

Sobre el altar del desarrollo se sacrifica la soberanía

Argentina no maneja el comercio exterior, ni los créditos bancarios, ni sus comunicaciones. Tiene extranjerizados sus ríos, no dispone de soberanía en su mar territorial, ha privatizado sus puertos, ha vendido a su enemigo histórico el inmenso tesoro natural de la Patagonia por viles monedas. Permite, con aprobación de todos los partidos políticos, la construcción de un aeropuerto inglés en Zona de Fronteras, a dos horas de vuelo del territorio usurpado en Malvinas. Toda su estructura productiva se basa en el monocultivo transgénico para forraje animal en China. Su pueblo vive hambreado y desesperado por las migajas de la ayuda social, su dirigencia actúa un simulacro de vedettes televisivas, todo el arco ideológico es cómplice, hace décadas, de la entrega y la sumisión. El motor que impulsa tal nivel de colonialidad es la Inversión Extranjera que hace medio siglo viene a “desarrollarnos”.

El Movimiento Justicialista está alejándose de sus bases filosóficas por aferrarse a un electoralismo supino que identifica el poder en el Estado y no en donde siempre está: el pueblo.

 

Movimiento de pinzas

Un sutil movimiento de pinzas nos envolvió por los dos costados. Desde el menemismo se quiso identificar al Movimiento Justicialista con el goce superfluo del liberalismo consumista, de la especulación y el lujo vergonzante de los dirigentes.

Desde el progresismo, la versión de izquierda del liberalismo, se nos quiere transformar en un partido moderno que sigue las agendas del globalismo financiero, abandonando las tradiciones telúricas y los anhelos espirituales de nuestra nación.

 

Volver a la Tercera Posición

La defensa de los valores espirituales, esencia fundamental de la dignidad de la persona humana, es lo que persigue la Tercera Posición. Ni sumisos obedientes al avance estúpido de la tecnología transformándonos en maquinas productivas al servicio de un supuesto “desarrollo”, ni individuos hipnotizados por las novedades del consumo superfluo.

Grandeza de la Nación y Felicidad del Pueblo. Pero grandeza de la nación con un pueblo triste, a los peronistas no nos interesa. La grandeza de la nación no es dejarse arrollar por el desarrollo foráneo de las inversiones extranjeras. Es construir una obra popular llamada Argentina. La realización, la puesta en acto de esa fuerza colectiva estructurando un país para nosotros mismos es la felicidad del pueblo, felicidad que deviene de estar haciendo juntos algo que es y será de todos nosotros.

Es la última oportunidad del peronismo. De seguir transfigurado por la socialdemocracia, el progresismo liberal o el desarrollismo materialista habrá quedado en la historia el gesto gigante del espíritu nacional que subvirtió las capas profundas de la tierra un 17 de octubre de 1945. Tendremos un partidito moderno y ágil, con globos de otros colores, con facilidad estadística para ganar elecciones, pero seremos parte de la vehiculización del irreversible proceso de extranjerización de nuestro territorio. Dejaremos de ser un Movimiento Nacional para ser un Partido Liberal.

El final del peronismo será traicionarse a sí mismo, convertirse en un movimiento antinacional, es decir en un instrumento probritánico. Es por eso que aplaudir a Mindlin es cruzar un límite.

 

Gustavo Adolfo Koenig es sociólogo (UBA), maestrando en Defensa Nacional (UNDEF), director del área Recursos Naturales y Medio Ambiente (FIPCA) e integrante de la Comisión de Defensa (PJ).

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