Defensa Nacional: 10 puntos para la renuncia de Cambiemos

Ernesto López

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  1. La posibilidad de contar con una política de defensa nacional está directamente ligada a la de ser –o procurar serlo– una nación o, por lo menos, un país. La trayectoria gubernamental de Cambiemos pone de manifiesto que Argentina adolece de serias carencias en ambos planos.
  2. La hecatombe económica, financiera, productiva, social y laboral, a la que nos ha conducido el presidente Macri en brevísimo lapso, ha convertido a nuestro país nuevamente en mendicante de ayuda externa: sin crédito ya con la banca internacional y puesta a merced del FMI. El país ha entrado en un peligrosísimo derrape y la nación se encuentra seriamente afectada en su condición de tal. Bajo estas condiciones y dada la persistencia del oficialismo en el mantenimiento del marco ideológico que ha conducido a ese derrumbe, el ejercicio de la soberanía transita hacia su evaporación.
  3. Un anticipo parcial de lo que vino luego –y padecemos ahora– quedó patentizado en el acuerdo Duncan-Foradori, establecido en 2016, que marcó una inaceptablemente sumisa y concesiva posición argentina frente al Reino Unido respecto de la Cuestión Malvinas.
  4. En los tiempos que corren, la articulación entre política exterior y defensa es tan inevitable como significativa. En este sentido, otro acto de sumisión –esta vez frente a los Estados Unidos– quedó expuesto en unas declaraciones efectuadas por el embajador argentino en EEUU, Fernando Orís de Roa, a comienzo del corriente año, recogidas por diario El Cronista (16-1-2018). Dijo el diplomático: “Estados Unidos quiere nuestro respaldo en votaciones internacionales y apoyo en temas como el narcotráfico, el lavado de dinero y otros de corte político. Nosotros, en cambio, tenemos una agenda económica. Mi función se trata de encontrar el nivel de llegada exacto como para satisfacer la agenda de ellos y que eso se interprete como un gesto que los inspire a cooperar con nosotros”. En consonancia con lo anterior, Cambiemos ha procurado brindar servicio a la agenda estadounidense y conseguir abrigo bajo el ala de águila americana (también, como se viene de indicar, ha buscado satisfacer a los intereses del Reino Unido, principal socio estratégico de la gran potencia norteña, en este caso a cambio de nada).
  5. El gobierno nacional, por lo tanto, se ha esforzado y lo hace todavía por hacer coincidir su “agenda” de seguridad y defensa con la de EEUU, para lo cual ha debido darle prioridad a la primera en detrimento de la segunda.
  6. Macri prácticamente ha renunciado a sostener la condición de Estado soberano de Argentina. Los ejemplos apuntados arriba no son obviamente los únicos y son per se elocuentes. Como no puede ser de otra manera, esta claudicación se expresa en diferentes niveles. Uno de ellos es precisamente el de la defensa.
  7. En este plano ha embestido contra el marco legal preexistente: las leyes de Defensa Nacional, Seguridad Interior y de Inteligencia, y el decreto reglamentario de la primera –que delimitaba con precisión las funciones de seguridad y defensa–, mediante confusos y dudosamente legítimos decretos aprobados muy recientemente. Esta carga trae aparejado un resultado condenable: socavar el consenso político pluripartidario más importante de los conseguidos desde la reinstalación de la democracia en el país. Todo en beneficio del interés norteamericano y en desmedro del propio.
  8. Ha apelado, asimismo, a un pomposo arsenal argumentativo que se pasea por algunas de las tribulaciones de un mundo que hoy se halla severamente afectado en el campo de las relaciones internacionales; por presuntas novedades, como la cyberdefensa o la aplicación de las Fuerzas Armadas a la ayuda ante desastres naturales; y por la infaltable referencia al narcotráfico y al terrorismo internacional. Resulta llamativa, sin embargo, la ausencia de relación de lo anterior con las problemáticas concretas y específicas que –eventualmente– presenta nuestro país en esos campos. No hay, por ejemplo, mención alguna a las características del narcotráfico aquí –ni qué hablar de alguna estrategia integral frente a las narcoactividades y sus problemas derivados o concomitantes– o al modo en que nos está afectando o afectaría una guerra híbrida a la que no se le coloca sujeto agresor. Menos aún al modo particular en que las problemáticas de seguridad internacional en curso operan o afectan a la Argentina y a cuáles deberían ser las posiciones de nuestro país al respecto, más allá del recurrente seguidismo que se está practicando. Una muestra de esto último ha sido el voto de Argentina –junto a tan sólo ocho países más– en contra de la resolución de la Asamblea General de Naciones Unidas de diciembre del año pasado, que rechazó la decisión del gobierno del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de reconocer oficialmente a Jerusalén como la capital de Israel. Argentina quebró una razonable posición que sostenía desde hace ya varias décadas.
  9. Tampoco hay ninguna referencia concreta a la deplorable situación en la que se hallan nuestras Fuerzas Armadas en lo que respecta a medios, despliegue, personal, etcétera. Sabido es que en el Ejército hay una relación de un oficial cada 3,77 soldados (a todas luces atrofiada) y un soldado cada un suboficial (ídem); que la Fuerza Aérea no sólo no ha podido recuperar el material que se malogró en Malvinas, sino que carece ya de aviones supersónicos y ha perdido posibilidades de adiestramiento; y que la Armada se encuentra muy afectada en recursos, entrenamiento y posibilidades de acción. Sólo se alude, en este terreno, a generalidades.
  10. En fin, el desmantelamiento de la nación y la renuncia a la defensa enlazada a lo anterior están propiciando un inoperante “como si” en este campo. La gran potencia del norte lo sabe, pero no le importa mucho. Para ella lo que verdaderamente cuenta es el alineamiento irrestricto. Esto es lo que esencialmente espera, en una época en la que su mayor preocupación respecto de América Latina y el Caribe es la contención de China y, eventualmente, de Rusia.

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