Buenos Aires y la renegación del territorio, persistencia de una matriz colonial

Sergio A. Zicovich Wilson

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 Aldo Rossi, teórico italiano de la ciudad, sostenía que indagar en la toponimia urbana “podría dar interesantes resultados para el estudio de las formaciones de la ciudad, [ya que] toda ciudad presenta ejemplos numerosos de profundas modificaciones físicas del suelo que han permanecido en los nombres de las calles y de los barrios” (Rossi, 1979). Observación apropiada para cierta ciudad europea acerca de la cual Rossi hablaba y, fundamentalmente, desde la cual hablaba, pero que tiene un valor relativo en nuestro contexto urbano e histórico.1

La toponimia urbana involucra, en realidad, dos órdenes denominativos distintos: los nombres genéricos o tipológicos de los elementos urbanos –que varían no sólo de acuerdo a la lengua local sino, también, a las características físicas de cada ciudad, al tipo de elementos que la constituyen y al uso que de ellos se hace– y los nombres propios –que individualizan a cada elemento en su particularidad y que dependen de condiciones y circunstancias históricas. A la vez, dentro de cada orden, habrá –o podrá haber– diferencias y desplazamientos entre las nomenclaturas oficiales y aquellas consagradas por el uso popular. En esa cierta ciudad europea mencionada, ambos órdenes suelen ser de gran riqueza, plenos de matices, variantes y referencias geo-históricas, lo que nos hace entender muy bien las razones de Rossi.

En cambio, en Buenos Aires, donde a la nomenclatura urbana oficial que no reconoce más que calles, avenidas, parques, plazas, plazoletas y canteros debemos agregar el carácter abstracto y general de los nombres propios, la cosa es bien distinta. Inevitablemente, surge preguntarse si Buenos Aires es tan homogénea, monótona y aburrida como sugiere su toponimia, o si se trata de que ésta ha sufrido un empobrecimiento cuyos motivos cabe indagar.

Hay una línea de pensamiento de larga data –a mi entender, producto de una mirada algo romántica y turística– que adhiere a la hipótesis de la monotonía. Dice el argentino Alberto Nicolini (2001): “Para un europeo, la ciudad hispanoamericana parece reiterativa, monótona, aburrida; y es que la cuadrícula regular plantea una previsible, inevitable, manera de caminar y de acercarse a los monumentos, sin descubrimientos ni sorpresas. En cambio, la compleja estructura vial de la ciudad europea de origen medieval hace inédito cada metro recorrido y, mediante los cambios permanentes de perspectivas, ofrece una aproximación gradual a sus propios monumentos por medio de una constante acumulación de novedades perceptuales”.

Sin embargo, en esas ciudades “orgánicas” la sorpresa se va extinguiendo con la frecuentación. En efecto, al ser tramas viales más arbóreas que reticulares, intentar caminos alternativos o retomar “en el próximo cruce” puede llevarnos a un desvío tal que nos deje como única alternativa desandarlo. En esas “sorprendentes” ciudades, entonces, los ciudadanos terminan recurriendo –en el día a día– a un número reducido de trayectos punto a punto, rutas-rutinas cuya repetición torna previsible cualquier experiencia. Por el contrario, las “aburridas” cuadrículas admiten variados caminos alternativos de longitud equivalente por el simple recurso combinatorio, permitiendo una renovación de la experiencia perceptual y estética hasta para el más baqueano. Quizás, justamente, para el propio ciudadano antes que para el turista. Cabría recordar aquí el cuento Los dos reyes y los dos laberintos, donde Borges (1971) –“viendo” más allá de lo obvio– propone la máxima complejidad en la superficie aparentemente neutra del desierto, más que en la premeditación jactanciosa de los ingenios humanos.

Es cierto que la ciudad hispanoamericana no tiene su origen en el “arte urbanístico”. Tampoco en una relación ancestral, única e intransferible con el territorio, producto de una larga tradición en habitarlo en la que uno y la otra se van construyendo mutuamente. Es, ante todo, hija del trámite, del recurso práctico para la apropiación y domesticación de un espacio percibido como salvaje, inculto, vacante. Según Ángel Rama (1984), en su origen nuestras ciudades no son más que meros actos escriturarios. ¿Pero, acaso, gran parte de esas “variadas” ciudades medievales europeas no fueron antes también “monótonas” cuadrículas, recursos de la ocupación romana del espacio? Una ciudad es lo que es su origen, como también lo que es su historia e, incluso, su proyecto. Habría que ir revisando, de paso, el mito de la juventud de nuestras sociedades, que termina siendo funcional a las intenciones tutelares de otras sociedades supuestamente más maduras. Buenos Aires ya supera los 400 años. No es tan poca cosa. De hecho, esa cuadrícula originaria, directriz, no ha sido una barrera sino, más bien, el soporte permanente sobre el que se desarrolló una heterogeneidad extraordinaria que la ha transformado en una de las ciudades con mayor “personalidad”. Pero la toponimia –y tantas otras representaciones de la urbe fundadas en imaginarios– no acompañó ese proceso histórico de heterogenización, y eso parece obedecer a razones que van más allá de determinaciones congénitas supuestamente irreversibles.

Arturo Jauretche (1975), en La falsificación como política de la historia, se aproxima –con su habitual agudeza y cierto tono conspirativo– a la cuestión toponímica en Argentina: “la toponimia ha sido alterada para que el paisaje geográfico no coincida con el paisaje histórico, contribuyendo a esa sensación de irrealidad, de cosa estratosférica, (…) de convencional, de artificiosidad, que deshumaniza nuestra historia. (…) La regla es que el nombre expresivo de la anécdota o del hecho haya sido sustituido por otro que recuerda otro hecho, ajeno al lugar, y repetido hasta el infinito en la nueva toponimia. El nombre no proviene de la tradición sino del decreto y así la narración se desvincula del paisaje como los protagonistas de la sociedad a la que pertenecían”.

Buscando por esta línea una racionalidad –aunque más estructural que causal–, podríamos inscribir la cuestión toponímica en el marco de una cierta matriz de ocultamiento y sustitución que ha orientado a la Argentina –y a Buenos Aires, en particular– hacia un imaginario de fuerte ajenidad respecto del contexto latinoamericano, su historia, su territorio y su realidad. Parece elocuente al respecto el orgullo con el cual un sector significativo de la sociedad celebra, aún hoy, esa ajenidad o, lo que es lo mismo, la presunta europeidad porteña. Ocurre como en esas familias que aplican una precisa cirugía del “borre, corte y pegue” sobre su genealogía, para construir un linaje a la medida de su pretensión aristocrática y luego, seducidos por su propia obra, se lo creen.

Esa matriz de ocultamiento y sustitución se aplica, a la vez, sobre la geografía, la historia y el discurso que las refiere. Si Buenos Aires limó las aristas de su orografía, ocultó su hidrografía bajo la alfombra (de asfalto) o se desvinculó del Río de la Plata (¡hay que hacer fuerza para ocultar al estuario más ancho del mundo!), es lógico que desaparezca, también, una buena parte de las referencias a estos accidentes. Desaparece el hecho incómodo –por representar un territorio del que se reniega– y desaparece la palabra. O, mejor a la inversa, desaparecen las palabras, y las cosas –ya sin nombre– son condenadas a desvanecerse como espectros. Pensemos, por ejemplo, en el arroyo Maldonado, alter ego o doble siniestro de la Avenida Juan B. Justo. Confinado en su mazmorra sin nombre bajo el asfalto, acecha pacientemente y urde sus episódicas pero violentas irrupciones. Así retorna lo exiliado: un fantasma que al espantar logra, al menos por un rato, recuperar algo de su entidad. Así se vuelve contra el despojador aquello que ha sido despojado del nombre, excluido de la representación, desaparecido. Freud (1969) explica procesos de este tipo en Lo siniestro. Los argentinos, igualmente, no necesitamos que nadie nos explique la relación entre la desaparición y lo siniestro y, de paso, vamos viendo que esto de desaparecer aquello que “incomoda” a cierto proyecto es una costumbre bastante más anciana que el Proceso. David Viñas (1983), por ejemplo, contabilizaba a los indios como los primeros desaparecidos.

Ahora bien, retornemos a nuestra pregunta: ¿es Buenos Aires tan homogénea como sugiere su toponimia? Pregunta mal planteada, porque la palabra no es la descripción de lo percibido. No nombramos –como Adán, a menos que creamos literalmente en el Génesis– lo que vemos, sino que vemos lo que podemos nombrar, que es como plantea el asunto la lingüística. “El hombre no preexiste al lenguaje, ni filogenéticamente ni ontogenéticamente. Nunca topamos con ese estado en que el hombre estaría separado del lenguaje, y elaboraría este último para ‘expresar’ lo que pasa en su interior: es el lenguaje el que enseña cómo definir al hombre, y no al contrario”, dice Roland Barthes (1987) refiriéndose a la literatura, aunque no es difícil adaptar el concepto a nuestro caso.

Para Nicolini (2001), la pobreza toponímica de nuestras ciudades sería la expresión en lo denominativo de su supuesta monotonía espacial: “al tener que designar elementos genéricos de la cuadrícula, enumera calles, plazas, avenidas, paseos, algunos pasajes y nada más”, llegando a algunos casos extremos en los que “el anonimato geométrico que iguala formas y dimensiones se refuerza por la utilización de una designación específica tan abstracta como pudo ser la secuencia numérica”.

Sin embargo, no se trata de que la toponimia esté ahí, describiendo una ciudad homogénea y aburrida, sino que esa toponimia –empobrecida y devaluada– es la que homogeniza la ciudad. Una devaluación semántica operada desde cierto topos de la autoridad –la “cultura oficial”, los formadores de opinión, el Estado o, más bien, “cierto” Estado– que atenta contra la sutileza en la percepción de las diferencias y los matices espaciales, tendiéndolos a la desaparición. Privar de las palabras apunta a privar de las cosas. Paralelamente, y en el contexto de la dialéctica autoridad o anarquía (formal o informal, en terminología light), el habla popular tendió y tiende a la diversidad, a escapar a los cerrojos que la autoridad formal impone.

Durante los siglos de la “aldea”, la toponimia porteña tenía referentes claros en los mitos, actividades y funciones propios de la comunidad como la Calle al Puerto, hoy Defensa, que vinculaba el centro con el Puerto de los Navíos en el Riachuelo, expresando su lugar en la urbe y en sus actividades. En 1774 interviene por primera vez la autoridad colonial para establecer una toponimia oficial que arrasa con las denominaciones populares para reemplazarlas por nombres de santos, sistema cuyo referente general era el santoral católico y que sólo tenía alguno en la urbe cuando el nombre de la calle coincidía con el de la iglesia que sobre ella se encontraba, como Santo Domingo, hoy Belgrano, o Piedad, hoy Bartolomé Mitre. El segundo hito toponímico es en 1807, cuando la euforia oficial por el rechazo de las invasiones inglesas permuta santos por héroes y mártires, o por exclamaciones exitistas como Victoria, Defensa y Reconquista. En 1822, las luchas por la emancipación son el tema excluyente del tercer hito: las naciones independizadas, las provincias del Río de la Plata, las batallas, las fechas y los ideales, como Independencia o Libertad. Las nuevas fuerzas políticas dominantes –laicas, revolucionarias, a veces anticlericales jacobinas– arrebatan el espacio denominativo a la Iglesia, identificada inequívocamente con el sistema colonial. La toponimia ya se ha vuelto definitivamente rehén del sistema imperante y sólo alcanzan a sobrevivir unas pocas denominaciones referenciadas en los hechos urbanos, como Universidad, hoy Bolívar –por la Manzana de las Luces– o Del Parque, hoy Lavalle –por el Parque de Artillería donde hoy se ubica el Palacio de Tribunales.

Desde 1870, la expansión que transformó en poco más de medio siglo a la aldea en ciudad y a ésta en metrópoli puso a disposición un inmenso campo, en apariencia vacante, incluso para la experimentación toponímica como, por ejemplo, cuando se reemplazaron los nombres de las calles por números, durante la presidencia de Sarmiento, bajo la inspiración –nada sorprendente– del modelo norteamericano. Pero operar como si el territorio fuera un espacio vacante es un viejo y nada ingenuo dispositivo colonial. Dice al respecto José Luis Romero (1976): “El aniquilamiento de las viejas culturas (…) constituía el paso imprescindible para el designio fundamental de la conquista: instalar sobre una naturaleza vacía una nueva Europa, a cuyos montes, ríos y provincias ordenaba una real cédula que se les pusieran nombres como si nunca los hubieran tenido”.

Tres siglos después de la conquista, la expansión de Buenos Aires repetía aún, de algún modo, ese dispositivo y el imaginario que lo legitima. Pero ese “vacío” sobre el cual se expandió la urbe era, en realidad, un tejido de caminos rurales, chacras, pulperías y poblados, una ocupación territorial de larga data y una toponimia que la refería. Ocultamiento… sustitución… repetición. El Camino a San Martín o el Camino a Santa Fe se convirtieron en Avenida San Martín y Avenida Santa Fe, cambio aparentemente sutil pero rotundo en sus efectos, ya que los tornó abstractos, meramente celebratorios, privándolos de su capacidad de orientar en el espacio. Otros cambios fueron más drásticos: Mariano Acosta por el Camino de la Floresta, Ventura de la Vega por el Camino a Puente Alsina, Avenida Derqui por el Camino de Matanza, 27 de Febrero por la perfecta Calle de la Rivera (que bordeaba el Riachuelo) o la Avenida Gaona, doble modificación del Camino de Gauna: avenida por camino y Gaona por Gauna –el apellido del carrero que recorría ese camino–, que al oído de las “almas bellas” porteñas debía sonar a barbarismo gauchesco, como ‘aura’ por ‘ahora’.

Pero no todo es “abstracción solemne”. En algunos casos, la referencia al sitio y su historia ha sido muy tenida en cuenta, pero para ejercer revanchas políticas bastante crueles. Por ejemplo, denominar Plaza Lavalle –en homenaje al ejecutor de Dorrego– al sitio ubicado justo frente a la residencia familiar de este último; o Parque 3 de Febrero –fecha de la batalla de Caseros, derrota definitiva de Rosas– al predio que fuera su quinta de San Benito de Palermo, nombre que, cabe destacar, se resiste hasta hoy a la extinción.

A pesar de la devaluación semántica de la toponimia oficial por vía de la reducción del repertorio de nombres genéricos y de la abstracción de los propios, algunas denominaciones significantes han logrado sobrevivir en el habla popular. Por ejemplo, Diagonal Norte y Sur (que expresan, por un lado, su excepcionalidad en la trama ortogonal y, por el otro, su ubicación respecto de la Avenida Rivadavia, primer decumano de la ciudad) en lugar de las denominaciones oficiales Avenida Roque Sáenz Peña y Avenida Julio A. Roca, cuyo único referente es la nómina de ex-presidentes de la Nación. Otro tanto ocurre con El Bajo (que pone de manifiesto la presencia y continuidad de un accidente topográfico singular, especialmente en el contexto de una ciudad que intenta mostrarse plana) en lugar de la secuencia de avenidas Paseo Colón, Leandro Alem y del Libertador.

Ahora bien, más allá de las razones, circunstancias y manipulaciones que les hayan dado origen, los ciudadanos terminan haciendo suyos la mayor parte de los nombres propios en un proceso que podríamos asociar sin mucho rigor a la idea de fagocitación, tal como aparece en el pensamiento de Rodolfo Kusch (1999). Sería, entonces, una pésima idea en el intento de ajustar cuentas con la historia pretender desandar ese camino. Terminaría resultando un “tiro por la culata”, una vuelta más en el juego de la ajenidad. Con excepción de un número restringido de casos en los que el uso contradice el decreto –como los antes mencionados–, convendría “no innovar”. Por el contrario, el lenguaje porteño contiene una gran cantidad de vocablos en uso que podrían ser rescatados como nombres genéricos de elementos urbanos que existen efectivamente en la ciudad, aunque los términos estén ausentes de la nomenclatura oficial: camino, diagonal, boulevard, recova, barranca, cuesta, escalera, paseo, rotonda, vuelta, cortada, pasaje, peatonal, ribera, costanera (denominación que se mantuvo milagrosamente en Avenida Costanera Rafael Obligado y Avenida Costanera Intendente Carlos A. Noel cuando les cambiaron oficialmente los nombres de Costanera Norte y Sur, respectivamente).

Tal como escribí más arriba, el nombre no describe la cosa, sino que de algún modo la crea, en tanto constituye el ámbito de posibilidad de su existencia inteligible. Reconocer oficialmente esos nombres genéricos y promover su uso no sería, entonces, una mera operación sobre el lenguaje, sino algo mucho más complejo y significativo, una genuina intervención urbanística. Semejante legitimación de las diferencias y la heterogeneidad equivaldría, finalmente, a una “construcción” a escala urbana o a la restauración patrimonial de elementos desaparecidos, pero no por natural decadencia o desuso, sino por abolición. Por cierto, no sería una construcción en el espacio físico, sino en el espacio cognitivo –el mapa mental de Kevin Lynch (1960)– o, más aún, en el existencial, según lo entendió, entre otros, Norberg-Schulz (1975).

Bajo costo… efecto masivo… Pocos proyectos de restauración –tal vez ningún otro– podrían ofrecer tanto por tan poco.


Bibliografía

Barthes R (1987): Escribir, ¿un verbo intransitivo? En El susurro del lenguaje, Barcelona, Paidós.

Borges JL (1971): Los dos reyes y los dos laberintos. En El Aleph, Madrid, Alianza.

Freud S (1969): Lo siniestro. En Obras completas, Madrid, Biblioteca Nueva.

Jauretche A (1975): La falsificación como política de la historia. En Política nacional y revisionismo histórico, Buenos Aires, Peña Lillo.

Kusch R (1999): América Profunda. Buenos Aires, Biblos.

Lynch K (1960): The image of the city. Cambridge, MIT.

Nicolini A (2001): Geometría y nomenclatura en la imagen del espacio urbano: la calle. En Sobre imaginarios urbanos, Buenos Aires, CEHCAU-FADU-UBA.

Norberg-Schulz C (1975): Existencia, espacio y arquitectura. Barcelona, Blume.

Rama A (1984): La ciudad letrada. Hanover, New Hampshire, Ediciones del Norte.

Romero JL (1976): Latinoamérica: las ciudades y las ideas. Buenos Aires, Siglo XXI.

Rossi A (1979): La arquitectura de la ciudad. Barcelona, Gustavo Gilli.

Viñas D (1983): Indios, ejército y frontera. Buenos Aires, Siglo XXI.

Zicovich Wilson S (2005): Nombre, sitio, patrimonio. En Revista Summa+ 71, Buenos Aires.

1 El tema de este artículo reconoce un antecedente del mismo autor en Zicovich Wilson (2005).  

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