Argentina en el nuevo orden mundial

Nicolás Canosa y Cecilia Civallero

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Argentina se debate en este año electoral entre dos proyectos de país con modelos contrapuestos en la formulación de su política exterior. El gobierno de Mauricio Macri ejerce una política exterior subordinada, disfrazada de “inserción inteligente en el mundo”. Esta subordinación se evidencia en el tipo de relación sostenida con el Fondo Monetario Internacional (FMI), organismo que ha condicionado las decisiones en materia de política económica, evidente en el diseño del presupuesto nacional y en el reciente Pre Acuerdo con la Unión Europea (UE).[1] Por otro lado, la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos ha impulsado cambios y desatado controversias en distintas áreas y temáticas, impactando negativamente en los planes argentinos. Un ejemplo es la decisión de abandonar el Acuerdo de París sobre Cambio Climático, un estandarte de la diplomacia europea también incluido en el Tratado UE-Mercosur.

El candidato a presidente por el Frente de Todos, Alberto Fernández, manifestó que el problema no es la UE, sino los términos y riesgos para la parte sudamericana. En cambio, Fernández propone relacionarse desde la base del respeto mutuo, considerando las asimetrías, apuntando a la cooperación ganar-ganar entre las partes, y siempre partiendo de la defensa de los intereses nacionales y el resguardo de la soberanía del país. Esta explicación apunta a desmitificar el argumento que esgrime Cambiemos acerca de que la fórmula Fernández-Fernández representa un modelo que busca “aislarse del mundo”.

Tal aislamiento no pareciera formar parte de los proyectos de Alberto Fernández, quien este año realizó numerosos viajes al exterior, antes y después de las PASO. Así lo demuestra su visita al ex presidente brasileño Lula Da Silva el 4 de julio, o los viajes realizados a Perú, Bolivia y España en el mes de septiembre. Más allá de las agendas de tales visitas, su realización e impronta indican la importancia de comenzar a entablar relaciones internacionales, incluso antes de las elecciones definitivas del 27 de octubre.

La promesa fundamental que el gobierno de Cambiemos esgrimía –seguidamente de denunciar tal aislamiento durante el kirchnerismo– era que con su agenda de política exterior se produciría en Argentina una “lluvia de inversiones”. Luego de cuatro años podemos corroborar que esas inversiones no eran más que capitales financieros especulativos embelesados por la suba de las tasas de interés y la posibilidad de fugar las ganancias correspondientes. Por otra parte, mientras Cambiemos advertía que la gestión de Cristina significaba un “aislamiento del mundo”, en el marco de la votación propuesta en 2015 por Argentina en la Organización de Naciones Unidas (ONU) por la reestructuración de deuda soberana, 136 países apoyaron dicho proyecto, generando un antecedente ilustre en materia económica para el Tercer Mundo. De la misma manera, el consenso y el acompañamiento internacional respecto a la causa por la soberanía de las Islas Malvinas evoca otro ámbito estratégico en el cual se habían producido importantes logros y consensos.[2]

En el último año de la gestión macrista podemos observar en el Tratado de Asociación Unión Europea (UE)-Mercosur el despliegue exacto de esa política ansiada de apertura al mundo. Negociado con secretismo, opacidad y sin contemplar la asimetría entre los bloques, a través de un mecanismo fundamental –la baja de aranceles y para-aranceles– dicho acuerdo significa una reválida para el libre comercio en un contexto internacional marcado por la crisis del multilateralismo en general. Luego de 20 años de negociaciones, la dirigencia política europea y latinoamericana supo aprovechar la ventana abierta por la coyuntura argentina, brasilera y paraguaya y concretar el Pre Acuerdo. Los analistas lo definieron de igual modo: “era ahora o nunca”.[3] Más allá del contenido que todavía resta darle al acuerdo, resulta interesante el momento en el cual asume su impronta: en medio de una disputa hegemónica entre China y Estados Unidos, siendo la república asiática el principal socio comercial de América Latina.

El reto para nuestra región latinoamericana, frente a un acuerdo decisivo como el analizado, consiste en aumentar los intercambios comerciales, las inversiones y las relaciones birregionales y multilaterales, cuidando a los sectores más desfavorecidos, evitando resultados disparejos, y protegiendo la industria local y las conquistas en materia social. Es decir, en este nuevo y complejo escenario mundial, el desafío es generar cohesión y acuerdos a largo plazo que permitan salir al mundo y negociar en términos beneficiosos para los intereses nacionales. En todo acuerdo o tratado hay ganadores y perdedores, y ventajas y desventajas para ambas partes: la diferencia es con qué recursos parte cada una para amortiguar o transformar esos ahogos en futuros satisfactorios. Para esto resulta imperioso desarrollar una política exterior soberana, en Argentina y en América Latina.

 

Un mundo convulsionado

Quien asuma la Presidencia de la Nación el 10 de diciembre de 2019 se encontrará en un mundo muy distinto al de cuatro años atrás. En todos los rincones acontecen procesos políticos enmarañados, manifestaciones populares y protestas, muchas veces seguidas de represión. El panorama por los distintos rincones del globo permite observar que existen complejos contextos políticos y económicos que de ningún modo se explican únicamente a través de las condiciones internas de las naciones. Así lo demuestra América Latina con las recientes protestas en Chile generadas por el alza del precio del metro en Santiago; también en Ecuador, tras el “paquetazo” lanzado por Lenin Moreno en consonancia con un recorte económico aconsejado por el FMI; o las dificultades que enfrenta López Obrador en México en complicados enfrentamientos con los cárteles de droga. En Sudamérica, Argentina, Uruguay y Bolivia transitan elecciones presidenciales en el mes de octubre. La gran transformación acontecida en Bolivia desde la asunción de Evo Morales enfrenta el desafío de sobrevivir a un eventual ballotage y mantener la base social que le viene brindando su apoyo. Sobre todo, teniendo en cuenta que un gran sector social ha ascendido a la condición de clase media, se ha urbanizado y volcado a nuevos consumos, alejándose de los ideales socialistas que animaron el proceso que permitió dicho progreso. En Uruguay existe una presión política por generar medidas y leyes conservadores. Aunque no poseen fuerte consenso social, el país llega al proceso electoral con dos opciones de gobierno contrapuestas en lo ideológico. Si la opción nacional y popular representada por el Frente Amplio no consigue ganar en primera vuelta, la unión de las agrupaciones que la enfrentan podría condensar en un gobierno volcado completamente hacia el neoliberalismo.

Continuando con un panorama regional: tampoco trae excelentes noticias de Colombia, país en el cual la violencia política sufrió una escalada tras abandonar el proceso de paz que tanto esfuerzo y coordinación internacional había conllevado. Asimismo, la región vive una crisis política y social en Venezuela, evitando las amenazas y vaivenes de Estados Unidos por intervenir en dicha nación, lo cual estaría en las antípodas de lograr una solución pacífica, democrática y autónoma por parte del pueblo venezolano. Otro gran acontecimiento fueron los incendios en el Amazonas, los cuales cubrieron grandes territorios en Bolivia, Paraguay y Brasil. Estos eventos no solo generaron rispideces entre líderes de Estado –quizás el de mayor publicidad fue el intercambio con Macron, el presidente de Francia–, sino que conocieron grandes debates en el ámbito internacional sobre el cambio climático, la autodeterminación de los pueblos, la sustentabilidad en los países emergentes, los derechos globales, entre otros. Solo a través de una coordinación entre los países sudamericanos que adopte los mecanismos multilaterales de asistencia mutua tales como los elaborados por la UNASUR –recordemos su aplicación con motivo del terremoto producido en Ecuador en el año 2016– puede darse una respuesta rápida que respete la soberanía de cada nación, que no imponga costos adicionales a los países de menores recursos y que considere las particularidades culturales de los pueblos que habitan la zona. El Papa Francisco ha dedicado innumerables mensajes y ha concretado encuentros destinados a escuchar y favorecer la participación y articulación de la Iglesia con las poblaciones indígenas que viven en la región amazónica. Este camino, que busca propagar el respeto a los pueblos y el cuidado del ambiente, se condensa en estos días en la realización en Roma del Sínodo para la Amazonía, acontecimiento que expresa el compromiso social y político que viene desarrollando Francisco desde su asunción.

En cuanto a los países del primer mundo, tampoco relucen un balance del 2019 muy alentador. Así lo demuestra el fuerte conflicto que acontece en Reino Unido, país sumido hace meses en la tensión por abandonar la UE, asentando una crisis política a su interior que involucra no solo cuestiones comerciales, sino también de soberanía nacional. La crisis migratoria que lleva varios años en la agenda europea se suma a fuertes crisis económicas como la italiana, conflictos en España a raíz de los levantamientos en Cataluña, o críticas al modelo económico portugués, el cual, aunque contrajo novedosamente una receta anti-neoliberal, demuestra sus limitaciones en demandas sociales como la salud y la crisis habitacional causada por la fuerte especulación inmobiliaria.

Ya hemos hecho alusión al impacto producido a escala global por la política de Trump y sus actos contrarios al consenso internacional, por ejemplo, reconociendo a Jerusalén como capital de Israel, abandonando el Acuerdo de París sobre Cambio Climático y el Tratado de Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio (INF) de 1987, mientras dirige amenazas a líderes de Estado desde su cuenta de Twitter.[4] Para América Latina y el Caribe esto implicó una revalidación de la pretensión de dominio e intervención sobre nuestros países, los cuales poseen estratégicos recursos naturales, tales como el agua y el litio. Luego de diversos acontecimientos y señales dirigidas desde Washington hacia zonas claves como Medio Oriente, los analistas internacionales coinciden en que se está produciendo una retirada militar de Estados Unidos en Irak, Siria y Afganistán. Sin embargo, esto no significa que hayan perdido posiciones hegemónicas en la región, más bien la estrategia está cambiando. Las alianzas que Trump desarrolla desde su primer día de mandato se mantienen y profundizan con países como Israel, Arabia Saudita y Egipto –la nación saudí fue el primer país visitado por Trump luego de la toma presidencial.

Sin embargo, también constituyen un factor central las derrotas políticas que Estados Unidos ha tenido en Medio Oriente y los conflictos en los cuales no desea verse inmerso. Un claro ejemplo es el enfrentamiento de los kurdos con los gobiernos de Siria, Turquía e Irán, por el cual, a pesar de sus amenazas y bloqueos, Trump no pudo o no quiso frenar la ofensiva turca a ese grupo étnico. Otro hecho contundente que expone la complejidad a la cual Estados Unidos se enfrenta en Medio Oriente fue el ataque producido por drones a la principal refinería de petróleo saudí. Los hutíes yemenitas asumieron la autoría del ataque, sin embargo, Trump acusó a Irán, tensionando aún más la relación entre ambos.

Las relaciones de fuerza en el mundo están cambiando, la hegemonía estadounidense se encuentra cuestionada y genera tensiones, sobre todo alrededor de la llamada “guerra comercial” con China, la cual es en verdad una carrera tecnológica y de influencia geopolítica.

 

Los desafíos de Argentina en el nuevo orden mundial

La coyuntura es siempre dinámica y este carácter cambiante invita a repensar y evaluar nuevas estrategias que potencien fortalezas y restrinjan debilidades. En términos internacionales, estamos presenciando una modificación en la balanza de poder, una disputa por el liderazgo geopolítico y un desplazamiento gradual hacia una mayor influencia de la región euroasiática.

A su vez, formamos parte del Sur Global, por lo cual comprender esta condición e identidad permite asumir un lugar en este nuevo orden, para formular estrategias a mediano y largo plazo que aborden de forma inteligente el escenario en el cual China, Estados Unidos y Rusia disputan un lugar hegemónico y por la innovación científico-tecnológica. En el diseño de estas potencias se avizora la necesidad de construir nuevos mercados y generar alineamientos: sería atinado rememorar la propuesta de “tercera posición” formulada por Juan Perón y comprender el rol autónomo y soberano que el líder argentino proponía en las agendas de cara al mundo.

Estos desafíos demandan para nuestro país una rápida salida de la crisis económica, a la vez que requiere un diseño de políticas estratégicas en materia económica y social. El enorme endeudamiento externo que contrajo el macrismo será una carga para cualquier fuerza política, más aún porque una suma considerable es con el FMI. Así lo demuestra el informe de OCIPEx en base a las cifras de la ONUDI, que muestra que la caída de la actividad industrial del país retrocedió a niveles de 2007 y es la que más cae en el mundo.[5] Debe generarse una nueva política de promoción industrial y de inversiones, no subordinada a los intereses financieros y a las ganancias de empresas y corporaciones transnacionales. La planificación industrial debe priorizar el desarrollo científico y tecnológico, nacional y a nivel continental, forjando cadenas de valor regionales que tengan como objetivo el desarrollo, el cuidado del ambiente, la generación de empleo y el bienestar social.

Por otro lado, el macrismo descuidó las políticas de integración regional, abandonando instancias de diálogo forjadas en la gestión anterior, como UNASUR, Parlasur y CELAC. Aquí observamos un desafío primordial en materia de política exterior: diseñar y aplicar políticas que solidifiquen estas instancias de integración, considerando de forma realista las posibilidades existentes y la densidad nacional y regional.

Seguidamente, debe retomarse con vehemencia la defensa de la soberanía nacional sobre las Islas Malvinas, el Atlántico Sur y la Antártida en todos los espacios y niveles. Las dificultades de no poder generar consenso en todas las fuerzas políticas sobre cuestiones tan relevantes de soberanía y defensa nacional constituyen una debilidad y un obstáculo fundamental. Evitar contradicciones tan formidables y mantener un rumbo claro y sostenido sobre dicha temática constituye la única vía posible de resolución de este conflicto.

Existen temáticas e instancias en las cuales nuestro país puede disputar un liderazgo internacional a raíz de la experiencia enriquecedora que posee en su acervo histórico y que profundiza actualmente. La lucha por los derechos humanos posee un reconocimiento mundial y en esa esfera deben encaminarse las conquistas por la igualdad de género, a partir de los derechos ya conquistados –como el Matrimonio Igualitario– y los que falta conquistar. Partiendo de una agenda que priorice la calidad de vida y la libertad de nuestros pueblos, debe plantearse un desarrollo sostenible y soberano encuadrado a su vez en la lucha por la democratización del sistema internacional.

Finalmente, concluimos que el desafío para nuestro país en cuanto a su política exterior es potenciar la integración latinoamericana y continental, a través de una política de cooperación con las naciones emergentes que posibilite un desarrollo con justicia social. Mientras el mundo adolece de una crisis geopolítica y múltiples conflictos se desarrollan en todos los continentes, nuestro país debe asumir esas complejidades y transformarlas en oportunidades, partiendo de sus características autóctonas y genuinas y de su fortaleza como nación latinoamericana, aprovechando todos los instrumentos y espacios internacionales que pueda y –por qué no– generando otros nuevos.

 

Nicolás Canosa es licenciado en sociología (UBA), integrante de la comisión de Integración regional y asuntos internacionales del Instituto Patria, e investigador del Observatorio de Coyuntura Internacional y Política Exterior (OCIPEx). Cecilia Civallero es licenciada en Sociología (UBA) y maestranda en Sociología Política Internacional (UNTREF).

[1] OCIPEx ha realizado una traducción y análisis del documento “sumario” publicado el 1 de julio por la UE, donde destaca los logros alcanzados por este bloque en múltiples ámbitos. Ver: https://ocipex.com/mercosur-union-europea-un-alca-silencioso-en-su-etapa-final-de-negociacion/ y /https://ocipex.com/acuerdo-mercosur-union-europea-la-negativa-experiencia-de-otras-economias-emergentes/.

[2] Este año la comisión de Integración Regional y Asuntos Internacionales del Instituto Patria compiló y publicó los discursos de Cristina Fernández de Kirchner bajo el título Una política exterior soberana” (Colihue), en los cuales es visible la activa política exterior y el modelo de inserción internacional llevado a cabo durante sus dos mandatos presidenciales.

[3] C. Malamud y F. Steinberg F.: El acuerdo UE-Mercosur: ¿quién gana, quién pierde y qué significa el acuerdo? Real Instituto Elcano. ARI 78/2019-1/7/2019.

[4] Tal es el caso de los tweets dedicados a Erdogan, el presidente turco, en los cuales anuncia cuáles serán sus sanciones si no revierte sus planes para con los kurdos, o la carta viralizada en la cual le dice “no seas un tonto”.

[5] https://ocipex.com/la-actividad-industrial-en-la-argentina-es-la-que-mas-cae-en-el-mundo-y-ya-retrocedio-a-niveles-de-2007.

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