Algunas claves para una política exterior nacional y digna

Julio Fernández Baraibar

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Durante estos cuatro años de gobierno macrista, la política exterior argentina ha sufrido una enorme degradación y un curso errático. Desde una adscripción irresponsable y desinformada a la candidatura de Hillary Clinton y un desatinado intento de despegarse de las inversiones chinas –tanto financieras como en infraestructura–, la Cancillería argentina ha intentado seguir oportunistamente –es decir, sin una directriz política de principio– los giros, marchas y contramarchas del Departamento de Estado norteamericano.

La gestión de la primera canciller, Susana Malcorra, una desconocida que ni domicilio tenía en la Argentina, estuvo signada simplemente por su aspiración a ser elegida como secretaria general de las Naciones Unidas. Fracasado este ascenso en la carrera personal de la señora, el ignoto y pequeño embajador Jorge Faurie se puso a disposición del presidente de la República para llevar adelante, con obediencia debida, los dictados que brotaran de sus concepciones estratégicas:

  1. Asumir el liberalismo mercantilista, el antiproteccionismo y la hegemonía del capital financiero como principios ideológicos de nuestra política exterior.
  2. Adscribir acríticamente a las posiciones internacionales y, sobre todo, latinoamericanas del presidente norteamericano Donald Trump, sin encontrar por ello una reciprocidad en la política comercial. La no complementariedad de ambas economías y su carácter competitivo hacen imposible esta reciprocidad. Los limones en el mercado norteamericano, o nuestra carne, o cualquier otro producto primario de origen agrario, constituyen una irrealizable utopía
  3. Claudicar ante el Reino Unido, permitiéndole una explotación económica del Atlántico Sur sin limitaciones de ningún tipo.
  4. Lanzar una política de acuerdos de libre comercio, junto con Brasil, con los dos grandes bloques económicos continentales de Occidente, Unión Europea y Estados Unidos. Esta política en los hechos disuelve y vuelve sin sentido el Mercosur, que ha sido el eje de la política internacional y, sobre todo, suramericana de la Argentina en los últimos treinta años.
  5. Asumir una política zigzagueante, sin claridad ni objetivos precisos, frente a quien ha sido uno de los principales clientes de nuestra producción primaria y que ha iniciado y continúa ofreciendo inversiones en infraestructura de comunicación y energética: China.

Todo esto ha significado que ninguno de los papeles protagónicos que la Argentina tuvo en los últimos años –sede de la reunión del G20, presidencia pro tempore del Mercosur– pudo ser capitalizado política o económicamente. Más allá de los apretones de manos, de las fotos, las cenas y los titulares en la prensa oficialista, la Argentina salió indefensa, débil y sin objetivos en el contexto internacional. Lo único que logró el gobierno de Mauricio Macri, como resultado de su seguidismo norteamericano, fue que el FMI concediera –contra todo criterio técnico– el más gigantesco préstamo otorgado nunca a un país y el sometimiento por un plazo impredecible a las tensiones económicas, políticas, sociales e internacionales que ello implica.

A partir de este sintético panorama hago un modesto aporte al próximo gobierno de Alberto Fernández con algunos breves criterios acerca de cuál sería la política exterior que la Argentina deberá asumir después del 10 de diciembre. También es mi opinión que estos criterios deben ser prudente y sencillamente expuestos durante la campaña electoral. Es imprescindible que los argentinos sepan qué es lo que vamos a hacer con la producción y el salario, pero también que vamos a hacer con nuestra inserción y nuestro papel en el mundo. Estos criterios son:

  1. No formamos parte de ningún espacio ideológico en nuestra política internacional. Soslayar todo tipo de ideologismo ha sido un principio permanente de la política internacional del movimiento nacional. Tanto durante las presidencias de Hipólito Yrigoyen, como durante las presidencias de Juan Domingo Perón, Néstor Kirchner y Cristina Fernández, nuestra política exterior no adhirió a ningún criterio ideológico particular. Ni el neoliberalismo financiero, ni el proteccionismo económico, ni ninguna otra concepción económica o política determinaron el accionar nacional en la escena internacional.
  2. Por el contrario, nuestras relaciones con los demás países y –en especial– con las principales potencias tienen que estar regidas por el interés nacional. Nuestra soberanía nacional, el desarrollo de nuestras fuerzas productivas, tanto en la actividad agraria como en la industrial, la inserción de nuestros productos en el mercado mundial, la garantía de los principios de respeto a la autodeterminación de los pueblos y la paz mundial, deben ser los principios que guíen nuestra vinculación con el resto del mundo y nuestra definición de amigos o enemigos.

De ello se derivan los siguientes criterios:

  1. El interés nacional argentino encuentra en el Mercosur su principal base de sustentación para actuar en un mundo de grandes espacios continentales. De ahí la necesidad de su fortalecimiento, por encima de toda cuestión ideológica. Es necesario ratificar la política de integración continental, aún en las difíciles circunstancias que atraviesa nuestro continente o, quizás, a causa de esas mismas dificultades. Creo que es necesario reabrir el debate sobre la necesaria integración continental, sin la cual todo esfuerzo que hagamos aisladamente será en vano. Es evidente que el gobierno de Macri no tiene la menor idea acerca de estos temas y su visión es la de un capital financiero desterritorializado, para el cual los estados nacionales son meros escenarios de su saqueo. Hemos insistido, más arriba, que la integración continental no puede ser planteada en términos puramente ideológicos: una integración basada solo en la coincidencia de algunos gobiernos, por importantes que sean, solo puede durar lo que esos gobiernos duren. Fijémonos en lo difícil que le resulta al Reino Unido –después de un plebiscito en el cual la ciudadanía le pide salir de la Unión Europea– cumplimentar ese mandato. Nuestra integración y, obviamente, nuestras políticas integradoras tienen que abocarse a tareas estructurales, económicas, de infraestructura, científicas, técnicas, militares e institucionales, que hagan –si no imposible– muy difícil quebrar ese gran acuerdo estratégico, fundador de un nuevo agente en la política internacional. Solo a modo de ejemplo, hoy Bolivia está clamando por un acuerdo con la Argentina para la extracción e industrialización del litio. Saben los hermanos bolivianos que, sin la asociación con nuestro país, los logros que se puedan sacar de tan estratégica reserva serán pocos y difíciles.
  2. Nuestra política internacional se basa en el respeto a nuestra soberanía nacional y a la de los otros estados, en nuestro interés permanente por sostener el bienestar de los argentinos, su trabajo y el desarrollo de la Argentina como país industrial.
  3. Nuestra política comercial estará dirigida también en ese sentido. De ahí que se intentará poner la mayor cantidad de trabajo agregado a nuestras exportaciones de origen agrario. Estos dos puntos son centrales y definitorios. En las difíciles circunstancias en que deberemos hacernos cargo del gobierno, el interés nacional y el bienestar de argentinos y argentinas deben constituirse en el núcleo innegociable de nuestra política exterior. Solo reafirmando esos principios, como por otra parte lo ha hecho Alberto Fernández al referirse a la relación con el FMI, la Argentina puede recuperar dignidad nacional y firmeza para enfrentar su desafío.
  4. La soberanía de Malvinas, el respeto y la memoria de quienes allí murieron en defensa de nuestra soberanía, son principios permanentes e inmodificables de la política exterior argentina. Poco hay que agregar a esto. Malvinas vive en el corazón de cada uno de los hombres y mujeres de esta tierra y es, además, bandera de integración continental.
  5. La construcción de la América Latina como un espacio de integración política y económica de nuestros países, de paz e inclusión social, forma parte de los principios pétreos de nuestra política exterior. Cuando un irresponsable seguidismo a los intereses norteamericanos pone al continente al borde de una guerra en la que además se nos pretende involucrar, la Argentina debe ratificar su histórica posición y volver a desplegar en las condiciones del siglo XXI la doctrina que lleva el nombre del insigne argentino ministro de Relaciones Exteriores del general Julio Argentino Roca, Luis Drago, y el anti monroísmo de Roque Sáenz Peña. Que este gobierno haya mencionado como un recurso diplomático el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), un tratado que murió cuando Estados Unidos aceptó la presencia de fuerzas nucleares británicas en el Atlántico Suramericano en 1982, es la medida de la indignidad de una política internacional que es correlato exacto de la indignidad de su política interna.

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