Volver a ser felices

Ana Zagari

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El resultado de las PASO sorprendió a perdedores y a ganadores, no tanto porque ambos no pensaran que así serían unos y otros, sino por la magnitud en la diferencia de votos. Lo mismo –y aún más– sucedió en la provincia de Buenos Aires y en todo el país, excepto en Córdoba y CABA. La sorpresa, que llenó de alegría al frente nacional, popular y democrático y de ira a Juntos por el Cambio, tuvo lugar porque las fake-news, los medios de comunicación llamados hegemónicos y la protección de los poderosos a la figura del presidente y de la gobernadora diseñaron una realidad alejada de la realidad.

Si un presidente yanqui dijo hace no mucho “es la economía, estúpido”, en nuestra Patria podríamos decir lo mismo y agregar: es la unidad, también. Nuestro pueblo, que –como todo sujeto histórico– avanza y retrocede en sus decisiones, hoy ha dicho basta al desprecio y a la indiferencia ante el dolor de miles y miles, basta a la mentira serial desde el más alto cargo de la República, basta de hambre y de muertes por el frío, basta a la afrenta a la dignidad humana.

Desde que el gobierno de Macri asumió la diatriba, las causas inventadas contra Cristina, contra su vicepresidente y contra muchos de sus ministros que están presos sin juicio, el emblemático encierro a Milagro Sala fue su política y su obsesión: trabajar con el dedo acusador, repetir hasta el hartazgo que la culpa de todos los males del país tenía que ver con que se robaron un PBI, la “pesada herencia”, fue el núcleo duro de su ejercicio del poder. No aflojó, a pesar de que el tiempo transcurría y el gobierno tomaba medidas que profundizaban los problemas de la gente. La culpa como motor de propaganda política dio sus frutos –magros por cierto– en términos electorales hasta 2017, y Macri creyó que podía tomar cualquier medida porque tenía la vaca atada…

Pero cuando el crédito internacional se le condicionó, cuando la inflación se acrecentó, cuando la devaluación pauperizó a quienes ya eran pobres y empujó a la marginación total a los más débiles, acudió al FMI. Peor el remedio que la enfermedad. El trabajo se fue por la canaleta de las importaciones, las persianas de las pymes se cerraron, las escuelas se cayeron a pedazos, los hospitales carecieron de los insumos mínimos… Pero Macri, protegido por los medios hegemónicos y los capitales financieros, seguía y sigue culpando a la oposición, al peronismo –que él llama “kirchnerismo”–, de todos los males.

El domingo 11 la sorpresa del gobierno se tradujo en ira y –otra vez– el presidente habló de culpa: la del peronismo y sus aliados; y en desprecio por la voluntad popular si le es adversa. Mostró su rostro desencajado y mandó a dormir a la ciudadanía que festejaba. Y el lunes –negro– dejó que el mercado cambiario llevara el dólar a las nubes como castigo al pueblo, teniendo –como hasta el viernes anterior a la votación– las herramientas para frenarlo. El presidente quiere hacernos creer que hay una cuerda tendida entre el último gobierno de Cristina y el próximo gobierno de Alberto, que hace de correa de transmisión de la barbarie. Lo cierto es que, ni los hacendados, ni los llamados mercados, ni los medios de comunicación hegemónicos –los tres pilares del poder que lo han sostenido– están dispuestos a hundirse en el medio de un río tumultuoso con un marinero que no conoce cómo llevar a buen puerto su embarcación. Metáforas –del río y el marinero– que hace muy poco puso el propio Macri para graficar que necesitaba otro período para completar su camino.

El cruce entre la ineptitud y la crueldad políticas plantea un escenario caótico y complicado para los comunes que, aunque quieran, no han podido comprar carne, ni pan, ni leche porque… empezó el desabastecimiento. Crueldad denunciada tanto por los Curas en Opción por los Pobres, como por quienes describen al presidente como psicópata o sociópata.

Juan Perón sufrió durante su segundo gobierno constitucional el desabastecimiento provocado para destituirlo. Por eso hablaba del agio, palabra latina que indica –según el diccionario de la RAE– especulación con el cambio de moneda, con los valores de bolsa o sobre los fondos públicos, realizada por personas en el ejercicio de sus cargos y que obtienen beneficio con esa operación. Hoy el macrismo propicia el agio, como ha propiciado la especulación desde que empezó su gobierno. Y quienes militamos y creemos en que una nueva historia es posible y cercana –la historia de una Argentina sin hambre, recuperando pymes, con los chicos y las chicas estudiando y con la familia creyendo nuevamente que podemos tener un celular, unas vacaciones o una computadora– haremos de la esperanza nuestro empuje y esperaremos hasta octubre con alegría.

Recuperar derechos y, sobre todo, volver a ser felices, es la consigna que representa el deseo de la mayoría del pueblo.

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