Versallesco

Roberto Doberti

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Se mostró por televisión una secuencia del banquete que el gobierno argentino presidido por Mauricio Macri ofreció a los participantes del G20, es decir a los gobernantes formales de las economías más poderosas del mundo. Algún periodista, no recuerdo quién, calificó de versallesca a la situación. La secuencia mostraba un conjunto de camareros que marchaban disciplinadamente portando un plato cubierto con una campana metálica, luego se ubicaban cada uno detrás de un comensal, hasta que al unísono lo depositaban frente al invitado y de manera perfectamente sincronizada –como en un ballet clásico– retiraban la cubierta, ofreciendo el manjar.

La secuencia admite distintas claves de interpretación: la ridiculez, el absurdo, la jocosidad, la vergüenza ajena, la admiración protocolar. Voy a analizar la última de las versiones: la admirativa. No participo de ella –en cambio adhiero a todas las anteriores–, pero es la que contiene una dimensión política que no quiero pasar por alto. Tengamos en cuenta que fue esa mirada satisfecha la que pergeñó esos modales y los expuso para su valoración, y también atendamos a que ninguno de los agasajados mostró señales de molestia o extrañeza.

No soy versado en ceremoniales, pero no recuerdo haber visto cosa así –no digo que no haya ocurrido, sino que nunca fue exhibido con la desinhibición con la que aquí se presentó. No me parece una frivolidad, me parece un síntoma.

Hace muchos años, Umberto Eco –con quien cultivé un amable intercambio a la distancia– planteó que se estaba volviendo a una suerte de nuevo mundo medieval. No voy a entrar en las razones con las que justificó su juicio, pero lo cierto es que durante varias décadas muchos sucesos le dieron la razón. Creo que ahora estamos viviendo una vuelta al viejo orden nobiliario, a ese orden que tuvo su mejor expresión en los siglos XVII y XVIII, a esa organización social que fue socavada por la Revolución Francesa. Por cierto que la actualidad no tiene similitudes punto a punto, sino equivalencias estructurales, isomorfismos profundos.

Veamos algunas de esas formas similares. El Ancien régime –como lo denominaban los revolucionarios– se había establecido como el modo natural del orden social. El poder residía en el monarca, con mayor o menor preponderancia según los casos, y en la nobleza. El alto clero, también según los casos, participaba de este poder cortesano. Lo notable es que el pueblo, devenido en masa por una eficaz acción simbólica, validaba esos lugares de privilegio y solía vivar a sus reyes y nobles, y hasta se emocionaba con sus amoríos y sus triunfos militares. Que ese fuera el mero ser así de las cosas, se refrendaba, justificaba o imponía con múltiples argumentos: estaba instalado desde mucho tiempo atrás –muchos no conocían ni imaginaban otra alternativa–, y regía prácticamente en toda Europa y en los vastos territorios coloniales. Si alguno intentaba negarlo, rápidamente se lo reducía declarándolo antisocial o loco y llevándolo ante una corte judicial que inevitablemente lo declaraba culpable. No es por menos que la Revolución Francesa fue vista como una afrenta a la normalidad, a los principios que sustentaban una sociedad civilizada y bien ordenada. Todas las naciones europeas se pusieron en alerta y pretendieron la restauración del antiguo régimen.

Si el poder y la riqueza estaban entonces en muy pocas manos, es evidente que una disposición del mismo tipo está ahora en ejercicio, cada vez de manera más concentrada y sobre todo de modo más explícito. Unas décadas atrás el predominio y los tesoros tendían a disimularse, hoy se los ostenta.

Cabe aclarar que los presidentes, primeros ministros o sus equivalentes no son per se quienes detentan el poder. Pueden o no pertenecer al círculo áulico, pero siempre son solo empleados, la parte operativa en el plano administrativo. No es este el lugar para sobrecargar con datos, pero es significativa en ambos momentos –las monarquías nobiliarias y el capital concentrado– la acumulación de títulos y cargos por parte de los exitosos de ambos sistemas. Unos pocos ejemplos sirven para verificarlo: Felipe I de Orleans cosechó –entre otros– los títulos de duque de Orleans, de Anjou, de Chartres, de Valois y príncipe de Joinville; Carlos III de España fue duque de Parma, de Plasencia y rey de Nápoles y de Sicilia; María Teresa de Austria fue Archiduquesa de Austria, de Hungría, de Bohemia y Croacia, duquesa de Mantua, de Milán y de Galitzia. En todos estos casos nos quedamos cortos, porque los estandartes a portar sobrepasan la paciencia.

En nuestros días el criterio de acumulación insaciable no es menos reconocible. Paul Singer creó el Fondo Elliot Asociates LP, el NML Capital Limited y es dueño de la única empresa de autopartes decisivas para General Motors y Chrysler, entre otras muchas actividades y propiedades; el grupo Benetton dispuso de una escudería propia en la Fórmula 1, opera en indumentaria con distintas marcas tales como Sisley y Playlife, además de su bandera denominada United Colors of Benetton, Fabrica es su central de inteligencia desde donde publica la revista Colors Magazine y es dueño de un imperio territorial en la Patagonia de 880.000 hectáreas donde se crían casi 300.000 ovejas; Luis Caputo fue funcionario del Banco Mundial, director de una distribuidora de electricidad y de una administradora de fondos comunes, ocupó altos cargos en el JP Morgan y en el Deutsche Bank, fue presidente del Banco Central de la Argentina y ministro de Hacienda.

Incluyamos una dimensión más entre los isomorfismos de las monarquías nobiliarias de los siglos anteriores y las concentraciones capitalistas de la actualidad: las fusiones y anexiones. En las cortes, los nexos se producían básicamente a través de casamientos arreglados para asociar poderes y contrarrestar enemigos. Era ese el motivo de los enlaces de los que hay infinidad de casos, entre los que señalamos dos para ejemplificar: Jacobo I, rey de Escocia, Inglaterra e Irlanda, se casa con Ana de Dinamarca en 1589 y, aunque la política los justificaba, el matrimonio termina distanciándose como consecuencia de la ambigua orientación sexual del rey; más conocido es el casamiento de Luis XVI de Francia y María Antonieta, archiduquesa de Austria, en 1770, y aunque los esposos están en plena juventud solo se consuma siete años después; sin embargo, engendran cuatro hijos y, aunque no es claro si estaban enamorados, está constatado que por su relación  ambos perdieron la cabeza.

Las fusiones, anexiones y desprendimientos entre las corporaciones son mucho más acentuadas, aceleradas e interesadas, sin dejo alguno de romanticismo. Otra vez mostremos muy brevemente dos casos, porque la información completa es escandalosamente extensa: el Banco Santander irá absorbiendo infinidad de instituciones de crédito, intervendrá en la industria automotriz y se expandirá por casi todo el mundo, incursionando en lugares claves para marcar su presencia y patrocinando la primera división del fútbol español, la Liga de Campeones de la UEFA y la Copa Conmebol Libertadores; la corporación Mitsubishi construyó alianzas con Renualt y Nissan, con Volkswagen y Mercedes Benz, y, entre otras muchas, con Goldman Sachs.

Tanto ayer como hoy se pretendió compensar la obscena acumulación de poder y riquezas con gestos de mentida generosidad, sea en forma de distribución de sobrantes de las galas de las cortes o mediante fariseas fundaciones benéficas en las que se lavan culpas e impuestos.

La creciente concentración de la riqueza en muy pocas manos, la preponderancia del mercado financiero, la exclusión y consiguiente pauperización de inmensas cantidades de personas, el incremento de los métodos represivos para ahogar los reclamos, la destrucción progresiva del medio ambiente, el uso de los recursos naturales sin restricción ni lógica alguna, el desarrollo de armamentos de todo tipo, la sofisticación de las técnicas de manipulación de las conciencias… todo ello parece haber llegado a un paroxismo extremo, a un punto de no retorno.

De todos modos, conviene recordar que mientras en Versalles se divertían con juegos de galanterías y provocaciones, en París se estaba gestando la Revolución. También conviene recordar que en nuestra América desde ámbitos propios y desde hacía largo tiempo se estaban generando procesos de Liberación.

No duerman tranquilos en los aposentos palaciegos.

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