Unidad

Sergio De Piero

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Quisiera plantear como primera cuestión la concepción sobre la idea de unidad: ¿ella es una necesidad o una virtud? La unidad es, desde hace siglos, una categoría política central y un punto de debate en aquello que dio en llamarse posmodernidad: había que desarmar lo que en algún momento se pensó monolítico. No sé si existe o no la posmodernidad, pero en política hemos visto en los últimos 30 años desarmarse grandes estructuras políticas –partidos–, aunque sus identidades no se desvanecen en el aire y siguen presentes ante cada acto electoral. Incluso aquellas que solo se definen por ser “anti”. Algunas unidades perduran.

Decía: la unidad es un concepto preciado en política. La modernidad la consagró a través de dos construcciones emparentadas y confrontadas: el Estado y el pueblo. Distintos filósofos tendieron a privilegiar uno por sobre el otro, pero en ambos casos la unidad se convertía en un principio fundamental: sin un proceso de unificación, ni el Estado ni el pueblo tienen futuro. Entre virtud y necesidad, las exigencias del mundo moderno, la incertidumbre sobre el orden, las complejidades de una vida que ya no sería nunca más la de la aldea, empujaron a la unidad a convertirse en una “virtud necesaria”. Esto es: encierra valores, principios nobles, pero no deja de ser una necesidad imperiosa en pos de que el Estado o el pueblo sobrevivan.

Cómo habrá sido de notable esa percepción de la unidad para la sobrevivencia que aun filósofos que propusieron modelos enfrentados se encuentran bajo el manto de esas diferencias en el lugar común de la unidad que resguarda. En el siglo XVII, en una Inglaterra amenazada por la guerra civil, Thomas Hobbes propone la unidad irrevocable del Estado como garantía de la vida y la propiedad de las personas. El resultado no sería un mundo de libertad, pero sí de seguridad. Un siglo después Jean Jaques Rousseau le contesta: ese mundo de seguridad es como el de un prisionero. La soberanía popular será la respuesta: la unidad ahora se propone desde el pueblo que produce la misma certeza, pero en libertad. Unidad, la continuidad.

Esta simplificación de la obra de semejantes filósofos es sólo para mencionar la abrumadora presencia de la idea de unidad en el pensamiento moderno. Desde luego, podemos seguir recorriendo autores. Basta solo hablar de Carlos Marx y su cierre casi poético del Manifiesto del Partido Comunista: “Proletarios del mundo, uníos”. Notarán ustedes que si la traducción no la hace un español, por caso alguien de Argentina, reemplazamos el “uníos” por “únanse” que posee una carga imperativa mucho más alta: algo así como “únanse y déjense de joder con la interna, porque se los van a cargar a todos” (mi traducción puede no ser literal).

Así, la construcción del Estado-nación y desde allí sus instituciones; y luego las representaciones políticas y sociales: partidos, sindicatos, cámaras, incluso movimientos sociales; todos, también estos últimos, evalúan la fragmentación como un símbolo de crisis y de debilidad, la cual se incrementará a medida que esa fractura se extienda. Desde luego, la unidad tiene sus matices y no son pocos, porque hay una distancia importante entre la disciplina monolítica y compartir un mismo espacio. En la Comunidad Organizada Perón está algo obsesionado con la unidad, o con la pérdida de ella por la exacerbación del conflicto. Pareciera que todo el proyecto en marcha dependiera de esa virtud necesaria. En este caso, ya consolidada la unidad estatal, se hacía imprescindible la del pueblo, comprendidas como dos espacios que no actúan en contraposición.

Si el peronismo logró conquistar niveles de justicia social fue porque pudo sostener ambos espacios razonablemente unidos, porque no abolió el Estado-nación heredado, sino que amplió su base de pertenencia, y porque le dio al pueblo una categoría amplia, con problemas sobre la pluralidad, es cierto –un problema en el que ya nos había metido Rousseau con la Voluntad General– pero con la capacidad de hacer ingresar a quienes estaban fuera de toda participación. La fractura tiene cierto efecto multiplicador. Pero la tendencia a la unidad también lo genera.

Entonces, la unidad como problema no es algo que inventamos hoy. El que lo crea no lee la historia. La unidad es una virtud necesaria y como tal requiere esfuerzo, y mucho. No solo actitudes hacia la generosidad –la unidad no es nunca un mero renunciamiento de algunas de las partes–, sino que es algo mucho más trabajoso. No es por azar que el peronismo hace 30 años que no presenta una fórmula única en las elecciones presidenciales –escribo esto el 14 de mayo: desde aquel día de 1989 no existe una única fórmula en elecciones presidenciales. El tema más complejo no es la dimensión de “unidad hasta que duela”, sentarse con los lejanos, hablar con los que te “perjudicaron”, no: lo complejo es el diseño político en el que la unidad puede sostenerse, en el que superamos la instancia básica del “arreglo” para pensar que es posible un tránsito común. Sin idealismos, pero sin depender exclusivamente de la diosa fortuna. Una unidad que debe presentarse como un mosaico donde abundan los colores y las texturas, pero conviviendo. El peronismo viene de la experiencia de haber perdido una elección presidencial luego de 16 años, cargando además las derrotas de importantes distritos en 2013 y 2017. Eso debe funcionar como aliento a una unidad que puede revertir la tendencia. Pero además el pueblo atraviesa casi cuatro años de macrismo, que no solo le cercenó casi todas las expectativas de vivir un poco mejor –como había prometido–, sino que la vida de millones se ha hundido en la desesperación de una economía local que nuevamente se tornó imposible de la mano de esta nueva ola neoliberal, ahora conducida por sus propios dueños. Así, la noción de unidad frente al desafío electoral se proyecta sobre un posible próximo gobierno: ¿cuáles aliados? ¿Cómo generar acuerdos con sectores que temen un regreso del peronismo? Ya es tiempo, también, de pensar esa unidad necesaria.

Uno está tentado de decir que la unidad se impone, pero no es así. Nada es definitivo ni concluyente. La unidad se anhela y es construida porque se la elije como punto de llegada de un momento político. Dirigentes y dirigentas de casi todos los sectores del peronismo han dado muestras de una voluntad a favor de un proceso de unidad. Hoy mismo ha habido una foto en la sede del PJ. La historia y las circunstancias actuales han hecho parte del trabajo y han acompañado cierto necesario olvido –sí, olvido– de disputas recientes. La unidad puede ser así: no solo el necesario acuerdo electoral, sino el punto de partida para un posible nuevo gobierno del peronismo, que necesariamente deberá volver con nuevas propuestas y nuevos horizontes de futuro.

Si Silvio Rodríguez me permite la variación: la unidad solo es visible para quien la labra.

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