Unidad para transformar la realidad

Juan Carlos Herrera

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En el seno del Peronismo, incluidas todas sus corrientes de opinión, aparece un tema insoslayable que está dado por la problemática de la “unidad” de cara a las próximas elecciones en 2019. La primera cuestión reafirma la conveniencia de un proceso de gran amplitud, asimilable a un “Frente de Unidad Nacional”. Razones no faltan para impulsar una empresa de tamaña envergadura.

La crisis económica que está llegando a niveles insospechados hace tres años, las oscuras perspectivas en el terreno de las finanzas internacionales y el agravante de la guerra comercial, prefiguran un próximo gobierno debatiéndose en un contexto global extremadamente adverso y ante urgencias nacionales para recuperar niveles salariales, proveer bienes esenciales y garantizar mínimos de rentabilidad empresaria que constituyan un primer paso para una larga marcha de reconstitución de la economía, la sociedad y la práctica política en la Argentina.

Para algunos actores, la crisis está confirmando el acierto de las decisiones sostenidas por el gobierno anterior; para otros, es preciso además una relectura del escenario internacional y su dinámica global, con el objeto de imaginar a la Argentina en un escenario mundial caracterizado por nuevas relaciones de fuerza y la emergencia de otros polos de poder mundial. En este marco, todo apunta a la necesidad de converger en una lectura consensuada de la nueva realidad, y al respecto se imponen algunas cuestiones:

  1. Cuáles serían los márgenes de libertad de un próximo gobierno peronista en el escenario de una guerra comercial que amenaza con radicalizarse bajo formas de un belicismo difuso.
  2. Cuáles son las capacidades económicas y sociopolíticas a disposición del pueblo soberano para sostener la dirección de un rumbo orientado al desarrollo integral, contando con los márgenes necesarios de autonomía nacional en las decisiones.
  3. Cuáles son las capacidades institucionales para fijar reglas de juego consensuadas que impongan límites a la supremacía de intereses hegemónicos, con predominancia financiera, y articulados en complejas redes de extensión transnacional y transcorporativa a nivel global.
  4. Cuáles son las condiciones necesarias para promover un consenso activo en torno a los contenidos y las condiciones del diálogo, los procedimientos de validación de la participación popular y de las organizaciones representativas, para que la estructura partidaria legitime las decisiones.

En este contexto, sobran coincidencias y también prejuicios de diferente naturaleza entre los actores políticos, sectoriales y sociales que conforman la vastedad del Movimiento Peronista. Doce años de gobierno arrojan un balance de transformaciones, de aciertos estratégicos y también de errores e impericias en la gestión de las políticas públicas que deberían iluminar a la preparación de las nuevas alianzas y la formación de consensos, estando alertas a la réplica de los movimientos tectónicos que intentarán impugnar la legitimidad de la voluntad popular en la construcción de mayor autonomía para las decisiones nacionales.

Desde el peronismo se observa un contexto internacional de máxima complejidad: la guerra comercial entre Estados Unidos y China; las nuevas tensiones y conflictos que aparecen en las relaciones entre Unión Europea y Estados Unidos indican el final de un largo período de cooperación económico, político y militar surgido en la II posguerra; la competencia militar entre Estados Unidos y Rusia, sumada a la crítica situación de la Unión Europea, dan forma a un escenario de evidente multipolaridad en el terreno geopolítico mundial donde se avizoran amenazas antes que voluntades cooperadoras; América Latina está siendo arrinconada en su condición periférica por la imposición hegemónica de Estados Unidos, reivindicada por la Doctrina Monroe para aplicar condiciones neocoloniales y el rol de estados tributarios para un imperio que ha optado por la amenaza de la guerra como única ratio para defender sus intereses.

La expansión del neoliberalismo en su fase de “totalitarismo financiero-extractivista” se caracteriza por una dinámica imparable de “acumulación por desposesión”, una concentración extraordinaria de la riqueza que requiere necesariamente de la exclusión de millones de seres humanos de los bienes esenciales, ha impuesto su lógica a las nuevas emergencias políticas en el continente bajo la forma de “neofascismos” que legitiman la cultura de la violencia estructural para hacer posible la reproducción ampliada de la forma capitalista.

El análisis de esta realidad es fundamental para construir alianzas, explicitando las tensiones que se producen y producirán en la definición de estrategias convergentes para acceder al control del aparato estatal por parte de las representaciones populares. Esta fase de globalización transnacional –más bien “transcorporativa”– ha puesto en crisis terminal a la Democracia Liberal que permitió la hegemonía del Estado de Bienestar durante “treinta años gloriosos” y que facilitó el crecimiento de las expectativas sociales en todo el orbe. La democracia de nuestros días reniega de la idea de bienestar para encumbrar la ideología del “ajuste”, y ha socavado el principio republicano de la división de poderes por el “estado de necesidad”, “estado de excepción”, que implica el ejercicio del poder absoluto a partir de la expropiación del poder judicial a las instituciones republicanas y la desestructuración del Estado-Nación por el desconocimiento de la soberanía territorial de los estados y de la soberanía popular como fundamento de la democracia representativa, a través de la manipulación mediática de la opinión pública.

Una cuestión central en el debate por la unidad del Peronismo tendrá que ver con estas líneas de diagnóstico: hasta qué punto se comparten y cuáles deberían ser los aspectos principales para un programa de acción. Hay que encontrar la punta del ovillo desde donde impulsar los encadenamientos necesarios para una estructuración diferente de la economía y la sociedad en la Argentina. Una racionalidad economicista –que desvaloriza el pensamiento político por considerarlo poco riguroso en la medida que introduce la pregunta por los “fines”, el “para qué” de las decisiones– ha impuesto como dogma irrebatible que en los equilibrios macroeconómicos se encuentra la verdad objetiva, ignorando los intereses y las ambiciones de los actores de poder que toman las decisiones. El equilibrio fiscal es el “sancta sanctorum”, sin que importe la legitimidad política ni el costo social: sólo cálculos contables para no afectar la dinámica rentística controlada por poderes que resultan anónimos y exentos de responsabilidad por los resultados de sus operaciones. No hay mala praxis, sólo efectos residuales y daños colaterales.

La producción de bienes no forma parte de la agenda neoliberal. El mercado es soberano absoluto para mercantilizar la vida, arrasando con los criterios de equidad para la provisión de los bienes públicos esenciales: agua, aire, salud, educación, etcétera; negando ostensiblemente la capacidad del trabajo humano para generar valor económico, social y simbólico en la sociedad, y reducirlo a la sola dimensión de “costo laboral”, como un fenómeno nocivo que amenaza al proceso de concentración de la renta. Así, las relaciones laborales y la acción sindical se constituyen en obstáculos al progreso y se van desenganchando los eslabones nacionales y regionales de las cadenas productivas, fragmentando el comercio internacional y el mercado en los países periféricos, agravando la crisis y el desmembramiento de las redes de pequeñas y medianas industrias que sostienen los niveles de empleo y bienestar de las sociedades.

La reducción drástica del presupuesto público tiene como correlato necesario la desarticulación del Estado y la reducción de sus capacidades de intervención para desarrollar políticas públicas eficaces. ¿Necesitamos un Estado que acompañe al mercado, o un Estado que vuelva a poner el centro de su atención en “lo común”, en el cuidado y desarrollo de los bienes? Los valores de eficiencia y eficacia necesariamente deben estar referidos a una finalidad que se decide de modo soberano en la república democrática. El cuidado de la salud y de la educación pública constituyen la condición necesaria de una sociedad consciente de la humanidad que debe preservar, haciendo posible recuperar y actualizar la capacidad regulatoria del Estado en materia fiscal, impositiva y financiera, de comercio exterior, de infraestructura física, tecnológica y de políticas sociales, destinadas a la provisión de bienes y servicios públicos de calidad.

La premura de los tiempos electorales no es propicia para el pensamiento estratégico orientado a elegir rumbos y garantizar decisiones consecuentes. Sin embargo, el Peronismo es hijo de la adversidad y sabe ejercer un señorío en la acción como ninguna otra fuerza política. Así lo ha demostrado en cada oportunidad que ha debido hacerse cargo del gobierno.

El Peronismo es la historia forjada con acontecimientos que se expresa en las tres banderas: Soberanía Política, Independencia Económica y Justicia Social, al tiempo que representa una memoria de experiencias colectivas hecha de compromisos militantes que entienden el poder en clave de transformaciones y en su capacidad de generar nuevas realidades sostenidas por la vocación democrática.

El Peronismo es una dinámica sociopolítica con una extraordinaria capacidad estructuradora de posibilidades. Como todo organismo vivo, atraviesa crisis que exigen nuevos rumbos y nuevas lecturas de las coyunturas históricas. En tal sentido es un magma de tensiones a convertir en acciones convergentes para neutralizar las tendencias centrífugas. El desafío es ponerle dirección a su potencialidad transformadora con una mayoría electoral que pueda construir una hegemonía política para superar la crisis y hacer posible la transición hacia una democracia sustentable.

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