Unidad nacional o anomia

Marcos Domínguez

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“Lo peor que el príncipe puede temer de un pueblo que no le ama, es ser abandonado por él” (Maquiavelo).

 

“Juntos por el cambio”: pasantía en el Titanic

El tiempo es tirano, y sobre todo con quien es tirano con él. Por eso el tiempo ha puesto en valor, por un lado, lo acertado de la estrategia –poco comentada ya– de “silencio activo” de CFK, mediante la cual posibilitó no sólo fortalecer su propia potencia electoral, sino ampliar la del movimiento nacional, eligiendo a Alberto Fernández para encabezar la fórmula. Por otro lado, posibilitó visibilizar aquello de que “para saber cómo es, al rengo hay que dejarlo caminar”. Y Mauricio camina, pero desde el golpe electoral de las PASO ya nadie parece querer prestarle andador.

Es cierto que el “hay que dejarlo terminar” por momentos suena a voluntarismo mal formulado. A institucionalismo de pasillo universitario. Pero el verdadero dato de la realidad es que la continuidad del gobierno de “Juntos por el Cambio” encuentra en sus propias políticas la principal fuente de inestabilidad, y en la responsabilidad institucional de la oposición su mayor garantía para terminar el mandato. Sucede que la economía tiene que ser aburrida, pero los cambiemitas se las arreglan bastante bien para que sea una montaña rusa, quebrada.

El gobierno nacional vagabundea políticamente entre un proceso de delaruización imparable de la imagen del presidente por un lado, y la aceleración del colapso autoinflingido, por el otro. Ningún politizado con experiencia espera nada del macrismo en esta coyuntura, en tanto el modus operandi para abordar temas que no entran en su particularísima órbita de “lo real” es, justamente, negarlos. Negó las PASO porque básicamente no enfrenta los problemas. Los “deja morir”. Los duerme. Pero ni las problemáticas de la historia, ni las problemáticas de la realidad mueren, ni se van a dormir. Pero esto, naturalmente, es difícil de comprender en el hermetismo del gobierno, porque quien lo ejerce es un grupo social que bien caracterizó Salvador Ferla hace mucho tiempo, señalando que por oligarquía se entendía “un grupo espiritualmente subdesarrollado, que aún está mirando a la Argentina con los ojos asombrados del conquistador; no como una patria, sino como una inmensa, infinita posibilidad de enriquecimiento, como un medio silvestre donde operar. Por eso los problemas sociales no se le presentan como tales, sino como dificultades, como obstáculos en su libertad. Tiene del obrero argentino la misma imagen que antes tuvo del indio y del gaucho: no son identidades humanas, son ‘dificultad’ y su reacción es la de eliminar dificultades, no la de solucionar problemas”. No asumir la responsabilidad, fuente de todo Macri. Es, claro está, el síndrome del niño rico que “le chocó el auto a papá” y la culpa es del otro. Lamentablemente, esta vez el auto es el país.

Por su parte, en la ciudad, Larreta –el último soldado de la causa– tampoco soluciona problemas con un presupuesto con el que debiera por resolverlos por tres generaciones, por lo menos. Por el contrario, apela a paliativos que ninguno de los militantes Slim fit que habitan la campaña en las esquinas de Barrio Norte hubiesen esperado. Es así como Luis Barrionuevo aparece como el socio estratégico en la Ciudad Puerto, ciudad que, como hace tiempo no sucedía, lee de frente la frase “un fantasma recorre el maxikiosco amarillo, el fantasma del ballotage”.

Pocas veces la frecuencia electoral de la nación vibró de modo tan similar a la de la ciudad. Veremos si la psiquis portuaria oligárquica tiene resto para vencer en las urnas a la propuesta política del Frente de Todxs en la ciudad. Una propuesta que es, por lejos, la más competitiva que el campo nacional-popular ha presentado en años.

 

Macri ya fue, pero…

El movimiento nacional intentará otra vez –no exento de dificultades– expresar mediante acciones de gobierno a las mayorías de la sociedad a partir de diciembre de este año, para orientarla a insubordinarse contra ese destino de semi-colonia, que ganó las urnas en 2015.

Cuando hablamos de macrismo no hablamos de una persona, o de una casta de funcionarios, sino de todo un dispositivo de poder que llevó la bandera de un republicanismo meramente estético y de un federalismo perverso que hoy paga –entre otras cosas– el incumplimiento de su promesa de una sociedad aspiracional, meritocrática y de “pobreza cero”, una sociedad donde el concepto de “hacer el bien” formó parte de una nueva ética, donde la guerra psicológica, judicial y política contra un gobierno que había dejado de serlo el 10 de diciembre de 2015 ocupó la centralidad de todo el discurso político oficialista.

El macrismo fue más un proyecto de condicionamiento a los próximos gobiernos con vocación de soberanía nacional, que un mal gobierno. Su dispositivo de corrosión operó durante cuatro años, fabricando en serie falsos dilemas y dicotomías laberínticas. Para eso utilizó como maqueta de funcionamiento la mecánica de una pinza, mediante la cual atacó el sentido común nacional.

Durante 4 años, el bloque de poder que sostuvo a Macri en el gobierno ha fomentado un liberalismo salvaje, que tiene más de salvaje que de liberal, esto es: el macrismo ha implementado el desgobierno como forma de habitar el poder, tratando de ejercer una pedagogía atomizante de la comunidad que combinó una visión gerencialista del Estado y un corrimiento de su rol de corrector de asimetrías al de facilitador de negocios para las minorías más poderosas, generando un desorden sistémico y un daño económico record en sólo cuatro años. Esta pedagogía de enfrentamiento, de individuación extrema ejercida contra el pueblo, ha minado la subjetividad argentina, subjetividad a la que la nueva política de gobierno deberá interpelar, traduciendo el exitoso poliedro político-electoral –el Frente de Todxs– en comunicación y acción gubernamental concreta, tendiente a representar todos los intereses que fueron sistemáticamente agredidos durante los años macristas.

El esquema de representaciones fragmentarias es el instrumento por medio del cual el neoliberalismo persigue su inconfesable objetivo de ruptura de todo lazo de solidaridad social. Históricamente, la balcanización ha sido el instrumento más efectivo para impedir la formación de una unidad social consciente de sus derechos y de sus destinos. Eso que politológicamente denominamos “Pueblo”. Así como los avatares de sociedades como la nuestra ante las injusticias del sistema neoliberal de los 90 pasaron a traducirse como éxitos o fracasos individuales, problemas parcelados, desconectados unos de otros, la voluntad manifiesta de “Juntos por el Cambio” durante cuatro años fue la de poner –con fuertes picos de éxito en ello– un espejo roto frente a la sociedad, haciéndola culpable de sus propias calamidades en el gobierno. Un espejo que ha corroído la autoestima nacional y minado la conciencia de argentinos y argentinas, con la idea de que los conflictos deben enfrentarse de manera aislada, obturando así toda vocación de representación colectiva de demandas. Las urnas le han puesto un freno a esa pedagogía.

 

Unidad o anomia

“Los sindicatos y movimientos de trabajadores por vocación deben ser expertos en solidaridad. Pero para aportar al desarrollo solidario, les ruego se cuiden de tres tentaciones. La primera, la del individualismo colectivista, es decir de proteger sólo los intereses de sus representados, ignorando al resto de los pobres, marginados y excluidos del sistema. Se necesita invertir en una solidaridad que trascienda las murallas de sus asociaciones, que proteja los derechos de los trabajadores, pero sobre todo de aquellos cuyos derechos ni siquiera son reconocidos. Sindicato es una palabra bella que proviene del griego dikein (hacer justicia), y syn (juntos). Por favor, hagan justicia juntos, pero en solidaridad con todos los marginados” (Papa Francisco, 23 de noviembre de 2017).

En un reportaje del año 1974, Jacobo Timerman le preguntaba a Perón por qué creía que la unidad política de los dirigentes en temas cruciales era posible, siendo que históricamente se habían reiterado mezquindades que volvían exagerada –según Timerman– la “fe” del General en esa unidad. El “león herbívoro” contestó: “eso no ha sido posible por falta de cultura política. Este es un país politizado, pero sin cultura política. En Europa estos mismos fenómenos se resuelven de manera diferente. Algunos dicen ‘¡qué suerte tiene Francia, siempre le aparece el hombre que la salva!’… no es suerte, es cultura política. Este es un país politizado, pero sin cultura política. Claro que para adquirir política el primer paso es politizarse, en un país despolitizado el acceso a la cultura política no es posible”. Es por esto que la unidad posible para gobernar deberá basarse en una alquimia que pondrá a prueba el grado de maduración de la cultura política de nuestra fauna contemporánea. Ese grado de maduración será clave en, de mínima, los dos primeros años de gobierno, donde a través de una gestión inteligente deberán llevarse adelante las medidas tendientes a la recomposición del tejido productivo y social de la comunidad nacional, pero también la incorporación de las demandas de la base de sustentación del nuevo gobierno. Un gobierno que deberá aparecer como alternativo al macrismo, sin caer en una lógica antagonista que, dado lo delicado de la situación general, tendería a corroer sus bases de sustentación política: un gobierno de unidad nacional no tiene margen para eso.

The strategy of indirect approach (la estrategia de aproximación indirecta) del capitán Basil Henry Liddell Hart es el legendario Manual de Estrategia de dicho militar británico, y uno de los libros de cabecera del Papa Francisco. Una de las ideas sugerentes de la obra para toda la dirigencia del campo nacional es que “cuanto más se intenta aparentar imponer una paz totalmente propia, mediante la conquista, mayores son los obstáculos que surgirán por el camino”. El dilema de hierro de construir una oposición con vocación de gobierno, o entregarla al laissez faire de la balcanización, ha sido superado. Claro, esto implicó que la fauna dirigencial fuese ingresando, oportunamente, en el denso campo de las transigencias, evitando así un movimiento nacional dividido en quintas. Es el propio Juan Perón quien nos señala que la política, a pesar de que en ella hay algunos intransigentes, es un juego de transigencias. Se debe ser intransigente sólo en los grandes principios. Hay que ser transigente, comprensivo, y conformarse con que se haga el 50% de lo que se quiere, dejando el otro 50% a los demás, pero hay que tener la inteligencia necesaria para que el 50% que le toque a uno sea el más importante.

En notas anteriores publicadas en esta revista sugerimos que uno de los grandes logros del movimiento nacional –expresado hoy en el instrumento electoral del Frente de Todos– había sido no dejarse reducir sólo a una identidad cultural, en tanto la estrategia cambiemita ha sido la de mutilarle su identidad política. En este sentido, haciendo una retrospectiva de lo escrito en estos años, me encontré con un artículo de mi blog donde se cita una nota de Nicolás Trotta publicada por el diario Página 12 en el año 2016. Allí, Trotta apuntaba algunas ideas interesantes en cuanto a la revalorización de la pluralidad dentro del peronismo, señalando que: “La mirada diversa del peronismo es un activo invalorable, sumar la experiencia de quienes permitieron la ‘anomalía’ kirchnerista, de quienes hoy asumen el desafío de inaugurar gestiones provinciales o municipales en plena turbulencia, de quienes revalidaron localmente sus gobiernos en las pasadas elecciones y de quienes lograron la unidad de la CGT y la masiva movilización expresada en la Marcha Federal, permiten imaginar un freno a las políticas neoliberales y obstruye cualquier posibilidad de reelección de Mauricio Macri. En democracia la realidad se transforma desde el gobierno, ya habrá tiempo para tensionar entre las diferentes expresiones si la sociedad le otorga al peronismo la posibilidad de volver a gobernar. En el peronismo caben todos, siempre que las ideas estén claras y los desafíos permitan abordar las transformaciones pendientes y la rectificación de los errores”.

La cita anterior está relacionada con el horizonte de mediano plazo que enfrentará el nuevo gobierno. Un horizonte donde una de las claves será, entonces, la capacidad que tengan las dirigencias –y las militancias– para trazar acuerdos elementales por sobre diferencias secundarias, que eviten la dispersión de la base de sustentación electoral. En definitiva, cada espacio integrante del poliedro político expresado en el Frente de Todos deberá construir acuerdos que lo trasciendan, de cara a un horizonte de representación de lo urgente, pero también de lo estructural.

En este sentido, se ha dicho en un artículo anterior para esta revista (aquí) que el peronismo, como doctrina cargada de futuro, tiene que brindar un vector que trascienda la lógica divisionista y facciosa de los opuestos, ya que el globalismo liberal amenaza el lazo social de todas las comunidades. También se ha dicho en el citado artículo que, pase lo que pase, tendremos un 2020 extremadamente complicado, donde el movimiento nacional deberá construir una agenda de representación política lo suficientemente amplia, coherente y mayoritaria como para consolidar un marco de futura gobernabilidad, pero no sólo basada en lo discursivo, claro está, sino en una práctica política de cara a los intereses del pueblo argentino. Sobre todo porque, además de por razones morales, el peronismo no suele contar con los privilegios del blindaje mediático que permitió al macrismo estafar a la sociedad a lo largo de cuatro años.

La responsabilidad del arco político, sindical y empresarial, y de las instituciones nacionales en su conjunto, no es sólo la de reconstruir la base material de la Nación destruida por el macrismo, sino también la propia autoestima nacional. Sin ánimos de ser reiterativo, diremos que el movimiento nacional se encuentra con la inmensa tarea adicional de no permitir que –por ninguna razón– ese “nosotros” mayoritario que se ha construido se atomice de nuevo. Después de todo, la dinámica de una inteligente transigencia es lo que ha mantenido viva la capacidad del movimiento para representar mayorías, es decir, para ampliar su base electoral en el marco de un continuo de transformaciones en el tejido social del país, que modificaron identidades y formas de interpelación, y también la relación que mantiene el electorado con las representaciones tradicionales.

Finalizando, este escriba sigue machacando con la idea de que el “arte de dividir” no es producto de las estrategias maquiavélicas de un asesor caro. El rédito político del macrismo no dependió del evento que utilizaba para dividir al campo opositor, sino de la capacidad o incapacidad del campo opositor para no dejarse dividir. El aprendizaje opositor y su vocación de unidad fue el anticuerpo contra esa estrategia. De conservar intactos estos anticuerpos que hoy llevan al movimiento nacional al gobierno depende, en gran parte, el destino del país.

 

Marcos Domínguez es licenciado en Sociología (UBA) y docente.

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