Sí, son vacaciones

José Tranier

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Junto con las partículas o “microgotículas” con COVID-19 también se esparcen por el mundo desesperadas microacciones y maneras o intentos de volver a “reencauzar” a las y los trabajadores del mundo con las relaciones obligadas del trabajo. Es perfectamente entendible, por hallarnos “desorientados” en relación a lo que viene aconteciendo en aquel estricto plano. En este contexto, donde nos vimos obligados a usar el término “remoto” para no quedar fuera de algunas lógicas de inclusión digital –y laboral–, es frecuente escuchar, leer y ratificar en el mundo globalizado ciertos postulados que, metafóricamente, podrían enmarcarse como una suerte de “respuesta tardía” –ya que nunca es tarde la revancha para la lógica del capital, ni tampoco para tomar partido a su favor– a los postulados de lucha llevados a cabo por la Segunda Internacional de 1889.

De esta manera, a través de decenas de diferentes “recordatorios”, “memes” y “hashtags”, se busca hacer ingresar y perpetuar la idea de una especie de mantra patronal –y aquí tendríamos que sumar también los derivados sintácticos del mundo digital– que reza con determinación: “No son vacaciones”. El contenido de estas líneas “teledirigidas” podrían, a su vez, remitirse a diversos universos delimitados que pueden ser necesarios y hasta comprendidos.

El primero de ellos nos conduce a que –en un contexto de incertidumbre y ante la extensión de una inédita pandemia– sea necesario asegurar la disciplina de los sujetos en cuarentena, puesto que es una cuestión de solidaridad y compromiso ético –y una cuestión de salud pública– con el otro. Como segundo argumento, que va de la mano con el primero: el hecho de ser afortunadas y afortunados por contar con un trabajo que permite un paréntesis o una reorganización interna en el seno de los hogares –para quienes también los tenemos– hace comprensible que cumplir parte de nuestras funciones habitando en la seguridad de los mismos amplifique a su vez este recordatorio como responsabilidad hacia aquellas y aquellos que sencillamente no pueden hacerlo, o para quienes sostienen la trama de cuidados esenciales con el fin de que la vida “pueda continuar”.

Ahora bien, uno podría preguntarse entonces qué es aquello que subyace o que se “escapa” de las excepciones anteriores, es decir, lo queda por “fuera” de las recurrencias e insistencias comprendidas del #nosonvacaciones. En este punto es donde uno podría “desempolvar” y sacar a relucir algunos aspectos de los Manuscritos de la filosofía de Marx: “cuanto más se mata el obrero trabajando, más poderoso se torna el mundo material ajeno a él que él mismo crea contra sí, más pobres se vuelven él y su mundo interior, menos se pertenece el obrero a sí mismo”.
Lo que aquí quizás se ponga en juego, entonces, es la posibilidad abierta sobre un mundo del trabajo que cede ante la (im)potencia de no tener el control del tiempo sobre “uno mismo”, y en detrimento de las clásicas prácticas laborales cuando dejan “fuera” todo universo que no refleje ni tenga que ver, precisamente, con ratificar los propios intereses de acumulación –lo que el mismo filósofo definirá como alienación. La mayoría de las actividades que previamente al COVID-19 no habrían accedido ni hubiesen contemplado la permisividad de trabajar desde los hogares –ni de otras vías tampoco– se tienen que enfrentar ahora a que los “remotos” –frente al control disciplinario– son ellos mismos.

Esto produce un efecto interesante en la cotidianeidad global narrativa de la cuarentena pero que, a la vez, emite un discurso acerca de otras “prácticas”, un tanto “peligrosas”: de un día para el otro resulta que somos los soberanos absolutos de nuestro tiempo –o al menos de una gran parte, así como también de sus distintas formas de redistribución. En este sentido, sí son vacaciones, pero no las de un tipo que implica no trabajar. Sí se trabaja. Pero trabajamos desde una conciencia que puede disponer de un resto de tiempo con el cual poder alojar otras preocupaciones y diversidades que, en la vida “diaria”, por diversos motivos, quizás no siempre aparezcan ni puedan estar presentes.

Del mismo modo, el alba se (con)funde con la noche, se pausan los tiempos de desayuno, de escucha, de palabras y también de silencios. Sentimos la presión de hacer las cosas, pero también sentimos el amparo de una pandemia que nos excusa interiormente de ser sancionados, señalados o cuestionados por quedarnos leyendo un libro hasta largas horas de la noche, o simplemente escuchando música, o viendo televisión. En ese sentido, también son vacaciones por el hecho de librarnos aunque sea por un ratito de las amarras del tiempo de la productividad. Sí. Nos peleamos con la tecnología, con Google Classroom, con Zoom. Lidiamos con plataformas y con el servidor local de Internet… pero somos efímeros amos y señores de nuestro tiempo, en el sentido de que el centro de gravedad del control del mismo, por vez primera, invirtió de eje y de protagonistas. En eso también son vacaciones. Pero, y ahora quizás intentando señalar lo más relevante para la ocasión, en todo caso un tipo de vacaciones que destinan un reservorio de tiempo que vamos a necesitar para pensar colectivamente lo que “vendrá”: muchas personas de nuestro país y de diferentes partes del mundo se quedarán sin empleo a causa de esto.

En este sentido, el “tiempo” recuperado, extraído de aquella misma lógica que suele expropiarlo, puede migrar y reconducirse entonces para formar parte de un buen “augurio”: un augurio capaz de generar un tipo de “conciencia crítica” que nos ayude a pensar en los demás y en cómo contribuir cada uno de nosotros desde nuestros lugares, a colaborar para lo que va a acontecer después, en la “pospandemia”. Aquello no suele pasar ni tener lugar, cuando la única preocupación a lo largo de toda la existencia de un sujeto tiene que ver exclusivamente con cómo se hace para “llenar el changuito”, o “pagar el alquiler”.

Sin restarle importancia a esas demandas, que son básicas, necesitamos este tiempo de “vacaciones” para “teledirigir” nuestros pensamientos y acciones a favor de quienes van a quedar más postergados cuando esto termine. En este interludio vacacional en los usos del tiempo privado como efectos colaterales producidos por el COVID-19, que no sea la culpa y la clandestinidad las únicas formas con la cual transitar nuestros días, sino, en todo caso, tomando ventaja de estos intersticios disruptivos del sistema para retomar y poner en el centro del debate el derecho a la libertad, a la salud, al arte, a la limitación de la explotación de los cuerpos, a la educación, a la vivienda, al trabajo digno, a una economía solidaria, sustentable, a la vida, y al derecho a tener tiempo “no apurado” para pensar en un mundo mejor y más inclusivo para todas y todos.

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