Amar a dos mujeres

Roberto Doberti

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En la escena política argentina hubo varias figuras descollantes, con distintos perfiles, propuestas y méritos. Algunas fueran decisivas para la creación de posturas y hasta de sujetos políticos, tal el caso de Yrigoyen y Perón. Algunos fueron respetados y lograron alineamientos perdurables. Pero hubo dos personas que además alcanzaron el amor de multitudes. Y aquí las dos palabras deben ser pensadas y pesadas en su extraordinario valor, sobre todo si van juntas. Evita y Cristina son las amadas. El hecho mismo que a ellas se las reconoce mejor con sus nombres sin aditamentos es señal de una relación de cariño, de afecto profundo, de amor apasionado.

Sus obras y sus actitudes son perdurables, su visión de la realidad social, su conciencia de la injusticia, y también de la voracidad de los poderosos, son de una certeza sin fisuras. Pero en ellas el pueblo ve algo más que estadistas que crearon, restauraron o ampliaron derechos. En ellas ve, y ve bien, una pasión y una entrega que las hace “las amadas”.

Pasados los años, el amor directo a Evita no es posible, pero ocurre que ese amor se comprende y se comparte.

Amamos a dos mujeres, sin engaños ni subterfugios.

También es cierto que son las figuras políticas más odiadas de la historia –dejando en claro que los dictadores no son figuras políticas, apenas usurpadores y a veces genocidas. Desde aquel aciago “viva el cáncer” hasta el perverso “morite yegua”, hay un reguero de manifestaciones del odio más cerril.

La similitud de las acusaciones que se ponen en juego, o los más acendrados prejuicios de clase –muchas veces de la clase a la que no se pertenece, sino a la que se quisiera pertenecer, o de la que se quiere alejar– posibilitan un análisis político y social que no pretendo desarrollar. Sin embargo, la historia –digamos, la historia reciente– nos permite ver que mientras la figura de Evita, aún en algunos casos con distorsiones, se agiganta y aquel amor se entiende y se contagia, del otro lado aquel odio hoy revela sin tapujos su mezquindad, su vileza inexcusable, su envidia venenosa.

Creo que el destino futuro de Cristina y de sus enemigos no será muy distinto. El 9 de diciembre de 2015 fue un multitudinario acto de amor, lleno de emociones y llantos, de risas y cantos. Hace pocos días, un renunciamiento –solo a los honores– las vuelve a asociar. Tal vez solo las mujeres son capaces de tanta entrega.

Hoy el pueblo argentino tiene el privilegio de amar a dos mujeres.

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