Quinto Movimiento – Mariano Fontela

Mariano Fontela

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Hacer una revista pluralista insume más tiempo que una monocorde: aunque siempre habrá quien crea ver favoritismos donde no los hubo, hay que esperar pacientemente hasta que haya suficientes textos que disientan entre sí para evitar generar la idea de que se quiso beneficiar más a una opinión que a otras. Por eso, a riesgo de parecer excesivamente grosero –y obvio, porque son demasiado visibles las diferencias de opinión–, aclaro que estoy en franco desacuerdo con casi todos los textos que contiene este primer ensayo de retorno de la revista Movimiento. Pero justamente por eso es que creo que vale la pena haberla impulsado. Si algo nos sobra es leer y escuchar muy atentamente a quienes opinan exactamente lo mismo que ya veníamos pensando. ¿Vale la pena intentar con otra cosa? ¿Puede salir algo interesante de semejante espíritu cafierista, en tiempos en que los ánimos predominantes no son precisamente conciliadores? ¿Es posible hacerlo sin que nos tapen a toscazos desde los cuatro puntos cardinales? No estoy seguro, pero si con el método anterior no íbamos de maravillas, tal vez sea momento de probar con otra cosa. De paso, también advierto que esta revista no solamente es plural por los pelajes, sino también por la edad o la disciplina de sus autores.

¿Por qué puede ser importante el pluralismo en una revista peronista? Vengo leyendo hace tiempo textos donde percibo que hay una cierta confusión respecto al significado de “unidad”. Tal vez a algunos les cueste entender que pueda mantenerse unido algo que se está moviendo. Por eso conviene recordar previamente qué expresa la afirmación de que el Peronismo es un movimiento nacional: significa que no es un solamente partido político, entre otras razones porque también contiene organizaciones no partidarias que tienen lógicas que no siempre coinciden, como sindicatos, empresarios, agrupaciones de profesionales, organizaciones territoriales, movimientos sociales, etcétera. No son meramente aliados: son integrantes del Movimiento, tan legítimos como el propio Partido. Ese rasgo permitió por ejemplo que el Peronismo sobreviviera a las dictaduras: no fue porque hiciera buenas migas con los milicos –hipótesis hipócrita–, sino porque pudo recluirse hacia esas organizaciones. Tal vez por eso para algunos sea difícil entender la unidad cuando el Peronismo no gobierna. La unidad no puede significar que vayamos todos juntos de la mano a todos lados, o que coincidamos en absolutamente todo. Las estrategias de cada sector muchas veces son incompatibles en el corto plazo. Eso los preserva, y nos preserva. Verbigracia, algunos no logran comprender por qué algunos sindicatos son más jodidos con los gobiernos propios que con los ajenos: no entienden que cuando perciben el riesgo hacen concesiones para resguardarse. No es un detalle menor que esto se justifica solamente si cuando nos toca gobernar lo hacemos bien, algo que sabemos que no siempre ocurre.

Pero pensando ya solamente en “El Partido” y aun fantaseando con un triunfo electoral futuro, la unidad tampoco puede significar solamente que “quien pierde acompaña”: esa consigna no es solamente para quienes pierden, sino también para quienes ganan las internas, para que busquen la manera de incorporar con dignidad a los que no triunfan, aun en el improbable caso de que sus votos ya no sean necesarios. Mala escuela fue en esto el peronismo en los últimos años, basta recorrer algunos municipios…

Pero además la unidad en términos electorales no implica que entremos todos por la misma puerta, porque sabemos que ciertas sumas restan. Significa que en elecciones presidenciales no se vale ir por fuera, que nadie provoca la derrota del movimiento por hacerse su quinta con unos votitos, o que todos se hacen cargo de que la derrota del Peronismo significa el triunfo del neoliberalismo. Obviamente, la victoria del Peronismo no es automáticamente la derrota del neoliberalismo, ya lo aprendimos con dolor. Por eso hace falta que la “unidad” se logre con “unidad de concepción”, y no solamente con internas. Porque si se acuerda con relativa precisión que gane quien gane nos vamos a mover en determinada dirección, que hay cosas que sí y cosas que no –cosas tales como lo de los milicos, lo del FMI o lo de las jubilaciones–, traicionar al Movimiento yendo por fuera es traicionar esas ideas y no solamente a personas. Traicionar a un dirigente es dable. Facilitar que ganen los malos, no.

Continuamente se dice que hay que generar una “unidad de concepción”, acordando sobre ciertas ideas, en lo posible aquellas que nos permitan debatir más sobre el futuro que sobre el pasado. ¿Pero y las ideas? Ah. Todos decimos que hay que tenerlas, pero casi nadie muestra una sola idea nueva. Veremos si esta revista aporta o no en ese punto. Pero al menos debemos tener en claro que si queremos una unidad razonablemente duradera tenemos que acordar tres cosas: la doctrina, el programa de gobierno y el método de selección de dirigentes (ver aparte el texto de Antonio Cafiero que explica por qué forman parte de la “unidad de concepción”). Sobre lo tercero no hay tanta discusión, más bien lamentos por los malos ejemplos: algunos hacen largas listas de traiciones recientes, y siempre nos parece que se quedan cortos. La hinchada es cruel con el jugador que juega mal, pero con el que juega a perder es un poquito más estricta. En el Peronismo no parece predominar ese criterio: somos demasiado indulgentes con tipos que nos consta que en alguna elección presidencial o provincial vendieron los trapos. En mi opinión, si se quiere evitar el centrifugado, no solamente hay que acordar un método de unidad, sino que también debería haber una especie de código, aunque tenga un solo artículo: si vas a menos, chau para siempre. Solamente con este artículo quedarían fuera de juego varios de los principales protagonistas de los últimos años. Pero no todos. No es poco. A diferencia del resto, el Peronismo tiene muchos buenos candidatos que pasan ese y otros exámenes. En mi opinión, el punto más riesgoso para los próximos meses es que también tiene otros candidatos que no estarían dando demasiadas garantías en este tema.

Pero además están las otras dos partes que mencionaba arriba: la doctrina y el programa de gobierno. A eso queremos aportar con esta nueva revista. Es la consigna que esgrimió Enrique Del Percio al convocar a Reexistencia Peronista, un proyecto que contiene a esta revista pero la excede largamente. Que lo explique él (ver aparte).

 

Las revistas Movimiento, 44 años de historia

A quien le embole la precisión histórica o los nombres de viejos compañeros, puede saltar sin perjuicio este apartado y leer directamente la trascripción del artículo de Cafiero.

Esta es la quinta revista Movimiento, al menos si las contamos a mi manera. La primera con ese nombre tuvo once números entre abril y septiembre de 1974. Estaba encolumnada en una rama del peronismo, la JP Lealtad, pero intentaba incorporar diferentes visiones y contenía no pocas críticas al gobierno, tanto al de Perón como al de Isabelita. Por ejemplo, en el primer número incluyó reportajes a Rodolfo Ortega Peña (director de Militancia) y Felipe Romero (director de El Caudillo). En sus 32 páginas cada texto salía sin identificar al autor, pero inicialmente se identificaban sus responsables: fue dirigida por Miguel Saiegh, y también colaboraron Horacio Eichelbaum, Hernán Patiño, Ricardo Sánchez y Ricardo Roa, el mismo que ahora es editor general adjunto de Clarín. El último número comienza reclamando al gobierno para que detenga la violencia de ultraderecha: “Los que nos ‘ayudan’ empleando el asesinato a mansalva y el terrorismo son el más artero peligro para la revolución peronista. (…) Este S.O.S. va dirigido especialmente al propio gobierno: muy pocos son los guerrilleros apresados en un marco legal y ningún comando parapolicial ha sido detenido”.

Hubo una segunda Movimiento, cuyo primer número salió en diciembre de 1982, y era editada con el apoyo de la agrupación Movimiento, Unidad, Solidaridad y Organización (MUSO), liderada por Antonio Cafiero, e integrada –entre otros– por Oscar Albrieu, Ricardo Guardo, Miguel Unamuno, Antonio Benítez, Roberto García, José Rodríguez, Darío Alessandro, Duilio Brunello, José María Castiñeira de Dios, Hugo del Carril, Irma Roy y Oraldo Britos, y por varios más jóvenes que luego ocuparían diversos cargos de gobierno y participarían en el Instituto de Altos Estudios Juan Perón: Norberto Ivancich, Roberto Lavagna, Lorenzo Pepe, Miguel Gazzera, Roberto Digón, Alberto Iribarne, Carlos Corach o Ernesto Tenenbaum. Esta segunda revista fue dirigida por Fermín Chávez, con el mismo Ricardo Roa como jefe de redacción, y con Rodolfo Audi y Oscar Cardoso como secretarios de redacción. Escribieron en sus páginas, entre otros, Osvaldo Guglielmino, Carlos Campolongo, Pascual Albanese, Osvaldo Pepe, Juan Bautista Yofre, Oscar Sbarra Mitre, Luis Gramuglia, Osvaldo Granados, Heriberto Muraro, Silvia Mercado, Any Ventura o Fernando Galmarini. Como puede verse, se trata de compañeros que con los años encontraron rumbos diversos. También colaboraron con esa revista los jovencísimos Nancy Sosa y Guillermo Makin, de quienes publicamos sendos artículos en esta nueva etapa. En el número 3, de febrero de 1983, Cafiero escribió unas palabras que bien podrían prologarnos esta vez: “Hoy hay que volver a sacar al país de la dependencia, arrebatarle el poder de decisión a las trasnacionales del dinero y de la violencia, y maniatar a las elites oligárquicas para que no vuelvan a conspirar contra los intereses de la comunidad. Será el tiempo de restaurar la justicia social. (…) La situación económico-social es en todo caso un difícil escollo, pero jamás será una justificación para detener la propuesta de liberación y justicia que tiene términos concretos en el Programa Justicialista”.

La tercera Movimiento, entre los años 2006 y 2012, también fue inspirada por Cafiero, en el marco de la segunda etapa del Instituto de Altos Estudios Juan Perón (la primera había sido en los 90). Fue dirigida por Guillermo Piuma y Araceli Bellotta (en los primeros tres numeros), y luego por el mismo Guillermo y Nancy Sosa, ya mencionada como colaboradora serial de las distintas Movimiento en los últimos 36 años. Con 112 páginas de alto gramaje y a todo color, era una revista indudablemente muy linda, con arte y una gráfica de lujo. En cada uno de sus nueve números incluyó obras de un artista distinto, con Raúl Santana como curador. Contenía artículos de opinión y análisis sobre la coyuntura política, textos y anecdotarios sobre la historia del peronismo, y extensos reportajes a protagonistas destacados del momento. También incluía opiniones de analistas antiperonistas, en una sección titulada “Cómo nos ven”. El clima de aquellos años no era favorable a una revista pan-peronista, aunque la figura de Cafiero lo facilitara.

La cuarta Movimiento fue la que más se pareció a lo que queremos en este nuevo intento, en parte porque quienes la hicimos somos casi los mismos. Fue una revista que comenzó llamándose Movimiento y terminó –a partir del número 50– con el nombre de Reseñas y Debates, también editada por el Instituto Juan Perón. La razón del cambio de nombre es francamente poco seria: cuando comenzó, Antonio consideraba que no era un problema que hubiera dos revistas con el mismo nombre. Le parecía una buena idea, a tal punto llegaba su obsesión por la unidad de concepción. Pero con el paso del tiempo las dos publicaciones se consolidaron, y no resultaba razonable mantener la confusión. Empezó siendo un boletín de 8 páginas y terminó como una revista de 36 páginas. Llegaron a salir 72 números, todo un récord para publicaciones de ese tipo, entre 2005 y 2012. Además, fue la primera de estas revistas que –además de salir en papel– se publicó completamente en forma digital. A diferencia de su coetánea, era una publicación fea, a dos columnas que ocupaban casi toda la página y con muy pocas imágenes. Contenía artículos de opinión y algunos textos de estilo más académico. Los primeros números incluían principalmente reseñas de libros recientes sobre el Peronismo. Eso se explica porque la mayoría de los libros que se publicaban en aquellos años hacían todo tipo de afirmaciones indocumentadas o mal documentadas –por decirlo amablemente– sobre el Peronismo, del histórico y del contemporáneo. Varias de esas piezas tan irrazonablemente hostiles eran escritas por docentes e “investigadores” con frondoso currículum. Seguramente les daban doble postre cuantos más disparates dijeran contra el Peronismo. Entendimos entonces que refutar leyendas era un buen punto para empezar la discusión, y sin pretender adjudicarnos el menor mérito en el resultado, opino que un poco la mano cambió: siguen repitiéndose desatinos, pero no tan mayoritariamente como entonces. No deja de parecerme curioso que muchos de los autores de las reseñas de esa cuarta Movimiento fueran personas grandes y con suficientes pergaminos académicos y políticos, que humildemente aportaban comentarios críticos sobre libros de autores que algunas veces no lo merecían. El propio Cafiero redactó algunas reseñas de libros, y también lo hicieron, por ejemplo, Floreal Forni, Jorge Bolívar, Héctor Masnatta, Enrique Oliva (ver aparte el artículo de Pulfer y Melon Pirro donde se menciona a Oliva, que también usaba el seudónimo de François Lepot) o Carlos Eroles, por mencionar a quienes ahora militan en otros barrios. Los artículos de opinión, que de a poco fueron ocupando más espacio en la revista a medida que aumentaban las páginas, fueron también redactados por autores de distintos perfiles, incluyendo desde jóvenes que aún cursaban sus estudios de grado hasta ministros o profesores universitarios de los buenos. Fue una publicación plenamente cafierista, “pan-peronista”, donde publicaban tanto los más kirchneristas como los antikirchneristas irredentos. Incluso hubo algunos que primero fueron una cosa y luego otra, y siempre les dimos espacio para escribir. La única restricción era la prohibición de hablar mal de personas o agrupaciones: era una revista donde se discutían ideas o proyectos, no candidatos. Hasta donde sé, una rareza, solamente posible gracias a la insistencia de Antonio Cafiero.

Dentro de ese Instituto también se editó la revista Género y Peronismo, dirigida por Ana Zeliz y María Alicia Timpanaro, que llegó a 12 números entre 2008 y 2012. Y hay una revista más, actual, que incluye el mismo nombre: Movimiento 21, conducida por Hugo Quintana, Pascual Albanese, Humberto Roggero y Guillermo Schweinheim. Contiene interesantes textos de personalidades provenientes de distintos sectores del Peronismo, aunque excluye sistemáticamente a otros sectores, particularmente al kirchnerismo.

En fin, que el espíritu cafierista de esta quinta Movimiento es incluir a todos los que tengan algo para decir con buena leche, incluso a quienes actualmente no se identifican con el Peronismo. No pudimos convocar a todos los que sabemos que tienen algo valioso para aportar, porque por algún lado debíamos empezar, y obviamente tampoco podíamos hacerlo con quienes no conocemos. Pero a partir de ahora tienen las puertas abiertas: nos mandan un email y listo.

Quien haya conocido a Antonio sabrá que militaba como pocos la unidad del peronismo. En homenaje a esa lucha es que este primer número trata sobre el tema. De hecho, quien lea estos textos notará que varios de ellos hacen referencia a unas mismas palabras de Antonio, extraídas de un artículo suyo publicado en junio de 2010, cuando Néstor Kirchner aún vivía pero ya se preanunciaban algunos de los problemas que padecemos actualmente. No es casualidad: esa cita fue enviada previamente a los autores para ver si se inspiraban. Me resulta imposible explicarlas o resumirlas de mejor manera que lo que en aquel momento lo hizo Cafiero, así que me limito a transcribir su texto entero (ver aparte). Tiene aún más vigencia que entonces.


 

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