¿Qué vamos a discutir cuando discutamos?

Micaela Rodríguez

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El mundo está en un fase de capitalismo apocalíptico, dice Rita Segato. Los discursos del odio siguen ganando elecciones en América Latina. Las conciencias siguen siendo compradas, la hegemonía del poder utiliza la fe de nuestro pueblo para seguir instalando su proyecto de capitalismo salvaje en todos los sectores. El que cree tener certezas en este contexto, se equivoca. O se miente a sí mismo.

La conquista de ciertos derechos vinculados a las libertades individuales se entremezcla con el aumento de la represión sobre los cuerpos. Los mismos cuerpos que se sienten libres para vivir su sexualidad amparados por la ley son reprimidos y castigados por ese mismo Estado que dice garantizarle la libertad de vivir según sus deseos.

Ser pobre sigue siendo un delito ante la Justicia, y ser rico una garantía.

La falta de legitimidad de la política tradicional es transversal a todos los partidos políticos. En nuestros país, desde lo discursivo la corrupción parece ser la mejor arma con que se disparan unos sectores a otros, bajo la lupa de los medios de comunicación. El que gane más fama de corrupto pierde. Pero solo unos pocos se atreven a decir que la corrupción es la fiesta a la que van todos los que detentan algo de poder, y donde se olvidan de sus diferencias ideológicas. Por eso para combatirla o mínimamente cuestionarla hay que ser conscientes de que no es un problema de partidismo, sino de prácticas políticas. Ni la corrupción es potestad de un sector, ni la democracia tal como la conocemos hoy es un concepto a destacar. ¿Cómo hacemos entonces para ir más allá en el debate?

En primer lugar, hay que ser conscientes de que los más jóvenes no podemos discutir de política desde una perspectiva de recambio con sujetos que vienen de sectores que pertenecen al pasado y que representan lo peor de la política. Los que militamos en el movimiento nacional y popular –amplio, tan amplio que quizás hablar de “movimiento” nos quede corto– consideramos que estamos frente a un momento “bisagra”: tenemos que cuestionar de verdad todo lo que hemos visto hasta ahora y que nos llevó adonde estamos hoy. Si ser joven y no ser revolucionario es una contradicción biológica, ser joven en la Argentina de hoy y aspirar a un gobierno de transición –o simplemente a “volver”– es una opción poco ambiciosa y nada revolucionaria. Porque no se trata solo de ganarle al macrismo –cosa que por supuesto hay que hacer–, sino de pensar seriamente qué fue lo que se hizo tan mal como para que un “Macri” se convierta en presidente de la Nación. Se trata de cuestionarnos si volver a las mismas prácticas políticas es realmente “ganar” algo más que una elección.

La trampa a la que nos quiere hacer caer la derecha es la de simplificar la discusión en “kirchnerismo versus macrismo”, como si el kirchnerismo existiera per se, y como si existiera realmente la posibilidad de “volver” luego del saqueo indiscriminado que realizá la alianza Cambiemos en estos años. El país es otro, totalmente distinto al de 2015. Los actores políticos son otros, las alianzas son otras, y el rol de Cristina Fernández de Kirchner como principal líder de la oposición es otro. Entonces, la propuesta para sacar a la derecha del poder –independientemente de si la incluye o no a ella– debe ser otra: una distinta, renovada, y por sobre todo una que se preocupe por interpelar más a la sociedad que a los distintos sectores de la militancia ávidos de participación y protagonismo.

La juventud parece tener siempre una excusa para patear para adelante la discusión profunda sobre lo que hay que hacer, para animarse a empezar a ser protagonistas y no meros acompañantes de aquellos que vienen sobreviviendo “camaleónicamente” de la política hace años, esos que van pasando por tantos ismos como funciones y cargos en el Estado, y que nunca se animaron a cuestionar nada que pudiese poner en jaque sus intereses. Y no, no se trata de tirar a los viejos por la ventana, primero porque no solo son viejos –algunos no pasan los 50 años– y segundo porque lo que hay que cuestionar son las prácticas y no a los sujetos. También siempre hay una excusa –en esta democracia a la que nos hemos acostumbrado y con la que nos venimos conformando– para la posibilidad real de que sean compañeros y compañeras de los sectores más postergados de la sociedad quienes representen electoralmente a esos sectores. Sin caer en una falsa romantización de la pobreza –que como peronista rechazo enérgicamente– creo que es momento de que los sectores medios dejen de representar a los sectores populares de forma tan arbitraria y utilitarista. Venimos de años donde la organización popular –principalmente aquella que se engloba dentro de la agenda de las tres ‘t’: “tierra, techo y trabajo”– se encargó de formar cuadros jóvenes que tranquilamente podrían ocupar lugares de representación. Pibes y pibas que jamás en su vida dirían frases –tristemente escuchadas en reiteradas ocasiones– como “bajar al barrio”, porque el barrio no les suena a una cosa lejana a la que solo van los fines de semana, sino que es donde viven y transitan sus experiencias como militantes, donde viven sus familias y donde tienen sus afectos. Necesitamos compañeros y compañeras que analicen la realidad desde una mirada superadora; que sean conscientes de que el sistema político –como dice Juan Grabois– está putrefacto; que se hayan ganado la legitimidad para hablar de los pobres porque siempre estuvieron junto a ellos –y no porque fueron tres veces a un merendero a sacarse fotos para alguna campaña–; que nunca hayan dejado la calle por estar atrás de un escritorio; que no se subordinen al poder sino que lo condicionen; en fin, compañeros y compañeras que en 2019 pongan condiciones para ser parte de una lista y no que terminen basando su práctica política en una súplica casi humillante y denigratoria dos días antes del cierre a cualquier personaje nefasto que coyunturalmente tiene algo de poder y una lapicera para darles un lugarcito en el cual después pueda mantenerlos condicionados.

No podemos seguir “pateando para adelante” como generación –esa que creció bajo el individualismo de los 90 y llegó a su adolescencia siendo partícipe de la explosión social de 2001– la discusión sobre el sistema representativo imperante; sobre las prácticas políticas vetustas transversales a todos los partidos políticos; y sobre los vínculos entre las mafias –que arruinan a nuestros pibes y explotan a nuestras pibas en los barrios– y los intendentes, gobernadores y legisladores de turno. Que gobierne la derecha no puede ser una excusa para seguir sin discutir esas cuestiones, como no debió serlo antes porque gobernara el peronismo, porque a la larga le estaríamos haciendo el juego a un capitalismo salvaje que, aunque nos pueda dar un respiro en una próxima etapa electoral, sigue permeando en las conciencias de nuestro pueblo.

El tiempo para discutir qué clase de práctica militante queremos es siempre ahora. El tiempo para no rebajarnos como generación es ahora. El tiempo de discutir qué país y qué mundo queremos para los pibes del futuro es ahora.

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