¿Qué (les) pasó?

Máxima Guglialmelli

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El pasado domingo nos encontramos con un triunfo arrasante del Frente de Todes, escenario que sorprendió a propios y ajenos, dejando en estado de shock al gobierno, a los principales medios de comunicación y a las encuestadoras. Hasta el último minuto antes de la veda, periodistas, analistas políticos y encuestadoras vaticinaban un triunfo ajustado de la fórmula Fernández- Fernández, con altas chances electorales para el presidente Mauricio Macri. El domingo, las bocas de urna desmentían estos pronósticos, pero ni aun los guarismos más optimistas se acercaban a la devastadora victoria del Frente de Todes. ¿Qué (les) pasó?

  • No leyeron las señales. Había datos objetivos que marcaban una clara tendencia favorable para el Frente de Todes: la victoria del peronismo en las elecciones provinciales, la brutal crisis socioeconómica, el aumento del rating de medios de comunicación opositores, datos de desaprobación de la gestión de Mauricio Macri, entre otros.
  • Algo falla en las encuestas. Las encuestadoras vienen errando en sus predicciones, al menos así lo hicieron en las elecciones 2019, 2017 y 2015. Más allá de que podamos sospechar que muchas se encuentran direccionadas a favor de un candidato u otro, esto por sí solo no explica el grosero error. En este sentido, debemos considerar la hipótesis de Daniel Schteingart[1] lanzada unos días antes de las elecciones: hay algo de la metodología que está fallando y que las encuestadoras deberán revisar si quieren permanecer confiables.
  • Subestimaron la crisis económica. Tanto el gobierno como sus aliados –mediáticos, económicos y políticos– no midieron el profundo impacto de la crisis económica en la población: destruyeron el poder adquisitivo de la gente, aumentó la pobreza, la indigencia, el desempleo, el subempleo y la desigualdad, dolarizaron las tarifas, se desató una espiral inflacionaria, se contrajo la economía, se endeudaron con el FMI, generaron una burbuja financiera… En resumidas cuentas, destruyeron la economía argentina al son de promesas vacías como “el tercer trimestre”, “lluvia de inversiones”, “brotes verdes”, “pobreza cero”, “unir a los argentinos”; de excusas inverosímiles como “la pesada herencia”, “pasaron cosas”, “pusimos metas demasiado optimistas”, “crecimiento invisible”, “íbamos camino a ser Venezuela”; y de metáforas climáticas. Mientras destruían el bolsillo de los argentinos, pedían sacrificios tales como no andar en patas, no prender el aire acondicionado y otros Macri-tips.
  • Hicieron una pésima gestión. Son muy pocos los aspectos de la gestión de Macri que mejoraron en algún punto la vida de la población: los servicios públicos tendieron a desmejorar al mismo tiempo que aumentaron considerablemente sus tarifas; la salud, la ciencia y la educación se encuentran de crisis; ya no hay Ministerio de Salud, ni de Ciencia y Tecnología, ni de Trabajo… la lista es larga.
  • Despreciaron a amplios sectores de la población. En el afán de distinguirse del kirchnerismo y otros sectores políticos, despreciaron, estigmatizaron y persiguieron a muchísimos sectores, entre ellos, sus propios votantes. Comenzaron con la persecución a empleados estatales, para continuar con los docentes, los científicos, los sindicalistas, los profesionales de la salud, los trabajadores, los jubilados, los extranjeros… ¿Quién puede querer a un gobierno que desprecia a sus electores?
  • Política mata big data. En tiempos de comunicación digital, redes sociales y big data, el peronismo se unió e hizo su mejor campaña en muchos años. El mayor mérito se lo lleva Cristina, quien fue capaz de leer las últimas elecciones, correrse del centro de la escena y darle lugar a un candidato inesperado que logró tender un puente entre el kirchnerismo y el peronismo no kirchnerista. Luego de eso, Alberto Fernández pudo desplegar su magia, armar un frente electoral y llevar la discusión al centro, lejos de los mantras belicosos que espantan indecisos.
  • La campaña del miedo puede fallar. Una lección que deberían dejarnos las elecciones de 2015 y 2019 es que apostar al miedo de los electores puede restar. De 2015 a 2019 el tono de campaña del peronismo-kirchnerismo cambió: de la campaña del miedo de las últimas elecciones presidenciales –el tiempo dio la razón, pero tener la razón no gana elecciones– hacia un mensaje fresco de esperanza. Del otro lado, y sin resultados para mostrar, la campaña giró en torno al miedo de volver al pasado, hablándole al elector ideologizado y convencido. Una mención aparte merece la campaña que realizó Axel Kicillof en la provincia de Buenos Aires, quien recorrió plazas y pueblos con un Clío viejo, compartió mates y adoptó gatitos. En resumen: un libro, un auto viejo y un acústico de Black Bird fueron más baratos y efectivos que Cambridge Analytica.

 

¿Qué nos queda por esperar?

Si bien las PASO no definen ganadores, el escenario es una victoria casi asegurada a nivel nacional y en las provincias de Buenos Aires, Santa Cruz y Catamarca para el Frente de Todes.

En esta primera semana el gobierno reaccionó de la peor manera posible, radicalizando su campaña del miedo y soltándole la mano al dólar, luego de haberlo planchado artificialmente para las elecciones. Por su parte, el presidente actuó de manera errática: dio una inaudita conferencia de prensa, culpando al electorado y a la oposición del descalabro del dólar, y planteando un escenario apocalíptico si llegara a ganar Alberto Fernández. Posteriormente pidió disculpas, se comunicó con Alberto Fernández y lanzó un paquete de medidas con la intención de revertir el resultado electoral. Macri dejó de lado sus responsabilidades como presidente y como líder de un espacio político, para actuar como un niño rico con un berrinche.

Juntos por el Cambio tiene una escasísima posibilidad de llegar al ballotage: si logran alcanzar el 35% de los votos y el Frente de Todos cae por debajo del 45%, hay segunda vuelta. Este escenario es muy improbable: implicaría una mayor participación electoral en las generales y un traslado de votos de otros candidatos a Macri, en medio de una crisis de estas magnitudes.

El gobierno puede aceptar la adversidad, transmitir tranquilidad planteando una transición lo más ordenada posible y reinventarse como espacio opositor al peronismo, para ser competitivo en 2021. Esto implica un alto nivel de prudencia y mesura, e implica que Mauricio Macri actúe no como candidato sino como presidente y líder de un espacio político, cuidando a los votantes, a su espacio político y a su principal territorio: la Ciudad de Buenos Aires. En el mejor escenario posible para Juntos por el Cambio, tendrán que gobernar algunos distritos y legislar.

El segundo camino es el más riesgoso: aspirar a alcanzar el ballotage, que parece ser la opción elegida por Macri y su equipo. Este es el motivo principal de los vaivenes post PASO del gobierno: generar miedo en los electores con una crisis financiera, para luego anunciar un paquete de alivio. Esta apuesta puede arrastrar al primer frente electoral de centroderecha que logró alcanzar la presidencia con elecciones libres y limpias, y sin lugar a dudas arrastraría la economía del país. El principal riesgo para Macri es perder su bastión histórico, la CABA. Si Lammens logra ganarle a Rodríguez Larreta, la hazaña política de Mauricio estará muy cerca de su fin. El milagro Lammens no es impensado, si se tiene en cuenta el antecedente de Lousteau en 2015, quien sacó 22% en las PASO para luego alcanzar un 48% en la segunda vuelta electoral y quedar sólo tres puntos debajo de Rodríguez Larreta.

Mesura y prudencia parecen ser la clave de estas elecciones. Alberto Fernández encontró ese camino. Mauricio Macri –el otrora vocero del cambio y la alegría– eligió el camino del miedo y la desesperación. Quizás esté a tiempo de revertirlo.

 

Máxima Guglialmelli es docente investigadora (UNM), docente de la carrera de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA) y maestranda en Políticas Públicas con Desarrollo para la Inclusión Social (FLACSO).

[1] https://www.chacodiapordia.com/2019/08/07/algo-no-cierra-en-las-encuestas/.

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