¿Por qué pensar el mundo en clave de Laudato si’?

Francisco Correa

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El 24 de mayo de 2020 se cumplen cinco años de la encíclica papal El Cuidado de la Casa Común, conocida también como Laudato Si’, y es imprescindible preguntarnos por qué debemos pensar el mundo en la clave que de ella surge, más aún en esta coyuntura mundial tan particular.

Cuando se invita a leer la encíclica papal, la no pertenencia a una religión e, incluso, la referencia a la “ecología”, a muchos les niega la posibilidad de acercarse y comprender unos de los textos más hondos e integrales de los producidos en los últimos años. Es un material que, si les fuera leído en voz alta, en un auditorio y sin indicar su autor, con seguridad los dejaría perplejos por la profundidad, el rigor científico y la amplitud que registra en el abordaje de los temas. No es común leer un documento que abarque reflexiones tan complejas y trascendentes, con un orden ético, y que, a la vez, contenga tantas realidades particulares bien contenidas en un todo orgánico y armonioso. Esta obra trabaja la temática del ecosistema con una solvencia y una integralidad que lo hacen un texto que debería ser de lectura-análisis-práctica de católicos y no católicos del mundo entero.

La situación de pandemia mundial plantea la necesidad de pensar y repensar nuestras prácticas, nuestra vinculación con el medio que nos rodea –otros seres humanos y la naturaleza– y los valores con que queremos construir nuestra querida comunidad. En sus palabras, podemos decir que la temática abordada por la Laudato si’ es “la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta, la convicción de que en el mundo todo está conectado, la crítica al nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología, la invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso, el valor propio de cada criatura, el sentido humano de la ecología, la necesidad de debates sinceros y honestos, la grave responsabilidad de la política internacional y local, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida” (apartado 16).

En razón de estas consideraciones, el hecho de cumplirse cinco años de su publicación y la circunstancia de estar atravesando esta coyuntura de pandemia, presentan hoy una excelente oportunidad para actualizar algunas claves de acercamiento a esta encíclica. Los apartados siguientes aspiran a ofrecer un aporte en ese sentido.

 

La concepción de cómo se diagnostica un problema y los lineamientos para solucionarlo: “el diálogo ecuménico y multidisciplinario

“La mayor parte de los habitantes del planeta se declaran creyentes, y esto debería provocar a las religiones a entrar en un diálogo entre ellas orientado al cuidado de la naturaleza, a la defensa de los pobres, a la construcción de redes de respeto y de fraternidad. Es imperioso también un diálogo entre las ciencias mismas, porque cada una suele encerrarse en los límites de su propio lenguaje, y la especialización tiende a convertirse en aislamiento y en absolutización del propio saber. Esto impide afrontar adecuadamente los problemas del medio ambiente. También se vuelve necesario un diálogo abierto y amable entre los diferentes movimientos ecologistas, donde no faltan las luchas ideológicas. La gravedad de la crisis ecológica nos exige a todos pensar en el bien común y avanzar en un camino de diálogo que requiere paciencia, ascesis y generosidad, recordando siempre que ‘la realidad es superior a la idea’” (apartado 143).

La carta encíclica papal sintetiza un conjunto de aportes y reflexiones que van desde aquellos producidos por científicos –no católicos– a integrantes de otras religiones e infinidad de comunidades que han contribuido al debate y a la aproximación al problema.

La incorporación de voces que no son específicamente católicas demuestra la consideración de la necesidad de consolidar un diálogo ecuménico, en tanto que los habitantes del mundo que sufren estas problemáticas no profesan necesariamente tal credo. A su vez, la contribución de una infinidad de científicos de distintas disciplinas deja expuesta la intención de comprender la integralidad de los problemas que, en efecto, no se presentan como disciplinares, sino que constituyen hechos expresados siempre en sus múltiples dimensiones –lo que nos demanda un abordaje acorde para poder resolverlo.

El ecumenismo y el carácter multidisciplinario o la multidisciplinariedad sintetizan un modo de abordaje de las cuestiones o los problemas que deberíamos incorporar en cada situación de nuestra vida cotidiana.

El ecumenismo es una concepción acerca de cómo incorporar a todos los actores que deben ser parte del diagnóstico y la resolución de los problemas. Es el modo de constituir un espacio que permita expresar, contener y dar forma a una propuesta que incorpore a todos los sectores atravesados por determinada situación. Al mismo tiempo, la multidisciplinariedad otorga a ese punto de partida la manera de abordar los problemas, en tanto son múltiples las dimensiones que componen todo fenómeno. Es muy común que existan espacios donde se abordan problemas trascendentes de nuestra situación mundial, pero la falta de incorporación de los componentes y las aproximaciones necesarias hace que metodológicamente no podamos construir una posible salida. Incluso, dada la concepción que ello implica, muchas veces está extinguida la resolución, antes de constituirse el espacio en el que podría establecerse.

La profunda convicción de incorporar al otro con su mirada, su realidad y su saber –en síntesis, su historia– es un ejercicio que demanda mucha paciencia, tolerancia y compromiso, que sólo puede hacerse cuando se está convencido de que para la resolución de problemas es necesaria la palabra y la participación de otro, desde el diagnóstico del problema hasta la construcción de una salida.

 

Una ecología integral, donde lo central es el equilibro entre el ser humano, la sociedad y la naturaleza: la comunidad como destino

“Hoy el análisis de los problemas ambientales es inseparable del análisis de los contextos humanos, familiares, laborales, urbanos, y de la relación de cada persona consigo misma, que genera un determinado modo de relacionarse con los demás y con el ambiente. Hay una interacción entre los ecosistemas y entre los diversos mundos de referencia social, y así se muestra una vez más que ‘el todo es superior a la parte’” (apartado 115).

Cuando hablamos de ecología, inmediatamente se nos viene a la mente una referencia directa a la naturaleza –plantas, tierra, agua, etcétera. Eso implica reducir el tema a solo un aspecto del problema planteado. La ecología integral propuesta por Francisco hace referencia al vínculo armonioso y necesario entre los seres humanos y la naturaleza. Este enfoque requiere comprender el ecosistema como el conjunto de relaciones sociales, políticas, culturales y ambientales en un espacio histórico determinado. Esto es lo que constituye un sistema social que, al sumarle un “destino común”, incorpora todos los aspectos que hacen a una comunidad en sentido profundo y trascendente. Ello así, en tanto constituye un equilibrio que da sentido de existencia a las personas.

En la modernidad hubo una gran desmesura antropocéntrica que, con otro ropaje, hoy sigue dañando a toda referencia a lo común, a lo comunitario, y perjudicando a todo intento de fortalecer los lazos sociales. Por lo tanto, es necesario volver a prestar atención a la realidad con los límites que ella impone que, a su vez, son la posibilidad de un desarrollo humano-social equilibrado y armonioso. Si el ser humano se concibe autónomo de la realidad material y se presenta como dueño-dominador de la naturaleza, la misma base de su existencia se desmorona porque se quita algo constitutivo de su ser, como es la naturaleza. Esta idea es consecuencia del “proyecto de modernidad” que nos ha planteado esta separación entre el mundo del Ser y la Naturaleza, generando un proceso de escisión del individuo con relación a los aspectos naturales-comunitarios, eximido de responsabilidades del cuidado de su entorno –y, por lo tanto, de sí mismo. El utilitarismo científico –la ciencia como instrumento sin un paradigma ético– ha servido para concebir al ser humano como dominador-amo de la naturaleza, en pos de satisfacer sus necesidades. Ello ha generado un proceso de alienación que lo desvinculó de su entorno de realización, legitimado por una moral utilitaria-materialista, donde lo importante es la satisfacción de necesidades como patrón, sin preguntarse por su destino, es decir, su sentido de trascendencia.

 

La centralidad está puesta en revertir el sufrimiento de la humanidad en general, pero de los excluidos en particular

“Hoy creyentes y no creyentes estamos de acuerdo en que la Tierra es esencialmente una herencia común, cuyos frutos deben beneficiar a todos. (…) Por consiguiente, todo planteo ecológico debe incorporar una perspectiva social que tenga en cuenta los derechos fundamentales de los más postergados” (apartado 93).

“Quisiera advertir que no suele haber conciencia clara de los problemas que afectan particularmente a los excluidos. Ellos son la mayor parte del planeta, miles de millones de personas. Hoy están presentes en los debates políticos y económicos internacionales, pero frecuentemente parece que sus problemas se plantean como un apéndice, como una cuestión que se añade casi por obligación o de manera periférica, si es que no se los considera un mero daño colateral” (apartado 49).

La importancia de Laudato si’ tiene que ver con la especificidad del sector social que será –y es– más perjudicado si no se aborda de manera urgente la situación mundial de nuestro ecosistema. En este sentido, la referencia a la urgencia de trabajar por los más humildes da cuenta no sólo de una concepción humanista de “optar por los pobres”, sino también de un realismo que delimita el actor más dañado o agredido ante tamaño problema mundial. La globalización y la sociedad de la información nos satura indiscriminadamente de datos y ubica todo al mismo nivel, construyéndonos así un proceso de desjerarquización de los problemas profundos de la humanidad.

Ante el discurso del “relativismo” y “la velocidad del tiempo”, todo está puesto en discusión en cada momento, en cada lugar y en cada situación, sumado a que la celeridad de los sucesos nos permite detenernos y construir empatía con los problemas que nos afectan. Vivimos una pérdida de prioridades que nos imposibilita identificarnos y proyectar. Cuando todo tiene importancia, también todo la pierde. Transitamos un mundo donde por cada persona existe un “punto de vista”, negando, desplazando u ocultando que el objetivo trascendente del problema está puesto en la resolución como problema ético: ¿qué podemos hacer para mejorar esta situación? Es así que enfatizar el impacto que tiene en los pobres esta situación demuestra la necesidad de la jerarquización de problemas, así como, por supuesto, lo imperioso de que provengan de esquemas ético-morales que ubiquen en el centro al ser humano y su comunidad.

 

El destino común de los bienes como justicia social

“En las condiciones actuales de la sociedad mundial, donde hay tantas inequidades y cada vez son más las personas descartables, privadas de derechos humanos básicos, el principio del bien común se convierte inmediatamente, como lógica e ineludible consecuencia, en un llamado a la solidaridad y en una opción preferencial por los más pobres. Esta opción implica sacar las consecuencias del destino común de los bienes de la tierra, pero, como he intentado expresar en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium, exige contemplar ante todo la inmensa dignidad del pobre a la luz de las más hondas convicciones creyentes. Basta mirar la realidad para entender que esta opción hoy es una exigencia ética fundamental para la realización efectiva del bien común” (apartado 158).

La visión de Laudato si’ pone en el centro de la escena al ser humano y el equilibrio que debe existir entre la sociedad y el medio que lo rodea. En este sentido, la prioridad es la Vida como concepto, donde la posibilidad de vivir armoniosamente está asociado a la realización del bien común en una comunidad de destino. El bien común-justicia social presupone el respeto a la persona humana en cuanto tal, con derechos básicos e inalienables para su desarrollo integral. La existencia se despersonaliza y no incorpora nuestra historia, y por lo tanto no nos permite una proyección. Sin el bien común como destino, el puro presente borra la historia de nuestras raíces, de nuestra experiencia. Nos deja suspendidos en el aquí y el ahora, sin comprender el sentido de trascendencia de nuestra existencia

El bien común requiere la paz social, es decir, la estabilidad y seguridad de un cierto orden que no se produce sin una atención particular a la justicia social distributiva, cuya violación siempre genera tensión y violencia social. Es necesario comprender que toda la sociedad –y, en ella, de manera especial el Estado– tiene la obligación de defender y promover el bien común. El problema se presenta cuando el proyecto neoliberal y sus valores –su dios dinero– plantean como modelo la acumulación de recursos como ordenador ético-moral, donde la prioridad no es el ser humano y el medio ambiente, sino la racionalidad individualista-utilitaria-materialista que legitima la acumulación de bienes sin restricciones de ningún tipo. Cuando se comprende que el medio ambiente –en su sentido integral– es un bien colectivo, patrimonio de la humanidad y responsabilidad de todos y cada uno de los habitantes, no puede haber ley que supere la de vivirlo y cuidarlo. La tradición cristiana –nos dice el texto– nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada y subrayó la función social de cualquier forma de propiedad privada. Por lo tanto, no podemos pensar la propiedad si no es al servicio del bien común, y el desarrollo integral de la comunidad. No podemos pensar la propiedad si no es en el marco de la justicia social, porque el designio de Dios es usar este don de modo tal que sus beneficios favorezcan a la humanidad y no a un grupo reducido (apartado 57).

 

Un pensamiento de Tercera Posición

“Al mismo tiempo, crece una ecología superficial o aparente que consolida un cierto adormecimiento y una alegre irresponsabilidad. Como suele suceder en épocas de profundas crisis, que requieren decisiones valientes, tenemos la tentación de pensar que lo que está ocurriendo no es cierto” (apartado 59).

“No puede exigirse al ser humano un compromiso con respecto al mundo si no se reconocen y valoran al mismo tiempo sus capacidades peculiares de conocimiento, voluntad, libertad y responsabilidad” (apartado 118).

“La crítica al antropocentrismo desviado tampoco debería colocar en un segundo plano el valor de las relaciones entre las personas. Si la crisis ecológica es una eclosión o una manifestación externa de la crisis ética, cultural y espiritual de la modernidad, no podemos pretender sanar nuestra relación con la naturaleza y el ambiente sin sanar todas las relaciones básicas del ser humano” (apartado 119).

Como pensamiento complejo y con un profundo asiento en la realidad, Ludato si’ presenta un modo de abordar los problemas y posibles salidas que no se ajustan a los planteos binarios esquemáticos generalmente enunciados. Las formas en que aparecen los debates como esquemas antinómicos y estáticos –sin movimiento ni vida– reflejan la necesidad de sostener un status quo que obstaculiza la posibilidad de encontrar una solución. En este sentido, la tercera posición no hace referencia a una tercera opción o alternativa, sino a la posibilidad de pensar –proyectar– con un esquema de razonamiento distinto, un proyecto de vida diferente, que incorpore elementos de las otras dos posiciones, aunque dispuestos en otro orden y con otra lógica.

En varios de los pasajes del texto, Francisco invita a reflexionar con esquemas distintos a los planteados por las matrices dominantes, que construyen un bloque discursivo que nos impide abordar los conflictos en su integralidad y aproximarnos a una salida que contenga a la totalidad de los componentes.

Cuando se habla de una ecología integral, entonces, es necesario entenderla en su sentido amplio y profundo. Es corriente criticar al extractivismo irracional, descuidado de recursos ambientales, con “discursos verdes”, descontextualizados y que hacen foco en la naturaleza. Son ópticas que evidentemente no tienen el eje puesto en la justicia social como destino. Estos discursos, como el “ecologismo verde”, niegan al ser humano como centro del problema, ya sea por presentarlo como un apéndice de una racionalidad utilitaria en la cual está ubicado como un objeto más –discursos asociados al conservadurismo–, o por negarlo, escindiéndolo de la naturaleza de su comunidad y construyendo un ser humano universal que deja a la persona como responsable de todos sus actos, sin percibir el contexto de posibilidades de sus acciones en su realidad –discursos asociados al progresismo.

Es imposible exigirle al ser humano un compromiso con respecto al mundo si no se reconocen y valoran al mismo tiempo sus capacidades peculiares de conocimiento, voluntad, libertad y responsabilidad.

Es imposible comprender que nuestra relación con la naturaleza, enfermiza y antropocéntrica, no es más que una expresión moderna de nuestras relaciones con otros seres humanos. La centralidad de los vínculos entre personas no debe nunca perderse de vista. De lo contrario, se corre el inadmisible peligro de caer en discursos sesgados que harán imposible la construcción de un estado de cosas distinto.

 

Francisco Correa es licenciado en Sociología, docente en la UNLP y trabajador del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación.

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