Política, Estupidez y COVID-19

Enrique Del Percio

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Se cuenta que, a comienzos de la Revolución Rusa, Lenin le ofreció a León Trotsky el Ministerio de Relaciones Exteriores de la Unión Soviética. Trotsky respondió que no era conveniente pues, al ser judío, no iba a caerle bien a más de un gobierno. Lenin planteó que no habían hecho la Revolución para seguir manteniendo esas estupideces, a lo que Trotsky replicó que habían hecho la Revolución para acabar con muchos males, pero no había revolución alguna que pudiera acabar con la estupidez humana.

Tampoco es tan sencillo erradicar el capitalismo, pues no es sólo un sistema económico, es un sistema productivo: produce cosas, produce dinero y produce, sobre todo, subjetividades. Si bien es cierto que las crisis anteriores fueron endógenas y la actual responde a una emergencia de un factor exógeno, que no sólo no es económico, sino tampoco político o cultural, nada autoriza a pensar que lo que viene no será una nueva variante del capitalismo.

Obviamente, hoy cabe preguntarse qué mundo tendremos después del coronavirus. Lo primero que deberíamos precisar es que no habrá un “después” del COVID-19, pues todo indica que este virus llegó para quedarse. A partir de ahora, así como convivimos con la gripe, deberemos también convivir con esta nueva versión del coronavirus, esperando que aparezca alguna vacuna o tratamiento, así como apareció para la gripe, como modo de controlarla pero no de erradicarla. Por otra parte, después de toda guerra y de toda pandemia, la sociedad cambió, pero nunca se pudo –ni se hubiera podido– vaticinar en qué sentido cambiaría. En 2020 pocos días bastaron para hacer que el mundo ya no vuelva a ser lo que era. Economistas, politólogos y gurúes de toda laya debieron guardarse todos sus análisis y previsiones acerca de la marcha del mundo. Se busca entonces alguna luz en la filosofía. Lamentablemente, esta disciplina levanta su vuelo al anochecer, como el búho de Minerva. Hace ya mucho tiempo que los humanos veníamos bailando sobre los abismos, pero no lo habíamos percibido. Sin embargo, puede que el búho nos dé alguna pista, aunque tenue, para pensar lo que viene, pues quizá con sus alas nos ayude a evitar que el abismo nos devore.

Días atrás, viendo los cuerpos inertes en las calles de Guayaquil, una colega me decía: “parece mentira”. Es que la verdad, la única verdad, es la realidad. No lo Real. Justamente, para ejemplificar la diferencia entre Real y realidad, suele darse el ejemplo del cadáver: ante un cuerpo de un humano muerto, nadie puede ver un pedazo de carne que comienza a corromperse (lo Real), sino que vemos “eso” mediado por nuestra cultura. Más aún si se trata del cuerpo de un ser querido: lo velamos, lloramos a su lado, le damos un “último adiós” en el cementerio, rodeados de amigos o parientes que nos ayudan a sobrellevar ese momento. La realidad es ver ese cadáver en un contexto que nos permite procesar la situación, encontrar cierto orden en el mundo. Pero en Guayaquil irrumpió lo Real, para lo que no estamos preparados. Es una de las tantas imágenes que “parecen mentira” que nos está dejando esta pandemia.

Procuremos encontrar algún hilo conceptual, algún tipo de orden para volver a poner lo Real en el marco de la realidad. Para que el abismo no nos devore. Para eso, tenemos ya algunas evidencias. Es evidente, por ejemplo, que hay una resignación del liderazgo mundial por parte de Estados Unidos. La frase de campaña de Trump “America first” se volvió un boomerang: esa América encerrada sobre sí misma está primera en contagios, en muertos y en ineficiencia de su gobierno federal para entender y afrontar el problema. China no tiene aún el poder militar ni la influencia cultural y, posiblemente, tampoco la voluntad de sostener al yuan como moneda de intercambio en reemplazo del dólar, entre otros factores determinantes para establecer una nueva hegemonía. Tampoco Rusia ni Europa podrán asumir ese liderazgo mundial, por lo que ahí se abre un interrogante: la lógica indicaría que el actual repliegue de los estados nacionales sobre sí mismos se mantendrá de algún modo, recobrando quizá alguna importancia el espacio regional, pero interrumpiéndose o hundiéndose el proceso de globalización que ya venía golpeado por distintas circunstancias. Repito, no es posible hacer futurología, pero son elementos que nos permiten pensar que el Estado nacional desempeñará un papel relevante.

Otro dato a tener en cuenta es que, más allá del tipo de régimen político, lo decisivo a la hora de enfrentar la pandemia pareciera ser la cantidad de camas para cuidados intensivos –y sobre todo con respirador– que tenga cada país. La diferencia radicará no en la tasa de contagios, sino en la de muertes, y para bajar las cifras que dan cuenta de esa dura realidad es fundamental contar con capacidad hospitalaria suficiente. Esas camas son en gran medida fruto de la inversión estatal. Algo similar ocurre con la investigación en materia de virus y epidemias: no son en general investigaciones rentables, por lo que los grandes laboratorios no le dedican el mismo presupuesto que a otras enfermedades. Otra vez, la inversión estatal es decisiva. Estos días estamos viendo cómo los estados centrales emiten cantidades de dinero con tantos ceros que no entran en la capacidad de comprensión de un ser humano, sin respaldo alguno, ni en reservas ni en producción, lo que vuelve absurdas las discusiones en torno al monetarismo, ya que de lo que se trata es discutir no cuánto gasta el Estado, sino cómo se financia y en qué se realiza.

Esto último obligará a un replanteo de los términos del neoliberalismo. Para comprender cabalmente las diferencias entre esta doctrina y el liberalismo clásico, debemos tener presente que el neoliberalismo nace como tal en 1947, en un contexto histórico muy particular en el que sus principales teóricos tenían como telón de fondo la preocupación por el fracaso del liberalismo ante los avances totalitarios. Eso nos permite analizar mejor no sólo cuáles son los dos elementos principales de distinción entre neoliberalismo y liberalismo, sino también las razones por las cuales se da esa separación: mientras para el liberalismo clásico era saludable un cierto equilibrio entre el ágora y el mercado, entre el homo politicus y el homo aeconomicus, para el neoliberalismo el ágora –el espacio de la política– era el espacio librado a la voluntad, siendo la voluntad entendida como lo opuesto a la razón que contenía la semilla del totalitarismo. En cambio, el mercado era visto como el espacio de la libertad, donde cada sujeto interviniente podía manifestar sus preferencias en cada operación mercantil, basándose en cálculos racionales de costo-beneficio. Entonces, agrandar el mercado y achicar el Estado era visto como un avance de la libertad y la racionalidad.

Por otra parte, en 1947 estaba bien presente la amenaza stalinista. Para el líder soviético era lícito cercenar vidas y libertades en nombre de la solidaridad. Por reacción a estas aberraciones, para los neoliberales la exigencia de solidaridad es en sí misma una amenaza a la libertad. Por el contrario, debe reconocerse la naturaleza egoísta del ser humano y construir una sociedad que parta de asumir ese dato empírico. Pero para los liberales clásicos como Smith o Mills, el ser humano era algo más complejo: ni completamente egoísta ni completamente solidario. Por ende, el mercado era visto como el ámbito de los intercambios, y el intercambio requiere de suyo una suerte de relación de igualdad: para que pueda existir la necesaria reciprocidad es imprescindible que se den ciertas condiciones de paridad. Por eso, aquel liberalismo contenía la promesa de igualdad de oportunidades, más allá de discutir si podía o no lograrse por el camino trazado. En cambio, el neoliberalismo, al partir de una antropología egoísta, entiende al mercado como el espacio de la competencia, y la competencia genera desigualdad de suyo. La igualdad no sólo no entra en el horizonte de promesas, sino que incluso es vista como un disvalor.

Con el COVID-19 pareciera que entrará en crisis la primera de las diferencias del neoliberalismo con el liberalismo: dejará de verse al Estado y a la política como el espacio de la arbitrariedad, como una constante amenaza para la libertad. Está claro que sin Estado no hay futuro posible para la economía, ni para la vida humana en general.

Pero esto no necesariamente habrá de incidir en el otro aspecto: al ver al ser humano como intrínsecamente egoísta, sólo caben dos opciones: o un Estado que avasalle al individuo para evitar que cada cual en su egoísmo destruya la vida en común, o un Estado que asuma esa condición egoísta y exacerbe la competencia por canales distintos a los que hoy conocemos. O un capitalismo de Estado de individuos sin libertades, o un capitalismo con Estado pero de individuos en competencia. En cambio, si se entiende que el ser humano es a la vez egoísta y solidario, que el ser humano puede descubrir que nadie se salva solo, sino que para realizarse debe necesariamente contribuir a la realización de los demás, es posible construir un Estado que contribuya a que sea la comunidad la que cuide a cada cual cuidándose a sí misma. Recordemos que etimológicamente com-munitas implica el cuidado común, mientras que im-munitas es el cuidado de sí mismo. Nunca como hoy estuvo tan claro que communitas e immunitas no son opuestos, sino que pueden ser complementarios.

Es probable que cada país resuelva ese dilema en función de su propia historia y de sus propias tradiciones. Pero lo más probable es que esto no se resuelva pacíficamente. Por un lado, nadie que haya sentido la felicidad de regalar algo y ver la alegría de quien recibe el regalo –felicidad incluso mayor que la que siente quien recibe el don– puede dudar de que la salida lógica y racional a esta crisis pasaría por la construcción de una comunidad capaz de cuidarse, entendiendo que la comunidad no se agota en los seres humanos, sino que incluye a las otras especies animales y en general a la casa común. Claro, eso sería lo lógico y racional. Sin embargo, lo más probable es que muchos sigan queriendo defender sus privilegios existentes, o los que nazcan después de los cambios que se avecinan, y que sea necesario prepararse para un arduo conflicto para construir esa comunidad. Porque el Covid-19 seguramente acabará con muchas cosas, menos con la estupidez humana.

 

Enrique Del Percio es rector de la Universidad de San Isidro.

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