Peronism party, seventy years old

Gustavo Marangoni

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Setenta eran los balcones de la casa de los negros, balcones sin ninguna flor que describía el poema de Baldomero Fernández Moreno. Y setenta también, como nos reiteran hasta el cansancio los voceros de la administración de Cambiemos, son los años sin brotes verdes que hay que restarle al presente para encontrar el año 0 de la decadencia argentina. Resumo el trabajo de sacar cuentas: se refieren al peronismo. En esta particular matemática de la historia, estos setenta años no solo fueron el punto de partida explicativo de todos los males sufridos por el país, sino también un bloque compacto en el cual el conjunto de sus protagonistas fueron peronistas. Aun quienes lo proscribieron, persiguieron y buscaron extirparlo literalmente de la vida nacional. Todos practicaron políticas peronistas, o populistas, que básicamente viene a ser lo mismo.

Esta versión del iluminismo vernáculo busca construir un nuevo “sentido común” que responsabiliza, simplifica y resume el fracaso nacional en el oscurantismo de Perón y los peronistas. Otra vez el hecho maldito, aunque ya nadie use el término burgués. Otra vez la barbarie, aunque ninguno de los divulgadores contemporáneos haya leído siquiera la introducción del Facundo. No está tampoco la genialidad de Borges para caracterizar a los peronistas como incorregibles. Se trata de interlocutores más modestos, menos esforzados intelectualmente, pero llenos de energía y entusiasmo vitalista, ese que descree de las ideas y confía mucho en la energía positiva. No tienen demasiadas pretensiones. En realidad solo cuentan con una: justificar los malos resultados del gobierno. ¿Acaso es justo reclamarles que arreglen setenta años de desarreglos en menos de tres?, esgrimen sin rubor en las mejillas. Tanta ansiedad es fruto de la magia populista, del mal acostumbramiento a los caminos rápidos y veloces. A los atajos que elige una sociedad que no entiende que la fiesta terminó.

En esto no son muy novedosos. En lo de la fiesta digo. Ya el primer tomo de la historia del peronismo de Félix Luna se titulaba La Argentina era una fiesta. El peor cuento del referido Borges escrito en sociedad con Bioy para describir a las clases populares se llamó La fiesta del Monstruo. Y hasta hoy, cada gobierno peronista fue una fiesta, un jolgorio irresponsable que requiere un correctivo de parte de la gente seria que tuvo que “soportar” los “desbordes” propios de los momentos de recreación, en los cuales las jerarquías y los méritos pasan a un segundo plano. A la hora de pagar, por lo tanto, corresponde que sufraguen los gastos quienes más se divirtieron. Los que comieron y tomaron de más. Aquellos que gozaron inmerecidamente del esfuerzo y los impuestos de los otros.

Ya sé, estimados lectores, que este relato que proponen los intelectuales orgánicos de Cambiemos (perdón Gramsci) es conceptualmente menor, ni siquiera es una estilización del desplegado en otras épocas. Quizás usted se sorprenda, de la misma manera, que los egresados de las mejores universidades que el dinero puede comprar, o que los intelectuales de country que tanto conocen el mundo, no sean capaces de brindarnos una construcción más elaborada y de mejor calidad. Quizás consideran que no nos merecemos más que esto. Se acabó la fiesta y punto. Como en la letra que cantaba Serrat: “vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas”. Tampoco es cuestión de demasiadas explicaciones. “El sol nos dice que llegó el final”. Y punto. Si los desaciertos de los CEOs consagrados en el sector privado empeoran la herencia recibida, no es su culpa. Si cada decisión política es devaluada a la velocidad de la luz, ya sabemos que es la resaca de la larga noche anterior. ¿Para qué esforzarse en mayores argumentaciones? Si todo está tan claro.

 

Nota al pie

Nada de lo dicho hasta aquí nos exime (lo confieso, soy peronista) de los errores cometidos, los desaciertos y la debilidad de muchas de nuestras políticas. Gobernamos muchos años (no 70, creo que eso quedó claro) para mirar con ajenidad los problemas argentinos. No se trata de responder a una agraviante versión de la historia con otra que refleje especularmente simplicidades y prejuicios. O pecar de autoindulgencia. Sin dudas necesitamos revisar conductas, procedimientos y el proceso de toma de decisiones empleado tanto tiempo, para generar una mejor versión del peronismo. Pero lo podremos lograr solo si tenemos claro que el sendero que debemos transitar no puede ser un camino que domestique nuestra voluntad de buscar la felicidad del pueblo. Precisamente, el espíritu festivo que nos quieren extirpar.

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