Obediencia, confianza y Comunidad Organizada

Facundo Di Vincenzo

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Obediencia, confianza y Comunidad Organizada: tres posibles soluciones frente al Coronavirus, tres elementos ajenos para la Civilización Occidental (“Global”) Progresista y Liberal del Atlántico Norte

Los términos obediencia, confianza y Comunidad Organizada no suelen encontrarse en los textos de los defensores de la Civilización Occidental –“Global”– progresista y liberal del Atlántico Norte (CGPLAN). Cuando aparecen, se encuentran cargados de sentido negativo, generalmente asociados a persecución política, limitación de libertades públicas e intolerancia. No es casual entonces que, para ciertos liberales y progresistas, los Estados Nacionales que necesariamente se sostienen con estos tres elementos deben ser reducidos al máximo. En otras palabras, los recursos destinados a fortalecer la obediencia, la confianza y el sentimiento de comunidad que directamente se relacionan con las áreas de Salud, Educación, Asistencia Social y Fuerzas Armadas son considerados innecesarios, y al mismo tiempo se festejan los gastos en seguridad urbana, considerados como imperiosos en sociedades bárbaras como las nuestras, las latinas. En resumen, desde esta concepción se adoptan las medidas que se toman en las potencias del Atlántico Norte, pero no tanto, ya que como somos más bárbaros y salvajes debemos gastar más que ellos en seguridad urbana.

Me interesa reflexionar que esta idea de Civilización Occidental –como señala el filósofo ruso Alesandr Dugin (2013; 2017a; 2017b)– no es más que una idea de Civilización promovida desde la segunda mitad del siglo XIX por las potencias del Atlántico Norte, hoy OTAN. Esta idea, bajo los efectos de la pandemia desatada por el coronavirus, ha colisionado en nuestro país con otra idea de Civilización –nuestra– que observo como expresión, por ejemplo, en las medidas tomadas prematuramente –en relación a las potencias del Atlántico Norte– por el presidente de la Nación. Esta otra idea de Civilización tiene una larga tradición en nuestro suelo. Sin embargo, su manifestación plena se dio de forma intermitente en la historia. Fue una idea de solidaridad-intercambio-reciprocidad presente en los primeros pobladores de estas tierras, que se manifestó por ejemplo en la forma comunidad del ayllu andino (García Linera, 2010), y que también encuentro presente en el humanismo cristiano con su voluntad mestizadora, como señala la filósofa y pensadora nacional Amelia Podetti (1981), con su virtud de unidad y la aptitud de trasmutar tradiciones culturales. Aptitud que se ha mantenido luego, durante el aluvión inmigratorio, y que nos distingue de los demás continentes, ya que como dice otro filósofo y pensador nacional, Alberto Buela (1990), América ha sido la tierra de “lo hóspito, en donde las gentes que arribaban a ella huían de la pobreza, la persecución, la guerra, el hambre, el ahogo existencial y la imposibilidad de ser verdaderamente hombres en otras latitudes de la tierra”. Una forma de Civilización que resistió durante el siglo XIX como pudo, a sangre y fuego, el avance del iluminismo, la ilustración, el liberalismo y las ideas-fuerza de Orden y Progreso. Que volvió a emerger para trastocar la historia contemporánea argentina en una expresión popular, la movilización del 17 de octubre de 1945, mientras que su solidificación epistemológica, filosófica y espiritual –que, como dije, había comenzado mucho antes– puede encontrarse en el texto La Comunidad Organizada redactado por Juan Domingo Perón en 1949.

No pretendo aquí afirmar que el gobierno que tenemos hoy sea una semejanza de aquellos gobiernos argentinos desarrollados entre 1946 y 1955, sino que de la situación actual brotan una serie de cuestiones que se vinculan con esta tradición y que proporcionan una fuerza multidimensional –o al menos una reflexión– que nos interpela con la pregunta: ¿desde dónde pensar esta pandemia? ¿Se seguirá pensando como dicta la lógica civilizatoria del Atlántico Norte, o miraremos hacia atrás, a esa –nuestra– forma de civilización?

 

Obediencia, confianza y Comunidad Organizada

El mal llamado y peor definido “populismo” (Ansaldi, 2012; Rouquié, 1994; Laclau, 2005) designa a una serie de gobiernos elegidos por las mayorías bajo formas democráticas. Claro está que, como hasta mediados del siglo XX en las democracias latinoamericanas no elegían las mayorías, los estudiosos del tema pensaron que a los gobiernos verdaderamente democráticos había que llamarlos de otra manera. En fin, estos gobiernos lograron una vinculación muy estrecha –fraternal-paternal si se quiere– con sus pueblos, gracias a un conjunto de acciones y medidas que transformaron los comportamientos de las personas. En consecuencia, las decisiones de los gobernantes eran tomadas con confianza y obediencia. La llamada Justicia Social promovida por estos gobiernos trastocó las bases sobre las que se apoyaba el modelo de Civilización GPLAN: por ejemplo, la solidaridad liberal y atomizada fue reemplazada por otro tipo de solidaridad: orgánica, cooperativa y comunitaria. Observo que mientras la primera idea de Civilización GPLAN se fundó en un sistema de creencias regido por principios morales de corte individualista donde las leyes –la razón, la propiedad y lo material– siempre están por encima de los humanos. En la segunda opción se presenta una sociedad cooperativa con conciencia integral, en donde los sujetos, gracias a una educación y sentimiento nacionalista, mancomunan de forma orgánica.

En síntesis, los humanos que forman parte de ese agregado social, por ejemplo, del argentino, asumen –confían y obedecen– que cada uno de ellos forma parte de algo mayor, posibilitando que de esta forma se superen las diferencias sociales y que todos los sujetos que forman parte del mismo agregado social colaboren para mejorar el funcionamiento de la organización que integran. En este punto me interesa señalar que obedecer y confiar son dos malas palabras para la concepción promovida por las potencias del Atlántico Norte.

El filósofo surcoreano-alemán, Byung Chul Han, en un reciente artículo: “La emergencia viral y el mundo del mañana” (2020), ha comparado los resultados en relación a la pandemia del Coronavirus en Europa y en varios países de Asia. Afirma que los Estados asiáticos y los pueblos de Japón, Corea, China, Hong Kong, Taiwán, Vietnam o Singapur, que tienen una mentalidad autoritaria que les viene de su tradición cultural (confucianismo), han respondido de forma más eficiente a las medidas necesarias, en comparación con Europa. Según Byung Chul Han, las personas son menos renuentes y más obedientes en Asia. También confían más en el Estado. No solo en China, sino también en Corea o en Japón, la vida cotidiana está organizada mucho más estrictamente que en Europa. Sobre todo para enfrentarse al virus, los asiáticos apuestan fuertemente por la vigilancia digital. Sospechan que en el big data podría encerrarse un potencial enorme para defenderse de la pandemia. En China hay 200 millones de cámaras de vigilancia, muchas de ellas provistas de una técnica muy eficiente de reconocimiento facial. Captan incluso los lunares en el rostro. No es posible escapar de la cámara de vigilancia. Estas cámaras con inteligencia artificial pueden observar y evaluar a todo ciudadano en los espacios públicos, en las tiendas, en las calles, en las estaciones y en los aeropuertos. En resumen, toda esta infraestructura para la vigilancia digital ha resultado ser ahora sumamente eficaz para contener la epidemia. Por dar un ejemplo, afirma Byung Chul Han que cuando alguien sale de una estación de tren es captado automáticamente por una cámara que mide hasta su temperatura corporal. Si la temperatura es preocupante, todas las personas que iban sentadas en el mismo vagón reciben una notificación en sus teléfonos móviles. En otras palabras, el resto de los pasajeros pueden saber quién iba sentado y dónde en el tren. No ocurre esto sólo en China: en Taiwán el Estado envía a todos los ciudadanos un SMS para localizar a las personas que han tenido contacto con infectados o para informar acerca de los lugares y edificios donde ha habido personas contagiadas.

Ahora bien, obedecer y confiar, como sabemos, se encuentra en las antípodas de la desobediencia y la intolerancia. Me interesa aquí señalar que la idea de Civilización promovida por el Atlántico Norte se funda en la desobediencia –a la comunidad organizada: El Estado– y la intolerancia.

Luego de la Segunda Guerra Mundial, la soberanía de los Estados de las potencias del Atlántico Norte ha quedado supeditada a los grandes capitales. Empresas transnacionales, en la mayoría de los casos. Aquellos gobiernos que, defendiendo ciertos intereses de los capitales nacionales o ciertas cuestiones soberanas, realizaron gastos de capital no lucrativos para las trasnacionales –desde De Gaulle hasta Hugo Chávez y Trump– han chocado con estos sectores trasnacionales que de diferentes formas, principalmente con sus medios de comunicaciones masivas, intentaron quebrar su sustentabilidad, fomentando la desobediencia a partir de los patrones liberales y progresistas de siempre, caratulándolos como gobiernos generadores de persecución política, limitación de libertades públicas e intolerancia.

Pero pensemos en esta última palabra, la intolerancia. La tolerancia liberal tiene su punto de partida teórico en John Locke con su Carta sobre la tolerancia de 1689. Buela en su buen libro Pensamiento de ruptura (2008) dice sobre esta idea: “Esta tolerancia liberal está fundada en la ideología del igualitarismo según la cual las personas ya no son iguales en dignidad sino que son per se iguales, cuando en realidad las personas son per se distintas; nuestros rostros y figuras así nos lo indican. Esta tolerancia lo que hace es introducir la idea de disimulo, de simulacro en la política, pues la tolerancia no es hoy otra cosa que: la disimulada demora en la negación del otro. Hacemos ‘como si’ respetáramos al otro, cuando en realidad estamos disimulando su negación”. Reflexionemos un poco más. ¿Cómo han reaccionado las Naciones Unidas a esta pandemia? ¿Y la Unión Europea? ¿Dónde está ahora esa globalización que tanto nos une? Otra de las ideas espectrales de la Civilización del Atlántico norte es la idea de ser una Civilización Global. Desde mediados del siglo veinte, bajo las más diversas formas, la CGPLAN se ha encargado de excluir, perseguir, invadir, difamar y recluir a todas las expresiones no ligadas a su conjunto de significaciones. Se han hundido embarcaciones con niños, hombres y mujeres en el mediterráneo, se invadieron poblaciones civiles de los nuevos malditos en medio oriente, Europa del Este, África, América Latina y el Caribe, Asia. En síntesis, la segunda guerra mundial fue la última realizada en su “cancha”: de allí en más las guerras fueron promovidas hacia fuera: la llamada periferia. A mayor distancia del centro, mayor la violencia. Inclusive, con aquellos periféricos que transitan las calles de las potencias del Atlántico Norte, tras negar su existencia bajo el mote de “clandestinos” e “ilegales”, destruyeron sus espacios de sociabilidad. Los individualizaron volviéndolos invisibles pero no tanto, ya que fueron y son utilizados en los trabajos más peligrosos, insalubres y peor pagos. En otras palabras: son y no son reconocidos por esa Civilización.

¿Cómo es esto? Ya vimos que no es una Civilización tolerante. ¿Pero además es una Civilización no inclusiva? Como señaló Dugin en su última visita a nuestro país, bajo el halo de los derechos humanos han logrado desplazar la idea del Estado como Comunidad Organizada, han logrado disolver los lazos espirituales, sentimentales, nacionales y colectivos, en otras palabras: “los valores eternos” a los que alude Juan Domingo Perón en La Comunidad Organizada. Dice Dugin: “El liberalismo, a través de los principios de los Derechos Humanos, quiere establecer la idea de que no hay ninguna diferencia entre los individuos. Que no cuentan ni el género, ni la Nación, ni la etnia, ni la identidad étnica, ni la identidad religiosa. Esa es la idea clave del liberalismo. La supuesta libertad del individuo contra las identidades colectivas. Hoy en el mundo podemos ser liberales de izquierda o de derecha. Incluso, en algunos casos, podemos ser liberales de extrema izquierda, como el Antifascista norteamericano. O la extrema derecha liberal, como los ucranianos nacional-socialistas que luchan contra los rusos, que están a favor del liberalismo occidental. En definitiva, podemos ser liberales de cualquier sesgo pero no somos libres de no ser liberales”.

En resumen, la tolerancia y la inclusión que propone la idea de Civilización GPLAN no emana del pueblo, ni de sus tradiciones, menos aún de su dialogo espiritual metafísico con el suelo que habita. Nacen de los apóstoles de la razón, los intelectuales o la intelligentzia, como los llamaba otro pensador nacional, Arturo Jauretche (1967). En consecuencia, estas ideas trastornan nuestras vivencias, alimentando aún más la desvinculación de los sujetos de nuestra comunidad, de ellos mismos, como de nuestra historia y tradiciones.

Esta deshumanización liberal-progresista en materia política encontró expresión en el holograma de la ciudadanía. En su relación con el Estado moderno post Revolución Francesa, explica Juan Domingo Perón en su texto La Comunidad Organizada de 1949: “Hegel convertirá en Dios al Estado. La vida ideal y el mundo espiritual que halló abandonados los recogió para sacrificarlos a la Providencia estatal, convertida en una serie de absolutos. De esta concepción filosófica derivará la traslación posterior: el materialismo conducirá al marxismo, y el idealismo, que ya no se acentúa sobre el hombre, será en los sucesores y en los intérpretes de Hegel, la deificación del Estado ideal con su consecuencia necesaria, la insectificación del individuo. El individuo está sometido en éstos a un destino histórico a través del Estado, al que pertenece. Los marxistas lo convertirán a su vez en una pieza, sin paisajes ni techo celeste, de una comunidad tiranizada donde todo ha desaparecido bajo la mampostería. Lo que en ambas formas se hace patente es la anulación del hombre como tal, su desaparición progresiva frente al aparato externo del progreso, el Estado fáustico o la comunidad mecanizada”. ¿Qué quiere decir Perón? ¿O a qué alude Perón?

Juan Domingo Perón visibilizó la inconsistencia, la debilidad y la superficialidad de la idea de justicia, el sustento moral en el cual se apoya la legitimidad del Estado Liberal de derecho, ya que objetivando las leyes –diseñadas, formuladas e implementadas por las oligarquías locales en el caso de nuestra América– convertían en Dios al Estado, eliminando todas las diferencias sociales y económicas gracias a un espectro, artificial y abstracto como lo es “la ciudadanía”.

En este punto observo que el problema de la ciudadanía en su relación con el pueblo y la democracia tiene raíces históricas relacionadas con una multiplicidad de aspectos vinculados a lo que llamo la doble exclusión de “los pueblos” en la región: primero, una exclusión respecto a la historia oficial creada por los Estados Nación surgidos durante el siglo XIX; segundo, una exclusión de los pueblos respecto a las formas de representación política implementadas por estos Estados.

En un artículo que realizamos con el amigo y compañero Mauro Scivoli definíamos la idea de pueblo que proponía Perón (Di Vincenzo y Scivoli, 2019). Decíamos que un pueblo es, ante todo, una categoría histórica. Esto permite pensar que un pueblo es un cúmulo de experiencias de la historia de un país. Solo así entendemos por qué en los pueblos reside la sedimentación cultural de valores y, sobre todo, las luchas de antaño. De allí que el filósofo argentino Rodolfo Kusch (2007) afirme que en el cabecita negra que se lavó los pies en la fuente de Plaza de Mayo, aquel 17 de octubre de 1945, se reproduzca la misma carga valorativa de luchas anteriores: Atahualpa, Rosas, Yrigoyen, muestran un común denominador. ¿Cuál es? Tanto para nuestro país como para el resto de los países latinoamericanos, las gestas populares perciben un único fin: la emancipación. La emancipación, en un sentido amplio, no sería otra cosa que la liberación con respecto a la tutela de los poderes dominantes. De allí que a estos últimos los denominemos imperios, puesto que su etimología proviene del latín imperium que significa dominio. Vamos sumando elementos para nuestra caracterización de lo que entendemos por pueblo. Un pueblo es una categoría histórica y que en base a la experiencia adquiere una identidad propia otorgándole una “memoria”, y es también el protagonista de las luchas de independencia frente a los proyectos imperialistas de dependencia.

Aquí agregamos un elemento más: estas luchas de emancipación nunca son llevadas adelante por una minoría. Un pueblo siempre estará representado por una mayoría que, en determinados momentos, toma conciencia de su condición de opresión, saliendo de la pasividad y enfrentando al grupo opresor. Subrayamos, entonces, un nuevo elemento: un pueblo es siempre una identidad colectiva mayoritaria. En pocas palabras, un pueblo es el protagonista de las luchas de emancipación, definido por su historia y una identidad colectiva.

Esto nos lleva a la siguiente pregunta: ¿el pueblo, así entendido, se encuentra apropiadamente representado por el Estado liberal argentino? La ideología que sustenta el concepto de representación tradicional es el liberalismo. La raíz de esto es el individuo que consagra, y persigue, su libertad frente a las identidades colectivas. El liberalismo es la liberación del algo bien concreto, de toda identidad colectiva, y toda la historia puede ser entendida según este proceso de liberación. El individuo, así, arguye una supuesta dicotomía contra las expresiones generales. ¿Por qué nos interesa esto? Porque el liberalismo será el basamento de la Constitución de 1853. Su mentor, Juan Bautista Alberdi, considera que el individuo es éticamente anterior y superior a las instituciones sociales.

El artículo 22 de la carta magna estipula que el pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes. Estos representantes, de manera institucionalizada, asumen la forma de los partidos políticos. Ahora bien, ¿qué tipo de problema atañe a este tipo de representación atomista? A nuestro entender, el vínculo que se suscita entre el electorado y los representantes carece de compromiso fáctico.

Un antecedente opuesto a lo que mencionamos anteriormente lo encontramos en el peronismo. Juan Domingo Perón, en La hora de los pueblos (1968), realiza una distinción, y una diferenciación, entre democracia y liberalismo. El problema no reside en la representación, sino en lo que se representa. O se representa al individuo, aislado, egoísta y cuya finalidad está en las ansias de lucro, o se representa los intereses de la comunidad.

Así, nos encontramos con dos visiones representativas diferentes y antagónicas: por un lado, el liberalismo que tiene su sustancia en el individuo; y por otro, el justicialismo que lo tiene en las organizaciones libres del pueblo. ¿Qué quiere decir esto último? Pues que son organizaciones que nacen, no desde el Estado, sino desde la propia comunidad, como los ya conocidos sindicatos, pero también aquello que los nuevos malditos han logrado generar con sus comedores y las economías populares, organizaciones todas ellas donde la representación se expresa de forma directa, “natural”. Estas organizaciones, que son definidas como organizaciones intermedias, tienen como fin común la felicidad del pueblo y la grandeza de la nación. Esto nos interesa, porque implica unidad en la diversidad y de esta manera se contrapone a la versión liberal que proyecta una visión atomista de la sociedad.

En definitiva, esta pandemia puede –debería– hacernos reflexionar al menos en dos cuestiones. Primero: ¿cuál la idea de Civilización que adoptamos y qué beneficios nos da esta idea? Y segundo: en estos tiempos, ¿esta idea de Civilización nos dará tiempo para darnos cuenta qué no nos sirve?

 

Bibliografía

Dugin A (2013): La cuarta teoría política. Madrid, Nueva República.

Dugin A (2017a): Geopolítica existencial. Buenos Aires, Nomos.

Dugin A (2017b): Identidad y Soberanía contra el mundo posmodernos. Buenos Aires, Nomos.

García Linera A (2010): Forma valor y forma comunidad. Aproximación teórica abstracta a los fundamentos civilizatorios que preceden al Ayllu Universal. Buenos Aires, Prometeo.

Podetti A (1981): “La irrupción de América en la Historia”. Hechos e Ideas, Noviembre-Diciembre 1986.

Buela A (1990): El sentido de América. Buenos Aires, Theoría.

Perón JD (1949): La Comunidad Organizada. Buenos Aires, Adrifer, 2001.

Rouquié A (1994): Extremo Occidente. Introducción a América Latina. Buenos Aires, Emecé.

Laclau E (2005): La razón populista. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica. Ansaldi W y V Giordano (2012): América Latina. La construcción del orden. Buenos Aires, Ariel.

Byung-Chul Han (2020): “La emergencia viral y el mundo del mañana”. El País, 22-3-2020.

Buela A (2008): Pensamiento de ruptura. Buenos Aires, Theoria.

Jauretche A (1967): Los profetas del odio y la yapa. La colonización pedagógica. Buenos Aires, A. Peña Lillo.

Di Vincenzo F y M Scivoli (2019): “Los malditos del nuevo siglo: las movilizaciones populares y el Estado Liberal de Derecho”. Movimiento, 17.

Kush R (2007): Obras completas. Rosario, Ross.

Perón JD (1968): La hora de los pueblos. Buenos Aires, Volver, 1987.

 

Facundo Di Vincenzo es profesor de Historia (UBA), doctorando en Historia (USAL), especialista en Pensamiento Nacional y Latinoamericano (UNLa), docente e investigador del Centro de Estudios de Integración Latinoamericana “Manuel Ugarte” del Instituto de Problemas Nacionales y del Instituto de Cultura y Comunicación. Columnista del programa radial, Malvinas Causa Central, Megafón FM 92.1, Universidad Nacional de Lanús.

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