México: crónica política de un resultado anunciado

Juan Manuel Abal Medina

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México, domingo 1 de Julio. Pocos minutos después del cierre del escrutinio, los mexicanos escuchan sorprendidos al candidato del oficialismo, José Antonio Meade del PRI, reconocer la victoria de Andrés Manuel López Obrador, antes siquiera que las autoridades electorales anunciaran el resultado del conteo rápido. Poco después, el otro candidato importante, Ricardo Anaya, postulado por una extraña coalición entre el histórico partido de la derecha (PAN) y el histórico de la izquierda (PRD), hace lo mismo. Así, ocurrió el resultado que venían anunciando todas las encuestas y sondeos.
Se termina ese domingo y arranca el lunes. Estoy en México, en esa plaza inconfundible que es el Zócalo. El recién electo presidente López Obrador habla ante una multitud festiva, con un tono sobrio y medido que hace aún más notorio que acabamos de vivir un hecho histórico. “Por el bien de todos, primero los pobres”, concluye, reiterando la consigna que viene siendo el eje de su vida pública. El discurso termina y la muchedumbre sigue ahí, cantando, festejando. “Es un honor… estar con Obrador”, “Ya llegó, ya está aquí, el que se chingó al PRI”, repiten incansablemente. Nada de nuestras elaboradas consignas, ninguno de nuestros pogos ni bombos, con el imponente y austero Palacio Nacional –casi la contracara de nuestra Casa Rosada neobarroca– enmarcando la noche y los festejos.
En ese momento no pude dejar de recordar la primera vez que estuve ahí, en ese Zócalo, hace muchos, muchos años. Acabábamos de llegar a México, cuando la guerra de Malvinas obligó a la dictadura a darle el derecho de asilo a mi padre, terminando con seis años de encierro en la Embajada en Buenos Aires. El Presidente mexicano López Portillo acababa de anunciar la nacionalización de la banca. Viniendo de las dictaduras sudamericanas, ese hecho nos pareció a los miles de refugiados políticos casi la toma de la Bastilla o del Palacio de Invierno, y fuimos todos a esa plaza a apoyarlo.
Desde ese 1982 hasta hoy, muchas catástrofes han asolado a México y su ciudad capital: naturales –como el terrible temblor de 1985 y varios que le sucedieron–, políticas –como los Pactos por México que terminaron con conquistas históricas– y sociales –como la absurda guerra contra el narcotráfico que bañó de sangre al país, desde 2006 especialmente. Pero de todas ellas, sin duda la más nociva fue el neoliberalismo.
La estatización del sistema financiero de López Portillo fue el último acto de un sistema que se había construido a partir de la Revolución Mexicana, esa “primera revolución social del siglo pasado” –como les gusta recordar a los mexicanos– que tuvo profundos componentes de democracia, justicia, igualdad, antiimperialismo y nacionalismo, y que alcanzó con el gobierno de Lázaro Cárdenas (1934-1940) su máximo potencial. El sistema que se construyó “institucionalizando” la revolución tenía como base el partido de Estado, el Partido Revolucionario Institucional (PRI), en el que convivían los distintos sectores sociales organizados, los trabajadores en la Confederación de Trabajadores de México (CTM), los campesinos en la Confederación Nacional Campesina (CNC) y los sectores medios en la Confederación Nacional de Organizaciones Populares (CNOP), todos bajo la dirección del presidente de la República que después de cumplir su mandato (su “sexenio”) designaba a su sucesor (“el dedazo”) y no intervenía más en la política activa. Este particular sistema, “más longevo que el PCUS” –como les gusta recordarnos–, garantizó décadas de estabilidad, crecimiento y mejoras sociales con una firme intervención estatal sobre la economía y el desarrollo de una importante red de bienestar social. A su vez hizo del respeto por la autodeterminación de los pueblos el eje de su política internacional, con lo que logró superar la guerra fría a pesar de sus casi 3.200 kilómetros de frontera con los Estados Unidos.
Los conflictos sociales se procesaban al interior del partido de Estado. Así, lo percibido en un sexenio como exceso era corregido en el siguiente, en una especie de péndulo en el que un presidente más hacia la izquierda era sucedido por otro más de centro, y viceversa. No hace falta destacar que el sistema tenía enormes defectos, pero lo cierto es que los mexicanos desde la Revolución hasta mediados de los ochenta vieron cómo iban mejorando sus condiciones materiales y simbólicas de vida. Educación y salud pública, jubilaciones y pensiones, ayudas sociales y derechos laborales, mejoraban año a año, en un contexto regional donde eso era más la excepción que la regla. Y si bien el sistema produjo terribles violaciones a los derechos humanos –siendo sin duda la masacre de Tlatelolco la peor– e importantes restricciones a los derechos sociales y políticos, logró ser el único de los países grandes de América Latina que quedó fuera de las dictaduras militares y del terrorismo de Estado.
Pero después de ese recordado 1982 el sistema empezó a cambiar, primero sutilmente y después con claridad. Desde Miguel de la Madrid hasta hoy no hubo más péndulo, y solo gobiernos del mismo signo neoliberal se sucedieron en el país. Seguramente fueron varias las causas: la crisis de la deuda de los 80, la caída del mundo soviético años después, la tendencia de los líderes del PRI a enviar a sus hijos a formarse en universidades de Estados Unidos, modas ideológicas, pereza intelectual o comodidad personal, pero lo cierto es que el pensamiento único se instaló en el país con una fuerza llamativa.
Recuerdo que, luego de vivir y viajar muchísimas veces a México desde que defendí mi tesis doctoral en el 2000, recién regrese 15 años después, invitado a dar una conferencia en el Senado. Camino al hotel en el que me iba a hospedar desde el aeropuerto, nada había cambiado: los mismos edificios, las mismas calles, casi los mismos carteles publicitarios. El tiempo parecía no haber transcurrido. Al día siguiente, un colega me invita a dar un paseo, y en vez de ir desde el centro –donde estaba el hotel– hacia el norte –donde está el aeropuerto–, nos dirigimos al oeste: todo fue irreconocible para mí. Torres inmensas y brillantes, centros comerciales gigantes, negocios de marcas de alta gama que nunca estuvieron –ni van a estar– en Buenos Aires, plazas cuidadas, calles brillantes, modernas autopistas, bares, hoteles seis estrellas, restaurantes. Me costaba reconocer siquiera los entornos. México había cambiado. Era el neoliberalismo.
Aquel año 2015 me sorprendió el optimismo de la mayoría de los colegas que me habían invitado: senadores del PRI oficialista u opositores del PAN o el PRD compartían palabras, diagnósticos, ideas. México ya no se sentía un “país emergente”: era casi primermundista, un miembro de la OCDE y principal socio comercial de la potencia global, que por aquel entonces con Barack Obama mostraba una de sus caras más amigables. Recuerdo cómo casi todos ellos me preguntaban por nuestras experiencias de gobierno nacional-populares sudamericanos, con la curiosidad y la benevolencia que cierta gente utiliza para hablar de sociedades primitivas. Ellos ya no tenían temor: el populista López Obrador había vuelto “a perder” la presidencia en 2012 y hasta había sido abandonado por su partido –el PRD– que firmó los Pactos por México que consagraban el sueño neoliberal. Nada podía fallar.
Sin embargo, desde que comenzó este giro empezaron también las reacciones. Ya en 1988 un grupo de importantes dirigentes del PRI reclamaron un proceso participativo de selección del sucesor del entonces presidente de la Madrid, que venía aplicando políticas neoliberales, convencidos de que su sucesor profundizaría –como de hecho ocurrió– el sesgo económico de esa gestión. Al no lograr cambiar la base política del sistema del partido de Estado –recordemos que el presidente designaba a su sucesor–, este grupo, encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas, rompe con el PRI y se presenta en la elección junto con pequeños partidos de izquierda. No era algo novedoso. Muchas veces el PRI había sufrido disidencias que fueron vencidas, con buenas o malas artes, en el acto electoral. Pero esta vez fue distinto: la entereza de Cárdenas –que había sido gobernador de su estado natal Michoacán y era hijo del mítico Lázaro–, sumada al hartazgo social con seis años de políticas de austeridad neoliberal y al histórico reclamo por la democracia y contra los abusos del PRI, generó una votación tan masiva que el sistema, literalmente, no pudo procesarla. Queda en la historia la respuesta que el entonces secretario de Gobernación –a cargo del proceso electoral– dio a los periodistas que lo cuestionaban por la inusitada demora en presentar los resultados: “se cayó el sistema”, dijo. Y así fue.
Ese fraude monumental, la lucha de Cárdenas y los suyos, y la comprensión de algunos lúcidos dirigentes del PRI, llevaron a la definitiva apertura del sistema. Se creó un Instituto Electoral con participación ciudadana y control partidario, se reformuló por completo la normativa electoral y finalmente se democratizó la Ciudad de México –epicentro de estas luchas–, con la elección popular de su Jefe de Gobierno, cargo que estrenó el propio Cárdenas en 1997. Pero paralelamente a la apertura política avanza la económica, y con la firma de Tratado de Libre Comercia (TLC) con Estados Unidos y Canadá el neoliberalismo empieza a robustecerse discursivamente, lo que permite al entonces presidente Salinas de Gortari imponer a su sucesor. Sería la última vez.
Las elecciones del año 2000 encuentran a Cárdenas y los suyos ya organizados en el Partido de la Revolución Democrática (PRD) y gobernando la Ciudad de México, cargo que él dejará para competir por la presidencia por tercera vez. Sin embargo, la fortaleza del discurso neoliberal lleva a que el primer presidente electo no priísta en décadas no sea Cárdenas, sino el candidato del partido tradicional de la derecha mexicana, Vicente Fox de Acción Nacional (PAN). El PAN había surgido de los grupos católicos antirrevolucionarios que se alzaron en armas contra el sistema en los años 20 del siglo pasado (los cristeros) y en las elecciones de 2000 pudo expresar “las dos aperturas” –la económica y la política– al acompañar a su histórica lucha por la apertura democrática con un ideario vinculado a los empresarios y a los Estados Unidos que sintonizaba mejor que el PRI con el clima de la época.
Mientras tanto, el PRD se consolida en la Ciudad con López Obrador –que venía acompañando a Cárdenas desde el principio– como nuevo jefe de Gobierno: realiza una gestión muy controvertida pero con enorme apoyo popular, terminando su mandato con un 80% de aprobación ciudadana, después de superar un intento de desafuero montado por el PRI y el PAN. En 2006 se presenta como candidato del PRD a la Presidencia, sufriendo una feroz campaña negativa que buscaba –incluso hasta el pasado domingo 1 de julio– presentarlo como “castrochavista”, la versión más dura y radical de los movimientos nacional-populares latinoamericanos. Después de un escrutinio que da un resultado muy parejo, pero que señala como ganador al oficialista Felipe Calderón, López Obrador y el PRD inician una gigantesca movilización, con ocupación del Zócalo incluida, para forzar a un nuevo recuento.
La gestión de Calderón profundiza aún más las políticas neoliberales y le suma una trágica decisión: la llamada guerra a las drogas, implicando a las Fuerzas Armadas en el combate a los cárteles del narcotráfico. La inseguridad y la violencia crecen a niveles terribles, mientras muchos mandos militares pasan a trabajar para los cárteles, o incluso a armar los propios.
En las elecciones de 2012, el descontento ya evidente con el neoliberalismo y la creciente violencia no pudo ser capitalizado por López Obrador –que compitió nuevamente–, sino que fue aprovechado por el PRI con Enrique Peña Nieto. Con las credenciales de haber mantenido el orden público durante décadas y un discurso que –al menos por su historia– se ubicaba a la izquierda del PAN, el PRI pareció para muchos la solución. Sin embargo, ocurrió todo lo contrario, y el nuevo gobierno pareció perder toda vinculación con sus ideas originarias. Apenas asumió, comenzó a negociar los ya mencionados Pactos por México, que implicaron reformas legales e incluso constitucionales de apertura y desnacionalizacion económica, más profundas incluso que las que intentaron los gobiernos panistas. Y en términos de seguridad pública, después de algún inicio interesante al desarmar los excesos de las políticas de Calderón, rápidamente la violencia siguió incrementándose, junto con la impunidad de sus autores.
El regreso del PRI pareció recordar la frase del 18 Brumario: la historia se repite, y esta vez fue farsa. Un político neoliberal, construido por el marketing, casado con una estrella de telenovelas del multimedio Televisa y sin ningún espesor histórico, tocó los fondos de la política mexicana. Una mansión de origen ilegal –la llamada “Casa Blanca”–, no descubierta por una profunda investigación periodística, sino presentada impúdica y despreocupadamente por la primera dama en una revista del corazón; la recepción a Donald Trump en plena campaña, para escuchar cómo éste le decía que lo iba a obligar a pagar el muro que pensaba construir en la frontera; y detrás de la farsa, el horror: los miles de muertos que –con los mártires de Ayotzinapa delante– causan indignación con un sistema que se ha vuelto putrefacto.
Difícil pensar un final más apropiado para las tras décadas de neoliberalismo en México que la caricaturesca impotencia de Peña Nieto y la contundente sobriedad del discurso de López Obrador. Su triunfo nació en 1988, es cierto, pero también va más atrás: a Lázaro Cárdenas y a la Revolución. Porque sabemos que las revoluciones cuando son de verdad no mueren, pueden detenerse e incluso retroceder, pero viven en lo profundo de sus pueblos y, cuando muchos las creen terminadas, renacen como el árbol talado del poeta.

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