Lo vivo y lo muerto en la tradición peronista

Juan Pedro Denaday

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“Ser ultra es ir más allá. Es atacar al cetro en nombre del trono y a la mitra en nombre del altar; es maltratar lo que se arrastra; es cocear en el tiro de caballos; es disputar con la hoguera sobre el grado de cocción de los herejes; es reprochar al ídolo su poca idolatría; es insultar por exceso de respeto; es opinar que el Papa no es bastante papista; es no encontrar en el Rey suficiente realeza y hallar demasiada luz en la noche; es sentirse descontento con el alabastro, la nieve, el cisne y el lirio en nombre de la blancura; es ser partidario de las cosas hasta el extremo de convertirse en su enemigo; es estar tan a favor que se está en contra” (Víctor Hugo, Los miserables)

 

Hace unos años, en una reunión de historiadores, volví a escuchar, una vez más, el trillado pronóstico a propósito de la extinción del peronismo. Aunque los pronósticos son, por naturaleza, inciertos –en esto no brinda seguridad ni el Servicio Meteorológico–, intuía que se equivocaban. El campo político e intelectual también tiene su jurisprudencia y hay que ponderarla para evitar insistir con quimeras. Dicho en criollo: si algún pronóstico se ha mostrado erróneo muchas veces, lo sabio es desconfiar de su eficacia. De lo contrario, recaeremos en el absurdo de cierta clase precaria de marxistas que anuncian una crisis tras otra y, cuando finalmente llega, gritan ensoberbecidos: ¡teníamos razón! ¡Lo anticipamos! Es el problema de los dogmas, de los que, como veremos, la identidad peronista tampoco está exenta.

Karl Marx fue un distinguido pensador del siglo XIX, pero como todo gran intelectual acertó y se equivocó, descubrió tendencias y exageró o fantaseó otras. Esa es, precisamente –según planteaba Martin Heidegger (2013 [1961])–, la característica de los grandes pensadores: para decir su verdad profunda solían pagar el precio de cierta unilateralidad. Marx (2002 [1867]) acertó, por caso, al señalar la tendencia del capital constante (la maquinaria) a reemplazar al capital variable (los trabajadores) en razón del desarrollo tecnológico. Fenómeno que experimentaremos, con particular agudeza, en las décadas que se avecinan, con serios dilemas éticos y humanitarios, como ya lo discuten especialistas en tecnología del mundo desarrollado. Pero Marx (2008 [1859]) erró, por ejemplo, con la fórmula que conceptualizaba la apertura de una “época de revolución social” como un fenómeno que –cual predestinación calvinista– respondía objetivamente a la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción. Si muchos marxistas del siglo pasado la repitieron fue justamente porque brindaba un inverosímil optimismo teleológico.

Volviendo al tema del peronismo, la vocación por extinguirlo expresa –parafraseando a Juan José Sebreli (1983)– un “deseo imaginario” del antiperonismo. El peronismo puede aprender de los errores de sus contrincantes y no cometer otros simétricos. Así como la evidencia histórica demuestra que el capitalismo mundial logra administrar sus crisis recurrentes, los argentinos debemos asumir que todos los ciudadanos necesitamos convivir en la misma polis: los de sensibilidades peronistas y los de sensibilidades antiperonistas. Decimos sensibilidades porque, indudablemente, dichas identidades han devenido más débiles que antes. Pero cuidado, tampoco hay que exagerar la nota: esas identidades siguen vigentes como culturas políticas, porque ese clivaje es la expresión de un conflicto social, económico y cultural que no va a desaparecer fácilmente. Podrá asumir, eventualmente, si finalmente se cumple el deseo de los funebreros precoces, otros significantes. Pero el antagonismo seguirá allí y lo mejor para todos es que tenga su expresión en fuerzas políticas capaces de convivir, aun con dificultades, en una democracia liberal pluralista.

Todas las pretensiones ideológicas (el organicismo populista, la sociedad sin clases, el individualismo sin condicionantes) son, como tales, fantasías. En su desmesura ideológica sólo pueden encarnar cabalmente en proyectos autoritarios. El populismo en el culto edípico al líder; el marxismo en el unanimismo revolucionario; el liberalismo en la dictadura del mercado y la exclusión social. Las ideologías también suelen construir un chivo expiatorio mediante una otredad recreada de modo paranoide: el extranjero para el nacionalista; el burgués para el marxista; el populista para el liberal. En la actualidad, muchos intelectuales parecen no haber aprendido de la experiencia de entreguerras y tienen una fe ciega, un poco soberbia, en las bondades del liberalismo.

Así, por caso, historiadores como Loris Zanatta (2014), habitual columnista del diario La Nación, insisten en las zancadillas que un populismo omnipresente le interpondría al individuo en su lucha moderna por la libertad. Esa idea, que no se demora en recaer en el clasismo discriminatorio del medio pelo canalizado por el más ramplón periodismo hater, no es menos unilateral que los imaginarios que cuestiona. Como ya lo advertía un informe publicado a mediados del año pasado en la revista alemana Der Spiegel, el vaticinio de Francis Fukuyama se ha demostrado equívoco y la democracia liberal afronta desafíos en todo el mundo, que ve resurgir por doquier movimientos políticos cuyo denominador común es el “anhelo de un hombre fuerte”. Si las élites empresarias y políticas creen –como se lo recomiendan algunos intelectuales complacientes– que son meras víctimas de ese proceso y no asumen, por tanto, su cuota de responsabilidad al haber edificado un mundo notablemente injusto, tanto en lo económico-social como en lo geopolítico, entonces la tendencia no hará más que agravarse.

Es recomendable para el peronismo proceder de otro modo, asumiendo que debe convivir con otras ideologías y corrientes políticas y que puede, además, nutrirse de ellas. La tradición peronista tiene valores que no merecen abandonarse y son dables de defenderse, más de una vez, a través de la lucha: la promoción de la industria nacional y de las organizaciones de trabajadores. O sea, la defensa de nuestro aparato productivo frente a los cantos de sirena del discurso de la economía globalizada. Es demasiado evidente que no es “moderno” –sino de un masoquismo carente de realismo– ir allí a competir libremente. En primer lugar, por una obvia cuestión de productividad relativa y, en segundo lugar, porque tal libre competencia en rigor no existe, ya que las economías desarrolladas protegen sus industrias estratégicas. Además, ese mercado mundial está también desvirtuado por la presencia de productos que, como en el caso de China, se producen con el látigo de un Estado policíaco que sobreexplota la mano de obra, lo que no puede ser el parámetro para nadie que tenga una concepción liberal democrática de la vida en sociedad. Esto no implica recaer en un chovinismo folklórico, ni oponerse a inversión extranjera per se, insoslayable en algunas áreas que demandan tecnologías y capitales de los que carecemos. Asimismo, tenemos como argentinos mucho que aprender de algunos países desarrollados: en el plano cultural, en la construcción de una vida pública conflictiva pero civilizada y en el diseño de políticas de Estado de mediano y largo plazo. Problemas penosos que los países centrales afrontan, como la xenofobia y el racismo. Afortunadamente, como ya ha ocurrido en el pasado, parece difícil que aquí prosperen.

La tradición peronista necesita pensarse a sí misma y abrirse a nuevas ideas: flaca ayuda sería repetir atávicas cantinelas o volver a reiterar viejos gestos autoritarios. Una buena noticia en tal sentido es esta nueva época de Movimiento, que se presenta como una empresa editorial de intenciones plurales y cuya tapa del primer número fuera ilustrada con una foto de Antonio Cafiero, aquel que, en los difíciles días de la Semana Santa de 1987, no dudó en subirse al balcón para flanquear al presidente radical Raúl Alfonsín. Esto no significa que el justicialismo disuelva su identidad, acoplándose al liberalismo o difuminándose en un progresismo para consumo de universitarios. La sensibilidad de izquierda citadina, que tiene su peso específico consuetudinario en franjas de las clases medias, puede –y es bueno que así ocurra– actuar en el peronismo como un ala. Pero la fuerza del peronismo sigue radicando en un mensaje que llega a sectores del pueblo de cultura más conservadora y que constituye un error estratégico entregárselo en bandeja al proyecto neoliberal. El peronismo se ubica dentro del sistema, para construir con los empresarios y los trabajadores un modelo productivo de capitalismo nacional.

En la tensión secular entre los valores de la libertad y la igualdad que identificara el francés Alexis de Tocqueville (1984 [1835]), el peronismo argentino fue un promotor de esta última. Sin dejar de hacerlo, la tradición nacional-popular puede nutrirse de la liberal para que ese estímulo no entre en contradicción con el desenvolvimiento de las libertades individuales y la construcción de una vida política pluralista y con calidad institucional. Dado que el fuerte arraigo del machismo en las instituciones políticas y sindicales del justicialismo resulta notorio, en lo cultural y lo ideológico el peronismo necesita abrirse a las demandas del movimiento de mujeres y cuestionar con autenticidad –sin demagogia– los pilares de la dominación masculina que explicara, en un libro arduo pero recomendable, el sociólogo Pierre Bourdieu (2000 [1998]). El peronismo tiene el desafío de ser mejor que sus adversarios políticos estratégicos, los neoliberales económicos, que siguen insistiendo con un programa inconducente que pretende un capitalismo con un mercado para no mucho más de 20 millones de argentinos, con un hinterland de precarizados y excluidos. Para los humanistas rige la tautología de que todas las personas son personas y que todas tienen, por tanto, derecho a vivir con dignidad. Tan simple y tan difícil como eso. Luchemos, con inteligencia y unidad, para que así sea.

 

Referencias bibliográficas

Bourdieu P (2000 [1998]): La dominación masculina. Barcelona, Anagrama.

Esch Ch y otros (2018): “Sehnsucht nach dem starken Mann“. Der Spiegel, 24.

Heidegger M (2013 [1961]): Nietzsche. Buenos Aires, Ariel.

Marx K (2002 [1867]): El capital. El proceso de producción del capital. Tomo I, 1. Buenos Aires, Siglo XXI.

Marx K (2008 [1859]): Contribución a la crítica de la economía política. México, Siglo XXI.

Sebreli JJ (1983): Los deseos imaginarios del peronismo. Buenos Aires, Legasa.

Tocqueville A (1984 [1835]): La democracia en América. Madrid, Sarpe.

Zanatta L (2014): El populismo. Buenos Aires, Katz.

 

Juan Pedro Denaday es historiador.

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