Lo electoral es político

Marcos Domínguez

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“Cuanto más se intenta aparentar imponer una paz totalmente propia mediante la conquista, mayores son los obstáculos que surgirán por el camino” (The strategy of indirect approach –La estrategia de aproximación indirecta– del capitán Basil Henry Liddell Hart: es el legendario Manual de Estrategia de dicho militar británico, y uno de los libros de cabecera del Papa Francisco).

 

Los habitantes del microclima politizado comenzamos a vivenciar la salida de la endogamia política, que le sigue necesariamente a la electoral. Valiosas mentes, muchas con enorme experiencia militante, caen rendidas a los pies de la visceralidad de la época. Una época dónde el ‘cómo se discute’ es tan importante como el ‘qué’. Debatimos entre la moderación o la intensidad. La deuda con el FMI o con el pueblo. El ajuste o la mejora en las jubilaciones. La existencia o no de presos políticos. Detengámonos en esto último para comenzar a exponer el tema del que queremos ocuparnos.

Fue Graciana Peñafort quien aportó mayor claridad sobre el tema, saliendo del consignismo y señalando: “díganles como quieran, para mí son presos políticos. Dicho lo anterior, voy a señalar que el reclamo hay que hacérselo a la Corte Suprema, que es el superior de todo el Poder Judicial. Y el que, conforme las leyes de este país, puede revisar lo que hizo el Poder Judicial. También podemos y debemos reclamar al Consejo de la Magistratura, que son quienes deben controlar a estos jueces que nadie controló. ¿Qué van a hacer con los jueces, señores? ¿Qué van a hacer? Lo que no entiendo y les juro que no entiendo es por qué están puteando a @alferdez, que es el presidente de la Nación. Justo el único que no puede intervenir en este tema. Ah, ¿no les gusta lo que dice de las detenciones arbitrarias? A mí tampoco me gusta, pero ¿qué va a decir? Si dice que son presos políticos, ¿debería indultarlos? Porque ordenar su liberación NO puede. Ordenar la revisión de los procesos arbitrarios tampoco. Yo no sé qué piensan todos los presos políticos. Si sé lo que piensa Amado, porque soy su abogada. Amado quiere un juicio justo donde pueda demostrar su inocencia. Si mañana voy a verlo adonde está detenido y le digo que están pensando en indultarlo, Amado me daría un voleo en el orto. Él quiere un juicio justo. Y mientras se hace ese juicio, estar en libertad. Y ninguna de esas cosas puedo pedírselas a @alferdez . El Poder Judicial es quien debe atender el reclamo de Amado. Porque es un reclamo justo y legal. Y es la Corte Suprema quien debe respondernos. Lo que SÍ puede hacer @alferdez como presidente, lo está haciendo. Se acabó la AFI apretando jueces para poner gente presa. Ha propuesto a un gran candidato, respetuoso siempre de las garantías como es Daniel Rafecas, para el cargo de procurador general en reemplazo de Casal. El Ejecutivo está trabajando en un imprescindible proyecto de reforma judicial”.

Ahora otorguémosle al tema algo que suele negársele: contexto. De manera exageradamente sintética resumiremos cómo el gobierno y el Estado asumieron roles diferentes en el último ciclo peronista. Es Duhalde (2002-2003) quien asume la presidencia en un clima donde ya no había espacio para innovaciones ni aventuras. Su presidencia fue hija no del poder individual, sino de lo que denominó una “concertación patriótica” al estilo del Pacto de la Mocloa español. Los atributos de la asamblea legislativa aportaban la legitimidad gubernamental e institucional de un país devastado que debía recomponer sus instituciones y comenzar a fijar la salida de la convertibilidad y las bases macroeconómicas de mediano y largo plazo. En tiempos de kirchnerismo, desde 2003 hasta 2008, podemos hablar de un proyecto de orden y estabilidad –“quiero un país normal”– donde el aparato del Estado iba detrás de las demandas sociales. Otra etapa fue la que va de 2008 a 2015 –“nunca menos”– donde Estado y Gobierno se pusieron a la vanguardia de la sociedad, y donde la audacia política del liderazgo de CFK marcó otro estilo de gobierno, menos ordenado, pero más “audaz”.

Argentina es ese país que resurge de sus “ciclos”, aunque resurja siempre con más limitaciones, o con más desafíos. Esto se debe a que el nuestro también es –como bien señalan Rodríguez y Touzón en su libro La grieta desnuda– ese país plebeyo que, 33 años después del retorno de la democracia, produjo –por voto popular, y también por estafa electoral– un gobierno “anti plebeyos” que devastó el tejido social, económico, productivo y cultural de la Nación. El macrismo habitó el Estado para producir conflicto. Aquí radica el punto de partida para el FdT, porque el gobierno nunca es un punto de llegada. El desafío que marca el punto de partida para el FdT es radicalmente distinto: ya no se trata de producir conflicto, sino de procesarlo y encaminar un orden con justicia social. Y esto no se hará sólo en la lógica de ocupar espacios individuales en el gabinete, sino en la de generar procesos, tales como el ciclo Duhalde-Néstor-Cristina.

Ya no se trata, entonces, de la solución duranbarbiana de diluir los problemas “admitiéndolos, entendiéndolos y poniéndolos arriba de la mesa”, ni de liderar el Estado estetizando y simulando. De ahí una política contra el hambre y de reparación –siempre insuficiente– para con las jubiladas y los jubilados. En la Argentina post macrista, gobernar ya no es sólo crear trabajo. Gobernar es, también, desendeudar, reparar y “hacer piso” en la economía. Encontrar soluciones políticas para los apolíticos. Recuperar la política como arte en la era de la inteligencia artificial, en tiempos de fanatismo por la inmediatez de la chicana en redes sociales, donde priman el algoritmo, las relaciones sociales mediadas por empresas y las decisiones por micro segmentación. Haciendo de un país cada vez más libre uno menos desigual. Desterrando la pedagogía neoliberal que Cambiemos cimentó en el cuerpo social, una pedagogía que confunde –voluntariamente– libertad con individuación, donde todo lo colectivo tiene sesgos fascistas y autoritarios, donde el mejor sindicato es el que no existe.

La pregunta más realista que podemos hacer es: ¿cómo sentar las bases para superar el realismo político de la resignación macrista? El gobierno no sólo enfrenta la ominosa herencia recibida en materia de desastre social y económico, sino también el desafío de construir una estabilidad política que permita corregir, desde el Estado, las enormes asimetrías que se profundizaron durante el macrismo. Para esto será necesario reforzar la estrategia de articulación de mayorías que funcionó razonablemente bien desde lo electoral, pero que está y estará aún más puesta a prueba en lo político. Después de todo, solo se puede conducir la heterogeneidad y la diferencia. La homogeneidad no presenta desafío alguno de conducción.

 

El contexto hacia adentro

“Los muchachos se ponen distintos nombres: los hay ortodoxos, los hay heterodoxos, los hay retardatarios, los hay apresurados, los hay contemplativos. Pero son todos buenos muchachos, son todos peronistas” (Juan Perón).

En un clima en el que la espera es habitada tanto por la ansiedad como por la expectativa, el mensaje presidencial sigue haciendo equilibrio para ser –todavía– lo suficientemente moderado para los intensos, y lo suficientemente intenso para los moderados. La política oficial pendula entre la extrema mesura administrativa en el aparato estatal y la estrategia económica de “halcones y palomas” para salir de la crisis sin defaultear. O simplemente para salir de la crisis. Resulta razonable, entonces, una táctica de transigencias que morigeren la dispersión de la base propia de sustentabilidad política.

Por su parte, y tal como sucedió durante la campaña, el aparato comunicacional que sobre-representa a opositores y apoyos críticos más intensos sigue empecinado –predeciblemente– en diseñar las carnadas para reducir el alcance del discurso del gobierno; para presentar internas minuto a minuto; para dispersar el mensaje gubernamental, encorsetarlo y fragmentarlo en minorías intensas que colisionan entre sí a través del consignismo del hashtag. Nada nuevo. Después de todo, envilecer la discusión pública es la especialidad de la casa, porque equipo que ganó mucho –aunque a veces pierda– no se toca.

Hacia adentro del movimiento nacional existe un entramado discursivo que aparece hoy como –digamos– “apoyo crítico” del gobierno. Un sector del peronismo más ortodoxo –que parece refugiarse más en un ejercicio intelectual que en una verdadera vocación de poder– sostiene que el albertismo carece de horizontes “doctrinarios” y ubica al actual gobierno muy lejos del núcleo de valores que asume como propio –el de la sociedad de la posguerra– para concluir en que no es lo suficientemente doctrinario, hasta ahora. Un purismo museológico donde todo pasado –del peronismo– fue mejor. Otro sector de lo que podríamos llamar el “kirchnerismo duro” deja entrever cierta incomodidad frente al albertismo y lo hace a través del reclamo de “mayor audacia”, lo que implicaría menos “moderación”. Y no está mal. Los debates no dados siempre originan más problemas que soluciones. Sin embargo, la repetición de consignas desprovistas de base para su instrumentalización no es cuestión nueva en la política nacional. Por el contrario, obedecen a la característica crónica que Juan Perón diagnosticara allá por 1973: el grado de politización del país no es acompañado por el desarrollo de una cultura política más robusta. Patria o muerte detrás de un teclado. El sueño del Bill Gates más conservador.

Si, como decía alguien, “todo el arte está en la ejecución”, y la ejecución del gobierno va en el sentido correcto, ¿se trata de una discusión sobre la velocidad o sobre el rumbo? ¿Es un problema de “apresurados vs retardatarios”? Probablemente no, porque han pasado 47 años desde 1973, y porque los andamiajes conceptuales están situados en épocas. Sin embargo, hay una pregunta obstinada: ¿es posible orientar una política en el sentido de la justicia social sin “afectar intereses”? Naturalmente, no. Ahora bien, ¿se pueden implementar acciones políticas más “audaces” en el marco de la histórica puja distributiva que el movimiento nacional tiene con los grupos de poder, sin antes construir poder? Si el poder es una relación, el tejido y la articulación de esas relaciones constituyen y sostienen la posición de quienes lo ejercen. La política no es, entonces, un arte de ensimismamiento. Una mera declamación de voluntad. 

En este marco, una política de acuerdos que amplifique los apoyos y le dé mayor solidez a la posición del gobierno en esta etapa inicial donde debe “hacer pie”, parece lo más acertado para evitar la dispersión de su base de sustentación en las actuales circunstancias. Después de todo, la estrategia de tejer inteligentes transigencias es la que ha mantenido viva la capacidad movimientista del peronismo a través de los años. En ese sentido se orientó la decisión política de Cristina Fernández de Kirchner, al ungir como candidato a Alberto Fernandez, en tanto la única manera de derrotar al macrismo era ampliar el caudal electoral saliendo de la endogamia de “los convencidos”.

Pero queda derrotar la herencia macrista. Dar inicio al proceso que lo permita, que será mucho más extenso de lo que la neurosis colectiva de redes sociales puede admitir. Y otra vez, como siempre, el nuevo ciclo peronista dependerá del rumbo de esa inevitable, compleja, tortuosa e inapelable dimensión que es la economía, para comenzar a transitar un terreno de estabilidad política y progresiva mejora de las condiciones de vida de nuestro pueblo. Claro, ese rumbo deberá manifestarse con mayor velocidad que el rearmado opositor, cuyas cenizas se reconstruyen y conservan, principalmente, en las estrategias de los grandes grupos mediáticos.

Esta época, nuestra época, requiere de una cuota enorme de madurez política para asumir que existe una realidad adversa con la que hay que negociar de modo eminentemente político, es decir, teniendo en cuenta las relaciones de fuerza vigentes hoy, desde una perspectiva de poder. Desde el enfoque de generar procesos, más que del de ocupar espacios.

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