Las PASO cambiaron mucho y para bien, pero hay más que hacer para terminar con la pesadilla

Guillermo A. Makin

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Las PASO del 11 de agosto del 2019 produjeron, además de un terremoto político, mucha polvareda financiera e incertidumbre sobre cómo llegar hasta que asuma el nuevo gobierno y que vendrá después. Son aspectos importantes que impactan en la vida y las aspiraciones de todos los argentinos. Pero hay además una serie de aspectos político-institucionales que marcan cómo ha evolucionado el peronismo hacia convertirse en algo más que un movimiento –que lo sigue siendo– y va tomando las características que tiene un partido político, según la enumeración de Duverger: entre ellas, que haya una estructura partidaria, pero que encima de ella, por la emisión del voto en las PASO se le haya dado voz al afiliado, al militante y a la ciudadanía toda, en virtud de que todos votan.

Las PASO no constituyen una elección, pero que son mucho más que una encuesta. Llevaron a que en la campaña se unificara el partido y se formara como casi siempre hace el peronismo: una coalición electoral, como ocurrió en 1946 y en 1973. Por esa magia que confiere el sufragio, los consagrados han adquirido peso político por la legitimidad que les dio el voto. La misma campaña permitió que Alberto Fernández fuera más conocido y que se tuviera claro que con Cristina Fernández de Kirchner constituyen un dúo de pares, donde Alberto Fernández está lejos de ser un Chirolita.

La campaña allegó otros beneficios adicionales nada despreciables. Llevó tranquilidad al electorado que vio a un candidato idóneo, informado, con reflejos políticos saludables y capacidad para rebatir las mentiras amontonadas por Cambiemos. Por eso lo votaron, no solo por la bronca justificada por las tropelías de Macri y su banda. Con esta lluvia de beneficios –muy predecibles por otra parte con un poco de política comparada– no se entiende el temor de tantos peronistas, acostumbrados a años de ausencia de prácticas democráticas en lo interno, por el carisma, por la proscripción y por simple desidia. Festejemos y valoremos los beneficios que las PASO del 11 de agosto le han conferido al Partido Justicialista y a los candidatos del frente electoral que supieron elaborar Cristina Fernández de Kirchner, Alberto Fernández, José Luis Gioja, autoridades partidarias y gobernadores.

Las PASO han dado lugar a una verdadera renovación, a una transformación que potencia a la coalición así conformada y la transforma en algo que no era en 2017 y 2018. En virtud de las PASO, hay un gobierno casi listo para asumir el poder, visto como tal al punto que ya vienen los reclamos y las presiones para que haga algo. Alberto Fernández ha hecho muy bien en aclarar que Macri gobierna y la nueva coalición consagrada en las PASO todavía es oposición, y obviamente por ello no se le puede pedir que gobierne cuando hay puntos de vista tan divergentes en tantas áreas. La transición se planificará tras las elecciones, sean adelantadas o en la fecha fijada, pero no antes.

Para medir la transformación resultante de las PASO y su resultado, no hay más que contrastar el desánimo ante las dificultades desde 2015 con el optimismo respecto a la posibilidad de llegar al poder, sin por ello ser triunfalistas, por lo tenebroso del panorama que se extiende hasta que asuma el nuevo gobierno y pueda tomar decisiones. Las dificultades resultan de las políticas del gobierno de Macri y sus prácticas signadas por constantes conflictos de interés, por tener un gabinete de hombres de negocios con cuantiosas tenencias en nuestro país y mucho más en el exterior, por la fuga de capitales –eso sí es “un PIB” con el que se han levantado–, y por la pobreza, el desempleo, la desindustrialización y la inflación. Resolver todo este ramillete envenenado no será fácil ni rápido. Tener que esperar por disposición legal y constitucional hasta el 10 de diciembre expone una de las características más deplorables del andamiaje institucional que nos hemos dado. La limitación es la noción según la cual hay mandatos que tienen límite temporal. Es cierto que solo se han abreviado en circunstancias críticas, como el final de la presidencia de Alfonsín, De la Rúa o Duhalde. Por falta de circunstancias críticas no hay que inquietarse, lamentablemente. Macri las ha generado a manos llenas.

En un sistema parlamentario, lo normal es que ante una crisis se llame a elecciones anticipadas. ¿Por qué no se convocan elecciones –digamos, para fines de septiembre– y se permite que el nuevo gobierno, con un Congreso renovado según dispone la Constitución, también comience a funcionar en la primera quincena de octubre? El Congreso podría efectuar la propuesta y aprobar la legislación que pudiera hacer falta. Ante la emergencia se requiere imaginación. Pero para que el Congreso levante una propuesta así debe haber acuerdos entre actores políticos relevantes y propuestas claras. La incertidumbre es tan crítica como insoportable. Macri con su discurso del 12 de agosto dejó en claro que no tiene otro objetivo que hacer que otros sean responsables de la crisis, sin un gramo de autocrítica. Ya no sabe qué hacer, ni tiene poder político para hacer nada.

¿El sistema que emergió de las PASO y los actores políticos relevantes que han consagrado buscarán esos acuerdos? Solo el tiempo nos dará la respuesta, pero ya se leen especulaciones sobre el acortamiento del mandato en la prensa seria que protegió a Macri. Hay además que tener en cuenta que Macri tiene una personalidad –según me cuentan quienes han trabajado con él– que ante el fracaso –como los que tuvo en SOCMA que llevaron a reprimendas del pater familiae– se empecina y niega tanto su responsabilidad como las posibilidades de alteración del rumbo que eligió. Así es que lo más aconsejable es fletarlo a la brevedad posible. Manos a la obra.

 

Guillermo A. Makin es Ph. D. (Cambridge) y asociado al Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Cambridge.

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