Las elecciones y el Peronismo

Pablo Belardinelli

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Uno de los méritos de Antonio Cafiero y de los dirigentes de la Renovación de los 80 fue haber comprendido el nuevo rol que jugaban las elecciones en la dinámica peronista. Si en el peronismo clásico las elecciones legitimaban a una mayoría preexistente, bajo las nuevas condiciones las elecciones eran una instancia de construcción de una mayoría popular.

En los años siguientes, y pese a las enormes diferencias de contexto, las dos conducciones que tuvo el Peronismo, Carlos Menem (1988-1999) y Cristina Fernández de Kirchner (2008-2015), se construyeron bajo una dinámica similar: un liderazgo basado en una corriente interna que establece una articulación externa y, en la medida que gana elecciones, conduce a la mayoría de los peronistas.

Esta dinámica presentó dos problemas: primero, la búsqueda hacia afuera desafía a la esencia peronista. Pasó con el deslumbramiento con el marketing electoral y la estética socialdemócrata en los 80, la contaminación neoliberal en la década siguiente y la adopción de temas progresistas en la reciente. Segundo, se conduce a la mayoría pero algunos quedan fuera, de modo tal que siempre existe una alternativa peronista al peronismo basada en la mera razón instrumental.

La presentación de Macri en 2005 alteró esta dinámica porque de entrada concitó el apoyo de dirigentes y votantes peronistas, bloqueando la posibilidad de una articulación externa conservadora desde el peronismo. Esto refuerza el anclaje progresista del kirchnerismo, limita la proyección electoral de Massa y confina a las instancias de organización territorial y social propias del peronismo, gobernadores, intendentes, movimiento obrero y movimientos sociales, dentro de los límites de sus representaciones.

Sin embargo, el proyecto conservador que conduce Macri empobrece y endeuda a la mayoría de los argentinos y nos exige una respuesta. En estas condiciones se plantea el problema de la unidad del peronismo.

En los primeros dos números de la quinta época de Movimiento se abordó esta problemática desde tres ejes conceptuales: a) el poder, b) las ideas y c) los procedimientos.

En términos de poder, Argentina –como parte de América del Sur– es un escenario secundario de la contienda que a nivel mundial sostienen Estados Unidos y China desde comienzos del siglo XXI. En particular, la región suramericana contiene importantes reservas de recursos energéticos y es una de las principales productoras de alimentos del mundo. Esto explica la creciente injerencia que los Estados Unidos vienen desplegando en la región en los últimos diez años, especialmente en Brasil, y cuyo objeto es el sistema político en su conjunto, incluyendo las instituciones estatales –en especial las ramas de seguridad y justicia–, los partidos políticos, las grandes empresas y –en el caso particular de la Argentina– alcanza también a la Iglesia Católica. Este breve repaso sirve para señalar que en términos de poder están en juego no sólo los núcleos populares, sino que en nuestros países también se presentan riesgos de disolución del propio núcleo nacional estatal, y que esos problemas sólo se pueden abordar si ganamos las elecciones y accedemos al gobierno.

En el plano de las ideas, la doctrina justicialista elaborada entre 1945 y 1955 propuso una filosofía de vida simple, práctica, popular, profundamente cristiana y profundamente humanista como alternativa superadora de las ideologías de la modernidad: liberalismo, racismo, comunismo y su metaideología común, el cientificismo. En nuestra perspectiva, el ser humano es un proyecto vital destinado a la felicidad en una comunidad organizada. La justicia social, la soberanía política y la independencia económica son las estrategias que permiten alcanzar aquel propósito.

La actualización doctrinaria no consiste en revisar esos conceptos sino en ponerlos en acto, realizarlos en la gestión de gobierno. En consecuencia, la lucha por la idea o la unidad de concepción no tienen nada que ver con torneos argumentales o con actos electorales que permitan determinar quién tiene la razón. Por el contrario, tenemos que tener la capacidad de expresar nuestras convicciones con el máximo de generalidad necesario y el mínimo de sectarismo posible para convocar a una mayoría de la sociedad.

Así, en el plano de los procedimientos, el problema de la unidad no se resuelve con una gran interna panperonista que simplemente reproduzca la fragmentación con el dudoso beneficio de contarnos exactamente las costillas.

Sin embargo, el triple proceso electoral del año próximo –PASO, primera vuelta y segunda vuelta– es el único ámbito en el cual podemos reconstruir una mayoría popular, y para ello resulta necesario el protagonismo de los precandidatos presidenciales, en especial aquellos que pueden convocar a más de un fragmento peronista y al resto del electorado.

En este sentido, es necesario que aquellos que han manifestado su voluntad de representar al peronismo acuerden su participación en una PASO en base a las siguientes reglas: a) inclusión de todos aquellos que quieran participar en un frente electoral organizado desde el Partido Justicialista; b) representación proporcional de las minorías en las listas de diputados nacionales; c) apoyo a todos los gobernadores e intendentes peronistas que compitan por la reelección; d) compromiso de utilizar el mejor método para seleccionar a los candidatos a posiciones ejecutivas en aquellos distritos que no gobierna el peronismo.

El liderazgo y la mayoría que surja de este proceso deberán afrontar el desafío de reparar los enormes daños producidos por estos años de gobierno conservador.

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