Las clases medias en el espejo de la historia

Juan Pedro Denaday

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“Mientras nuestra civilización occidental pueda mantenerse a flote, nos veremos enriquecidos al asimilar las formas y los colores del pasado y al tratar las condiciones intelectuales y las transformaciones de las épocas anteriores del mundo como un gran estímulo para nuestro propio espíritu. De hecho, la capacidad de comparar los diferentes períodos del pasado entre sí y con el presente es una de las fuerzas principales que nos aleja de la confusión, de la agitación cotidiana y de la barbarie, que no hacen ningún tipo de comparación” (Jacob Burckhardt).

 

El sábado 19 de octubre de 2019 una importante movilización de ciudadanos asistió a la convocatoria para el cierre de la campaña electoral del presidente Mauricio Macri. El cambio táctico del oficialismo –que implicó el tácito reconocimiento del fracaso de una política exclusivamente desplegada en la etérea virtualidad, en búsqueda ahora de canales más tradicionales, uno de los cuales sigue siendo la ocupación activa de las calles y las plazas– pareció orientarse, más allá de la comprensible discursividad política sobre victorias improbables, a la conservación de votos que eventualmente pudieran ponerse en fuga luego de la contundente derrota en las primarias. Esa épica oficialista ha tenido un efecto sano para la democracia, pues al conceder oxígeno político al gobierno, garantizó un nivel básico de estabilidad institucional que la crisis económica y la derrota electoral amenazaban con poner en suspenso.

El macrismo logra así traducir en base social activa aquel núcleo duro de su clientela política que desde el nacimiento del peronismo ha tenido un comportamiento electoral intergeneracionalmente poco fluctuante. La emergencia de nuevas tecnologías y de nuevas subjetividades, que acompañan el crecimiento demográfico de la población y los cambios en la estructura social emergentes de la última dictadura que resultaran consolidados durante los años noventa, se traducen desde luego en novedades en la arena política. Sin embargo, en lo que a culturas políticas se refiere, finalmente lo nuevo no lo es tanto, ni lo viejo está tan perimido. El problema de la relación con el pasado no parece radicar tanto en el plano de la controversia axiológica –entre la invocación virtuosa del nostálgico conservador y la negativa del amnésico posmoderno– sino en que, desde una mirada con mayor perspectiva, ese pasado está sencillamente más vinculado al presente de lo que se podría creer.

Las panorámicas de la marcha del 19 de octubre nos brindan la imagen de una movilización protagonizada por las clases medias y altas. Lo que se ve desde las fotografías lejanas y cercanas es una marcha blanca. En la Argentina los clivajes de clase están vinculados a diferencias étnicas fácilmente apreciables. Antes que sofisticadas –y las más de las veces, dudosas– estadísticas de veleidades científicas, resulta en estos casos más útil recurrir a la más pedestre sociología jauretcheana: alcanza para constatarlo con caminar un rato por la Recoleta y otro rato por algún distrito populoso de los que predominan en el conurbano bonaerense. Por otro lado, los guarismos electorales ratifican que las diferenciaciones sociales no se traducen linealmente al plano político, pero, no obstante, siguen dibujando en términos genéricos –aquellos que Borges exigía para poder pensar, lo que implica algún grado de generalización, so pena de ser Funes– un peronismo que encuentra su arraigo fundamental entre las capas populares y la clase trabajadora, y un antiperonismo que cosecha sus adhesiones más activas en los sectores que predominaron en la movilización referida.

Los debates que en la crisis de mediados de 1955 se suscitaron en el peronismo en torno a la formación de unas milicias sindicales –elegante, pero firmemente rechazadas por el Ejército– no revisten tanto interés como especulaciones contrafácticas de aquellos que imaginaban combates revolucionarios que toda la filosofía política del exmilitar Juan Perón volvían altamente improbables, sino como síntoma del lugar social en el que –aun cuando entre las declaraciones y los hechos, como reza el refrán popular, hay un trecho– podían encontrarse algunos actores dispuestos a algún tipo de defensa radical del régimen reformista caído en desgracia. No menos elocuente resultó la movilización que ocupó la Plaza de Mayo el 23 de septiembre de 1955 para vivar al general golpista Eduardo Lonardi (Halperin Donghi, 2010 [1972]). Si esa presencia masiva de antiperonistas movilizados resulta en ocasiones soslayada por relatos que se centran en la novedosa movilización social suscitada por el peronismo, hoy traerla a colación parece imprescindible para ubicar la reciente marcha del 19 de octubre en el espejo de la historia.

Las clases medias mantuvieron con el peronismo una relación difícil de diversos modos. Por sus niveles educativos y su activa participación en el debate público y la superestructura cultural fueron, por un lado, más celosas en la defensa de lo que Gino Germani (1962) denominó las “libertades abstractas”, en contraste con las “libertades concretas” que interesaban a los aquejados por necesidades materiales más inmediatas; por otro lado, fueron más afectas a la elucubración teórica y la imaginación revolucionaria, y no por casualidad desempeñaron siempre un papel decisivo entre las dirigencias de izquierdas (Altamirano, 2011 [2002]). Aunque el peronismo también reclutó sus élites políticas y técnicas en franjas de las clases medias, el papel análogo que las cúpulas sindicales desempeñaron –y, aunque en menor medida, todavía desempeñan– en ese movimiento político era lo que lo ligaba más firmemente con las bases sociales que le brindaron sus adhesiones más estables.

La complicada relación que las clases medias mantuvieron con el peronismo encontró canales de expresión que pueden pensarse paradójicos: la adhesión renovada de esos sectores en los años sesenta terminaron en la década siguiente cuestionando otra vez su funcionamiento, aunque esa impugnación se realizara luego a través de una membresía que le exigía una transformación interna. En definitiva: que dejara de ser lo que era. Tal pretensión no pareció ser compartida por sus tradicionales clientelas proletarias, siempre menos exigentes y menos dispuestas a causas totales, como las que estimulaban los militantes armados reclutados de modo mayoritario entre la pequeña burguesía. El periplo de esas clases medias que se las rebuscaron para ser antiperonistas por oposición o por exceso, invocando liberalismos, nacionalismos autoritarios y marxismos según la ocasión, se encuentra bien resumido en un libro de divulgación histórica escrito por María Estela Spinelli (2013): De antiperonistas a peronistas revolucionarios.

Alain Rouquié (2017) sostiene que parte de la vitalidad kirchnerista radicó en su capacidad de volver a seducir a zonas de esas clases medias izquierdistas, fuertes en las urbanidades cosmopolitas. Mirado en el espejo de la historia, no parece sorpresivo que ese ciclo político se haya retirado del gobierno con una adhesión firme en esos sectores y otros decididamente pobres, mientras veía esmerilarse sus buenas relaciones con los representantes oficiales del movimiento obrero. Si contar con una activa oposición antiperonista –para el incierto ciclo político que se abre– parece hasta cierto punto inevitable en las actuales circunstancias históricas, la capacidad de no recrudecer sus conflictos intestinos –en una gestión que deberá afrontar problemas macroeconómicos y sociales que se anuncian de complicada resolución– convoca a un acto de responsabilidad por parte de aquellos que pueden verse tentados a recuperar un protagonismo que quizá este nuevo ciclo político exija sea menos visible y, sobre todo, más sosegado.

 

Referencias bibliográficas

Altamirano C (2011): Peronismo y cultura de izquierda. Buenos Aires, Siglo Veintiuno, 2002.

Burckhardt J (2011): Juicios sobre la historia y los historiadores. Buenos Aires, Katz, 1865-1885.

Germani G (1962): Política y sociedad en una época de transición. De la sociedad tradicional a la sociedad de masas. Buenos Aires, Paidós.

Halperin Donghi T (2010): La democracia de masas. Buenos Aires, Paidós, 1972.

Rouquié A (2017): El siglo de Perón. Ensayo sobre las democracias hegemónicas. Buenos Aires, Edhasa.

Spinelli ME (2013): De antiperonistas a peronistas revolucionarios. Las clases medias en el centro de la crisis política argentina (1955-1973). Buenos Aires, Sudamericana.

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