La Sole

Juan Augusto Rattenbach

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El viernes volví muy tarde de dar clase. Eran las once y media de la noche y mi cabeza no daba más. Tirado en el sillón pongo música para desenchufar, y para los efectos tengo una lista de reproducción de música renacentista y barroca europea del siglo XV al XVI. De la nada y sin saber por qué, la música se cortó. Lo único que atiné a hacer es agarrar el teléfono y empezar a ver tutoriales en YouTube. En eso, el algoritmo de la app –ese que nos estudia cual animales de zoológico– me llevó a canciones de Soledad Pastorutti, La Sole. Un poco porque tengo un historial de Alberto Merlo, Larralde y Cafrune, y otro poco porque coincidía con los recitales de Soledad en avenida Corrientes.

Empecé a escuchar los dos primeros discos publicados en 1996 y 1997. Tuve una introspección como hacía rato no tenía. La conclusión fue la siguiente: La Sole encarnó, queriendo o no, un hito popular de resistencia argentina contra la globalización y el neoliberalismo. Veníamos de Malvinas en 1982 y la caída del muro de Berlín en 1989. Occidente –Europa, Estados Unidos y Japón– irrumpió de forma violenta en todo el planeta. Salvo Corea del Norte, Irán y Libia, no se salvó nadie, literalmente nadie. Ni las playas de Cuba se salvaron. Llegó Carlos Saúl junto a Cavallo a hacer lo que todos sabemos que hicieron. ¿Resultados? Remates de campos que llevaron a un nuevo fenómeno de concentración, sojización y monsantización de tierras, sumado a pueblos aislados fruto de la destrucción del capital ferroviario de nuestra Nación. La política era mala palabra y las hordas de juventudes de esas generaciones encontraron en la música y el fútbol la contención identitaria que la política les negaba. Lejos estábamos de las décadas del 60 y el 70. Mientras el riojano permitía que sus ministros rivadavianos arrasaran con todo, mientras Charly se teñía de rubio en honor al recientemente fallecido Kurt Cobain, surgió un contragolpe cultural inesperado: una santafesina de Arequito, con bombachas y alpargatas, con un parche de una bandera argentina, tocando en el festival más importante de Córdoba (Cosquín), agitando ponchos cual duelo de pulpería. ¿La música? No había ni piano, ni violines, ni acordeones. Atrás quedaba la piazzolización del folklore. Guitarras y bombos que aceleraban los lentos compases tradicionales eran acompañados por una voz de tan sólo 15 años que cantaba a los pueblos que temían perderse en el olvido.

La masividad fue exponencial, sumada a una exigente gira a lo largo de esos años por todos los pueblos del interior del país. Canciones como Pilchas Gauchas, Entre a mi pago sin golpear o La carta perdida –dedicada a Malvinas– sintetizan un tono contestatario y de orgullo argentino frente a la avanzada occidental. La masividad fue tal que pasó algo que pocas veces pasó en la historia: el primer disco de Soledad, Poncho al viento (1996) competía mano a mano con La Sole (1997) en récord de ventas. El reflejo de ese movimiento se vio al año siguiente en la doma de Jesús María: por única vez en la historia se suspendió la doma para que la gente pudiera ocupar la pista principal para acudir a ver el recital de La Sole. El folklore ya no iba a ser igual. Fue ella quién generó una nueva masividad que incluso irrumpió violentamente en la ciudad de Buenos Aires, llenando teatros como Gran Rex o estadios como Obras o Luna Park.

La música de La Sole, que supo ser el “Huracán de Arequito” y ahora es “La Gringa”, mutó a lo largo de los años a eso que las discográficas llaman pop latino, no sin antes haber grabado discos en Los Ángeles y Miami bajo la efigie Emilio Estefan, cubano exiliado que encarna por excelencia al latino anglosajonizado y pro estadounidense. Pero para ese entonces ya no hacía falta: el país se adentraba en la crisis de 2001 y en su consecuencia, el pedido de un pueblo que buscaba hacerse oír. Correcta fue la interpretación de ese sentir –y otros sentires– por parte del peronismo en 2003, que generó una nueva ola de inclusión social a través de la política, como no pasaba desde la primavera democrática de 1983. En ese marco es que en 2006 la Sole va a la Casa Rosada, pero para cantar en el Salón Blanco. Ya para ese momento, el fútbol y la música, los goles del Diego en el 86 y la voz de La Sole, habían cumplido su objetivo en preservar la identidad nacional en tiempos de resistencia, ante un occidente que parecía avanzar sin freno. Las premisas ya habían cambiado y no solo hubo una revalorización de lo nacional, sino también de la unión latinoamericana. Nacía una nueva época.

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