La miseria moral

Sara Durán

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“Hay, así, dos clases de hombres: los que nacen para servirse a sí mismos, y los que, renunciando al egoísmo; se dedican a servir a los demás” (Juan Domingo Perón).

La difusión de ciertos discursos que en apariencia respaldan la defensa de derechos fundamentales no es más que la utilización de técnicas para inducir comportamientos individuales y colectivos. Hemos sido desafortunadamente espectadores de esto durante los últimos años de gestión gubernamental neoliberal en nuestro país, donde resultaba moneda corriente oír afirmaciones que giraban en torno a cuestiones vinculadas a un “ideal de organización social” basada en principios de meritocracia. El interrogante que se nos plantea inmediatamente, casi por decantación, es: ¿dentro de qué parámetros se evalúan los criterios de “merecimiento” y cuál es el paradigma que se pretende instalar con este tipo de disertaciones? Son disertaciones propagadas por sectores sociales y políticos que resurgen cada cierto período de tiempo y que, en realidad, jamás se han disuelto.

Sería ingenuo creer que estos modelos de pensamiento no resultan funcionales a la cada vez más perjudicial legitimación de peligrosas premisas operantes que, lejos de priorizar el bienestar del pueblo, convocan a fomentar desigualdades. En esta concepción, el fracaso de la iniciativa individual está directamente relacionada con la incapacidad de los sujetos: las limitaciones externas y los condicionamientos de la realidad en nada incidirán a la hora de hacer frente a necesidades que agobian a cada miembro de la sociedad. En presencia de este absurdo, los estándares de la meritocracia se vuelven cada vez más evidentes, debido a que entonces cada quien tendrá “lo que se merece”.

Inevitablemente, bajo este razonamiento se manifiesta –en ocasiones de modo más explícito que otras– la idea de progreso que tuvo gran acogimiento a fines del siglo XIX y principios del XX en nuestro país, pero ahora irónicamente en un sentido abstracto. Aquella idea se exteriorizaba únicamente en el favorecimiento económico de los sectores de elite que conservaban los resortes del poder. No había lugar para todo aquello que resultara inútil –en términos de productividad– para los grupos hegemónicos, destinados a ser únicos beneficiarios en este modelo de prosperidad, ya sean cosas o personas. Como si se tratara de un gran entramado de engranajes que se retroalimentan entre sí, esa noción abstracta de progreso se encuentra asociada a la de teoría del derrame: el enriquecimiento de los poderosos y las poderosas se traduciría con el tiempo en ganancia y provecho para el resto de la comunidad. La perfecta autorregulación del mercado lograría que el excedente llegue a los estratos sociales más pobres, generando inclusión. Este planteo tiene a veces una faz menos optimista, sobre todo cuando se conjuga con afirmaciones que pretenden naturalizar una supuesta “mentalidad” de la ciudadanía y que procuran la aversión por el otro y acrecentar divisiones entre sectores de la población.

Resulta insoslayable ligar estas cuestiones: quien no se encuentre en condiciones de ser parte de los grupos favorecidos, deberá confiar inocente e ilusamente en la bondad de quienes ejercen el poderío económico. Reluce de este modo una selectividad de sujetos cuyos derechos parecieran ser más valiosos que los de una gran proporción de otros miembros del mismo universo. Aunque en los tiempos que corren no se atrevan a vociferarlo a viva voz y engañosamente quieran exhibirlo como iniciativas de cambio, sus hechos en los años pasados han evidenciado sus verdaderas motivaciones y demostrado un total desdén por sus semejantes. No se guardó el menor reparo en llevar adelante políticas públicas que perjudicaron a los sectores más vulnerables y quienes, al mismo tiempo, necesitaban de mayor asistencia por parte del Estado, dejando en cabeza de cada uno la suerte que correría su destino, a la sombra de un total abandono donde la consecuencia directa no podía ser otra que la destrucción del más débil.

En lo incomprensible de ciertos sucesos de nuestra historia, es inevitable recordar las frases que Juan Domingo Perón plasmó en su escrito La hora de los pueblos: “el egoísmo ha regido muchas veces los actos de gobierno y no es el amor al prójimo, ni siquiera la comprensión o la tolerancia, lo que mueve las determinaciones humanas. (…) Es cierto que en ocasiones parece que se ha dado un gran impulso en favor de los nobles ideales y de las causas justas, pero la realidad nos hace ver que todo era una ilusión”. No existe discurso más fuerte y con mayor adhesión que el que se sustenta en la exteriorización del cumplimiento de sus aseveraciones y en la marcada vocación por el empleo de una armoniosa combinación entre el esfuerzo por engrandecer nuestra patria y el cuidado al ciudadano común, puesto que nada puede ser exitoso si en su camino perjudica a los demás.

El falso axioma en el que se apoyan quienes inescrupulosamente han solicitado en los últimos días “una nueva oportunidad para hacer el mejor gobierno posible” no es más que el grosero menosprecio oculto detrás de dicciones, en apariencia complacientes, de aquellos que desestiman el valor real de los derechos de las personas en toda su extensión. Es allí donde nos cercioramos hasta dónde puede descender el ser humano en búsqueda de intereses individuales, cegado por sus pasiones y desaprensivo de todo aquello que lo rodea. Con mayor frecuencia se vinculan nociones de desdicha, infortunio, desgracia y carencias, evidentes en el diario vivir, hacia determinadas personas bajo el calificativo de miserables. Se señala de esta manera un mayor interés por el valor atribuible a las posesiones materiales, como rasgo distintivo de nuestra constitución como sujetos frente a los otros, y prescindiendo de rasgos relevantes que nos definen en lo apreciable de nuestra naturaleza.

Constituye el meollo de la cuestión la importancia de diferenciar a quienes, carentes de principios y con una descarada utilización de toda suerte de subterfugios y disimulos, persiguen un único propósito que acarrea exclusivamente la ventaja y su bienestar unipersonal. Estos comportamientos, reproducidos a gran escala, suponen un enorme menoscabo de quienes poseen menos herramientas para contrarrestar sus efectos perjudiciales. Rodeados de falsos aduladores y oportunistas que buscan obtener algún provecho, se sienten superiores ante el aplauso desvergonzado de falsos intercesores de una libertad simulada. En La fuerza es el derecho de las bestias, Perón los describía: “Se han llamado a sí mismo ‘libertadores’, cuando en realidad han llegado para tiranizar a su pueblo. Se dicen ‘demócratas’, y han escarnecido todos los principios de la democracia. Se llaman ‘honrados’, y han deshonrado la función pública con sus robos inauditos al Pueblo y a la Nación. Se dicen ‘gobierno’, y no han hecho sino anarquizar el país, desequilibrando su economía, desbaratando la paz social y destruyendo todo vestigio de ecuanimidad política, en su intento de entronizar demagogos inescrupulosos, sin votos ni conciencia”.

 

Sara Durán es abogada (UBA) con orientación en Derecho Penal y enfoque en ejecución de la pena. Ayudante de cátedra en Introducción a las Teorías Criminológicas, Facultad de Derecho (UBA).

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