La imprescindible unidad de las agrupaciones peronistas

Eduardo J. Vior

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Tanto el desafío de la reconstrucción nacional como la amplitud del próximo gobierno imponen superar la atomización de los encuadramientos militantes.

 

A poco de terminar el primer trimestre de 2019 ya se perfila la posibilidad de un triunfo opositor en la maratón de elecciones que culminará en octubre con la primera vuelta de la elección presidencial. Obviamente, el camino hacia ese objetivo es largo, está lleno de obstáculos y el triunfo no está de ningún modo garantizado. Sin embargo, en todos los escenarios (triunfo electoral, fraude, postergación de las elecciones, golpe de estado fujimorista, etcétera) está claro que marchamos hacia el choque frontal con fuerzas de ocupación. El affaire en torno al espía jefe Marcelo D’Alessio habla por sí solo.

Si triunfamos en la elección presidencial y accede al gobierno la amplia coalición patriótica y democrática que debemos construir, será aún más agudo el enfrentamiento si pretendemos derrotar al régimen de ocupación en la primera vuelta, para anular la maniobra de fraude que nos quieren imponer. A diferencia de experiencias anteriores de gobiernos peronistas o en los que participó el peronismo, la experiencia que estamos gestando estará fuertemente condicionada, tanto por la variedad del espectro opositor, como por los pactos espurios que el gobierno cipayo concertó en el exterior para limitarnos y ceñir nuestro margen de maniobra.

Mientras que la alianza electoral tendrá como misión concitar la adhesión de la mayor porción posible de la población, para poner nuevamente a funcionar las instituciones del Estado y reconstruir la Patria el Movimiento Nacional Justicialista deberá reorganizarse y movilizar a las clases trabajadoras para recuperar el control del territorio, prevenir los atentados y sabotajes a los que acudirán las potencias de ocupación y la oligarquía, y asegurar el abastecimiento de la población, su educación cívica, su organización para la defensa y su movilización para impulsar la profundización de la Revolución Justicialista en cada ocasión que lo permita.

Para esa tarea no solamente es necesario reorganizar el Partido Justicialista como partido-movimiento, sino también unificar las agrupaciones peronistas, para evitar su competencia y sectarismo, garantizar su eficacia, asegurar su control del territorio, la organización de base en los lugares de vivienda y de trabajo, y la educación de todo el pueblo, de modo de evitar provocaciones, resistir a las operaciones de guerra psicológica y permanecer unidos, solidarios y movilizados.

Gracias a su estructura movimientista, el Justicialismo como Doctrina y el Peronismo como movimiento ha sabido sobrevivir a la brutal agresión económica que nos azota desde 2008. Pero en la nueva fase –después de que hemos paralizado la ofensiva reaccionaria y nos hemos colocado en posición para retomar la lucha por el poder– precisamos una estrecha coordinación que ya no admite más personalismos y celos entre las agrupaciones del Movimiento.

Sería aconsejable que las agrupaciones peronistas retomen mejorada la experiencia del cuadrunvirato con el que (mal) funcionaron entre 2010 y 2013, pero en igualdad de rango y articulando los frentes desde el inicio. Esta vez, imprescindiblemente, la coordinación debe incluir a las agrupaciones territoriales, las sindicales, las de la economía popular, las de género, las de derechos humanos, las militares y las empresarias. La unidad debería comenzar por las acciones comunes en la campaña electoral. El primer objetivo es controlar los frentes de masas en todo el ámbito de la República; el segundo, sostener ese control en el tiempo. Por ejemplo, hace pocas semanas los compañeros de Peronismo Militante realizaron con gran éxito una volanteada en los locales de PAMI en CABA, pero, lógicamente, la acción no tuvo continuidad, porque ninguna agrupación sola puede mantenerla en el tiempo ni cubrir todo el territorio. Si queremos ganar las elecciones y consolidar el gobierno, uno de los frentes prioritarios son los jubilados y beneficiarios de AUH. También hay que rescatar a los cientos de miles de compañeros que viven en las calles, a quienes buscan trabajo, a quienes se han organizado en cooperativas pero no encuentran financiamiento o mercado para sus productos, a las mujeres trabajadoras, etcétera. Todos estos frentes implican tareas tan ingentes que no las puede solventar ninguna agrupación por separado.

Quien ha militado un par de años en el Peronismo sabe cuántas historias no resueltas conviven en su seno. Los compañeros que se identifican como peronistas revolucionarios se remiten a las discusiones que John W. Cooke tuvo con el general Perón en la primera mitad de los años 60. En el Movimiento Evita existe todavía una fuerte impronta de la experiencia montonera y muchos compañeros y compañeras tienen problemas para identificarse con las enseñanzas y la doctrina de Juan D. Perón. De modo similar, compañeros y compañeras en el territorio y en sindicatos que han recibido la herencia de los enfrentamientos internos de las décadas de 1970 y 1980 tienen dificultades para entenderse con los contrincantes de entonces.

La síntesis superadora de tanta variedad no provendrá de una elaboración intelectual, sino de la experiencia del encuentro reflexivo en la práctica y la organización unificada. El Justicialismo es una conciencia de Patria y Pueblo que camina. El Movimiento Peronista no es sectario ni excluyente, y debe seguir así. A nadie se le debe pedir el carné de peronista, pero su alma es la Doctrina de Juan Perón y Eva Perón que sólo puede enriquecerse en ámbitos de organización y movilización unificados.

Tenemos que dar batalla contra un enemigo poderoso como no lo hemos confrontado desde la batalla de Caseros, pero podemos vencerlo si nos reconocemos en nosotros mismos, unidos, solidarios y organizados.

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