La gobernanza de la crisis y una salida suprapolítica

Bruno Nicolás Beccia

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El esfuerzo hercúleo del Estado, junto a las organizaciones sociales y a otros miles de héroes sin capa, estructuran un sólido círculo de protección social que decanta en un nuevo e incuestionable triunfo del humanismo sobre los pregoneros del mercado total, tanto en una dimensión real como en la simbólica.

La pregunta de cómo surfear una crisis mundial de inédita magnitud, en el marco de una depresión económica local de larga data, nos impulsa a pensar salidas novedosas y profundamente políticas. El rol del Estado re-puesto en valor es central, pero quizás no sea suficiente para lidiar con las inminentes consecuencias de la cuarentena: millones de nuevos pobres, incertidumbre generalizada y una notoria psicosis, producida por el ocio y la hipermediatización. El acuerdo político o suprapolítico podría ser una vía de escape posible y realizable, si demostramos la madurez y la responsabilidad que exige la realidad actual.

La categorización de suprapolítica –por encima de la política– intenta delinear una serie de problemáticas sociales que, sin dejar de tener un carácter político, eluden las lógicas de la política cotidiana, permitiendo nuevos lazos de vinculación, abriendo un olvidado camino a la co-gobernanza y exponiendo de modo explícito la presencia –y la ausencia– de la ética de la solidaridad de la que hablaba Raúl Alfonsín, en donde la necesidad de salvar vidas supera la confrontación de ideas, posponiéndola para una coyuntura más acorde.

La principal diferencia de las suprapolíticas con las tradicionales subyace en la puesta en valor de otras formas de discernimiento y de toma de decisiones. Éstas persiguen al pensamiento filosófico moral individual por encima de las dependencias, los disciplinamientos y las pertenencias partidarias. La crisis global que ha causado la diseminación del COVID-19, y las acciones en conjunto llevadas adelante por oficialismo y oposición, nos muestran la capacidad de reacción y de acuerdo que tenemos los argentinos ante las amenazas sorpresivas, quizás por acostumbramiento, resiliencia o idiosincrasia. Definir esto tal vez sea tarea de los sociólogos.

Otro caso paradigmático de suprapolítica fue la lucha para lograr una ley de interrupción voluntaria del embarazo, que rompió los límites partidistas, las historias personales y las procedencias de clase, y ha generado inesperadas coincidencias, tan sorpresivas como efímeras. Si bien algunos sectores muy minoritarios de la política nacional han hecho campaña electoral a partir del apoyo o del rechazo al aborto, esto se dio recién cuando el debate respecto de la problemática se filtró en la raigambre de la sociedad argentina.

Sin embargo, estas “amistades temporales” suponen riesgos también novedosos. El primero es el de la confusión, que surge del ablandamiento de las posiciones políticas y del exceso fotográfico como forma de transmitir una imagen de gobierno unificado. Es siempre necesario aclarar que no todo es lo mismo, que no todos son iguales, remarcando cuál es la vereda por la cual cada uno circula.

El segundo riesgo nace del propio acercamiento que, como tal, siempre supone ceder un poco. Este “ceder un poco” debe preservar las convicciones y los ideales, dedicándose a acordar de forma puntual el procedimiento a seguir en el caso específico de cada situación. De ningún modo puede significar el fin de la crítica, la unificación de la agenda, ni erigirse como plataforma de la práctica del salto con garrocha.

El tercer inconveniente que trae el acuerdismo de la suprapolítica se asocia a la aceleración legislativa, que obliga a procesos que merecerían de un proceso de debate mucho más minucioso a definirse de forma express. Las leyes deben basarse en necesidades sociales actuales, pero accionar solo cuando aprieta el zapato nos condena a un eterno cortoplacismo, en un país que necesita como el agua de un modelo de desarrollo nacional a gran escala. El espacio y el tiempo del imprescindible debate reducido por la urgencia, una verticalidad extrema en la toma decisiones y –citando a la compañera Paulina Olivera– la legislación espasmódica que supone que en un Congreso poco especializado se produzcan leyes entre gallos y medianoche, generan una dinámica peligrosa que responde a necesidades más parciales que integrales.

Lo que sí podríamos cosechar como fruto virtuoso de la crisis es una novedosa capacidad de distinción entre los sectores con los cuales se puede establecer un diálogo maduro y sostenible a lo largo de un tiempo –construyendo nexos positivos que apunten al abordaje de otros conflictos sociales urgentes– y aquellos que tienen a la destrucción como su única expertise y que serán apartados de la centralidad política, no por el oficialismo sino por la sociedad en general.

Desde ya, la tan mentada unidad nacional no será la serendipia de la lucha contra el enemigo invisible, ni significará la disolución del sistema de partidos como lo conocemos. Muchísimo menos llevará al fin de las diferencias imprescindibles para una democracia. Esta unidad en la diferencia suele surgir de coyunturas lábiles e inestables, creando escenarios de confusión para propios y extraños, y falsas ilusiones para aquellos que añoran, ingenua o maliciosamente, una pacificación basada en la ausencia de conflicto.

Este vínculo emergente genera su vez escisiones y conflictos internos. La división en la oposición política se da hoy entre quienes tienen –en plena crisis– la responsabilidad de gobierno y quienes deben hacerse un lugar en el debate público a partir de apariciones mediáticas o de frases rimbombantes en las redes sociales. De un lado se ubican aquellos que responsablemente se suman a las directivas del gobierno nacional, priorizando el cuidado de la vida por sobre los intereses sectoriales; del otro lado están los huérfanos políticos que sufren de una carencia discursiva que impulsa a sus representantes más rezagados a repasar el manual empolvado y macartista del anticomunismo, en pleno siglo XXI.

No se puede soslayar ni minimizar la problemática del coronavirus en ninguna de sus ramificaciones: es como tapar el sol con un dedo. La única disyuntiva real que existe en este contexto es: la gestión de la crisis o la crisis de la gestión. Aquellos que siguieron los designios de Donald Trump enfrentan ahora enormes problemas internos, un monumental desprestigio global y, además, deben cargar en sus espaldas con un número de muertos que tiende a convertirse en una condena social a la desidia, a la negligencia y a la infinita codicia. Han globalizado la indignación.

La falsa disyuntiva entre salud y economía fue diseñada con premeditación y alevosía para rescatar al usufructo particular y condenarnos a la resignación de la pérdida humana, con la excusa de que “es normal la muerte de los adultos mayores”. El objetivo final es convencer a amplios sectores a bregar por la defensa de ese usufructo, pero el manifiesto derrumbe económico de las grandes potencias –y aun de aquellas que priorizaron la productividad– evidencia que no solo han matado a miles de personas, sino que también han aniquilado al sobreestimado ejemplo primermundista de la realización individual. No hay individuo sin comunidad y no hay comunidad sin salud.

En este marco, Argentina es ejemplo de salud mental en un mundo que de manera creciente elige líderes que tienen a la irracionalidad como capital político principal. En un sistema socioeconómico global que hace agua por todos lados, debemos luchar por una salida humanista, científica, igualitarista y pacificadora. Quizás este sea el aprendizaje que nos legue la inédita pandemia. Queda en nosotros comprender el momento histórico, analizar sus consecuencias, sacar conclusiones y transformar el futuro a partir de la experiencia.

 

Bruno Nicolás Beccia es licenciado en Comunicación Social con orientación al periodismo (UNLP) y estudiante de la Maestría en Gobierno (UBA).

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