Hay que esperarlo al gobierno de Alberto: respuesta a José Pablo Feinmann

Aldo Duzdevich

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Es preocupante leer en las redes y en los medios el alto nivel de impaciencia propia contra el gobierno de Alberto Fernández. Desde los sectores que se identifican con la ortodoxia del pensamiento peronista se descalifica al gobierno tildándolo de socialdemócrata. Desde los sectores del progresismo y en coincidencia con los anteriores se levantan wiphalas de guerra. Se le discute no liberar a los presos por decreto, como hizo Cámpora; o no triplicar de un saque las retenciones al campo; o su viaje a Israel; o su no alineamiento automático con Maduro; etcétera, etcétera.

Es increíble. Con qué facilidad olvidamos que hace diez meses veíamos el futuro negro por la posibilidad de un nuevo período de Macri. Que, si no hubiese sido por la genialidad de Cristina –quien supo apreciar la totalidad del escenario y sacó de la galera la candidatura de Alberto Fernández–, hoy estaríamos organizando la décimo octava marcha contra el gobierno del PRO.

Alberto Fernández prometió muy pocas cosas. Sabía claramente los condicionantes con que nos íbamos a encontrar. Se propuso algunos objetivos modestos pero muy difíciles de alcanzar: atender el hambre y la pobreza urgente; patear para adelante el terrible peso de la deuda externa; empezar a bajar la inflación recuperando el salario; y volver a levantar las persianas de las fábricas. Comprendió también que la “grieta”, esa dolorosa y artificial división entre argentinos que es transversal a las clases sociales, solo es funcional a los sectores minoritarios que representan mucho dinero pero pocos votos, y que encontraron en ese juego de “agrietar” el modo de robarle votos al campo popular.

En su discurso inaugural, Alberto dijo claramente: no voy a caer en esa trampa. “No cuenten conmigo para seguir transitando el camino del desencuentro. Tenemos que superar el muro del rencor y del odio entre argentinos. Superar los muros emocionales significa que todas y todos seamos capaces de convivir en la diferencia”. Y convocó “a la unidad de toda la Argentina en pos de la construcción de un Nuevo Contrato de Ciudadanía Social”. Para que nadie entienda que desconoce los desafíos que enfrenta, completó: “al decir esto no ignoro que los conflictos que enfrentamos expresan intereses y pujas distributivas”.

Los que tenemos memoria y hemos releído la historia, este Alberto no está evocando al Perón de 1946, ni al Rosas de 1835. Está evocando al estadista que regresó al país luego de 18 años de persecución y exilio. Quien, para cerrar la grieta, lo primero que hizo fue cambiar la sexta “verdad peronista” –“para un peronista no hay nada mejor que otro peronista”– por la de “para un argentino no hay nada mejor que otro argentino”. Se abrazó con Balbín y convocó a todos sus viejos adversarios. Fue el Perón que vino a proponernos el Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, cuyo primer paso era la creación por ley del Consejo Económico y Social para el Desarrollo. El pueblo argentino lo entendió y acompañó. No así muchos intelectuales y militantes, que vieron en estos nuevos dogmas una suerte de claudicación revolucionaria y rápidamente pasaron a cuestionar todas sus políticas.

Por supuesto que entiendo que ni Alberto ni Cristina son Perón, ni 2020 es 1973. Pero sí está claro que ambos se plantearon la estrategia de unidad nacional que intenta poner en marcha el nuevo gobierno peronista. Lo que preocupa son los impacientes de la tropa propia, que a dos meses de gobierno comienzan un cuestionamiento disolvente, escudados detrás de supuestos roles de vigías o comisarios políticos de la revolución que nadie les otorgó.

Me quiero referir puntualmente a la nota en Página 12 del 2 de febrero pasado del reconocido columnista José Pablo Feinmann, quien hace unos días escribió: “Hay que esperarlo al gobierno de Alberto, que hasta ahora ha hecho las cosas con cautela y bien”. Pero –siempre hay un pero– a continuación desarrolla todo su argumento para poner en duda si esa política de diálogo que pregona Alberto es de alguna utilidad. Y se despacha con una rápida lección de historia argentina para demostrar que lo que funcionó con Rosas y con el primer Perón no fue el diálogo, sino gobernar con mano dura. Que la mazorca era el método más convincente, y que el error de Perón –lugar común si los hay– fue no darle a la CGT las armas que había comprado Evita. Podría haberse extendido al panorama regional, diciendo que debemos seguir el ejemplo de Maduro y repartir 130.000 fusiles a los chicos de la Cámpora “para crear poder popular”. “¿Hasta dónde habrá lugar para el diálogo?”, se pregunta José Pablo. Pone como ejemplo del conflicto de clases el asesinato de los rugbiers, quienes mataron al grito de “negro de mierda”. Como si la lucha de clases de la que hablaron Marx y Lenin hubiese trasladado su escenario de las fábricas a la salida de los boliches.

Lamentablemente, en nuestro país hay algunos nostálgicos de la violencia que en su vejez sueñan con haber integrado la columna del Che. Hay otros que llegaron tarde y escucharon los relatos heroicos: les gustaría probar qué se siente al llevar un fierro en la cintura y salen livianamente a sugerir nuevas “sierras maestras” de las que nunca lograrán bajar.

Tal vez anticipando estas locas propuestas, en su discurso Alberto aclaró: “Los argentinos hemos aprendido así que las debilidades y las insuficiencias de la democracia solo se resuelven con más democracia”. Y para fundar su afirmación no hace falta ir tan lejos en el tiempo. Tuvimos doce años de gobierno peronista-kirchnerista, tres periodos democráticos sin mazorca, sin mano dura ni fusiles de la Cámpora, y nos fue bastante bien. ¿Que perdimos una elección y vino Macri? Es cierto, y nos jodieron mal estos cuatro años. Y también es cierto que perdimos –entre otras cosas– por nuestros errores, y por algunos de dentro que estaban a disgusto con nuestro candidato y lo hacían saber.

Como ahora… Muchos votaron nuestras listas con serios cuestionamientos sobre la pureza ideológica de nuestros candidatos. Y antes de los cien días que nos habían concedido ya empiezan a cuestionar y poner en duda todo. No creo que sea este el caso de José Pablo que, aunque cree lo contrario, nos pide “esperarlo al gobierno de Alberto”.

 

Aldo Duzdevich es autor de La Lealtad: Los montoneros que se quedaron con Perón y Salvados por Francisco.

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