Equilibrismo para el frente interno

Marcos Domínguez

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La anomia reinante en Chile no encuentra cauce político. Por su parte, el golpe de Estado perpetrado contra el gobierno de Evo Morales no solo enciende una alerta en las democracias latinoamericanas, sino que muestra cómo, en el ajedrez geopolítico, es también un golpe al eje México-Argentina. La cruda realidad boliviana muestra que por más que se administre eficazmente la economía, las oligarquías enquistadas, sumadas a los poderes internacionales predadores de recursos, jamás toleraran la presencia duradera de procesos democráticos de justicia social. La continuidad en el tiempo de procesos democráticos provistos de contenido popular es el verdadero problema para los sectores de poder concentrado. Sin embargo, es también la capacidad que esos sectores tienen de revertir y lesionar esos procesos –en poco tiempo– lo que les permite reinstalar políticas tendientes a favorecerlos casi exclusivamente, con el consecuente daño del tejido social que esto acarrea.

Es en este sentido que aparece como eje central de la agenda del nuevo gobierno robustecer el acceso a derechos, volviendo a prestigiar el Estado como dispositivo al servicio de la justicia social. Para esto será central reconstruir capacidad estatal y dotar a todos sus órganos de una racionalidad estratégica que permita sostener políticas públicas universales, reelaborando un entramado organizacional que fue estigmatizado, diezmado y despotenciado en sus capacidades de acción. La institucionalización de las transformaciones requiere, entonces, de un andamiaje jurídico y de un enfoque político que permita consolidar un piso de derechos cada vez más sólido.

Durante cuatro años el macrismo utilizó el aparato estatal como facilitador de sus negocios privados y como órgano de ataque directo a la comunidad nacional. Fue así como todas sus políticas públicas se centraron no sólo en redistribuir regresivamente el ingreso, sino en influir negativamente sobre las conductas sociales, reducir la persona a individuo y mutilarle su naturaleza social para condenarla a encarar la vida de manera aislada, “emprendiendo” su propio destino solitario. El aparato del Estado estuvo volcado a instalar una pedagogía de naturalización de la volatilidad, fomento de la incertidumbre e inestabilidad generalizada, que necesariamente provocan una pérdida de consistencia que inevitablemente corroe la conciencia de la sociedad respecto del espacio público que, naturalmente, exige un mínimo de trascendencia sobre los intereses privados, que son los que predominaron en los últimos cuatro años. Sobre estos cimientos se construye el “nosotros”. A esos cimientos se dirigieron los ataques de la alianza Cambiemos, y para refundar esos cimientos se requerirá un nuevo esquema de lealtades con “lo público”, es decir, con el espacio del nosotros. El esquema de lealtades con “lo público” debe ser refundado.

 

Contrato social de ciudadanía responsable

“Algunos creen que gobernar o conducir es hacer siempre lo que uno quiere. Grave error. En el gobierno, para que uno pueda hacer el cincuenta por ciento de lo que quiere, ha de permitir que los demás hagan el otro cincuenta por ciento de lo que ellos quieren. Hay que tener la habilidad para que el cincuenta por ciento que le toque a uno sea lo fundamental” (Juan Perón: Conducción Política).

El desafío de la estabilidad política requiere que el nuevo gobierno cumpla con su mensaje de campaña en términos de horizontes políticos, esto es, que pueda proponer, en la práctica efectiva, una idea de futuro para el conjunto de la sociedad argentina, evitando el mero ejercicio nostalgioso que aspire a recuperar el tiempo pasado. Está claro que además de cierto éxito económico que refuerce el liderazgo de Alberto Fernández, el Frente de Todos necesitará, como fuerza política, generar una estrategia de articulación de mayorías, estrategia que debe “hacerse cargo” del macrismo como expresión cultural, tratando de contestar con política los interrogantes sobre los deseos que expresó ese electorado, desentramando las expectativas, los miedos y también los anhelos de un sector –el no oligárquico– que forma parte importante de la sociedad argentina. Después de todo, la dinámica adaptativa de una inteligente transigencia es lo que ha mantenido viva la capacidad del movimiento peronista para representar mayorías.

Por su parte, la salida del laberinto por arriba –de la que hablamos ni bien se confirmó la fórmula presidencial del peronismo– debería ser la salida de la dinámica de la extrema polarización política, consecuencia de la lógica algorítmica y endogámica de la cultura de redes. Esto sucede porque la política algorítmica, tan analizada como ejecutada durante el macrismo, erosiona las instituciones clásicas de socialización, profundiza las “grietas” y lleva las semejanzas al extremo para hacer colisionar las diferencias. Claro está, no alcanza con el mero ropaje institucional democrático, sino que se requiere de una apuesta política real por una cultura republicana. A su vez, esa cultura debe tener una política que recomponga el tejido social, que siente el piso de consensos sobre el que repose dicha cultura.

El objetivo declarado de “hacer piso” en la crisis económica que el nuevo gobierno heredará tiene como primer núcleo operativo el compromiso público del Frente de Todos de erradicar el hambre en Argentina. A este consenso político deberán sumársele otros que permitan construir un marco de racionalidad y acuerdos básicos por la vía del consenso. Aquel contrato social de ciudadanía responsable del que habló la hoy vicepresidente Cristina Fernández de Kirchner deberá tomar cuerpo en diálogo concreto y acciones de gobierno de cara al pueblo.

La política como arte tiene un gran desafío. Del timing político de Alberto Fernández, de su capacidad para tejer inteligentes transigencias a nivel local y regional, como también de la fortaleza y el robustecimiento de las organizaciones libres del pueblo, dependen el sostenimiento de la paz social en nuestro país y la esperanza de un nuevo rumbo para Latinoamérica en materia de relaciones internacionales de cooperación y no subordinación.

The strategy of indirect approach (la estrategia de aproximación indirecta) del capitán Basil Henry Liddell Hart es el legendario Manual de Estrategia de dicho militar británico, y uno de los libros de cabecera del Papa Francisco. Una de las ideas sugerentes de la obra para toda la dirigencia del campo nacional es que “cuanto más se intenta aparentar imponer una paz totalmente propia, mediante la conquista, mayores son los obstáculos que surgirán por el camino”. Son tiempos de transigencias, de acercamiento de posiciones que eviten la radicalización de diferencias y morigeren la dispersión de la base propia de sustentabilidad política. Y de reconstrucción de una comunidad nacional, pero también regional.

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