El sueño de la razón produce monstruos

Carlos Pesce

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Ningún médico que haya visto un paciente alguna vez desconoce lo que son los fenómenos de negación. Tampoco debieran desconocer qué estructuras de nuestro cerebro tienen la responsabilidad de la toma de decisiones ante ciertas circunstancias extremas que pueden poner en peligro la subsistencia o la reproducción de la especie.

La racionalidad no siempre es la conductora de nuestros actos, tanto en situaciones normales como en las patológicas. ¿Por qué el ser humano come cuando no lo necesita? ¿Por qué el ser humano es pasible de padecer adicciones? ¿Por qué podemos sentir compulsión hacia ciertos actos que claramente reconocemos como dañinos, como el juego, o nos exponernos innecesariamente a situaciones de riesgo? ¿Por qué nos inclinamos a seducir, cuando sabemos que ese acto es inapropiado en función de nuestro estado de relación de pareja, estable y armónico? Yendo al meollo de la situación actual: ¿por qué decidimos juntarnos con otros, cuando está absolutamente claro que asumimos un riesgo para nosotros y para terceros?

Es cierto, podemos hablar de negación y proyección –el problema no existe o es de otros–, de los mecanismos de defensa del yo –como los denominó Freud–, que en estas circunstancias configuran una herramienta de intelectualización para justificar las conductas inadecuadas que se han tomado, volviéndolas menos cuestionables para nuestra conciencia más racional. La responsabilidad de este fenómeno parece estar en las estructuras cerebrales que toman el comando de las decisiones en condiciones de estrés.

Las estructuras evolutivamente más primitivas de nuestro cerebro se caracterizan por dos cosas: su miopía y su potencia. Uso la miopía como metáfora, porque los centros más primarios de nuestro cerebro responden a estímulos simples, basan su funcionamiento en la percepción de placer o el displacer: el placer de comer, el placer que da el sexo, el placer de vincularnos con otros seres humanos, el placer de reírnos o de disfrutar percepciones agradables para nuestros sentidos; o lo que genera la ausencia de todas estas sensaciones, percepciones desagradables que llevan a la búsqueda, por todos los medios y a cualquier costo, de estímulos en contrario que modifiquen el statu quo.

¿Pero qué contrarresta este fenómeno para que nuestro comportamiento no sea el del perro que percibe las feromonas de una hembra en celo? La racionalidad y el juicio, dos procesos que nos ponen en el tope de la escala zoológica. Esas dos estructuras que definen nuestro comportamiento viven en un estado de rivalidad permanente, para decirlo de una forma prosaica.

En situaciones extremas de privación del placer, el sistema más elemental, el más primitivo, toma las riendas de las decisiones, y suele ser poco selectivo, ya que tiene la potestad de intercambiar los recursos de obtención de placer en función de la disponibilidad, por ejemplo: no encuentro con quién tener relaciones sexuales, me compro un kilo de helado y me lo como; mi trabajo me genera estrés y mi jefe me maltrata, me tomo tres whiskies dobles al salir de la oficina y estoy mejor; estoy encerrado y no puedo juntarme con mis amigos, tomo una droga psicoactiva y me voy de viaje por ahí…

El ser humano es gregario por naturaleza: el estar en grupo o el desarrollo de actividades colectivas le generan placer, elevan sus niveles de serotonina y endorfinas. Es natural, ante circunstancias adversas, ante peligros inminentes, ante la necesidad de actuar en forma conjunta para matar un animal para comer. El comportamiento colectivo se vuelve un recurso elemental de supervivencia, de ahí surge que el control de esa necesidad lo manejen centros primitivos del cerebro, como ya hemos descrito.

¿Qué pasa cuando el ser humano debe aislarse para preservar su seguridad en circunstancias como las actuales, donde una pandemia causada por un virus muy contagioso demanda la falta de contacto entre los individuos para ser controlada y en ciertos casos para salvar la vida? Una contradicción fundamental se genera en nuestro cerebro, la racionalidad analiza el fenómeno y reafirma las medidas de aislamiento como acertadas, pero los centros primitivos la juzgan peligrosa y nociva, porque contradice sus principios de protección. La resultante, en los albores de esta contradicción interna, es que nos quedamos en casa y aceptamos el encierro, la pasamos mal, pero hay una razón para ello. Al persistir la necesidad de aislarse, pasadas las semanas comenzamos a desafiar a nuestra lógica y dudamos, comenzamos a preguntarnos si tiene sentido lo que venimos haciendo, y tratamos de recurrir a fuentes alternativas de placer para sentirnos mejor, algunas saludables y otras no tanto: hay personas que aprovechan para obtener placer en la realización de actividades que no tenían oportunidad de realizar en circunstancias normales y retoman la lectura, algún hobby, tocan algún instrumento musical, aprovechan para conversar en familia, pintan, escriben, ven series o películas, cocinan… otras personas podrán aumentar la ingesta de alimentos poco saludables, ricos en hidratos de carbono y grasas, tomarán más alcohol, fumarán o recurrirán a ansiolíticos u otros psicotrópicos para reemplazar el placer que el aislamiento les ha quitado. Tras meses de encierro, la racionalidad comienza a ser derrotada por las señales primitivas que la carencia de placer por la falta de contacto social provoca. Se instala un cuadro que algunos psiquiatras denominan craving social, que traducido al castellano podría ser algo así como ansia social. La palabra ansia implica varios conceptos, según la RAE: congoja, inquietud, agitación, violencia, angustia, aflicción, anhelo, repugnancia, aversión… ¡casi nada! Esa tormenta con que el sistema mesolímbico –ese reducto primitivo del cerebro al que nos hemos referido– ataca la racionalidad, la pone de rodillas y la silencia. Suelta el Homo neanderthalensis que todos tenemos dentro, y salimos al encuentro de nuestros semejantes con el tapabocas cubriendo nuestro prominente maxilar inferior, al grito de “mi libertad ha sido ultrajada”, “los infectólogos son analfabetos”, “los epidemiólogos son todos comunistas”, “el barbijo es cosa de timoratos y cobardes”, “todo esto es una conspiración organizada por China, Venezuela y Cuba para dominar el mundo” y “la COVID-19 es una gripezinha”.

No debemos creer que al sistema mesolímbico –y su vocero, el Homo neanderthalensis– se lo podrá detener con llamados a la reflexión, ni con expectativas sobre su resiliencia. Como aquel que padece un síndrome de abstinencia, al ser primitivo que llevamos dentro se lo debe controlar con medidas concretas, mensajes directos y enfáticos, esgrimiendo autoridad y poder.

Si queremos revertir la situación actual, de nada van a servir los llamados a recapacitar, o a tratar de que se entiendan los riesgos que las conductas “anticuarentena” provocan. Lo que se debe hacer es restringir, controlar y, eventualmente, reprender. Es muy difícil que una chica o un chico de cinco años asuma la responsabilidad acerca de si se debe vacunar o no. El ser primitivo que hoy sale al encuentro de sus semejantes decide sus conductas por los mismos mecanismos con que lo haría una criatura, y la única salida que queda es forzarlo a que acepte la vacuna.

Un panorama sombrío nos espera si no asumimos el costo político que implica seguir este camino. Debemos entender que el precio que pagaremos por no tomar esta decisión se mide en vidas humanas, y va a ser muy alto y doloroso.

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