El ruido y la furia

Teodoro Boot

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“La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él: es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada” (Macbeth).

 

El domingo 11 por la noche, cuando unos pocos obedientes ya se habían ido a dormir y la mayoría miraba para otro lado, Elisa Carrió se apropió del micrófono en Costa Salguero y, tras pavonearse en el escenario, pronunció un discurso lleno de ruido y de furia, a primera vista carente de significado. Hubo quien comparó la intervención de la señora Carrió con el exabrupto de un tío borracho que pide la palabra en una fiesta de casamiento. Y, en efecto, pareció –una vez más pareció– la arenga de un idiota. El curso de las horas demostraría que no era así. O, en todo caso, que, de serlo, esa mema no estaba sola. Ni era una loca suelta.

A la señora Carrió le encanta hacerse la loca. No lo es. O, una vez más, si lo es, no está suelta. Por sí, o por boca de ganso, en medio del desasosiego de un malcriado y la confusión de los propios, la señora Carrió indicó lo que de ahí en más sería la estrategia gubernamental, corroborada por la conferencia de prensa del lunes: ruido y furia. Y como no podía ser de otro modo, negocios.

 

El grupo de negocios

En ningún momento de estos últimos tres años el grupo dirigente dio puntada sin nudo, ni dejó de hacer negocios aun en medio de una crisis que, si tan sólo por falta de liquidez no podrá llegar a índices de inflación comprables a los del 1989, no por eso sus perjuicios económicos y sociales serían menos graves.

Tampoco el presidente y los integrantes de su grupo de negocios están locos, ni se vengan del pueblo, ni otros barruntos que más de algún sorprendido pudo vislumbrar. Es que, verdaderamente, provoca estupor tanto desprecio por la vida y la suerte ajenas, y no faltará el psiquiatra que se muestre propenso a la medicación o aun la internación, pero si el grupo gobernante está integrado por psicópatas o algo parecido, funciona muy eficientemente, por lo menos en lo referido a sus propios beneficios. De manera que cualquier análisis sobre la conducta gubernamental debería prescindir de los diagnósticos psíquicos, por más razonables y acertados que sean, y tratar de estar atentos a los dos caballos que viene montando el grupo dirigente, y que en estos momentos amenazan con salir disparando cada cual para su lado: el de la política y el de los negocios.

Aunque siempre conviene recordar que para este grupo los negocios son el propósito, el fin, y la política el medio, el recurso para apropiarse del Estado y realizarlos mejor, debe advertirse que la política supone una cierta representación social y, para ser exitosa, es de algún modo expresión de una identidad cultural. Dicho mal y pronto, con el enriquecimiento de los cómplices y el soborno de los tránsfugas no alcanza: para gobernar, además de hacer negocios, el grupo de negocios debe cuidar de los intereses de su clase social y a la vez expresar un entramado político-cultural más amplio que la mera solidaridad de clase y el reparto de dividendos.

 

De Rivadavia a Dujovne

Existe un complejo, contradictorio y en gran medida siniestro entramado político-cultural desde las cruciales elecciones de 2003 en las que, como en la actualidad, la sociedad se vio brutalmente obligada a optar entre dos rumbos de naturaleza antagónica: se manifestó a favor de las candidaturas presidenciales de Carlos Menem (24%) y López Murphy (16%), aunque pudo en parte haberse inclinado por Elisa Carrió (14%) y también hasta de Adolfo Rodríguez Saá (14%), que llevaba de compañero de fórmula al radical ex frondicista Melchor Posse. El propio Néstor Kirchner (22,24), más allá de su obra posterior, aparecía en ese momento impulsado por quien había sido vicepresidente de Carlos Menem y corresponsable de la entrega del patrimonio nacional, y llevaba como compañero de fórmula a una creación arquetípica del menemismo. No se trata de números ni de cálculos matemáticos, pero sí debemos reconocer que existe un muy significativo sector de la sociedad que adhiere con mucha convicción a un decálogo antinacional y autodenigratorio, cuyo primer punto sería lamentar la derrota de los invasores ingleses en 1806 y 1807. Por lo pronto y sin sombra de duda, en 2003 –luego del derrumbe del modelo económico de Menem- Cavallo-De la Rúa– el 41% se manifestó decididamente por la profundización de ese modelo fracasado. Es, aproximadamente, el mismo porcentaje que en las recientes PASO se inclinó por la continuidad –por cuatro y hasta treinta años más– del modelo de endeudamiento, desindustralización y saqueo inaugurado en 2015: Mauricio Macri, 32%, y su profundización el 2,2% de José Espert y el 2,6% del recalcitrante Gómez Centurión. Alcanzaron en conjunto el 37%, porcentaje al que podría sumársele parte del voto de un Lavagna alucinado por la eliminación de los derechos del trabajador como prerrequisito del crecimiento económico.

Ese entramado político-cultural es la cobertura de un núcleo antinacional, de una oligarquía implicada como nunca antes en medrar a expensas del país que, sin olvidar la cooptación de funcionarios, por lo general pudo apropiarse del Estado mediante golpes militares. La primera excepción a esta regla fue Carlos Menem, de quien Mauricio Macri es una vuelta de tuerca. A diferencia de Menem, que durante una década consiguió expresar a gran parte de este sector desde un peronismo tránsfuga y desnaturalizado, la novedad de Cambiemos –la alianza entre el grupo de negocios y la estructura política territorial de lo que queda del alvearismo– fue hacerlo desde el más puro y brutal neoliberalismo. Ese torpe, ignorante, arrogante y disfuncional malcriado fue el líder, la figura aglutinante de ese entramado político-cultural. Parafraseando a Vicente Fidel López, si Menem fue el Graco de la clientela cultural de la oligarquía financiera, Macri fue su César. El 11 de agosto, mientras Elisa Carrió se pavoneaba en el escenario y trazaba la estrategia gubernamental, ese César empezaba a derrumbarse política y anímicamente.

 

Entre la nada y la imposibilidad

La diferencia de “tono” entre la conferencia de prensa del día lunes y el teleprompter del miércoles revela los crujidos existentes al interior de la alianza gobernante, y el intento del sector más implicado en una construcción política de encontrar una salida del brete al que lo condujo la irresponsabilidad del grupo de negocios y el empecinamiento de Elisa Carrió, Patricia Bullrich y otros representantes de intereses geopolíticos extranacionales. La trivialidad del discurso, la puerilidad de las excusas –al “tenía sueño” sólo le faltó añadir que no había tomado la leche–, la incongruencia de las “medidas” –una vez más, prescindiendo de una más razonable redistribución de los ingresos, sostenidas por las espaldas de un Estado cada vez más endeudado y hecho polvo– y las marchas y contramarchas alrededor de un paliativo circunstancial y engañoso –como el congelamiento del precio de los combustibles–, revelan incomprensión e imposibilidad: la alianza gobernante no comprende el nivel de colapso de su “modelo” y no acierta ni siquiera a encontrar una cataplasma que alivie al menos en parte y circunstancialmente los daños provocados por el estallido del modelo.

Quienes creíamos que, con la debacle post-Malvinas, la estampida radical de 1989, el derrumbe del 2000 y los presidentes a repetición de 2001, ya teníamos para diez vidas, nos encontramos ahora con un gobierno que se hunde en la nada y una oposición imposibilitada de tomar el manejo de los asuntos públicos: las elecciones presidenciales todavía no tuvieron lugar. Alberto Fernández no es un presidente electo –como lo era Carlos Menem en 1989– sino sólo el candidato con mayores posibilidades de resultar electo dentro de dos meses, que asumiría la presidencia dentro de cuatro. Y en medio de la debacle y el desconcierto, es Carrió quien sigue indicando la estrategia: ruido, furia y confrontación. No importa si es en base al disparate. La mano rectora que guía a Carrió irá alineando a los vacilantes y confundidos, y pondrá orden entre las filas de los hoy aterrados lenguaraces. Se trata de ganar tiempo, consolidar negocios, condicionar al futuro presidente y desarmar todavía más las posibilidades argentinas mediante el vaciamiento, la profundización de la desigualdad y el aumento de las urgencias y las necesidades populares. Hay algo más que una elección en juego.

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