El peronismo que vuelve

Sergio De Piero

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Votar, votar

Ya estamos en elecciones. Digo, la maquinaria del proceso electoral ya empezó a moverse articulando el primer eslabón de las precandidaturas para devenir en las definitivas, las internas, las PASO, las elecciones mismas, los resultados. Para el peronismo significa la posibilidad de volver –luego de una derrota que parecía imposible, a tal punto que muchos la viven como si no hubiera existido– y que estos cuatro años serán solo un interregno un poco inexplicable. A volver, a volver, vamos a volver. Y algo de razonable tiene ese análisis. Cristina Fernández se despidió aquel 9 de diciembre ante una plaza repleta y a la vez atónita aun, porque no podía creer lo que iba a suceder allí mismo al día siguiente. Por eso ahora se trata simplemente de volver para retomar la senda que los votos interrumpieron en 2015. Pero aquí surge el primer aspecto. Ya lo dijo Heráclito: nadie asume dos veces en la misma Casa Rosada. Es muy difícil volver hacia algo que, o bien no existe, o bien se ha transformado. Y decididamente no se puede hacer lo mismo donde las circunstancias son otras, los actores han cambiado –algunos tendrán más poder, otros menos–, hay nuevas demandas, un marco internacional distinto y un clima sobre las posibilidades de transformación política –no lo neguemos– deprimido. El giro a la izquierda en la región ha sufrido un golpe –la palabra no es azarosa– tras otro: desde Fernando Lugo hasta la incertidumbre de Venezuela. Sin que esta observación omita los errores propios de cada uno de esos gobiernos –y que en algunos casos fueron errores claves–, el modo en que se puso fin a ese ciclo estuvo plagado de irregularidades, de trasgresión de normas, que contó con el apoyo invalorable de los medios de comunicación y sectores del Poder Judicial. No hay un caso –hablamos de Paraguay, Brasil, Argentina, Ecuador– donde la anormalidad no haya sido una regla para garantizar esta “transición”: el juego brusco de instituciones, como se lo ha caracterizado. En Venezuela esa anormalidad podría alcanzar niveles peligrosos –intromisión militar externa.

Tenemos entonces un contexto regional adverso, y por ahora con pocos visos de cambio en el corto plazo. Por otra parte, una crisis económica ya instalada que, cual bomba de tiempo, posee un impreciso reloj manipulado por los números de pago de la deuda tomada por el actual gobierno, más un economía en retroceso incesante. En términos de economía el macrismo es de una pobreza interminable, de proyectos, de resultados, de expectativas. Se corre con una leve ventaja: muy difícil llevar adelante un gobierno peor que el actual.

Si los números electorales le son favorables, el peronismo volverá a ocupar la presidencia de un país distinto al que dejó en 2015, pero también del que recibió en 2003. De allí que la revisión respecto a qué hacer en un posible nuevo mandato requiera de reflexión y creatividad. Como dijera Simón Rodríguez: “o inventamos o erramos”.

 

Antes de pensar la victoria, recordar la derrota

Para quienes crean en la magia de los números, les dejo esta secuencia: el peronismo pierde una elección presidencial cada 16 años: 1983, 1999, 2015. Por ahora, un triángulo equilátero que se pondrá en juego este año. He intentado encontrar otras correlaciones y no he tenido mucha suerte. Van algunos datos:

 

Variable 1983 1999 2015
Candidato elegido por internas competitivas No No No
Consagración de la fórmula 1 mes y 21 días 6 meses 1 mes y 52 días[1] o 4 meses
Cantidad de provincias ganadas 8 4 15
Gobernadores que eligieron el mismo día que el presidente 22 6 7
Cantidad de gobernaciones ganadas en ese año 12 13 13
Votos obtenidos (en %) 40,16 38,27 37,08[2]
Expectativas de triunfo (encuestas, “clima interno”) Altas Bajas Altas
Gobierno previo Dictadura Peronismo Peronismo
Candidato: continuidad o ruptura Continuidad Ruptura Continuidad parcial

 

La conclusión primaria es que se puede perder una elección presidencial con movilidad en distintas variables. En 2015 se conjugaron varias dimensiones: el kirchnerismo conducía la coalición política que buscaba la reelección pero su candidato provenía de otro espacio; esa intersección por momentos se transparentó en la campaña emitiendo señales confusas. Se perdió por poco, por muy poco, y tal vez eso no permitió una lectura más profunda de la derrota, en particular porque significó el retorno del más crudo neoliberalismo a la presidencia, con los costos que eso significó para tantas mujeres y hombres. Algunos creen que el problema fue el candidato, que debió ser uno que representara más claramente la continuidad; otros, que Cristina Fernández debió tener un perfil mucho más bajo durante la campaña; en algunos análisis se puso el énfasis en el malestar económico de los últimos dos años (caída de salarios, “cepo”, caída de la actividad económica, etcétera) y no que la formula o el tono de la campaña fueran el elemento decisorio de la derrota. En cualquier caso, que hayamos omitido la realización de ese diagnóstico no debe impedir recordar hoy algunas de esas variables –descartando la premisa “la gente votó lo que los medios le dijeron”– y por sobre todo tener presente que la última elección se perdió, ajustadamente, por alguno o por varios motivos que aquí mencioné.

 

Sobre volver

Eso implica manejar las expectativas, propias y no propias –esto es: del votante incondicional y del vacilante–, de lo realizable, de lo que puede venir. El peronismo ha vuelto ya otras veces, algunas otras no pudo volver –como en 1983– y otras no lo dejaron, como en la etapa de la proscripción (entre 1955 y 1973). Pensemos en las tres veces que volvió:[3] 1973, 1989 y 2002-2003. Cada etapa estuvo cargada de altísimas demandas políticas de distinto tipo.

Repasemos. En 1973 el retorno de Perón penduló entre dos expectativas: la restauración del primer peronismo y la construcción del socialismo nacional. Por las circunstancias, los actores, sus errores o su edad, le fue imposible generar una u otra opción. Pero no renunció a innovar en aquella agenda compleja –introdujo el tema del medio ambiente en la agenda de gobierno, por ejemplo, y llamó la atención sobre el contexto regional signado por dictaduras. En cualquier caso, no era lo que se esperaba: no resultó de su ansiado retorno aquello que el peronismo anhelaba –y que el resto de la sociedad pedía: que Perón resolviera todo el conflicto político.

En 1989, con Carlos Menem, el peronismo otra vez volvió. La demanda no era muy difícil de interpretar, conviviendo con una hiperinflación histórica. El peronismo volvió y a pesar de la revolución productiva y el salariazo prometido, Menem llevó adelante una política inesperada. La derecha quedó impactada y seducida por un hombre al que poco menos que despreciaban y, por el contrario, el campo popular quedó atónito al comprobar que sus votos servían para derrotar la inflación, pero también para implementar privatizaciones y reformas liberales.

En medio de otra grave crisis, el peronismo regresó otra vez: primero en 2002, y seguidamente en 2003. Duhalde era una transición, desde el primer día. De Néstor Kirchner pensaron que también lo era. Dijeron que era una marioneta de Duhalde, que no podría gobernar más de un año. Muchos sectores del peronismo no lo acompañaron en las elecciones presidenciales, eligiendo a Menem, a Rodríguez Saá o incluso a Carrió. Y Kirchner empezó a sorprender, esta vez para bien, al campo popular. No era lo que se creía que iba a suceder, pero sucedió.

Tres retornos, todos en situaciones críticas: momentos en que la sociedad en términos generales demandaba una conducción política capaz de salir de esas crisis. Las tres fueron lo suficientemente graves como para que se aceptaran cambios profundos. La incertidumbre abre las puertas a la creación política, a redefinir alianzas, replantear escenarios y hacer que se realice aquello que parecía imposible. Una gestión exitosa debe necesariamente abrir nuevos significados, descubrir nuevas agendas e implementar políticas que impliquen algo inesperado. El electorado también parece ávido de eso. Garantizar algunas rutinas, mientras se proyectan nuevos horizontes.

 

Luche y vuelve… ¿quién?

El gigante invertebrado ha disputado varias batallas intestinas respecto de su identidad. Hemos presenciado –y sufrido– distintas instancias de esa lucha. Primera observación: nunca ha sido definitiva la victoria de una de las identidades peronistas sobre el resto. Son varias las vertientes que lo habitan: estatismo, reformismo, conservadurismo popular, basismo, laborismo, progresismo, liberalismo y revolucionarios. En diferentes momentos lo tuvo todo, y espacios a veces pequeños sobreviven en algunas de sus estructuras y territorios, y también los actores que lo componen: líderes territoriales (gobernadores, intendentes, legisladores), sindicalistas, dirigentes sociales o territoriales, intelectuales, militantes activos y adherentes. Todos ellos a la vez inscriptos en algunas de las vertientes antes mencionadas.

De todo ese cúmulo, ¿cuáles están estructurados para plantear “volver”? Una breve introducción: cada etapa del peronismo en el gobierno significó una reconfiguración de actores políticos relevantes al interior del espacio, esto es, cómo se constituía la conducción y el espacio de poder. Pincelada gruesa: el primer peronismo se articuló en torno del General con la rama política, la sindical y la femenina. A su regreso, Perón incorporó a la juventud. Con el retorno de la democracia, el peronismo comenzó a reconstituirse ya sin su fundador, y “ortodoxos versus renovadores” resumían buena parte de la pelea por el poder, con un actor que comenzaba a consolidarse: los gobernadores –en particular luego del congreso de La Pampa, cuando separan la elección nacional de la provincial en la interna– y, desde luego, el sindicalismo. El menemismo significó una etapa nueva de la mano de las reformas de mercado que hizo del sindicalismo como movimiento un espacio menor: el poder se concentró en el presidente y su entorno, y “la liga de gobernadores” como el principal espacio de negociación interna. Si el kirchnerismo mantuvo la centralidad del liderazgo –factor en el que mucho incide el diseño presidencialista–, licuó la liga de gobernadores en negociaciones fragmentadas y dio espacios de poder a sectores sindicales, movimientos sociales y a diversas agrupaciones políticas.

Pero claro, las derrotas electorales también se cargan a esas distribuciones de poder. Para quienes mantienen espacios institucionales de poder, gobernadores e intendentes, esa descomposición es mucho menor. La pregunta respecto a quiénes están en condiciones políticas de volver tiene mucho que ver con esta distribución del poder que ordena al partido –o lo desordena.

Para la provincia de Buenos Aires hay un dato significativo: por primera vez, desde 1983, no hay una conducción clara del distrito. Eso generó cierta novedad: también por vez primera los intendentes están en condiciones de nominar un par para la candidatura a la gobernación. Me parece un dato y un proceso de gran importancia dado que –en particular los intendentes de los distritos del conurbano– han articulado políticamente ya desde 2017 en diversas acciones, por ejemplo al enfrentar los tarifazos. Nominarán o no al candidato o candidata, pero está claro que son un factor de poder, en un nivel que no lo habían sido en otro momento –dado justamente por la disputa por la conducción.[4] Si fuera el primer caso, se abre la posibilidad a una organización novedosa del peronismo bonaerense (¿podrá parecerse al resto de los peronismos provinciales?).

Un conjunto de gobernadores y senadores se ha denominado “peronismo federal”. El sufijo decimonónico quiere combinar esa tradición con la emergencia del peronismo: de los caudillos federales a Perón. De las provincias a la Nación. Ya la había utilizado Eduardo Duhalde cuando en los tempranos 90 formó la Liga Federal, aunque fuese una construcción centralmente bonaerense. No sé si existe un programa definido, pero este peronismo presenta algunas líneas cuya expresión política ya conocida fue justamente la presidencia del exgobernador de la provincia de Buenos Aires en 2002 y 2003. Allí quedó trunco un proyecto de la versión conservadora popular del peronismo: no romper excesivamente acuerdos con el establishment, pero atender la cuestión social, mantener una buena relación con los sindicatos, privilegiar a las instituciones tradicionales como interlocutoras con la sociedad civil, cierto dirigismo económico, pero que suele moderarse en ciertos contextos. Duhalde buscó construir eso en medio de una crisis feroz, pero no pudo. O quizás no había margen –fruto de la propia crisis– para ese proyecto: el peronismo federal de algunos gobernadores, la mentada candidatura de Lavagna, el espacio que fue reacio a acordar electoralmente con el kirchnerismo durante los doce años –aunque sí hubo instancias de consenso. Un peronismo que sí fue exitoso en modelos provinciales no logró construir un modelo a escala nacional. Ante esa posibilidad, en algún momento hubo quienes percibieron el nacimiento de un “moyanismo social”, un sector medio consolidado cuyas demandas se parecían más a la búsqueda de estabilidad que a la conquista de nuevos derechos. El macrismo se encargó de borrar esa ilusión.

Por ello es importante observar que el salto de gobernador a presidente no es en el modo que curiosamente suele plantearse. No llega a presidente alguien planteando trasladar el “modelo (escriba aquí la provincia que usted quiera)” a la nación toda. Los dos gobernadores que llegaron a la presidencia desde 1983 no lo hicieron para implantar el modelo riojano o el santacruceño. El factor que los vinculaba, en todo caso, era el de pertenecer a provincias periféricas en casi todos los sentidos. Lo que hicieron fue llegar desde lejos para instalarse en el centro. No parece –al menos hoy– que el modelo del peronismo federal sea el espacio capaz de incrementar adhesiones: entre su moderación hacia Macri y su excesiva preocupación por sus adversarios internos lo contienen en la posibilidad de expandirse como propuesta ganadora.

El otro espacio para una candidatura nacional es el kirchnerismo, con Cristina Fernández como su referente central. La homogeneidad y persistencia que logró luego de la salida del poder es notable. El espacio tuvo muy pocas fracturas y la adhesión con la que cuenta sigue siendo muy importante. Comparaciones odiosas: el kirchnerismo no es la ortodoxia peronista de 1983-1985, ese era un espacio con sólo derrotas electorales a cuestas y Lorenzo Miguel no parecía ser un líder con proyección electoral. Suelen repetir –en ocasiones con más deseos que análisis– que Cristina Fernández tiene un techo electoral. Si bien ese fue un dato confirmado en la elección de senadores en 2017, tiendo a creer en todo caso que lo que puede encontrar menos adhesiones es la idea de la simple reiteración: el “a volver, vamos a volver” imaginado como simple réplica de lo ya acontecido. No sé si el conjunto de ese espacio está pensando eso, pero es quizás lo que imaginan quienes lo votaron en 2011 y se resisten a hacerlo ahora. La cuestión parece radicar, para quienes sostienen la candidatura de Cristina, en cómo combinar su retorno con aires de cambio que seduzcan a ese electorado hoy esquivo.

Con todo, su desempeño electoral en 2017 no fue desastroso. Con cierta identidad kirchnerista incluso ganaron en algunas provincias –los peronismos amistosos con Cambiemos no pueden decir lo mismo. En esos resultados operó también otra variable que entiendo fundamental para explicar victorias pasadas y animarse a pensar en futuras: en muchos distritos, provincias o municipios, el kirchnerismo maridó con los peronismos locales, y viceversa. Pensemos en Chaco, Catamarca, Tucumán, Entre Ríos, Mendoza, Formosa, Buenos Aires o San Juan. La emergencia del kirchnerismo no se produjo en el vacío. Había allí peronismos exitosos desde 1983. La aparición de Néstor Kirchner y luego de Cristina Fernández significaron sin duda diversas tensiones y cruces, pero fue posible cierta convivencia que en definitiva permitiera al peronismo seguir siendo una fuerza ganadora o relevante. El proyecto refundacional del kirchnerismo expresado en 2005 trocó luego hacia esa instancia mucho más negociadora que implicó integraciones diversas, también en el perfil de las políticas y la relación Nación-provincias.

Es decir: por una parte, no existe el kirchnerismo como fuerza nacional con arraigo territorial, sino un conjunto de alianzas con diversos sectores, que en algunos casos deberá reconstruirse. De allí, no todo tiene que ser la realidad de Córdoba y en parte la de Santa Fe –donde el “peronismo provincial” y el kirchnerismo viven un divorcio irreparable. Es posible amalgamar dos tradiciones, o más aún: puede resultar la mejor experiencia en términos electorales, y diría también en cuanto a gestión de gobierno.

Por otra parte, se escucha en estos días la frase “Cristina debe dar un paso al costado”, bajo el supuesto de que no podría ganarle la elección a Mauricio Macri, en particular en un balotaje. El argumento puede tener elementos razonables pensados como estrategia electoral. Menos convincente es creer que un proceso político se resuelve en base a una mera voluntad pasiva de algunos y la renuncia sin más trámite de otros. No funciona así. Es hasta un poco infantil creer que un actor –una actora en este caso– de la política de la envergadura de una ex presidenta simplemente se correrá de la escena política –de hecho, no recuerdo un solo antecedente en la política local– y automáticamente le transferirá los votos a ese que hoy no puede ganar porque está Cristina. En verdad suena bastante disparatado. Si Cristina no debe ser la candidata, se resuelve políticamente: o se la vence en una elección –como lo hizo Cafiero ante la ortodoxia, o luego Menem con aquél– o se realiza una demostración de poder y un frente que lleve a consagrar la candidatura presidencial en otra persona –como sucedió con Duhalde frente a Menem. Claro, Cristina Fernández debería dar un paso al costado en esa situación, pero producto de una acción política que a la vez genere un nuevo candidato, y no que la renuncia misma habilite otra posibilidad, en principio desconocida. Incluso no es disparatado pensar que la ex presidenta pueda ser un factor clave en un acuerdo de este tipo.

En resumen: no parece existir una demanda por el regreso de un peronismo moderado, conservador, demasiado cercano al establishment: digamos, un macrismo con sensibilidad. O se está a favor de Cambiemos o se quiere otra cosa. Aunque es cierto que el peronismo federal quiere sumar una vocación más popular, con todo, las encuestas no parecen señalar preferencias masivas hacia ese lado. Pero tampoco el escenario es un reclamo por un retorno automático e idéntico a los “doce años”. Cristina Fernández es quien mayor intención de voto reúne en la oposición, y sin embargo no podríamos estar seguros de que flote en el aire un espíritu a favor de que todo vuelva a ser como era. Claro, no es fácil distinguir en qué consiste aquello que esa porción de la ciudadanía quiere que retorne y qué no. De la experiencia política del kirchnerismo, ¿le aceptan un retorno pero lo acusan de corrupción? ¿Siguen los resquemores por las formas en la comunicación? ¿Disienten con la intervención estatal en la economía? ¿Con su política social? Para esos y esas votantes –no estoy hablando del “núcleo macrista duro”, sino de ese aparente 30% que se encuentra indeciso–, ¿qué es lo que no debería volver y qué si? Por lo que escuchamos hoy, parece que la expectativa no es por todo, pero claramente tampoco por nada. Entonces, ¿cómo se resuelve?

 

Éramos irracionales

Cada campaña electoral despierta la discusión sobre el clima necesario y exitoso en la relación candidatos-votantes: quién encuentra el punto exacto para conectar con el clima de época, con las principales demandas de las mayorías sociales, o su espíritu. Nicolás Tereschuk publicó una interesante nota en Página 12[5] llamando la atención respecto a un “exceso de verdad” por parte de las fuerzas populares en su discurso político: un lenguaje cargado de racionalidad en las argumentaciones, en particular frente al discurso que ha desplegado el macrismo desde la campaña electoral de 2015, el cual parece “inmune a los datos”. Macri nunca da cifras. No da pocas, sino que jamás da datos para sostener sus políticas públicas –claro, esos números son hoy desastrosos. Mientras que el apoyo de las cifras suele estar presente en todo discurso peronista. Quizás ese recurso para la oposición haya alcanzado rindes decrecientes.

Por otra parte, el Observatorio Crítico de la Opinión Pública[6] ha presentado una hipótesis a la que no dudo en adherir: el macrismo creció y triunfó electoralmente politizando la antipolítica. Todos los rechazos, prejuicios e indignaciones sobre la política se tradujeron en un apoyo hacia Mauricio Macri que acabó otorgándole la Presidencia de la Nación. Ese proceso explica muchos componentes del voto a Cambiemos y echa luz sobre lo que a primera vista parece contradictorio entre ciertas demandas y el voto emitido. En ese sentido, el ascenso de esta fuerza política ha implicado cierta ruptura en prácticas de la cultura política local. Parte del triunfo del macrismo se explica por ser “lo nuevo”, con la enorme imprecisión de esa definición, pero con cierta eficacia en términos electorales, la cual se pondrá a prueba este año luego de una gestión completa al frente del Estado Nacional.

Esta cuestión no deja de despertar una paradoja: desde su mismo nacimiento, el peronismo fue calificado como irracional. Ese sería su componente fundamental como “populismo”. Gino Germani desarrolló en profundad esa idea vinculada a la tensión tradición-modernidad, donde el peronismo quedaba del lado del primer concepto y nos impedía acceder al segundo: movimiento, populismo, líder y masas versus república, liberalismo, instituciones e individuo. Al expresar ese primer conglomerado el peronismo no hacía otra cosa que profundizar la sociedad tradicional a través de sus prácticas que nos alejaban de lo propiamente moderno, es decir: la razón. El mérito comunicacional del macrismo es haber roto parte de esa hipótesis y, con sus limitaciones, apropiarse de prácticas más comunes al peronismo respecto de dimensiones afectivas e incluso sentimentales. Pero, y aquí lo interesante de la estrategia, cuando Macri habla con sus pares, los empresarios, es sumamente claro y nada sentimental en lo que quiere transmitir, como aquella vez en 2016 cuando les dijo “ya no va a ser necesario escondernos del Estado”, en épocas de anuncio del blanqueo fiscal. El lenguaje siempre fue dosificado y selectivo. Esos ropajes lo llevaron a la victoria de 2015, ajustada, pero victoria al fin, de la mano de esa herramienta electoral que le fue imprescindible para lograrla: el balotaje. Que nos quede claro el objetivo de ese instrumento en el contexto argentino. Si ese discurso les funcionó en 2015 y en 2017, ¿por qué no repetirlo? De modo que el lenguaje de la campaña oficialista no tendrá novedades en ese sentido. La intervención del Poder Judicial y comunicacional, tampoco.

 

El camino a octubre

Ahora bien, de cara a la elección, ¿en qué términos debe redefinir el peronismo su lenguaje político, sus modos de comunicarse con la sociedad? Con cierta irreverencia, me atrevería a decir que el peronismo es invertebrado porque no se construye en una sola columna. Despierta pasiones, interés o mera atracción en distintas culturas políticas que lo precedieron, pero también en aquellas que lo posdataron. Los conservadores se sintieron llamados por una idea de orden. Los trabajadores, pero también los excluidos, convocados por esa conjunción que ningún otro espacio político se atrevió a pronunciar: la justicia social. Los nuevos movimientos sociales por la idea de derechos y de reconocimiento como actores. Muchos empresarios porque, al fin y al cabo, con el peronismo hay a quién venderle.

De allí que, aun con la conducción política garantizada, su esencia sigue siendo invertebrada, porque su base social es así de ecléctica y probablemente le pida todo lo que mencionamos y al mismo tiempo. Pero es justamente esa conducción política la que puede –ya otras veces pudo– ordenar ese magma y ser capaz de realizar muchos movimientos, algunos inesperados. Si el peronismo gana las elección, para poder triunfar en el gobierno debe pensar cuáles innovaciones le propondrá a la sociedad, y qué será esta vez lo inesperado pero anhelado para los sectores populares.

Entonces, además de elegir a los y las mejores candidatos y candidatas para esta instancia, es preciso encontrar cuáles palabras y gestos simbolizan lo buscado. El macrismo implantó en 2015 la idea de cambio: “quería cambiar”, han repetido los votantes, sin explicitar mucho más lo que deseaban. ¿Cuál idea, cuál símbolo puede expresar esta época que movilice a los y las votantes?

Sabemos que esas palabras y esos gestos no pueden ser los mismos que ya presentó, porque si el peronismo llega al poder no lo debe hacer para repetir. No es una cinta de video que solo nos pide digitar el play. Pero, ¡cuidado! Tampoco se trata de buscar al mejor consultor de imagen y comunicación. Detrás de esas palabras y esos símbolos a portar debe existir un partido, o al menos un espacio político, con cierto orden y encolumnado detrás de esa candidatura, sea la que sea. El peronismo no es el PRO que puede prescindir de la opinión de los actores internos, basándose casi exclusivamente en la figura mediática. En el peronismo existe una historia demasiado rica, y militancia y actores variados, como para no tenerlos en cuenta en una campaña electoral.

Hay un nuevo país y un nuevo contexto, como mencioné al principio. Por sobre todo porque a las sociedades no les interesa demasiado repetir. Aman algunos rituales, pero desean con ansias procesos nuevos que, eso sí, puedan garantizar los más profundos anhelos que cada tiempo demanda.

[1] Un mes y 52 días antes de las PASO, cuatro meses antes de las generales.

[2] 48,60% en el balotaje.

[3] Los otros dos que volvieron pero no peronistas fueron Julio Argentino Roca en 1898 e Hipólito Yrigoyen en 1928. Roca en particular tuvo políticas en su regreso que lo distinguieron de su primera presidencia. Pensemos en el encargo a Bialet Massé del Informe sobre la Clase Obrera en Argentina.

[4] Desde 1983 a la fecha, solo Eduardo Duhalde fue intendente antes de ser gobernador. Pero, previo a su llegada al sillón de Rocha, primero se convirtió en vicepresidente de la Nación.

[5] www.pagina12.com.ar/171144-es-un-sentimiento.

[6] https://twitter.com/CccOcop.

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