El peronismo, la unidad y la calle

Juan Pedro Denaday

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Decíamos en textos anteriores publicados en Movimiento que en ocasiones se ha perdido de vista que históricamente el antiperonismo también mantuvo un estado de fuerte presencia callejera, sostenido fundamentalmente en la movilización de las clases medias y altas. En la actualidad se advierte entre ellos el crecimiento de pequeños grupos radicalizados del extremismo liberal y conservador, en tándem con el delirio de los llamados anticuarentena. Si bien se trata de minorías provistas de unos discursos que provocan una sensación combinada de espanto e hilaridad, no parece prudente a esta altura tomarlos sólo en broma. Aun cuando estos sectores son claramente minoritarios frente a una mayoría de la sociedad civil que con seguridad reaccionaría con fuerza ante una intentona autoritaria, tampoco puede naturalizarse la instalación en la escena pública de discursos que, en los hechos, convocan a rebelarse contra el Estado de Derecho. El permanente cuestionamiento a la legalidad y la legitimidad de las autoridades políticas nos puede conducir a un terreno espinoso, en el que, en lugar de una sana dialéctica entre la calle y el palacio, la primera termine anteponiéndose al segundo.

La posibilidad de un desmadre depende a mi juicio de tres factores relativamente independientes, pero que podrían potenciarse en la combinación de sus efectos. El primero de ellos está asociado a los equilibrios económicos y sociales, el segundo a la conducta de las y los líderes de la oposición política, y el tercero a la de las y los máximos dirigentes del peronismo. La cuestión económica y social está muy influida por el contexto de la pandemia y, en tal sentido, presenta dificultades de difícil resolución. La creciente liberalización de la circulación de las personas tiene efectos negativos en la salud pública, ya visibles hasta para los imprudentes y los necios. Pero no menos cierto es que, arribados a este momento, tampoco puede adoptarse un criterio unilateral. Resulta complicado restringir cierto nivel de actividad económica, porque el deterioro social podría combinarse con los problemas sanitarios en una espiral cada vez más enmarañada. Asimismo, la creciente emisión monetaria resulta insoslayable por la caída de la recaudación y la necesidad de cobertura social, pero sus efectos económicos de mediano plazo se harán sentir, especialmente en una posible potenciación del crónico fenómeno inflacionario. Más halagüeño puede resultar el acuerdo con los bonistas a fines de contar con una financiación externa, mientras se procura reactivar algunas zonas de la actividad económica, tanto para el ingreso de dólares como para morigerar el creciente desempleo.

En lo que hace a la dirigencia opositora, como ya lo hemos señalado, se advierte un clivaje entre aquellos que se ubican en posiciones racionales y un sector irresponsablemente radicalizado. La paradoja de ciertos autodenominados “republicanos” es que su actitud conduce a un juego imposible, porque si sólo hay república cuando ellos ganan las elecciones o cuando se impone su agenda, ¿qué legitimidad democrática tiene entonces el adversario político? Esta línea, de actitud netamente destructiva, se encuentra en alianza objetiva con sectores del poder económico, mediático y judicial, y su propósito es deslegitimar a la representación política misma. Estos discursos empalman fácilmente con algunos prejuicios largamente instalados en sectores de la población, fundamentalmente por desconocimiento: la idea de que el poder radica sólo en los políticos que circunstancialmente gobiernan. Por supuesto, los representantes también deberían esforzarse en su labor para colaborar a un mejoramiento de la imagen pública de la actividad política. Pero resulta muy notorio que el sistemático ataque que desde ciertos medios de prensa se realiza contra las y los dirigentes del peronismo político y sindical no es ninguna casualidad. Se trata de una forma que el poder económico concentrado tiene de deslegitimar a aquellos representantes políticos que lo obligan a entrar en un capitalismo negociado. Ello choca con la agenda del gran capital a nivel internacional, que se propone el debilitamiento de las capacidades estatales y de los derechos sociales y laborales. Si se subordinan a esos factores de poder, las y los políticos opositores dejarán, en los hechos, de ser políticos, para devenir en meros voceros de aquellos intereses.

El tercer factor del que depende que pueda lograrse cierta estabilidad política para darle un cauce institucional a la extraordinaria situación que nos toca vivir es la unidad de las y los máximos dirigentes peronistas. Que se produzcan ciertas pujas de poder entre los cuadros medios o entre las agrupaciones militantes no es para alarmarse, porque, hasta cierto punto, es constitutivo del juego político. El peronismo siempre fue un movimiento múltiple y contradictorio que encontró en ello tanto la fuente de conflictos intestinos como de sucesivas regeneraciones adaptativas. Pero una posible división que lleve a una disputa abierta entre Alberto Fernández, Cristina Kirchner y Sergio Massa sería totalmente inconveniente. La unidad de estos tres dirigentes es fundamental para que el peronismo pueda hacer frente a la crisis y a los embates crecientes de una oposición cebada. Esa convivencia en la diferencia puede ser fructífera, en tanto permite un equilibrio entre las posiciones que Perón denominaba “apresuradas” y “retardatarias”. Mientras la tesitura apresurada a veces impulsa cambios inconvenientes o por fuera de la relación de fuerzas, la retardataria pretende tal asimilación al statu quo reclamado por los sectores dominantes que termina por no propiciar transformación alguna. La dialéctica de ese diálogo y esa convivencia puede producir un equilibrio positivo para el peronismo. El liso y llano desencuentro, por el contrario, sólo añadiría una peligrosa incertidumbre, y ello es precisamente lo que desean los antiperonistas. Como tantas otras veces a lo largo de la historia argentina, éstos se encuentran bien representados en la actualidad por la línea editorial de los principales diarios, hoy potenciados por su carácter multimediático. Cuando la pandemia merme, por el hallazgo de la vacuna u otras circunstancias, el peronismo necesitará recomenzar a ocupar la calle para sostener la agenda gubernamental y doblegar la resistencia de los factores de poder. Para ello, la unidad es imprescindible: se trata de priorizar inteligentemente las contradicciones fundamentales sobre el narcisismo de la pequeña diferencia.

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