El legado de Cafiero y la política con grandeza

Alicia Pierini

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Cuando hay políticos con grandeza, visión estratégica y serenidad intelectual, la Política (así en mayúscula) se hace Historia, y esa Historia le debe homenaje a quienes forjaron –desde sus diferencias– caminos que llevaron a alguno de los hitos trascendentes de nuestro país.

Deberíamos reconocer en Alfonsín, Cafiero y Menem a tres políticos de raza que tuvieron la grandeza de coexistir desde sus divergencias, enfrentamientos, discrepancias y modalidades desde el comienzo de la democracia hasta el derrumbe del 2001. Ninguno fue perfecto, pero dejaron una huella indeleble, al menos para nuestra generación. Quizás el famoso abrazo de Balbín con Perón, allá por el setenta y pico, fue el que dio los frutos simbólicos que –luego del horror de la dictadura terrorista– revivieron al calor de la construcción de la democracia.

Antonio Cafiero, gobernador de la Provincia de Buenos Aires durante la presidencia de Raúl Alfonsín, fue el primero que proclamó la necesidad de “una reforma integral y consensuada”, para construir la Argentina sobre tres pilares: “el sistema democrático, la vigencia de los derechos humanos y el afianzamiento de la justicia social”. Rápidamente había prendido esa propuesta, pero los tiempos aún no estaban maduros. Hacía falta construir y amasar otras propuestas que empezaban a nacer, como la atenuación del presidencialismo o la integración interamericana, entre otros temas.

Así comenzaron los encuentros con otros líderes de ambos partidos, al mismo tiempo que llegaba a la Presidencia de la Nación Carlos Menem. Alfonsín no se dedicó a perturbar ni a molestar a Menem, ni tampoco éste se ocupó de juzgar la herencia recibida. Muy por el contrario, Alfonsín fue de los primeros en iniciar los encuentros políticos que construyeron la base de los temas para la reforma constitucional.

Antonio Cafiero había competido junto con Carlos Menem para la elección presidencial. Cafiero perdió en esa elección. Pero siguió adelante con visión estratégica e inmediatamente se puso a trabajar para la construcción del nuevo tiempo institucional con el que soñaba. Y respetó el estilo del presidente Menem sin perturbar la gestión del caudillo riojano. La grandeza de Cafiero es un ejemplo que perdura en estos ya largos años de nuestra vapuleada democracia.

Los encuentros políticos liderados por los dos partidos políticos mayoritarios los pilotearon entre Alfonsín y Cafiero, arribando finalmente al Acuerdo de Coincidencias que dio a luz la Convención Constituyente de 1994 bajo la batuta de Eduardo Menem.

Muchas veces, charlando y tomando cafecito con amigos y amigas del peronismo, se nos ha escapado decir: ¡ah, qué falta nos hace un Antonio Cafiero en estos momentos!

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