El desafío de construir comunidad

Marcos Domínguez

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La lógica integracionista parece ser una de las características centrales de lo que ya podríamos llamar el “albertismo”. La vida adulta está llena de transigencias. La política, también. Y en política todo el arte está en la ejecución. La ejecución va, por lo menos en principio, en el sentido correcto.

Hoy la figura presidencial es el vértice de conducción más alto de algo más amplio que una oficina de la Casa Rosada. Una foto con Larreta. Comunicación y acción política unificada. Una pandemia. Una conciencia colectiva que cambia su sistema operativo. De la pedagogía del emprendedurismo individual y la incertidumbre, volvemos al punto cero de lo político: ningún individuo se realiza en una comunidad que no se realiza. Las conductas individuales socialmente desorganizadas son perniciosas. Con o sin pandemia.

La oportunidad existe, y pueden reconfigurarse los lazos de solidaridad social. Puede robustecerse el rol del Estado como árbitro social. Pero el Estado es un poliedro. Y claro, es este y no otro el poliedro político que supimos conseguir: el Estado. El Estado argentino. Que tiene a los Fernández. A los Kicillof. A los Larreta. A los Perotti. Un Estado que se sostiene en sus trabajadores y trabajadoras, tan injustamente estigmatizados durante los últimos años. Un Estado que tiene al ejército produciendo barbijos, también para los antimilitaristas. Un Estado que debe construir consensos para que pueda desarrollarse una cultura política robusta.

¿El fin de la grieta? No lo creo posible como negación de lo político. Pero sí podemos estar asistiendo al inicio de una comunidad madura que convive y se organiza en base a consensos transversales. Toda tragedia funda una épica. Toda identidad política debe pararse en alguna épica. Toda épica es social. Las sociedades sin épicas nunca llegan al estadio superior: el de comunidad.

Es verdad que la unidad debe ser superior al conflicto, pero esta unidad se está construyendo con un fino equilibrio sobre la memoria reciente. Durante cuatro años el macrismo utilizó el aparato estatal como facilitador de sus negocios privados y como órgano de ataque directo a la comunidad nacional. El aparato del Estado estuvo volcado a instalar una pedagogía de naturalización de la volatilidad, fomento de la incertidumbre e inestabilidad generalizada, que necesariamente provocan una pérdida de consistencia que corroe la conciencia de la sociedad respecto del espacio público que, naturalmente, exige un mínimo de trascendencia sobre los intereses privados, que son los que predominaron en los últimos cuatro años. Sobre estos cimientos se construye el “nosotros”. A esos cimientos se dirigieron los ataques de la alianza Cambiemos. Hoy, el sentido de las medidas tomadas por el actual gobierno indica que esos cimientos se están refundado sobre la base de un nuevo esquema de lealtades con “lo público”, es decir, con el espacio del nosotros. No es poco.

Tenemos un enorme desafío por delante. Primero, asumir una realidad que el frente electoral que gobierna viene tratando de manifestar desde el proceso electoral hasta hoy: el peronismo habita la comunidad política nacional con otras fuerzas políticas. Lo electoral es político. Entonces, como doctrina cargada de futuro, el peronismo está brindando, en la práctica efectiva y desde el aparato el Estado, un vector que trasciende –por urgencia y conveniencia– la lógica divisionista y facciosa de los opuestos. La tragedia del globalismo liberal ha corroído tanto el lazo social de todas las comunidades que es este y no otro el momento para que los pueblos avancemos en la construcción del nosotros. Con o sin pandemia.

¿Esta incipiente muestra de unidad nacional es producto del peligro de anomia? Poco importa a los fines políticos de la hora, que la requieren de modo urgente.

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