El coronavirus y el capitalismo global

Juan Carlos Herrera

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“El coronavirus es un golpe a lo ‘Kill Bill’ al capitalismo” (Slavoj Zizek).

En 1348 se desató la peste negra en Europa, cuyo resultado fue la desaparición de la tercera parte de su población. El Decamerón de Bocaccio, una de las obras más importantes de la literatura universal, fue escrita bajo inspiración de aquella catástrofe. La peste negra significó el comienzo del fin de la Edad Media y el alumbramiento a los pocos años del Renacimiento y de la modernidad. Desde aquella época, el mundo no había vivido una experiencia similar a nivel mundial, o global, como es nuestro caso.
Las especulaciones que se pueden hacer son infinitas y seguramente pocas tendrán asidero en la realidad por venir. Sin embargo, hay algunas certezas que ya asoman en la perspectiva de los análisis. En primer lugar, el fenómeno demuestra la crisis del modelo de globalización capitalista iniciado a fines de los años ochenta y que puso el centro de gravedad en el mercado, bajo el principio de una libre competencia refractaria a cualquier norma de regulación proveniente del interés o la racionalidad pública.
“La sociedad no existe”, afirmaba Margaret Thatcher, “sólo existen los individuos y no hay alternativa”. Bajo este principio se instauraba un nuevo orden conservador de inspiración “neoliberal”, donde cada uno era librado a su suerte en un mundo que buscaría sus equilibrios con base en la racionalidad competitiva del mercado, en ausencia de regulaciones institucionales de los poderes públicos y desplazando a la sociedad del bienestar por los incentivos de oportunidad en mercados guiados por una racionalidad especulativa. Aquella revolución neoconservadora marcaba el final de la cooperación, la subsidiariedad y la solidaridad, como expectativas de conducta social: basta de protección y de igualdad. El Estado Nación debía retirarse de la administración de los bienes públicos y desconocer el deber de garantizar la provisión de bienes esenciales para la vida. El mercado, vía privatizaciones y desregulaciones, se haría cargo de todo bajo la forma de mercancía: la salud, la educación, la provisión de agua potable, la energía y toda forma de vida en el planeta.
El Estado Nación y los organismos internaciones que expresan los convenios y pactos entre las naciones, sujetos al Derecho Internacional van diluyendo sus competencias y capacidades de institucionalización de un orden previsible ante la embestida anárquica de la potencia de “los mercados”, que sólo responden al imperativo de maximizar la especulación desafiando los incentivos del riesgo en economías cada vez más inestables. La ley internacional y los estados han ido asumiendo el rol de gendarmes al cuidado de las cuotas de mercado como fuentes de renta para el capital privado. Los procesos productivos han ido perdiendo su lógica de finalidad –producir para satisfacer necesidades– y son resignificados en función de la búsqueda de renta, generando necesidades ficticias que alimentan el desenfreno por un consumo que discrimina valores, deseos e intereses en un vacío de porvenir personal y colectivo.
Este proceso de globalización fue consolidando una racionalidad competitiva por la búsqueda de renta, en especial financiera, con efectos directos en la domesticación de las mentes y el sentido común, hasta el punto de convertir aquella racionalidad especulativa en una supuesta verdad inapelable. Sin embargo, el sistema económico sostenido en el dogma del mercado libre experimentó su crisis en 2008 con la quiebra del Banco Lehman Brothers, y entonces el mundo se enteró que no existía la responsabilidad en el mundo de las altas finanzas y los Estados tuvieron que salvar los bancos con el dinero de ciudadanos y contribuyentes para evitar una catástrofe mayor. A consecuencia de ello, la banca entendió que la política le animaba con una palmada en los hombros y redobló la apuesta, incrementando la lógica especulativa y expandiendo la práctica de la economía virtual en desmedro de la economía real. Las inversiones se divorciaron de la producción y ésta del trabajo, que ya no es considerado como factor de creación de valor para la economía, sino que es relegado a puro costo laboral.
En este escenario, la aparición del “coronavirus” generó la demanda de planificación y capacidad de sistemas de salud que no estén condicionados por la búsqueda de renta, sino exigidos por el cuidado y la atención de la vida humana con criterios de alto nivel científico y asistencial. Es claro que el mercado no puede asumir el desafío de enfrentar la pandemia con sus imperativos de lucro. Es precisa la actuación de un Estado consciente del interés público y de su misión esencial, que es el cuidado de su población, también como dimensión constitutiva de la soberanía nacional.
Estadistas y dirigentes políticos de indudable adhesión al credo neoliberal están revisando la consistencia del modelo a la luz de emergencias imprevistas que en gran parte se derivan de la degradación institucional del orden político, a nivel nacional, internacional y global. Las ideas y proyectos por una Gobernanza Global fundada en la capacidad de coordinación de instituciones sólidas han venido demostrando sus falencias, aun a nivel de la Unión Europea que constituye todavía el experimento más logrado en tal sentido. El presidente Macron ha manifestado su convicción de que los servicios públicos esenciales deben desarrollarse al margen de los intereses del mercado, y Merkel afirma que Alemania está poniendo de manifiesto una hecatombe similar a la II guerra mundial, sin olvidar los billones de dólares destinados por Trump para subsidiar a los sectores más vulnerables en EEUU, un país que se caracteriza por su deficitario sistema de salud pública. Como afirma el doctor Tedros Adhanom Ghebreyesus, máximo responsable de la OMS: “Esta epidemia puede ser empujada hacia atrás, pero sólo con un enfoque colectivo, coordinado e integral que involucre a toda la maquinaria del gobierno”.
Sería temerario afirmar que el COVID-19 nos ha puesto a las puertas de un cambio revolucionario de dimensión planetaria o que se está confirmando el fin del capitalismo concentrado en su versión neoliberal. Mucha agua deberá aun correr bajo el puente y no sabemos en cual dirección, pero sí podemos avizorar el agotamiento de una racionalidad construida sobre la abstracción de un individuo racional egoísta que busca maximizar su beneficio a costa de la privación y carencias más elementales de sus semejantes. La concentración de la riqueza por desposesión creciente de recursos a extensos contingentes poblacionales –bajo la forma de expoliación de tierras, recursos naturales, oportunidades de empleo, educación o salud– está encontrando sus límites como forma organizadora de la vida en la sociedad humana.
La idea y el concepto de lo público, la conciencia de que estamos destinados a compartir la vida en una sociedad, con beneficios y restricciones, se está revelando como una realidad que habíamos olvidado. El redescubrimiento del Estado como el modo de institucionalización del interés público y de sus legítimas competencias en tal sentido, exige que la ciudadanía consienta la expansión de sus capacidades estructurales, organizacionales y funcionales para garantizar la provisión de bienes esenciales a la vida. La expectativa por ese Estado de Bienestar vuelve a insinuarse en la agenda de la sociedad y comienza a demandar a los gobiernos la reconfiguración de sus responsabilidades y actuaciones, la planificación de las políticas públicas y la inteligencia en la toma de decisiones, mecanismos de consulta permanente a la ciudadanía y mayor rigurosidad en la evaluación de los resultados de gestión.
Es cierto, la pandemia no acabará con la estructura oligopólica del poder global, ni con sus modos de condicionar la conducta de gobiernos y sociedades. La alianza constituida por las corporaciones financieras y mediáticas conserva suficiente capacidad para volver a imponer sus intereses después de la catástrofe. Pero también resulta evidente que el capitalismo neoliberal está perdiendo su condición sistémica: ya no puede garantizar el equilibrio de su propia dinámica de crecimiento, manteniendo un modelo de redistribución regresivo sin afectar la paz social. El sistema global está derivando en un conglomerado de corporaciones de renta con intereses oligopólicos, sin responsabilidad por las consecuencias de su modelo de explotación de recursos. Como sostiene Will Hutton: “Ahora, una forma de globalización no regulada y de libre mercado con su propensión a las crisis y pandemias está ciertamente muriendo. Pero está naciendo otra forma que reconoce la interdependencia y la primacía de la acción colectiva basada en la evidencia”.
El neoliberalismo está perdiendo el consenso de un sentido común que lo blindaba ante el pensamiento crítico. Ha perdido legitimidad ideológica, que es un primer paso para cimentar un renovado sistema de valores y nuevas estrategias de reconstrucción social. Parafraseando a Slavoj Zizek, podríamos apostar por la posibilidad de que este virus nos induzca a pensar en una sociedad alternativa que se actualiza en las formas de solidaridad y cooperación mundial.

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