¿El coronavirus beneficiará a los desposeídos, como la Peste Negra?

Guillermo A. Makin

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La pandemia desencadenada por el coronavirus lleva a trastocamientos en varios niveles. En el nivel político y económico, tras décadas de ensalzar el liberalismo que veía en el Estado nada más que consecuencias negativas, se ha esparcido –con la misma velocidad que el virus– un retorno al Estado visto como elemento que liderará la campaña contra la pandemia a través de un retorno al intervencionismo con fines distribucionistas y, tal vez, transformadores. Hayek –que Thatcher portaba en su cartera marcado y subrayado– quedó desprestigiado ante la promesa de medidas keynesianas con expansiones del gasto público inéditas desde la II Guerra Mundial. El conservadorismo de Boris Johnson se parece mucho al de Churchill y de otros gobiernos hasta principios de los setenta. Lo que viene implementando el presidente Fernández se inscribe dentro de una tendencia que incluye a todos, menos a Bolsonaro.

Por todos los medios y en todo el mundo cunde la pregunta, seguida de conjeturas, sobre qué características tendrá el sistema de producción, el comercio nacional e internacional, las finanzas y el gobierno nacional y el mundial en el mundo que sobrevendrá al fin de la pandemia. El tema es cuándo, cómo y quiénes serán los agentes transformadores. A cada pregunta es posible agregarle, a modo de conjetura y especulación, una serie de posibilidades, como las que desarrolló Jorge Gaggero (2020) en Página 12. Nadie sabe, dada la falta de consenso científico, cuánto durará la pandemia ni cómo se podrá curar la afección o prevenirla, ni si habrá recurrencias como ocurrió hasta el siglo XVIII con la Peste Negra que se desató por Europa a partir de 1349. Sólo es posible formular reflexiones tentativas, proyectando las consecuencias de la única pandemia parecida en su impacto global, también de la mano de un virus que potenció la acción de piojos y ratas. La Peste Negra cambió al feudalismo, al punto que un siglo y medio después se estaba en otra forma de producción. En cuanto a las consecuencias políticas, la prevalencia de las monarquías subsistió. Las monarquías siguieron, pero transformadas en formas diversas, algunas con mayor absolutismo que otras. De la reacción contra el absolutismo nació la democracia, nieta –digamos– de la Peste Negra.

Tras el fin de la pandemia actual se producirá, de otro modo y desde el domicilio de cada uno, la democracia: ¿seguirá, pero transformada? John Dunn, profesor emérito de la Universidad de Cambridge, dijo en Harvard que la democracia no es rígida. Se afinca en distintos lugares, se adapta a la circunstancia histórica y además –siguió diciendo Dunn–, mezclando metáforas, es como un ferrocarril: siempre hay otra estación. Según el renombrado historiador británico G.M. Trevelyan (1967), quedó trastocado el mundo medioeval que en el siglo anterior había sido duro con siervos y benévolo con señores feudales.

En tiempos más cercanos se consolidó el dominio de banqueros y abogados, y un liberalismo que se entronizó desde comienzos de los setenta, cuando –siguiéndolo a Hayek– se comenzó a desconfiar del Estado. Este paradigma neoliberal dejó atrás la planificación estatal que permitió derrotar al nazismo, reformar a Alemania y al Japón, logró financiar la reconstrucción, y llevó a décadas de pleno empleo y al establecimiento del Estado de Bienestar, financiado según aconsejaba John Maynard Keynes. En América Latina en los 50 y 60 el keynesianismo llevó a tasas de crecimiento del PIB de 4% a 5% sin endeudamiento, todo financiado con ahorro interno, sostiene el doctor Héctor Luisi, economista financiero retirado del BID. Cabe concluir que no era un mundo tan malo como lo pintan los neoliberales.

La transformación en el mundo posterior a la pandemia es el interrogante que compartimos todos: ¿será igualmente beneficioso para los desposeídos como lo fue la peste negra? Con la Peste Negra, al morir en menos de cinco años un tercio de la población europea, el siervo de la gleba pudo pedir su liberación y cobrar un jornal por vez primera. Hoy se han publicado predicciones que hablan de la muerte de hasta 200 millones de personas hasta tanto aparezca una cura o una vacuna para la pandemia que nos azota. ¿Habrá una reestructuración posterior a la pandemia del actual del mundo caracterizado por guaridas fiscales y una desigualdad tan exorbitante como obscena, además de siempre creciente? ¿Se dejará de lado el nocivo paradigma de la desregulación financiera creciente que propugnaron en Estados Unidos y el Reino Unido, como detalla Nicholas Shaxson (2018)? ¿Habrá un nuevo orden político mundial con mayor regulación financiera que tienda a disminuir la desigualdad?

Trevelyan da una esperanza cuando analiza el efecto de la Peste Negra, pero el poder del mundo financiero y la creativa maldad humana no permiten asegurar un cambio benéfico. Cabe, eso sí, desearles suerte y buena gestión a los gobiernos como el de Alberto Fernández y, aún con prevenciones, a gobiernos de derecha como los de Emmanuel Macron, Angela Merkel, el grotesco Donald Trump o el caricaturesco Boris Johnson, que tanto han visto crecer su popularidad en tiempos de zozobra, tal como hizo notar Andrew Rawnsley (2020), el comentarista político de The GuardianThe Observer. Cabe puntualizar que todos estos gobiernos están supuestamente asesorados por expertos científicos, tal como señaló el profesor de Ciencia Política de la Universidad de Cambridge, David Runciman: al final, también están haciendo política.

 

Bibliografía

Gaggero J (2020): “La crisis convoca a construir un nuevo orden mundial”. Página 12, 5 de abril.

Rawnsley A (2020): “In a national crisis, people are desperate to believe in their leaders”. The Guardian, 29 de marzo.

Runciman D (2020): “Too early or too late?”. London Review of Books, 42-7.

Shaxson N (2018): The Finance Curse. London.

Trevelyan GM (1967): English Social History. Pelican.

 

Guillermo A. Makin es investigador asociado al Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Cambridge.

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