El conflicto sin la grieta: un intento diferente de administrar lo que viene, sin caer en la emboscada

Salvador Tiranti

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La salida del invierno muestra un ordenamiento del campo político más claro que a principios del gobierno de Alberto Fernández, y un factor que empieza a marcar el ritmo de las diferentes estrategias, tanto del oficialismo como del campo opositor: el tiempo. El 2021 hoy funciona en el GPS de la política argentina como un ordenador interno. No solo por tratarse de un año de elecciones legislativas que pueden destrabar cierto empate en la Cámara de Diputados, que hoy funciona con dos minorías –ni oficialismo ni oposición tienen la posibilidad de aprobar por sí solos proyectos en la Cámara Baja–, sino porque aparecen elementos que van configurando un posible escenario que condiciona e interviene en la política actual.

El acuerdo con los bonistas, los primeros signos de reactivación de la economía –especialmente en la actividad industrial– en julio y agosto, una desaceleración todavía tenue de la inflación y el horizonte que pone la posible vacuna contra el COVID-19 condicionan la coyuntura y aceleran los tiempos. La posibilidad cierta de que hacia mitad del año que viene –previo al momento electoral– la salida de la pandemia y la aplicación de políticas de reactivación económica construyan un paisaje diferente al de la cuarentena y la recesión, actúa modificando estrategias y expectativas.

La resolución de la asonada policial de la provincia de Buenos Aires puede ser interpretada como el punto de cristalización de una serie de episodios de tensión y de conflicto político –la intervención en la quiebra de la empresa Vicentin; el proyecto de reforma judicial; marchas y banderazos del 17A; la declaración de la telefonía fija y móvil, Internet y televisión paga como servicios públicos y esenciales; las tomas de tierras– que muestran dos cosas: una oposición activa, apurada y predecible, con sus principales cartas desplegadas, con altos grados de coordinación táctica, pero sin la capacidad de daño de otros momentos; y un oficialismo que administra el “pico” de una delicada crisis sanitaria, económica y social que todavía se continúa profundizando, y lo hace desde su “piso” de capacidad de acción y acumulación política, pero todavía con altos niveles de adhesión a la figura presidencial –especialmente si se los compara con otros presidentes de la región.

Estos elementos juegan como ordenadores de un mapa cada vez más claro, y aunque parezca arriesgado, previsible. Seguramente de mucho estrés político, pero en torno a una dinámica que la sociedad argentina conoce. Pareciera que “el futuro todavía no llegó” para el Frente de Todos, y los instrumentos del pasado ya no le resuelven las cosas tan fácilmente a la alianza opositora. El horizonte descrito puso en alerta a Juntos por el Cambio y a todas las terminales –mediáticas, judiciales, y económicas– que participan del campo opositor al gobierno, y aceleró su proceso de reacomodamiento –después de la derrota del 2019– ordenando su conducción estratégica como bloque; redefiniendo roles y tácticas diferenciadas; y volviendo a mostrar importantes grados de coordinación discursiva. No sin tensiones internas, por supuesto, y con diferentes miradas sobre lo que es necesario construir para transformarse en alternativa real de gobierno. Pero privilegiando una unidad que contiene diferentes modos de relación con el oficialismo –especialmente en torno a la cuarentena– pero el mismo posicionamiento ante las políticas que el gobierno nacional propuso.

Es lógico que una oposición aproveche cualquier momento de debilidad. El gobierno enfrenta a pocos meses de gobierno una profunda crisis de tres dimensiones –sanitaria, económica y social– que se entrecruzan y retroalimentan. Sin poder ocupar la calle, ni desplegar medidas integrales para la reactivación, porque aumentaría la circulación y el riesgo sanitario; con un hostigamiento sistemático –fake news incluidas– de la mayoría de los medios de comunicación, a los que el decreto de regulación de las telecomunicaciones terminó de alinear; en un clima social tenso, y con lugar a aventuras destituyentes, como las que se quisieron montar sobre el conflicto salarial de la Policía de Buenos Aires. La oposición lo sabe, y opera en ese sentido. Lo hace desde un instrumento que conoce y que le dio resultados en otra época: la grieta.

El campo opositor no comprende la “grieta” sólo como el resultado de una puja histórica entre dos proyectos de país –que viene desde el comienzo de nuestra historia– ni como una narrativa política performativa que busca la construcción de identidades políticas a partir de un “nosotros” y un “ellos”: es también un modo de intervenir discursivamente para operar sobre el vínculo que tiene parte de la sociedad “con lo que se muestra como realidad”. El mecanismo de la grieta opositora no tiene como principal destinatario a Alberto Fernández, ni a Cristina, ni al populismo, etcétera. Su objetivo estratégico es intervenir en el modo en que parte de la población valora los hechos de la vida política y los políticos que las encarnan. La interpelación principal siempre es el “público”: lo hace sobre miedos, angustias, deseos, aspiraciones y odios, entre otros sentimientos que circulan entre la gente y son parte de su construcción identitaria. Porque –más allá de las posturas políticamente correctas, las respuestas racionales, los posicionamientos sobre la base de argumentaciones lógicas– la mayoría de las personas transita también por otras “calles” al momento de decidir y tomar una postura política: menos racionales, más apasionadas e intuitivas, donde el análisis de la información no se realiza en una única dirección, sino de forma múltiple y simultánea, y otorgando peso a infinidad de variables. En esa dimensión opera discursivamente la grieta opositora, con el objetivo de realizar un proceso de “emparejamiento” –que nunca es lineal y no siempre funciona– entre el acontecimiento o, más precisamente, la interpretación que se hace de él, y aspectos de esa estructura más borrosa e intuitiva. La finalidad estratégica es emparejar los hechos a “sentimientos” que se fueron construyendo a lo largo de estos años, no solo para reforzarlos y actualizarlos, sino para que operen sobre la forma en que construimos nuestra mirada sobre las acciones del gobierno y, muy especialmente, sobre las personas que las encarnan.

En este punto se puede observar claramente cómo las distintas expresiones de la oposición no solo comparten el posicionamiento ante las medidas del gobierno de Alberto Fernández y Cristina Fernández, sino principalmente la decisión de dar la discusión apelando al instrumental construido desde la grieta opositora, para posibilitar un emparejamiento que diluya la discusión del plano de la argumentación, pero que permita manipular sentidos de manera más eficaz y para un público más amplio que el interesado por la realidad política.

El ruralista macrista Alfredo D’Angelis se preguntó: “¿Van a expropiar campos?”[1] en relación con el conflicto por la intervención en la empresa Vicentin. “Yo no vengo por Vicentin, yo vengo por la justicia. Que lo rematen a Vicentin a mí no me importa”,[2] dijo una señora en Entre Ríos al participar de una marcha contra la expropiación de la empresa. “El único objetivo que persigue la reforma judicial es la impunidad de Cristina Kirchner”,[3] declaró la diputada Carrió sobre el proyecto de Reforma Judicial. “Porque no hay justicia y para que devuelvan lo que se llevaron”,[4] dijo una manifestante del 17A. “Intimidar, perseguir, criminalizar, castigar y, si pueden, encarcelar a los periodistas que no se callan ni se arrodillan es un objetivo histórico de los Kirchner”,[5] gritó Alfredo Leuco en relación con la denominada “cláusula Parrilli”. Dijo Marcelo Longobardi: “El gobierno apuesta a negociar con delincuentes que toman tierras y las revenden”,[6] sobre los intentos de tomas de tierras en el conurbano. “Horacio Larreta se siente traicionado y ya no confía en su palabra”,[7] contó el periodista Román Letjman sobre la reacción del jefe de Gobierno ante la decisión del presidente de recortar fondos a la ciudad. “Cristina, la titiritera en las sombras que mueve los hilos, y Alberto, el títere desarticulado que va hacia un lado con la cabeza y hacia otro con las piernas”,[8] remarcó otra vez Leuco sobre la pregunta sobre quién gobierna la Argentina. Luego de alertar –y proponer para la discusión pública– sobre la posibilidad de un golpe de Estado, el expresidente Eduardo Duhalde declaró: “Alberto Fernández está groggy, como estuvo De la Rúa o como estuve yo”.[9] Quitando los nombres propios, las declaraciones muestran un claro énfasis sobre “lo que hacen”, “lo que harían” o “lo que serían capaces de hacer si se los deja”.

Sería un error pensar que solo se busca deslegitimar una decisión política, o desgastar con descalificaciones a los políticos que las impulsan, cuando lo que se intenta –en un juego a tres bandas– es impactar en la imagen que las personas construyen sobre las políticas mismas. Siempre es una amenaza alguien que es capaz de “quedarse con lo de uno”. Indigna que alguien quiera que “no podamos informarnos” sobre lo que hace. Puede dar bronca pensar que “negocien con delincuentes” para darles algo que uno no puede tener o que le costó mucho tener. El que incumple con su palabra y “traiciona” deja de ser creíble, y me puede traicionar a mí. Si alguien no tiene decisión propia, o está groggy, no nos puede “cuidar”. A nuestro entender, este es un plano más de la disputa política y la construcción de subjetividades, en el cual se induce a la construcción de sentido en un proceso eminentemente performativo que no tiene que ver con el contenido proposicional de los enunciados. Su capacidad de impacto está dada por rasgos contextuales, donde el sentido impuesto se construye desde lo implícito. Sabemos de lo que se habla, pero sabemos que “hay algo más”. No se discute en realidad contenido ni forma, se busca atar a un preconcepto construido y reforzado por años, para que se fijen fuertemente en el plano inconsciente y emocional, lo que a la vez lo hace atractivo para el que lo recibe, que se conmueve y participa “activamente” de la discusión –muchas veces reflejado en el rating o en los niveles de interacción en las redes sociales– reaccionando a un impulso que toca sus fibras más íntimas.

El conflicto es la esencia de la política. En el conflicto se puede ver más claramente a qué “juega” cada actor político. La política en democracia nace y vive del conflicto. Por eso es importante diferenciarlo de la grieta opositora. Cuando se intenta unir el concepto de conflicto con el de grieta, apelando al fin o al cierre de ambos, se busca deslegitimar las disputas lógicas y necesarias que todo proyecto con fines transformadores debe encarar para modificar el estado de las cosas –mucho más en un país extremadamente desigual como el nuestro. Diferencias políticas van a existir. Conflictos de intereses, también. La grieta ya no es necesaria para el oficialismo, especialmente como una narrativa performativa que busque la construcción o consolidación de su identidad. Pero, paradójicamente, y lo intentamos dejar claro en este artículo, es fundamental para la estrategia discursiva de una oposición que encuentra en el antikirchnerismo su “columna vertebral”. La oposición necesita del adversario para que sea más eficaz el proceso de emparejamiento, y de alguna manera le otorgue legitimidad. De eso se trata la “emboscada”, de sentar la discusión sobre alguna cuestión, de generar un debate argumental que cumpla la función de brindar el contexto necesario donde realizar el proceso de emparejamiento. Mucho más cuando las posibilidades de Juntos por el Cambio de construir un modelo alternativo, a poco tiempo de perder las elecciones, dependen fundamentalmente de que el oficialismo no pueda sortear la crisis.

A diez meses de gobierno, y en un contexto por demás difícil, el Frente para Todos sigue ocupando –desde las condiciones de debilidad antes descritas– la centralidad de política en la Argentina, sin fisuras fuertes en su armado ni en su conducción, y con una mesa plural para el seguimiento cotidiano de la política y la gestión: Alberto Fernández, Máximo Kirchner, Sergio Massa, Wado De Pedro, Santiago Cafiero; con buenas noticias, como la fuerte articulación entre la Confederación General del Trabajo (CGT) y los movimientos sociales, la construcción del Consejo Agroindustrial Argentino y los vínculos con la Unión Industrial Argentina (UIA), especialmente con la figura de Miguel Acevedo; administrando con pericia fuertes tensiones sociales y con un esquema de base federal reflejado en la carta de 19 gobernadores en apoyo a la quita de recursos a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires; con importantes niveles de valoración pública de la gestión y la figura del presidente, teniendo en cuenta el contexto; y con un horizonte todavía lejano, pero que proyectan desde el oficialismo con cierto optimismo.

Tiene el desafío discursivo de evitar caer en la “emboscada”. Esto no significa retirarse del debate político, sino al contrario: se trata de desmontar la operación sobre la base de una intervención certera, pragmática, con muchos más actores y altamente pedagógica; que ponga sobre la mesa el mecanismo de la grieta opositora y trabaje por vincular empáticamente las decisiones públicas y a sus ejecutores con parte de nuestro pueblo; pero entendiendo que es necesario desarmar, evidenciar y contrarrestar esta operación inteligente y subterránea desde el campo de la disputa política; y, por sobre todas las cosas, que pueda llegar y conmover a las mayorías. Porque, como bien decía Cristina Fernández en ese espectacular video que el 18 de mayo de 2019 cambió el rumbo de escena política argentina: “gobernar no es sólo firmar decretos o dar discursos. Es principalmente tomar decisiones que sean comprendidas, aceptadas y compartidas por la inmensa mayoría de nuestro pueblo, y que perciba que ellas son para mejorar su calidad de vida y para que sus hijos y sus hijas y sus nietos y sus nietas tengan futuro”.

 

Salvador Tiranti es docente e investigador del Área de Estado y Política Públicas (FLACSO Argentina), doctorando en Ciencias Sociales (FLACSO Argentina) y magister en Políticas Públicas (FLACSO Argentina).

[1] www.pagina12.com.ar/273263-para-el-macrismo-la-expropiacion-de-vicentin-es-una-idea-com.

[2] https://conlagentenoticias.com/masivos-banderazos-en-el-pais-en-contra-de-la-posible-expropiacion-de-vicentin.

[3] www.lacapital.com.ar/politica/el-unico-objetivo-que-persigue-la-reforma-judicial-es-la-impunidad-cristina-kirchner-n2605828.html.

[4] www.elonce.com/secciones/parana/637017-imnagenes-y-testimonios-se-replicn-en-paranna-la-marcha-17a.htm.

[5] https://ledoymipalabra.com/el-peor-momento-de-cristina-y-alberto/

[6] www.diario26.com/289283–marcelo-longobardi-critico-con-el-gobierno-apuesta-a-negociar-con-delincuentes-que-toman-tierras-y-las-revenden.

[7] www.infobae.com/politica/2020/09/17/nuevo-golpe-de-alberto-fernandez-a-rodriguez-larreta-enviara-un-proyecto-al-congreso-que-reduce-aun-mas-la-coparticipacion-de-la-capital-federal/

[8] https://ledoymipalabra.com/el-peor-momento-de-cristina-y-alberto/

[9] www.ambito.com/politica/eduardo-duhalde/volvio-duhalde-alberto-fernandez-esta-groggy-como-estuvo-la-rua-o-como-estuve-yo-n5133690.

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