El albatros debe volver a remontar el vuelo

Julio Fernández Baraibar

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El peronismo es un movimiento creado desde el poder. Respondió a una crisis completa de representatividad del sistema de partidos en 1940 y a la aparición de nuevos actores sociales: la clase obrera y el empresariado industrial nacional, resultado de la sustitución espontánea de importaciones, a consecuencia de la guerra. Se organizó desde arriba y su triunfo electoral en 1946 –inesperado para el establishment– fue un voto a favor de las políticas económicas y sociales que había comenzado a desarrollar la revolución militar de junio de 1943. El pueblo argentino votó por la continuidad de esas políticas y dio legitimidad a un poder cuyo origen era una breve sucesión de golpes de estado militares.

Desde el poder, Juan Domingo Perón organizó ese amplio frente nacional que comenzó a llamarse peronismo, que se nutría de figuras políticas provenientes del conservadorismo (Héctor J. Cámpora, el general Filomeno Velazco, Héctor Sustaita Seever, para dar algunos ejemplos), del socialismo (Ángel Borlenghi, Juan Atilio Bramuglia, Juan Unamuno, entre otros), del radicalismo (todo el forjismo, encabezado por Arturo Jauretche, más el propio vicepresidente Hortensio Quijano), del nacionalismo católico (el ejemplo arquetípico es el escritor y poeta Leopoldo Marechal, pero también el padre Hernán Benítez, los hermanos Muñoz Azpiri, Juan Cooke, José María Rosa, etcétera), estalinistas y trotskistas. Todos ellos fueron disolviendo sus antiguas pertenencias partidarias para integrar lo que finalmente fue el Partido Peronista.

Lo característico y novedoso fue el amplio espectro político, económico e ideológico de ese nuevo movimiento. Desde el movimiento obrero hasta los nuevos empresarios, desde sectores vinculados a la producción agropecuaria hasta industriales navieros, desde notorios masones a católicos declarados y militantes, desde resonantes apellidos de las desvaídas aristocracias provinciales hasta hijos de árabes y judíos –que en las provincias, sobre todo del Noroeste Argentina, iban conformando una nueva burguesía–, todos los sectores enfrentados al viejo país agroexportador, al privilegio oligárquico, tuvieron su lugar en el Arca de Noé que fue siempre el peronismo. Solo desde el poder del Estado y con mano firme se podía mantener la unidad de ese frente nacional.

Baudelaire ha escrito un famoso poema llamado El Albatros, en el que compara al majestuoso pájaro con el poeta. Describe en sus versos la belleza aérea de “este señor de las nubes / que habita la tormenta y ríe del ballestero”. Los marineros, dice Baudelaire, suelen voltearlo a la cubierta y allí se convierte en inútil y débil, en feo y grotesco. Y termina con estos versos que –a mi entender– metaforizan la situación del peronismo: “Exiliado en la tierra, sufriendo el griterío, / sus alas de gigante le impiden caminar”. El peronismo en el poder se asemeja, en su autonomía, en su agilidad de movimientos, en su grandeza, a ese albatros que cruza los mares del Sur. Pero alejado del poder, “sus alas de gigante le impiden caminar”. Le cuesta recomponer sus amplias alas, trastabilla con la inmensidad de su cuerpo y se le hace difícil volver a remontar el vuelo.

Sobre estas características, que son la fortaleza y la debilidad del peronismo, se han montado las fuerzas de la reacción oligárquica e imperialista para intentar, desde hace más de 70 años, destruirlo, dividirlo y, si fuera posible, borrar toda memoria de su existencia. Esta operación tiene la forma de un movimiento de pinzas que, por derecha e izquierda, intenta –y va a intentar– neutralizar la extraordinaria capacidad movilizadora y transformadora que el peronismo ha tenido en la política argentina y con proyección continental.

Es evidente que el macrismo en el gobierno ha estado buscando, durante estos tres años, generar las condiciones que permitan la aparición de un peronismo integrado al sistema agroexportador, financiero y de alineación automática con los Estados Unidos. Este peronismo –que de alguna manera fue configurado durante el menemismo, aun cuando las condiciones del país eran otras– constituiría una de las patas de un sistema bipartidista y se caracterizaría por un acuerdo cupular con las dirigencias más claudicantes y empresariales del movimiento obrero y los sectores políticos más conservadores de las provincias, y una relativamente mayor preocupación por los sectores más humildes de la población, en comparación a la insensibilidad clasista del macrismo. Frente a una coalición liberal-desarrollista, vinculada a los sectores agroexportadores, las empresas extranjeras y el capital financiero internacional, este peronismo intentaría paliar las brutales consecuencias sobre los sectores más vulnerables de nuestra sociedad de un proceso de desindustrialización, desocupación y retroceso general de las condiciones generadas desde 2003 en adelante. El punto central sería no cuestionar el modo de inserción de la Argentina en la globalización dictada por el capital financiero, mantener el esquema agroexportador y aplastar a las “industrias artificiales”, estableciendo desde el Estado una política social que atenúe los efectos predadores de esa concepción. Es lo que ocurrió, más o menos, durante los dos gobiernos de Carlos Menem.

Esta alternativa es la que se expresa atrás de los reclamos por el bipartidismo y la alternancia en el poder, y tiene como ejemplo permanente el régimen postpinochetista de Chile: dos grandes alianzas, caracterizadas como de centro derecha y centro izquierda, alternan en el ejercicio de la presidencia, sin que ninguna de ellas cuestione o intente modificar el modelo minero-exportador-financiero, cerrilmente privatizador.

Simultáneamente se ejerce, desde sectores aparentemente más contestatarios, una presión para que los elementos más dinámicos y los aspectos programáticos más cuestionadores del status quo semicolonial se aíslen del conjunto de los sectores nacionales y populares, tendiendo a generar un movimiento de gran pureza ideológica y principista, sin capacidad de acumular fuerza electoral. Si esa maniobra prosperara, la fuerza transformadora que fue capaz de modificar durante 12 años el rumbo de la Argentina podría convertirse en una organización política testimonial, de una intensa capacidad militante y de movilización –que tendería a decaer–, pero resignada a elegir algunos diputados en los centros urbanos y carente de toda capacidad de asumir el poder del Estado.

El ciclo Kirchner

El triunfo electoral de Néstor Kirchner y el retorno del justicialismo a su programa histórico fue, como el nacimiento mismo del peronismo, una política llevada adelante desde el poder y de manera sorpresiva. El Partido Justicialista no jugó un papel protagónico en todos esos años, aunque un grupo de gobernadores apoyó desde el principio y amplió la base de representación con que Néstor Kirchner llegó a la presidencia. Desde ese lugar, Néstor Kirchner, primero, y Cristina Fernández de Kirchner, después, ejercieron el mismo tipo de poder que caracterizara a los gobiernos de Juan Domingo Perón. Disciplinaron a los gobernadores reacios, se apoyaron en jefes comunales pasando por encima de gobiernos provinciales, encolumnaron a los díscolos e impusieron sus puntos de vista. El PJ se amoldó a estos criterios y fue, durante los doce años de gobierno, muy parecido a lo que había sido aquel Partido Peronista de los años cincuenta, un aparato electoral eficaz y necesario para consolidar el poder y el programa que desde el poder se llevaba adelante.

Durante estos doce años la vida interna del PJ, sus autoridades y congresos no tuvieron ninguna existencia real. En la Capital Federal, la sede del PJ Nacional tuvo sus puertas cerradas a toda actividad interna y el padrón de afiliados es un misterio parecido al de los manuscritos del Mar Muerto. La situación se repitió en casi todas las provincias en las que cada uno de los gobernadores ha ejercido más o menos la misma mecánica.

No hay en estas líneas una intención moralizadora. La ruptura con el modelo agroexportador financiero, la consolidación de la independencia nacional, la transferencia de ingresos de los sectores tradicionales al conjunto del pueblo, o la creación de un mercado interno que ponga en movimiento el sistema productivo industrial, no son tareas que tengan un manual de instrucciones o un protocolo de buenas maneras. Estados Unidos lo logró a través de una guerra civil, con unos 800.000 muertos, la consecuente devastación económica y las secuelas de bandolerismo y anomia social que continuaron durante años. La historia no ha sido nunca un baile de señoritas, o, como afirmaba el poeta peruano Leoncio Bueno, “el oro no viene amonedado”.

Después de las derrotas

Como hemos dicho, el peronismo sufrió un duro golpe con las tres derrotas electorales de 2015 y 2017, y se hicieron evidentes las diferencias tácticas y estratégicas que se mantenían en sordina mientras estuvo en el gobierno. Esas diferencias perdieron el freno inhibitorio que el ejercicio de la presidencia imponía, y se hicieron públicas las críticas a la campaña electoral, a las decisiones tácticas, al ejercicio del poder en los últimos años, al rigor interno y a la imposición de criterios por encima de la capacidad de convencimiento.

Los viejos sectores y clases de terratenientes, agentes financieros, bancos y compañías extranjeras han vuelto al poder, arrasando con la independencia económica y la justicia social. Su principal objetivo político es convertir al PJ –creado por Juan Domingo Perón como herramienta electoral del movimiento nacional y popular– en una alternativa “popular” de la partidocracia liberal. La única forma de evitar esa domesticación, que alejaría por décadas la posibilidad de retomar el rumbo del 17 de octubre de 1945, es consolidar al peronismo como el gran movimiento nacional y no como la alternativa dentro del régimen de la dependencia.

Fuera del peronismo y en oposición al movimiento obrero, se corre el peligro de quedar reducido a un partido sin posibilidades de poder, debilitando y hasta dividiendo el gran frente nacional, en provecho de los intereses que se proclama combatir.

La unidad

Al regresar a la Argentina en 1973, Juan Domingo Perón expuso, con la síntesis epigramática que lo caracterizaba, el tema de la unidad: “Yo vine al país para unir y no para fomentar la desunión entre los argentinos. Yo vine al país para lanzar un proceso de liberación nacional y no para consolidar la dependencia”. O sea, la unidad de los argentinos –y por ende del movimiento nacional y popular– está determinada y condicionada por el objetivo de la misma: “lanzar un proceso de liberación nacional y no para consolidar la dependencia”.

El escenario político no está –ni mucho menos– cerrado y cristalizado. El gobierno antinacional de Macri y sus CEOs ha demostrado su absoluta irresponsabilidad, un completo desmanejo de la economía y un profundo desconocimiento del país. Está llegando a su límite el programa llevado adelante, cuyo único objetivo fue una masiva traslación de ingresos de los sectores asalariados al gran capital concentrado, al sector agro exportador y financiero.

Una caída estrepitosa del gobierno no haría sino empeorar, en lo inmediato, las condiciones de vida de los sectores más vulnerables de la sociedad, que ya lo están pasando muy mal. El FMI ha vuelto a aparecer en la Argentina, en momentos en que el Congreso de la Nación pone en discusión todo el esquema tarifario del gobierno de Macri y Aranguren. Sin duda alguna –porque ya lo hemos vivido– esta nueva sujeción al fondo significa imponer a rajatabla el ajuste ortodoxo y pleno que los acreedores extranjeros le exigen a Dujovne y Caputo. Y esto implica un nuevo padecimiento para el pueblo argentino y para las provincias del interior, y una parálisis completa de la obra pública.

En estas condiciones, es necesaria una férrea unidad del peronismo alrededor de sus grandes banderas doctrinarias y la clase trabajadora organizada. Será decisivo para el resultado electoral del próximo año que las dos grandes alas del albatros se muevan en una sólida unidad de acción.

La capacidad de movilización, el contacto directo con amplios sectores urbanos y juveniles, y la confianza que éstos depositan en Cristina Fernández de Kirchner, no se traducen mecánicamente en un resultado electoral. Las representaciones territoriales, el poder de los gobernadores y la capacidad electoral de la maquinaria justicialista tampoco garantizan por sí mismos el necesario rumbo de independencia nacional, desarrollo industrial con justicia social, autonomía científico-tecnológica y consolidación y ampliación del mercado interno.

Esas alas, en el albatros, necesitan un poderoso esternón. En el movimiento nacional y popular esa función la cumple una conducción representativa que sea capaz de liderar el conjunto para volver a surcar el espacio del poder.

Tenemos por delante una gigantesca tarea: derrotar al gobierno liberal-conservador basado en las empresas imperialistas y sus gerentes. Solo la política, tan reivindicada todos estos años de reencuentro con nuestras mejores tradiciones, podrá mantener la unidad de criterio y de acción del movimiento nacional. En ese sentido, tengo para mí que es tan contraproducente entregar de antemano fuerzas al enemigo, como intentar manejar con criterios dignos de un grupo de boyscouts o de desangelados calculadores algo tan rico, complejo y representativo como el peronismo.

Hay ya en la sociedad suficientes signos de hastío y de voluntad política para retomar el rumbo perdido. Otro poeta, éste español y militante, escribió en El Silbo de Afirmación en la Aldea: “Aquí de nuevo empieza / el orden, se reanuda / el reposo, por yerros alterado / mi vida humilde, y por humilde, muda. / Y Dios dirá, que está siempre callado”.

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