De votos y clivajes: ¿por qué votan como votan los argentinos?

Damián Descalzo

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Clivaje político: peronismo-antiperonismo

Si hay algo que se va probando en nuestro país, elección tras elección, es que los factores económicos pesan mucho menos de lo que se suele indicar a la hora de sufragar. En la Argentina el voto tiene un fuerte componente político. Más que determinado por la situación económica, está fuertemente relacionado con las identidades políticas. (¿Las identidades políticas están condicionadas o determinadas por cuestiones económicas? Interesante pregunta que no contestaremos aquí). Existe volatilidad, pero mucho menor que la que se sucede en otros países del mundo. En el caso argentino, se pueden rastrear fuertes continuidades.

 

Voto peronista

Desde las elecciones de 1946, el gran clivaje político es peronismo-antiperonismo. Históricamente el “voto peronista” ha sido cercano al 60% y el antiperonista la mitad, aproximadamente. Esto no es una referencia histórica exclusiva a las victorias de Perón en 1951 (63% contra 32% de la fórmula radical integrada por Balbín y Frondizi) y en 1973 (62% contra 25% obtenido por la fórmula Ricardo Balbín-Fernando De la Rúa), sino que esos porcentajes se verifican aún en elecciones recientes. Por ejemplo, en las elecciones presidenciales de 2003, la suma de las tres candidaturas peronistas (Menem, Kirchner y Adolfo Rodríguez Saá) alcanzó un porcentaje del 60%. En 2007, entre CFK y Alberto Rodríguez Saá lograron más del 50% de los votos; en esa misma elección, Roberto Lavagna –candidato de sectores peronistas ligados al ex presidente Duhalde y de la UCR– seguramente también se llevó algunos puntos de simpatizantes peronistas. También se repite el 60% si se suma lo obtenido por las candidaturas de Scioli, Massa y Adolfo Rodríguez Saá en las elecciones generales de 2015, e incluso lo supera si sumamos lo obtenido por CFK, Duhalde y Alberto Rodríguez Saá en las elecciones generales de 2011.

 

Voto antiperonista

La persistencia del “voto peronista” tiene su correlato en la constancia de un voto antiperonista, en general canalizado en opciones radicales: se verifica hasta en elecciones donde la UCR realiza una pésima performance, como la del 2003 con Leopoldo Moreau como candidato; en esa oportunidad otros dirigentes de raigambre radical, Ricardo López Murphy y Elisa Carrió, sumados, obtuvieron un 30% de los sufragios. En 2007, Elisa Carrió obtuvo un 23% votos de los votos; como ya mencionamos, Lavagna recogió votos, tanto de peronistas como de radicales, y al ser candidato oficial de la UCR se llevó algunos puntos de ese electorado. En 2011, el antiperonismo –que fue dividido, con dos opciones de origen radical, Ricardo Alfonsín y Elisa Carrió, y una socialista, Hermes Binner– obtuvo, también, un 30% de los votos. En 2015, Macri conformó un fuerte espacio antiperonista y logró un 34% en las elecciones generales.

 

Clivaje cristinismo-anticristinismo

Tal como venimos exponiendo, creemos que ha habido –y hay– una continuidad tanto en el voto a favor del peronismo como en el voto en contra. Estas identidades aparecen como las más fuertes y sostenidas –hay otras tradiciones, como la socialista, la liberal o la trotskista, pero son muy débiles– y por eso consideramos que sigue siendo el clivaje principal en la Argentina el de “peronismo-antiperonismo”. Sin perjuicio de ello, consideramos que en el nuevo siglo ha aparecido –y ha empezado a ganar espacio– un nuevo clivaje en torno a las figuras predominantes de la escena política nacional: Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner. Esta tendencia se ha ido fortaleciendo en los últimos procesos electorales en relación con la figura de la ex presidenta de la Nación y, ahora, vicepresidenta electa. En las últimas elecciones han coexistido ambos clivajes políticos. La explicación de la derrota de 2015, en nuestra interpretación, estuvo dada por el predominio del clivaje CFK-AntiCFK. Después retomaremos este tema.

 

Elecciones generales 2019: algunas consideraciones

De acuerdo a los resultados, estos son algunos apuntes de los últimos comicios:

a) Alta polarización: es otra característica de la Argentina. Se verificó, por primera vez, en 1928 –en las elecciones de 1916 y 1922 radicales y conservadores sumados no superaron el 75% de los sufragios– y ha sido una constante luego de la aparición del peronismo en la escena política nacional. En las tres oportunidades en que Perón fue electo presidente de la Nación Argentina hubo una polarización superior al 85%, y en las dos primeras (1946 y 1951) se llegó a superar el 90%. Con el regreso de la democracia se mantuvo muy alta la polarización. En 1983 las dos principales fuerzas políticas (UCR y PJ) sumadas obtuvieron casi el 92% de los sufragios. En 1989 casi 85% (PJ y UCR) y casi 80% (PJ y FREPASO) en 1995. En 1999, la Alianza y el Peronismo cosecharon casi el 87% de las adhesiones. Solo las divisiones internas, tanto del peronismo como del radicalismo, la hicieron disminuir luego del 2001, llegando al extremo en las presidenciales de 2003, donde ni siquiera alcanzaron el 50% de los votos las dos fórmulas más votadas (Menem y Kirchner). También hubo bajos niveles de polarización –en torno al 70%– en las elecciones de 2007, 2011 y 2015. Las elecciones presidenciales de 2019 han sido de las más polarizadas desde el retorno al sistema democrático, solo superadas por la de 1983. En la reciente contienda electoral, el Frente de Todos (FdT) y Juntos por el Cambio (JxC) se quedaron con el 88,5% de los votos.

b) Récords: Mauricio Macri podría convertirse el próximo 10 de diciembre en el primer presidente antiperonista en terminar su mandato, pero también se ha convertido en el primer presidente de la historia argentina en presentarse a la reelección y no conseguirla. CFK se convertirá a partir del 10 de diciembre de 2019 en la primera persona de la historia argentina que habiendo ocupado la presidencia también fue elegida para ocupar la vicepresidencia.

c) Bastiones peronistas: las mejores elecciones del Frente de Todos se produjeron en lugares tan disímiles como el Norte –en el NOA y en el NEA obtuvo casi el 60% de los votos– y la Patagonia (54%). La fórmula peronista obtuvo, en porcentaje, sus triunfos más resonantes en las provincias de Santiago del Estero (75%), Formosa (65%), Santa Cruz (60%) y Tucumán, Misiones, Río Negro, Tierra del Fuego y Catamarca (57%, aproximadamente). Estas regiones, sumadas, representan poco más que un cuarto del padrón nacional (11,5% el NOA; 9,0% el NEA; y 5,5% la Patagonia): el mayor número de votos, independientemente de los porcentajes, lo obtuvo en la Provincia de Buenos Aires –que por sí sola representa el 37,2% del padrón electoral– donde el FdT consiguió más del 50% de los votos. De los más de 12 millones de votos del FdT, más de 5 millones fueron hechos por habitantes bonaerenses. En Santa Fe cosechó casi un millón de votos la fórmula de Alberto Fernández con CFK. El más bajo nivel de votos del FdT se produjo en la zona centro del país, principalmente en Córdoba (29%) y en la Ciudad de Buenos Aires (35%).

d) La suma de los votos cosechados por las fórmulas lideradas por Alberto Fernández y Roberto Lavagna rondó los 55 puntos. Eso nos lleva a pensar –de acuerdo a lo que indicamos con anterioridad en relación al voto peronista– que algunos puntos porcentuales de votos peronistas han elegido a Mauricio Macri. Esto último solamente sería entendible dentro del clivaje CFK-Anti CFK.

e) El peronismo se consolida como la fuerza política con más victorias –llegó a la décima– en elecciones presidenciales de la historia argentina. Luego lo siguen el PAN (Partido Autonomista Nacional) y la UCR (Unión Cívica Radical), con 7 triunfos cada uno.

 

La diferencia entre los resultados de agosto y octubre de 2019

Antes de continuar el análisis, se debe hacer un alto para señalar que, pese a que se pueden encontrar muchas continuidades entre las fuerzas políticas que disputaron la Segunda Vuelta de 2015 y las principales fuerzas políticas de la reciente elección, también hay que marcar unas ligeras modificaciones, a saber: el Frente de Todos sumó a su armado, con respecto a lo que había sido el FpV (Frente para la Victoria), a quien fuera líder de la coalición UNA (Unidos por una Nueva Argentina), Sergio Massa y a otros muchos dirigentes de ese mismo espacio. Por la contraparte, Cambiemos, integrado en 2015 por el PRO, la UCR y la Coalición Cívica, ya convertido en 2019 en Juntos por el Cambio sumó a algunos dirigentes peronistas a su armado, siendo el más visible el compañero de fórmula de Mauricio Macri, Miguel Ángel Pichetto.

Hechas estas salvedades, pasaremos a hacer unas breves acotaciones acerca de las principales modificaciones, con respecto a las PASO 2019, que se verificaron en los seis distritos en los que fue derrotado el FdT en la categoría a presidente y vicepresidente de la Nación. Tres de ellos están gobernados desde hace bastante tiempo por el peronismo –en San Luis desde 1983, en Córdoba desde 1999 y en Entre Ríos desde 2003– y en uno de ellos (Santa Fe) el peronismo ha recuperado la gobernación este mismo año. En estos seis distritos los resultados de las elecciones generales de 2019 se parecen más a los del ballotage de 2015 que a los de las PASO 2019. En octubre de 2019, Macri amplió las victorias en Córdoba –ganó por más de 30 puntos– y en la Ciudad de Buenos Aires, y dio vuelta los resultados en Mendoza, Santa Fe, Entre Ríos y San Luis. En los seis distritos había vencido en el ballotage de 2015, pero solo en Córdoba y en la Ciudad de Buenos Aires –y por mucha menor diferencia, en ambos casos– había ganado en las PASO 2019.

a) CABA: en el ballotage 2015 el FpV perdió por casi 30 puntos. En cambio, en las PASO 2019 la diferencia se acortó a 12 puntos (46% a 34%) y volvió a ampliarse, hasta llegar a los 17 puntos (52% a 35%) en las generales 2019.

b) Córdoba: en el ballotage 2015, el FpV había perdido por más de 40 puntos; en las PASO 2019 la distancia se acortó a menos de 20, y en las generales la diferencia fue de más de 30 puntos.

c) Mendoza: en el ballotage 2015 el FpV perdió por 15 puntos; en las PASO 2019 el FdT ganó por 4 puntos, y en las generales 2019 perdió por 12 puntos. ¡Casi la misma diferencia que en la segunda vuelta de 2015!

d) Santa Fe y Entre Ríos: en ambas provincias litoraleñas y centrales se produjeron situaciones similares. En comparación a las derrotas sufridas por el FpV en los distritos antes citados, en el ballotage 2015 las diferencias fueron menores: en Santa Fe el FpV perdió por unos 10 puntos, y en Entre Ríos por 7. En ambas provincias, el FdT pudo revertir esos resultados negativos de 2015 y triunfó por 10 puntos en los dos distritos. Pero en las generales de 2019 volvió a triunfar la coalición antiperonista, por ajustadísimo margen (por 0,7% en Santa Fe y por 0,12% en Entre Ríos), pero revirtió ambas derrotas de las PASO 2019.

e) San Luis: es un distrito especial, en la medida que para las presidenciales de 2015 presentó lista propia, diferenciada de las otras opciones peronistas (como también lo había hecho en 2003, 2007 y 2011); pero, aun así, se verificó un fenómeno parecido al ocurrido en los otros distritos antes analizados. En San Luis, el FpV había perdido con holgura en el ballotage 2015 (por casi 30 puntos); se produce un fuerte repunte del FdT –con el apoyo del gobernador puntano Alberto Rodríguez Saá, pero con su hermano, Adolfo Rodríguez Saá, apoyando a Macri– en las PASO 2019, donde el FdT llegó a ganar por más de 10 puntos; pero en las generales 2019, JxC revirtió el resultado y ganó por unos 4 puntos.

¿Cuáles podrían ser las causas de estos cambios en los resultados? ¿Hubo corrimiento de clivajes? ¿La presencia de CFK fue mayor en la parte final de la campaña? ¿Se empezaron a disolver las diferencias que una parte de la población percibía que había entre Alberto Fernández y CFK? ¿Fue más efectiva la campaña de Juntos por el Cambio, al hacer manifestaciones públicas y actos típicamente políticos en detrimento de una campaña exclusivamente basada en el marketing? ¿Tuvieron algún efecto los debates presidenciales? Quedan muchas cuestiones por resolver. Podemos señalar que el predominio del clivaje kirchnerismo-antikirchnerismo –o cristinismo-anticristinismo, para ser más precisos– en detrimento del clivaje peronismo-antiperonismo favoreció y posibilitó las victorias de Cambiemos en 2015 y en 2017. Eso fue claramente atenuado con la designación de Alberto Fernández a la candidatura presidencial y con el acuerdo político con Sergio Massa: ambos hechos debilitaron al espacio peronista llamado “Alternativa Federal” –que terminó teniendo una pobre actuación electoral, bajo la denominación “Consenso Federal”– y generaron un bloque de poder muy sólido en torno al naciente Frente de Todos.

 

Legitimidad

Párrafo aparte merece el triunfo del Frente de Todos. A pesar de lo desastrosa que ha sido la gestión de Macri, el candidato oficialista contó con el fuerte apoyo de la administración de Estados Unidos, de los principales gobiernos de la Unión Europea –quienes hasta salieron a promocionar un “acuerdo” que estaba muy lejos de ser cierto– y del FMI. Los sectores conservadores y liberales del continente también mostraron fuerte apoyo al presidente argentino, en búsqueda de su reelección. Así lo hicieron el presidente de Colombia, Iván Duque, y el de Brasil, Jair Bolsonaro, este último con una vehemencia totalmente impertinente para el cargo que ocupa. Por todo lo indicado, el triunfo del peronismo ha sido notable y ha generado gran repercusión en diversas partes del mundo. Luego de años muy duros, una buena porción del pueblo argentino tiene esperanza en la etapa que se avecina. La legitimidad –lo íntimamente concordante con la Justicia, como enseñaba Sampay– del próximo gobierno la dará la gestión que lleve adelante y no la diferencia de puntos porcentuales en la victoria electoral del pasado 27 de octubre –que, asimismo, ha sido amplia–, como han querido instalar ciertos grupos económicos desde sus medios de comunicación.

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