De la subjetividad neoliberal al retorno de las clases peligrosas: una forma de entender a la sociedad argentina en contexto de pandemia

Rodrigo Javier Dias

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La extensión del aislamiento social preventivo y la sucesión de avances y retrocesos que nuestro país –y el mundo, nunca está de más aclarar– ha desarrollado desde la confirmación por parte de la OMS del COVID-19 como una pandemia en un no tan lejano 11 de marzo, ha permitido la aparición y reaparición de distintos fenómenos de carácter sociogeográfico, cuya intensidad ha crecido conforme a la expansión de la enfermedad. En este sentido, y en un contexto en el cual aún parece no haber una fecha posible de regreso a una “normalidad”, resulta necesario poner en discusión algunas cuestiones imprescindibles para intentar comprender la coyuntura que nos atraviesa.

 

El homo neoliberalis: la explotación de sí mismo

Aleksandr Dugin (2018) planteaba –en uno de los discursos que Geopolítica Existencial recopila– la necesidad de contemplar el inevitable triunfo del capitalismo. Quizás esto suene ingenuo ante la incontrastable verdad que apreciamos en una primera y simple vista al contexto dominante de los últimos cuarenta años, pero agrega un pequeño detalle que suma a la reflexión: a diferencia de las primeras sociedades industriales, esta nueva versión del capitalismo ha efectuado un trabajo, lento pero constante, de disgregación de los lazos de cohesión social a través de la exaltación a la feroz competencia individual, a la vez que promovió la aparición de una multiplicidad de nuevas prácticas identitarias cuya trascendencia las coloca incluso por encima del ideal de nación.

Tenemos así un escenario social que Laval y Dardot (2013) habían analizado tiempo atrás, el de la consolidación de una subjetividad neoliberal: un individuo que se rige por su propio bienestar, por el cálculo constante de costo y beneficio. Es la concreción del ideal filosófico liberal, desatado de sus ataduras colectivas, en donde cada uno de nosotros es dueño y responsable de su propio destino, actor y acto de sus propias decisiones y sujeto pasivo de un sistema que ha perfeccionado el arte de trasladar todas las responsabilidades estatales –en materia de protecciones y goce de derechos constitucionales– a la exclusiva órbita del individuo: es quien debe proveer su educación –y la de sus hijos e hijas, de corresponder–, su salud, su alimentación, su vivienda, y todo aquello que le garantice un buen pasar.

Pero a ello se le suma el otro plano del ideal liberal, el económico. Dentro de esa feroz competencia, hay ganadores y perdedores: sin más preámbulo, los que más y los que menos tienen. En un contexto de este tenor, esa diferenciación no se aborda desde la desigualdad, sino desde la meritocracia. El o la que menos tienen, es –en una manifestación de un reduccionismo determinista– por su “escaso esfuerzo”. Y en este sentido, al igual que ocurría desde la primera revolución industrial, no es alguien pasible de asistencia: si no tiene es porque no quiere, porque no hace lo suficiente para lograrlo.

 

Otra vez la “normalización”

Antes de la aparición de los primitivos mecanismos de bienestar, a fines del siglo XIX en el flamante Estado alemán, las alternativas pensadas para resolver la cuestión social se vinculaban con métodos que no reconocían el problema de la desigualdad, pero sí el de la supuesta ociosidad. En esta línea, la búsqueda científica de argumentos válidos que justificaran la razón de este problema derivó en la concreción de las patrullas “higienistas”, en lo que se denominó como la “criminología positiva” –de la cual emanaron disciplinas como la frenología y la dactiloscopía– y en la multiplicación de cárceles, hospitales psiquiátricos y correccionales. De esta forma, el desocupado, el “vago”, se planteaban en términos de enfermedad, de vicio y de infección –literal. Incluso la encíclica Rerum Novarum de León XIII promovía la eliminación del tiempo ocioso a favor del trabajo, y de la protección de los medios de producción. Los estándares sociales traducían desigualdad en cuerpos no deseados a los que era necesario “corregir”, “normalizar”, para ser socialmente aceptados.

Mucha agua pasó bajo el puente y la contemporaneidad nos trae nuevamente estas lógicas de la mano de los medios de comunicación. Basta leer entre líneas los titulares de algunas páginas policiales: desde el territorio en donde se desarrolla la acción hasta los “rasgos” de las y los presuntos criminales, la estimulación de estereotipos y estigmas reflotan la idea de la criminología positiva, de igual manera en que las estigmatizaciones –principalmente, el consumo de estupefacientes o el alcoholismo– nos recuerdan la idea del higienismo. Como corolario, se agrega la resignificación del concepto de subsidio como perjudicial para el conjunto social.

Emerge otra vez esta idea de normalización, solapada a la subjetividad neoliberal, que prende muy fuerte en los individuos: dentro de esa carrera sin final que representa la competencia por alcanzar determinados estándares de vida que el Estado Neoliberal ya no puede garantizar, no se puede aceptar –siempre en términos crudos, aclaro– que “existan” personas que reciban sin dar nada a cambio, o que se “conviva” con sujetos que nada hacen para contribuir al bienestar general.

 

El retorno de las clases peligrosas

Pero todo no termina allí: estas desprotecciones implementadas por el neoliberalismo a nivel local, pero extendidas e interrelacionadas a nivel global, han derivado en la reaparición del imaginario de las clases peligrosas, concepto trabajado hace algunos años por Robert Castel (2004): es la idea del “chivo expiatorio”, de señalar a un responsable por aquellos estándares cada vez más lejanos para la mayoría de los habitantes de la Tierra, cuyos destinatarios tienden a ser migrantes, foráneos e incluso aquellos y aquellas cuya “imagen” no cumpla con lo que la normalización manda: jóvenes, refugiados, refugiadas, migrantes y sus descendientes, y todo sujeto “diferente” al ideal.

Estas clases peligrosas son las que –en el recorrido conceptual– pondrían en peligro a las y los demás, y son pasibles de normalizar, en este aggiornamiento de los ideales de más de un siglo atrás, dando lugar a la aparición de manifestaciones de xenofobia, racismo y aporofobia cuyo razonamiento y argumentación carece de todo sustento.

 

La sociedad de la pandemia

Camus imaginó una vez una peste, allá por 1947, que en base a muertes, aislamiento y desinformación cristalizaba el destino de una ciudad y las vidas de sus habitantes. Algunos analistas de su obra encuentran una intención del escritor francés de metaforizar, a través de una enfermedad contagiosa, los totalitarismos europeos de los que él fue contemporáneo, algo que en una lectura minuciosa de ciertos pasajes del texto se vuelve evidente.

Hoy, esta nueva peste reedita las miserias humanas y los peores pensamientos que pueden emerger frente a situaciones críticas en una escala no impensada, pero si de difícil concreción. Difícil concreción, porque en una coyuntura que con total seguridad marcará un antes y un después, sería esperable una mancomunión de la sociedad que permitiera afrontar la pandemia con mayor solidez. Pero no impensada si se la analiza desde la cada vez más compleja fragmentación del entramado social.

Volvamos al principio. Si hay algo que profundiza esa fragmentación abordada por Dugin –como si todo lo anterior no fuera suficiente– es la explosión de identidades emergentes que tienden a “desnacionalizar” la nación constituyente (Dubet, 2015). Toda acción es política y todo es político, no seamos inocentes.

Pero hay una verdad que subyace en este campo de protesta: es cada vez más difícil delimitarlo, consecuencia del múltiple entrecruzamiento que se produce entre estas identidades que se resignifican y se convierten, ya no en colectivos, sino en colecciones de individuos (Castel, 2004) que a través de sus reivindicaciones particulares –entiéndase: desde los antivacunas hasta los terraplanistas, pasando por una amplia gama de otras pluriafiliaciones temporales– buscan encontrar el rumbo en un territorio abonado de incertidumbre y en el camino no dudan en estigmatizar, señalar presuntos culpables y evitar a todo aquel que presumiblemente pueda entorpecerle su bienestar personal. No hay nitidez que permita identificar bandos, porque cada uno es por sí mismo contendiente de su propia batalla.

La marcha más reciente de este inédito escenario pandémico, el pasado 17 de agosto, es una pequeña muestra de ello. El diagnóstico actual de la sociedad nos muestra un incierto derrotero, plagado de denuncias, pero carente de empatía e introspección. Es importante empezar a pensar cómo amoldar este “antes y después” para evitar rupturas irremediables.

 

Bibliografía

Castel R (2004): La inseguridad social. ¿Qué es estar protegido? Buenos Aires, Manantial.

Dubet F (2015): ¿Por qué preferimos la desigualdad? Buenos Aires, Siglo XXI.

Dugin A (2018): Geopolítica existencial. Buenos Aires, Nomos.

Laval C y P Dardot (2013): La nueva razón del mundo. Barcelona, Gedisa.

 

Rodrigo Javier Dias es licenciado en Enseñanza de las Ciencias Sociales (UNSAM), profesor de Geografía (Instituto Dr. Joaquín V. González), docente en nivel medio, en formación docente y en la Universidad Autónoma de Entre Ríos, y estudiante de la Maestría en Sociología Política Internacional (UNTREF). Creador de Un espacio Geográfico.

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