Creer en lo que se cree: de cómo el peronismo puede volver al gobierno

Sergio De Piero

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No eran pocos los que esperaban que este resultado inicial –en tanto las PASO definen candidaturas y no cargos– arrojara estos números. La situación económica y política lo anunciaban, pero nadie o muy pocos se atrevían a decirlo. Incluso negaban sus propios pensamientos. Mientras tanto, en los grandes medios de comunicación periodistas –de la mano de consultores– repetían que el escenario era sumamente incierto, que la ventaja de Alberto y Cristina Fernández era exigua y que el escenario estaba abierto. Un clima de campaña que no se condijo con lo que luego sucedió. Esa disociación entre dos tiempos –que en realidad son uno solo– fue mucho más allá de la incertidumbre propia de estas instancias políticas, para ponernos a pensar, otra vez, sobre cómo la política y sus actores, los votantes, quedan atravesados por un cúmulo de acciones que les son difíciles de controlar y, en ocasiones, de procesar.

Va una primera idea: buena parte de los votantes decidieron abstraerse de ese clima y simplemente eligieron. Los habían asustado con todo tipo de proyecciones oscuras, pero de todos modos eligieron el maldito camino del populismo. Quizás, es dable pensar, ni siquiera oyeron todas esas advertencias, porque no les interesan o no las creen. O las oyeron, y las tomaron como un pasatiempo más que nos depara la televisión. O tal vez sus necesidades materiales fueron más poderosas que los inciertos fantasmas anunciados. Cualquiera sea la razón, el resultado fue contundente, y el macrismo logra una serie de récords poco deseados: Macri queda en el umbral de convertirse en el primer presidente de Sudamérica que busca su reelección inmediata y no la consigue; y el derrumbe del apoyo electoral es también de características inéditas. Dijeron que no era una elección más, y tenían razón.

Para que esta situación electoral haya estado presente tuvieron que suceder primero dos cosas. Una generada por el oficialismo, otra por la oposición. El macrismo tiene otro récord nada envidiable: no deja nada relevante como legado. Su esfuerzo por presentar la construcción de algunos metrobus es la muestra de lo poco que tiene para mostrar. Pero no solo no deja un sello nuevo, sino que destruyó mucho. La situación económico-social es crítica: cuatro millones de personas han pasado a engrosar la lista de quienes viven en situación de pobreza. La caída de la actividad económica no encuentra piso, y cada día se conocen indicadores un poco –o mucho– peores. Si usted no es dueño de un banco, de una compañía de servicios públicos o de una petrolera, su vida pudo haberse complicado en los últimos cuatro años. El macrismo creyó que eso funcionaría, que podría garantizar los negocios de un muy reducido grupo de empresarios y el resto esperaría pacientemente los beneficios. Lo dijo el mismo presidente en la insólita conferencia del lunes 12, cuando le pidió a la oposición resolver esta situación: “hay que esperar, el cambio es lento”, fue la respuesta cuando un periodista le preguntó qué le diría a quienes tienen problemas para comer todos los días.

El marco para haber llevado a cabo esta política y que derivó en los resultados que conocemos es la concepción de Cambiemos sobre el Estado, el gobierno y la política. Nos propusieron, otra vez, un proceso de modernización. Para Gino Germani, la modernización era el proceso de transición de la sociedad tradicional hacia –justamente– la moderna. En ese proceso era necesario cambiar pautas culturales, organización económica y prácticas políticas. Todo en pos de lograr una sociedad integrada detrás de ciertos valores “modernos” –la autonomía, la elección racional– opuestos a los “tradicionales” –los que da la familia, el grupo, la religión. Por eso el Estado moderno cumplía un rol central en esa construcción de lo que él llamaba la “sociedad global”, es decir, la sociedad a construir en torno del Estado nación. Pero el macrismo fue selectivo en la construcción de su modernidad. Ni siquiera la primacía de lo económico fue planteada en aquellos términos sistémicos, sino solo en la faz de privilegiar los negocios, algo bastante distinto a lo que se refería Germani. La modernización del macrismo no colaboró en la integración, sino en la exclusión. Ya había sucedido en el gobierno de Carlos Menem. Ahora el proceso pareció ser mucho más veloz y con menos amortiguadores. La modernización de posguerra fue pensada como un proceso que abriría las puertas al desarrollo y desataría las fuerzas productivas, y no uno en el que el darwinismo social se impondría con ferocidad –más allá de que el diagnóstico y la propuesta de la modernización tenían no pocas lagunas sobre su realización vinculada al desarrollo. De allí que el macrismo fracasó. Ahora electoralmente. Antes, en la generación de un proyecto que pudiera incluir: proyecto que probablemente nunca pensó en los términos que acá menciono.

Segundo factor: la oposición. Desde las varias derrotas de 2017 –aunque también aprendiendo de las victorias que se consiguieron– empezó lentamente a suceder algo: el largo peronismo, el campo popular, el progresismo, comenzaron a acercarse, a olvidarse algunas cosas, a discutir otras. Salió bien. Pudo no haber sido así, pero sucedió. De las muchas acciones que se dieron, la propuesta de Cristina a Alberto Fernández fue la que comenzó a destrabar toda la maraña que llevaba algunos años enredándose –y el acercamiento previo de Alberto. Luego de ello muchas rencillas comenzaron a perder peso, y en poco más de un mes todo se terminó de acomodar. Y la palabra unidad se convirtió en el lema articulador, indiscutido. Desde luego, el otro gran protagonista de este acuerdo fue el mismo Macri: el desastre de su gestión también suspendió resquemores de este lado, porque todos eran menores frente a la catástrofe lenta que se desplegó día a día desde 2015, y más aceleradamente desde 2017. Se dio así el primero de los aciertos sobre sí mismo: el peronismo creyó en lo que cree –en este caso, la unidad. Esta era una clara condición para la victoria electoral –¿era solo necesaria o también suficiente? La mentada unidad –que se declama constitutiva del peronismo– viene siendo desplazada desde hace años, y si bien ahora la candidatura de Lavagna se lleva algunos espacios, el Frente de Todos logró convocar y contener a todos los que estaban cerca, a los lejanos y a los dispersos. La bautizaron “unidad hasta que duela”, pero se trató también de una construcción estratégica que se desplegó incluso en los armados electorales a nivel provincial y en los apoyos a gobernadores en sus propias estrategias.

A esta decisión le siguió otra: la campaña. El peronismo salió a hacer lo que sabe hacer: mezclarse, confundirse entre la sociedad, el pueblo y sus demandas, sus angustias. Reconocerse en medio de todo eso. Un gran acierto de Alberto es el de no hablar de grandes reformas: ahora hay que solucionar los problemas urgentes de millones y abandonar la senda de retroceso a la que nos llevó el macrismo. No quiere dar vuelta la estructura del país y refundar nada. Hay demasiadas urgencias por resolver como para plantear cambios radicales. A esa certeza le acompañó otro elemento en la campaña: la participación amplia. Fue como si la trabajosa unidad en el vértice se replicara en la base y en la militancia. La conformación de los equipos técnicos estuvo enmarcada en una práctica de participación algo inédita. Están presentes los espacios de los principales referentes, pero en las iniciativas llevadas adelante pudo verse la presencia de variadas organizaciones sociales y políticas, cuyo peso en el Frente en términos electorales puede ser relativo, pero tenían ahí un lugar de participación efectiva. No sé cuánto prediga esta práctica sobre un futuro gobierno, pero en cualquier caso marca un buen antecedente y genera una gimnasia de interacción y escucha que era sumamente necesaria para esta nueva etapa.

La campaña se inició con muchas críticas desde “adentro” respecto a su perfil porque, se suponía, ellos “son los genios de la comunicación y la big data… y olvídate, son unos genios ganando elecciones, nunca pierden”. Con ese “diagnóstico”, no faltaron voces reclamando “tomar lo mejor del macrismo” para la campaña. Afortunadamente no se siguió esa recomendación. Se llegó a este porcentaje de votos porque se creyó en lo que se cree: se fue fiel a ciertas convicciones, a una historia y sobre todo a una identidad en la relación con el resto de la sociedad, expresada desde el inicio en la vocación frentista del peronismo. Pero no solo nos permitió que Alberto fuera apoyado por esa gran parte de la sociedad. Nos vuelve a señalar las líneas centrales de lo que debe hacerse en la campaña y, por sobre todo, de cara a un posible próximo gobierno: unidad, identidad, participación. Todo para representar las demandas populares. Ahora sí, comienza el camino.

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