Coronavirus y los efectos nefastos del capitalismo neoliberal

Hernán Fair

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Actualmente asistimos a una pandemia mundial, producto de un virus que se originó en una ciudad china y luego se expandió por todo el planeta, causando estragos de una magnitud e intensidad enormes. La catástrofe mundial generada por el nuevo Coronavirus permite observar con nitidez los calamitosos efectos de la ideología neoliberal.

Durante décadas los difusores y voceros del capitalismo neoliberal estigmatizaron al Estado Benefactor-Social y al sector público como culpables de todos los males de la sociedad, al tiempo que exaltaban las presuntas bondades del libre mercado y la supuesta superioridad intrínseca de la iniciativa privada. La expansión viral de las ideas neoliberales en la esfera pública insistió una y otra vez que el Estado era esencialmente corrupto e ineficiente, que el gasto público causaba déficit fiscal e inflación, y que la planificación estatal generaba trabas burocráticas, interfería sobre las libertades individuales y atentaba contra la seguridad jurídica. La solución, para el neoliberalismo, consistía en reducir las funciones reguladoras del Estado, abandonar las políticas distributivas y universalistas, achicar el gasto público y social, y dejar que la eficiencia del mundo de los negocios y la competencia del sector privado se ocupen de autoregularse y gestionar correctamente lo público. De este modo, el libre mercado lograría asignar adecuadamente los recursos, promovería el crecimiento económico y, por derivación espontánea, se alcanzaría un futuro de bienestar social para todos.

La ideología individualista, economicista y utilitarista del neoliberalismo intentó hacernos creer que la única racionalidad válida era la instrumental del homo economicus, que el egoísmo privado era la mejor forma de alcanzar las virtudes públicas, que la solidaridad colectiva era antinatural, que la justicia social era una quimera y que el mundo se reducía a un conjunto de individuos aislados y en competencia permanente entre sí. En el marco de esta operación hegemónica, los difusores y voceros del capitalismo neoliberal justificaron la aplicación de políticas económicas de Reforma del Estado, a través de la privatización y mercantilización de los bienes públicos y comunes, la apertura y desregulación del comercio y las finanzas, la “flexibilización” del mercado laboral, el ajuste –“austeridad”– fiscalista, la baja del gasto público en salud, educación, infraestructura y seguridad social, e incluso –en los países periféricos– también en ciencia y tecnología.

En las últimas décadas, la aplicación a nivel estatal de las políticas públicas neoliberales generó un incremento descomunal de la concentración del ingreso y la centralización del capital en pocas manos, la destrucción de gran parte de las pymes industriales y de la producción nacional vinculada al mercado interno. Además, aumentó exponencialmente la precarización laboral, la pobreza y el desempleo, e impulsó la ruptura de los lazos de solidaridad social entre trabajadores, la destrucción del ambiente y la degradación de la biodiversidad.

La catástrofe mundial del Coronavirus muestra, una vez más, los límites ético-políticos del modelo de acumulación neoliberal y su lógica perversa de maximización ilimitada del lucro privado. Al mismo tiempo, vuelve a poner sobre el tapete la centralidad del Estado y sus políticas públicas en la defensa de la salud pública, el desarrollo científico-tecnológico innovador, el cuidado del ambiente y la protección de los derechos sociales básicos de la ciudadanía.

En contraste con lo que pregona el capitalismo neoliberal, la salud pública no puede ser entendida como un negocio privado basado en la rentabilidad económica, sino que constituye una obligación política del Estado para garantizar un servicio público esencial y un derecho social y humano básico e inalienable. Ello implica que el Estado no puede de ningún modo delegar dicha función central en el mercado y su estrecha lógica economicista de maximización de ganancias particulares. También implica que los salarios no pueden ser entendidos como un “costo” que debe reducirse. Por el contrario, el Estado debe garantizar a todas y todos los trabajadores de la salud pública sueldos acordes con la importancia de su trabajo y de su responsabilidad en el desarrollo social y humano.

La pandemia también muestra que la Ciencia y la Tecnología no son un gasto superfluo. Al contrario, la inversión sostenida del Estado en Ciencia y Tecnología constituye un pilar básico para fomentar el desarrollo productivo y la inclusión social. Por último, la tragedia humanitaria nos alerta acerca de la obligación del Estado de implementar políticas públicas regulatorias del mercado para cuidar el ambiente y preservar la biodiversidad.

En la Argentina, siguiendo las experiencias del menemismo y de la Alianza, el gobierno de Cambiemos (2015-2019) se encargó de diseminar en la esfera pública la lógica neoliberal del individualismo egoísta, la competencia salvaje y el sálvese quien pueda, condimentadas con un relato de la meritocracia y el emprendedorismo. Al mismo tiempo, no dudó en aplicar políticas públicas de corte neoliberal tendientes a la reducción de las funciones esenciales y la erosión de las capacidades técnicas del Estado. Por un lado, Cambiemos decidió convertir al Ministerio de Salud y al Ministerio de Ciencia y Tecnología en Secretarías, bajándoles el rango y degradando estas áreas vitales. Por el otro, la alianza gobernante decidió aplicar una política de fuerte ajuste a la baja en la inversión pública y social en salud, ciencia y tecnología, que desfinanció a estas áreas, sub-ejecutó proyectos científicos, recortó salarios de las trabajadoras y los trabajadores, y redujo personal técnico y profesional de excelencia. Las medidas de desfinanciamiento y ajuste de los magros salarios del Instituto Malbrán, el CONICET y el INTA –mientras el gobierno de Macri fomentaba la timba financiera con altas tasas de interés y se endeudaba masivamente con los acreedores para respaldar la fuga de capitales de los grupos concentrados de la economía– ponen en evidencia la perversidad de la ideología neoliberal. El incremento de los niveles de pobreza, marginalidad, precariedad laboral y desempleo heredados del gobierno de Cambiemos, muestran sus calamitosas consecuencias sociales. El macrismo, además, acentuó de la etapa kirchnerista un modelo extractivista centrado en los agronegocios y la megaminería a escala, que generó efectos nefastos sobre la forestación y el cuidado del ambiente, la biodiversidad y la salud humana.

Esperemos que la trágica crisis humanitaria permita a los líderes de opinión y al conjunto de la ciudadanía reflexionar en profundidad sobre los efectos de la ideología neoliberal. La actual catástrofe mundial debe contribuir a revalorizar la importancia fundamental de la solidaridad colectiva frente al individualismo egoísta, y la defensa irrestricta de los bienes públicos y comunes y los servicios sociales básicos, frente a la lógica mercantil de maximización ilimitada del lucro privado naturalizada por el neoliberalismo. También esperemos que ayude a tomar conciencia de la importancia indispensable de apostar a la inversión pública y social sostenida en Salud, en Ciencia y en Tecnología, para promover la innovación productiva y el desarrollo económico y social. En ese marco, esperemos que la catástrofe logre generar un consenso colectivo sobre el rol crucial del Estado Social y su obligación política indelegable de regular activamente al mercado, fomentar el desarrollo del sistema científico-tecnológico nacional, resguardar la salud pública y el cuidado del ambiente, proteger el trabajo y garantizar condiciones de vida dignas para el cumplimiento efectivo de los derechos sociales y humanos básicos de sus habitantes.

 

Hernán Fair es doctor en Ciencias Sociales (UBA), investigador adjunto del CONICET/IESAC y docente en la UNQui.

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